Capítulo 1
Las vacaciones habían empezado y la ciudad de Londres ya estaba completamente cubierta de nieve. Las calles comenzaban a llenarse de decoraciones brillantes y mercadillos navideños en cada rincón. Decenas de personas curiosas abarrotaban las tiendas en busca de novedades o del regalo perfecto. Había parejas, padres e hijos, y familias alegres que cargaban bolsas de compras o bebían chocolate caliente adornado con bastones de caramelo.
Todos parecían felices. Excepto yo.
Mientras observaba el desfile de gente desde la ventana del taxi, solo rogaba llegar pronto a la estación y dejar atrás la ciudad.
Minutos después, caminaba por la estación de London Paddington arrastrando dos maletas pesadas mientras cargaba, con mucho esfuerzo, un bolso en cada hombro. Debía de verme ridícula con mi abrigo negro de corte enorme, envuelta en una bufanda de rayas moradas y blancas, un gorro de lana y botas marrones de tacón bajo. Toda la gente a mi alrededor parecía vestir de forma elegante; simple, pero sofisticada.
Tras recoger mi billete, subí al tren y le entregué las maletas al mozo de equipajes. Decidí conservar conmigo el bolso más personal. Busqué mi asiento y, por suerte, me había tocado al lado de la ventana; justo lo que necesitaba para disfrutar del paisaje y despejar la mente. Me esperaba un viaje de aproximadamente una hora y media hacia Bourton-on-the-Water, un encantador pueblo en Gloucestershire.
Mi teléfono volvió a vibrar dentro del bolsillo. Lo saqué con frustración y miré la pantalla: siete llamadas perdidas y cuatro mensajes sin abrir. Sabía perfectamente de quiénes eran, así que me negué a responder. Lo arrojé al fondo del bolso y lo dejé en el asiento contiguo. De mi otra bolsa extraje un cuaderno de bocetos y un estuche de lápices. Amaba dibujar y pintar; era justo lo que necesitaba para desconectar.
Solo quería dejar de pensar tanto. Cerré los ojos con fuerza.
No voy a llorar. No voy a llorar. No voy a llorar.
El vagón comenzó a llenarse. Cerca de mí se acomodó una familia: una madre, un padre y dos hijos. Se veían radiantes y, por lo que alcancé a escuchar, estaban emocionados por pasar la Navidad con sus abuelitos y hornear galletas de chocolate. Más allá, una pareja joven no dejaba de mirarse y abrazarse con ternura.
Así sería todo el viaje: rodeada de personas felices.
Por supuesto, faltaban pocas semanas para Navidad. Pero esta vez, yo no tendría una “Feliz Navidad”. Sería una Navidad de mierda. El simple pensamiento me provocó un dolor de cabeza inmediato. Sentí el leve traqueteo del tren al ponerse en marcha. Me coloqué los auriculares de mi iPod, busqué el álbum 25 de Adele y dejé que empezara a sonar «Love in the Dark».
Qué ironía.
Habían sido unas semanas difíciles. Lloré sola, dormí sola, me desahogué sola; tuve que calmar mis ataques de ansiedad por mi cuenta. Me sentí sola, comí sola y pasé demasiado tiempo conmigo misma. Me ignoraron, no quisieron ver mi dolor ni mis lágrimas. Debería haber estado gritando y destrozándolo todo, pero en lugar de eso, guardé silencio y permití que se me destrozara el alma. Hay heridas incurables y dolores terribles que no huelen a sangre, sino a recuerdos.
Guardé en el bolsillo de mi abrigo un billete de dos libras para pagar el autobús; era mejor tenerlo listo que perder el tiempo buscando en el bolso mientras intentaba no perder de vista todo mi equipaje.
Admito que fue una verdadera odisea subir tantas pertenencias al vehículo; si hubieran visto la cara del chófer... Tuvo que rodar los ojos descaradamente mientras yo luchaba por subir cada bulto. El resto de los pasajeros compartían su misma expresión, y aunque por suerte no eran muchos, bastaban para hacerme sentir el peso de sus miradas de lástima. Finalmente, logré sentarme al fondo, solté un largo suspiro y cerré los ojos un momento.
Solo faltaba llegar a casa, saludar y abrazar a mis abuelos, y luego tirarme en la cama a dormir el resto del día.
Al mirar por la ventana, contemplé las casas del pueblo. Eran todas idénticas, hechas de sillares de piedra caliza cuidadosamente cortados para minimizar las juntas, grabadas con elegancia y de dos pisos de altura. En medio del pueblo fluía un río de aguas mansas. El césped, los árboles, los arbustos y los tejados estaban cubiertos por una densa capa de nieve. Había hermosas decoraciones invernales enmarcando las puertas y las ventanas ajenas.
Tuve que caminar un tramo más para cruzar el río, cargando todas mis cosas con un esfuerzo titánico. Me sentía agotada, tanto física como mentalmente. Una vez plantada frente a la casa de mi abuela Amelia, toqué el timbre y esperé. Al observar la fachada, se me hizo extraño notar que no tuviera ningún adorno navideño; normalmente ella solía decorar todo días antes de que terminara noviembre.
Fruncí el ceño ante ese detalle, pero la intriga se disipó por completo cuando la abuela abrió la puerta. Vestía una bata con un abrigo encima y llevaba puestas sus pantuflas. Al verme, esbozó una enorme sonrisa y abrió los brazos de par en par.
—¡Cariño! ¡Qué sorpresa tan inesperada! —dijo mientras me abrazaba.
—Hola, abuela —sonreí al corresponderle el abrazo.
Fue mi primera sonrisa verdadera en semanas. Tenía el cabello corto y castaño, tan bien peinado como siempre con sus ondas habituales. Sus ojos eran tono miel y sus labios, delgados; cuando sonreía, sus pómulos se resaltaban con dulzura.
—Pasa, pasa. Se está helando aquí afuera.
Se hizo a un lado mientras yo metía las maletas. Cerró la puerta tras de nosotras y por fin solté todo el aire que llevaba reteniendo durante el día. El interior de la casa se sentía cálido gracias a la chimenea encendida. Todo estaba exactamente como lo recordaba... excepto por la falta de adornos.
Dejé mis cosas un momento en el vestíbulo, me quité el abrigo y lo colgué en el perchero.
—Qué agradable sorpresa —añadió la abuela, juntando las manos delante del pecho—. Justo estaba preparando chocolate caliente. Vamos a la cocina, te serviré una taza.
—Gracias, abuela.
La seguí. A medida que avanzábamos, más extraño me parecía el vacío de las paredes. Sin embargo, no quise ser grosera; no iba a abrumarla con preguntas ridículas. Estaba segura de que tendría una buena razón y de que, probablemente, yo había llegado justo a tiempo para ayudarla con la tarea.
Me sirvió una taza humeante y colocó en el centro de la mesa un plato con muffins de arándanos.
—¿Ya saliste de vacaciones?
—Sí... —le di un sorbo al chocolate caliente—. Finalmente terminaron los exámenes.
—Qué bien. ¿Qué tal todo en Londres?
—Bien... Bueno, aburrido.
—¿Y tus amigos?
—Ya con sus familias, supongo. ¿Dónde está el abuelo? —pregunté, cambiando drásticamente de tema.
—Ayudando a una familia que acaba de mudarse al pueblo. Creo que son pasteleros o algo así.
—¿Y por qué necesitan la ayuda del abuelo?
—Ya sabes cómo es él. Le encanta hacer sentir bienvenidos a todos los que se unen a la comunidad —encogió los hombros sin dejar de sonreír.
Bebí un poco más antes de soltar mi siguiente pregunta:
—¿Y ya los conociste? —Admitía para mis adentros que quería saber más. Siempre he sido una persona un poco curiosa. Quizás, demasiado curiosa.
—Por supuesto. Los padres son encantadores y tienen dos hijos varones. Creo que uno de ellos tiene más o menos tu edad; es bastante alto. El otro muchacho también es alto, pero mucho más joven.
—Entiendo.
Sostuve la taza entre mis manos para ganar tiempo. No sabía qué más decir, aparte de que el chocolate caliente estaba delicioso y me reconfortaba el alma.
—Emily, ¿está todo bien?
Aparté la mirada, parpadeando de prisa para contener las lágrimas.
—Necesitaba salir de ahí, abuela —respondí con un hilo de voz—. Todo se volvió... demasiado. Me estaba ahogando.
—¿Quieres hablar de ello?
Su rostro mostraba una genuina preocupación. Sus ojos, idénticos a los míos, brillaban con intensidad, como si su alma estuviera mucho más viva que la mía. No quise apagar ese brillo; me negaba a arrebatarle esa alegría justo antes de Navidad. Tendría que fingir hasta Año Nuevo, tal vez, y después, cuando las fiestas pasaran, quizás sería capaz de contárselo.
—Solo quiero olvidarme por completo de la universidad, abuela.
—Está bien, mi niña. En algún momento, cuando estés lista, ya me lo contarás. No te voy a presionar.
Le regalé una sonrisa cargada de agradecimiento.
En ese instante, el teléfono volvió a vibrar dentro del bolsillo. Hice una mueca de fastidio, sabiendo perfectamente quién insistía en llamarme. Decidí ignorarlo una vez más y apuré el chocolate caliente hasta terminarlo; el dulce calor me reconfortó un poco el ánimo.
Lavé la taza en el fregadero y le avisé a la abuela que subiría a dormir un rato. Por suerte, recordaba a la perfección el camino a mi habitación.
Haciendo un último esfuerzo, cargué mis cosas por las escaleras y las dejé caer sobre el suelo del dormitorio. Al observar a mi alrededor, me invadió la nostalgia: frente a la cama se abría una gran ventana; a un lado, descansaba una cómoda blanca de seis cajones con un par de mantas perfectamente dobladas encima. La estructura de la cama, de madera pintada del mismo tono níveo, combinaba con el tocador situado junto a la puerta, sobre el cual permanecían un cepillo para el cabello, un frasco de perfume y un pequeño jarrón de plástico. Una alfombra beige se extendía bajo mis pies, mientras que a mi izquierda se encontraban las puertas del armario y del baño privado.
Me dejé caer sobre la cama, física y mentalmente agotada. Necesitaba cerrar los ojos con urgencia y borrar de mi mente cualquier pensamiento relacionado con el motivo de mi huida.
El delicioso aroma a tocino y salchichas invadió mis fosas nasales, obligándome a despertar. Sintiéndome hambrienta, escuché a mi estómago gruñir; no había probado bocado desde la tarde del día anterior.
¿Qué hora era?
Al mirar la pantalla de mi teléfono, noté que se había apagado por falta de batería. Busqué el cargador en el bolso, lo conecté y lo dejé sobre la mesita de noche. Luego, me calcé las pantuflas, me eché un abrigo encima y bajé a la planta baja. El abuelo ya estaba en la sala, dándome la espalda.
—¡Abuelo! —exclamé con una sonrisa.
Él se dio la vuelta y, con el entusiasmo de siempre, me devolvió el gesto abriendo los brazos de par en par para envolverme en un tierno abrazo de oso.
—¡Mi niña! ¡Qué gran sorpresa!
Me lancé hacia él y lo rodeé con todas mis fuerzas.
—Los echaba mucho de menos.
—Creía que no los veríamos hasta la Nochebuena.
—Bueno... es que ya no podía esperar más por las galletas de avena de la abuela —bromeé mientras sacaba una de un jarrón de vidrio.
—¿En serio? Grandioso. Entonces podrás ayudarnos a decorar la casa.
Asentí, entusiasmada con la idea.
—Pero antes de eso, desayunaremos —intervino la abuela desde la cocina—. Siéntense. Enseguida traigo los platos.
Sentí un par de toquecitos en el hombro y me volví hacia el abuelo. Con un gesto del dedo, me indicó que me acercara más a él, como si estuviera a punto de revelarme un gran secreto. Me acomodé a su lado y lo miré divertida, esperando alguna de sus ocurrencias.
—Después del desayuno iremos a una nueva panadería que acaban de abrir —me susurró—. Pasé temprano, pero todavía estaba cerrada. Por lo que alcancé a ver a través de la ventana... esos sándwiches están para saborearlos —añadió, moviendo las cejas de arriba abajo con picardía.
—¿Ah, sí? Ya me muero por probarlos.
—Y luego debemos ir a buscar un árbol navideño.
—Estoy más que dispuesta a acompañarte —respondí, soltando una risita.
El abuelo sonrió con ternura mientras negaba con la cabeza.
Durante toda mi vida había disfrutado muchísimo de pasar tiempo con mis abuelos, por lo que me rompió el corazón el día que decidieron jubilarse y mudarse de la ciudad. Querían vivir en un lugar tranquilo y, honestamente, Bourton-on-the-Water era el sitio perfecto. Allí no había el ruido ensordecedor de Londres, ni el tráfico incesante, ni multitudes de personas caminando con prisa de un lado a otro. Era un rincón pacífico con una población estimada de apenas 4.300 habitantes.
Los tres disfrutamos de un desayuno espectacular que incluía huevos, tocino ahumado, salchichas, alubias blancas en salsa de tomate, champiñones y pan tostado, todo acompañado de café caliente y zumo de naranja recién exprimido. El verdadero y reconfortante desayuno inglés.
Honestamente, ya estaba harta de desayunar pan tostado con mermelada y zumo de naranja de cartón.
Mi humor mejoraba poco a poco. Hasta ese momento, sabía que haber buscado un escape había sido la decisión correcta, no solo por cambiar de aire, sino para olvidar las últimas semanas en Londres; aquellas semanas donde las personas en quienes más confiaba me señalaron con el dedo, me juzgaron y me culparon. Como si lo que pasó hubiera sido mi culpa.
A raíz de eso, algunas noches sufría terribles pesadillas. Despertaba jadeando, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. Y lo peor de todo era que no tenía a quién contárselo, ni la posibilidad de recibir ayuda para ir a terapia.
Mamá decía que la terapia era absurda, una pérdida de tiempo. Aseguraba que era mejor que no hiciera un drama por “necesidad de atención” y que me disculpara de inmediato para no agrandar la situación ni dañar nuestra reputación familiar. Y así fue. De una semana a la otra, para ellos, yo simplemente dejé de existir.
Dejé el teléfono sobre la mesita de noche en modo «no molestar». No pensaba mirarlo en todo el día.
Saqué mi cámara Instax Mini de la maleta para llevarla conmigo; quería capturar las maravillas del pueblo y guardarlas como recuerdo. Bajé las escaleras y encontré a mis abuelos poniéndose sus abrigos. Tomé el mío del perchero y me lo puse de prisa.
—¿Prefieres que vayamos caminando a buscar el árbol? —preguntó el abuelo.
—Si no es una molestia para ustedes, me encantaría.
—Para nada, cariño. Así podremos disfrutar de cada rincón del pueblo y saludar a algunos rostros conocidos —aseguró la abuela con dulzura.
—¿Y saludaremos a los nuevos... vecinos? —indagué con timidez—. Quizás para darles la bienvenida.
—Deberían de estar muy ocupados todavía. Tal vez podamos llevarles un pay de manzana más tarde; sé perfectamente cuál es su casa.
—Entonces... deberíamos comprar manzanas para preparárselo —sugerí con una sonrisa entusiasmada.
Era mi segunda sonrisa verdadera del día.
Casi estaba logrando olvidarme de todo el drama y el trauma que había dejado atrás, pero sabía perfectamente que no iba a ser un proceso fácil.
Las tiendas del pueblo eran muy diferentes a las de la ciudad, pero sumamente llamativas; las había de lanas, prendas de vestir, libros, adornos y dulces. Había muchísimos lugares por descubrir. Eso era lo que más me encantaba del lugar, y más aún con las decoraciones navideñas que le daban un toque mágico a cada fachada.
Caminaba en medio de mis abuelos, sujeta del brazo de cada uno. Quería disfrutar del paseo por el pueblo antes de ir a escoger el árbol para llevarlo a casa y decorarlo. Quizás encontraría algún adorno que me gustara. Mis favoritos siempre habían sido los Cascanueces; sin importar el modelo o el tamaño, siempre quería uno nuevo para mi colección.
Maldije mentalmente por no haber traído el Cascanueces que tenía en Londres. Lo había dejado guardado en mi ropero porque no quería que se rompiera dentro de las cajas que estaban en el depósito. Desde antes de Halloween estaba muy emocionada por sacarlo finalmente y colocarlo sobre la chimenea, pero entonces pasó lo de...
No. No iba a pensar en eso ahora mismo.
Cerré los ojos con fuerza y traté de borrar el recuerdo.
—¿Estás bien?
Di un pequeño brinco al oír la voz de mi abuela y me volví hacia ella.
—Estoy bien.
—Debes de estar agotada. Si quieres, podemos volver a casa y...
—No, de verdad estoy bien —la interrumpí con suavidad. Apoyé el mentón sobre su hombro, dedicándole una sonrisa que se sintió un poco forzada. Rogaba internamente que no se diera cuenta.
—Prométeme que nos avisarás si te sientes mal en cualquier momento.
—Hay que comprar las manzanas. ¿Tenemos canela en la alacena? —pregunté, ansiosa por cambiar de tema.
—Creo que solo nos faltan las manzanas y la mantequilla...
—Y justo después iremos por el árbol. Así tendré tiempo suficiente para hornear y ayudar a adornar.
—¿No es demasiado para ti? Acabas de llegar y debes de sentirte cansa...
—Para nada, abuelo. Además, siendo sincera... ahora mismo la casa parece la cueva del Grinch —comenté, haciendo una mueca exagerada.
—¡Auch! —respondió él, fingiéndose ofendido mientras se llevaba una mano al pecho.
Me mordí la lengua para contener la risa.
Después de disfrutar del paseo todo lo que pudimos, finalmente compramos nuestro árbol. Lo aseguramos con cuerdas sobre la camioneta de uno de los vendedores de pinos, quien se ofreció amablemente a llevarlo directo a nuestra casa.
Al cruzar el puente de regreso, divisé a un joven de piel morena cuyo rostro no me resultaba familiar. Tenía una expresión gruñona, idéntica a la de alguien que recuerda la Navidad en que solo le regalaron carbón. Caminamos de prisa a su lado; ni siquiera se molestó en levantar la mirada para notar que alguien pasaba cerca de él.
Decidí restarle importancia al asunto y seguí adelante.
Le agradecimos al caballero que nos había ayudado, quien nos deseó una «Feliz Navidad» tras dejar instalado el árbol en la sala. Estuve a punto de responderle lo mismo, pero sentí un nudo en la garganta que me lo impidió. Creo que solo alcancé a esbozar una sonrisa a secas antes de que se marchara.
El árbol quedó perfecto en la sala, justo al lado de la ventana que daba al exterior y cerca de la chimenea.
—Emily, vamos a sacar las cajas para decorar. Están en el depósito —me llamó el abuelo.
Asentí y caminé tras él.
Al entrar, observé todo lo que tenían guardado en aquel espacio. Había, más que nada, un montón de cajas amontonadas, un mueble para herramientas, objetos antiguos y una bicicleta arrumbada en un rincón. También destacaba una enorme mesa de trabajo con herramientas para tallar y taladrar madera. Sabía que el abuelo solía dedicarse a la carpintería a gran escala, construyendo muebles hermosos.
Hasta ese momento no me había preguntado, ni le había cuestionado a él, si seguía dedicándose a ese oficio. Sabía que ahora se entretenía con proyectos más pequeños, como juguetes, casitas para aves o joyería... todo hecho de madera.
Cuando yo era niña, él fabricaba unos Cascanueces maravillosos. En ese entonces yo no sabía pintar como una experta para ayudarlo, pero él resaltaba los detalles quemándolos con mucho cuidado en la madera y luego los barnizaba. Eran unos adornos verdaderamente preciosos.
Tomé una caja pequeña, sabiendo perfectamente lo que contenía el adorno para la punta del árbol: la estrella. La llevé con cuidado a la sala mientras el abuelo cargaba con otra caja más grande. Sentí cómo el entusiasmo invadía mi cuerpo, despertando la emoción de mi «yo» de cinco años. La primera caja que abrí guardaba mis viejos renos hechos con piñas de pino, cuyas patas y cuernos eran simples ramitas, y la nariz roja, un pompón desgastado. También encontré estrellas cubiertas de lana gruesa de color rojo y beige. Eran mis adornos favoritos. Después saqué otra caja, mucho más pesada y bien asegurada, sabiendo que contenía las piezas especiales y frágiles.
Tras colocar las luces y colgar varios adornos en las ramas del árbol, pasamos a decorar la chimenea.
—¿Recuerdas cuando hacíamos manualidades juntos? —preguntó el abuelo, mirándome de reojo.
Sonreí con nostalgia.
—Fueron las mejores Navidades de mi infancia.
—Dibujabas copos de nieve, recortabas los bordes con cuidado, les pegabas un hilo por detrás y los colgabas en el árbol. Esos mismos hilos que le robabas en secreto a la máquina de coser de tu abuela.
Abrí los ojos de par en par para contener la risa, volteando de inmediato para asegurarme de que la abuela no nos hubiera escuchado desde la cocina.
—¡Shh! ¿Acaso quieres que me dejen carbón en mi bota navideña?
—Oye... hace un rato dijiste que mi casa parecía la cueva del Grinch, así que técnicamente tú ya tienes un carbón asegurado en tu bota.
Negué con la cabeza, completamente divertida por su ocurrencia.
Sentía que, después de tanto tiempo, por fin era capaz de disfrutar de aquellos pequeños momentos. Era todo lo que necesitaba: una verdadera razón para sonreír.
La detective Winslet tenía razón. Poco a poco...
«Sobreviviste. Vas a sobrevivir a la recuperación».
Esas habían sido las palabras de la detective Olivia Winslet después de que le confesé que necesitaba tiempo y que me marcharía de Londres durante las fiestas. Utilicé la excusa de que requería despejar la mente, cuando la cruda realidad era que solo quería huir desesperadamente de allí.
La sala se iba llenando, rincón a rincón, con el color de los adornos navideños. Sin embargo, al momento de tomar las botas para colgarlas en la chimenea, evité a toda costa leer los nombres de mis padres y las devolví al fondo de la caja. Pensar en ellos solo me ponía furiosa, decepcionada, triste y, por encima de todo, profundamente abandonada.
Estaba sumida en esos pensamientos hasta que el abuelo me recordó algo que estaba pasando por alto por completo.
—Emily, ¿no tenías que preparar el pay de manzana?
Abrí los ojos de par en par y me di un golpe en la frente con la palma de la mano.
—¡Mierda!
—¡Ese vocabulario, señorita! —exclamó la abuela desde la otra habitación.
—¡Lo siento, abuela!
Bradley, mi abuelo, se reía en silencio mientras negaba con la cabeza. Divertida, le saqué la lengua y corrí a lavarme las manos.
—¿No quieres que te ayude a pelar las manzanas? —gritó el abuelo desde la sala.
—¡No, gracias! Enseguida voy —respondí desde el baño—. ¡Espérenme!
Me recogí el cabello en un moño desordenado frente al espejo del tocador, tomé el jabón y me froté las manos con energía hasta hacer abundante espuma. Abrí el grifo del lavamanos, me enjuagué de prisa y corrí a la cocina. Moví los dedos con impaciencia mientras buscaba el mandil con la mirada, como si estuviera escaneando cada rincón del lugar.
Después de pelar y cortar las manzanas en rodajas no muy delgadas, las coloqué en una sartén junto con la canela en polvo, un poco de azúcar y unas gotas de esencia de vainilla. Dejé que la mezcla se cocinara a fuego lento mientras me encargaba de preparar la masa.
Una vez estirada la base, la coloqué sobre el molde y vertí encima el glorioso relleno de manzana. Para el acabado, añadí unas tiras de masa entrelazadas en la superficie, cuidando de no tapar las frutas por completo. Metí el pay al horno precalentado, asegurándome de fijar la temperatura correcta.
Cuando terminé de limpiar y ordenar la cocina, solté un largo suspiro.
Mientras el postre se horneaba, me quedé pensativa, apoyando las manos sobre la encimera. Giré la cabeza hacia la pequeña ventana que estaba sobre el fregadero para mirar el exterior o, siendo más honesta, para intentar localizar la casa de los nuevos vecinos.
—¿Qué espías?
Solté un grito ahogado mientras me daba la vuelta de golpe y me llevaba una mano al pecho.
—¡Abuelo! ¡Casi me das un infarto! —reclamé con los ojos como platos.
—Lo siento, cariño —se disculpó él con una sonrisa cómplice—. ¿Y bien?
Parpadeé, indignada por la tranquilidad con la que se tomaba mi susto.
—Yo no... —me aclaré la garganta—. No estaba espiando. Solo... contemplaba la nieve.
—Ajá... Claro. Veo que ya terminaste de cocinar.
—Está en el horno. Esperaré a que se enfríe y, por la noche, me acompañarán a entregárselo a los nuevos vecinos.
—¿Nosotros...? ¿Acompañarte?
—Sí, porque ustedes ya se conocen. Si voy yo sola, jamás aceptarán mi pay. Pensarán que tengo malas intenciones o creerán que intento «envenenarlos» porque abrieron una pastelería y los veo como mi competencia.
El abuelo soltó una carcajada limpia mientras negaba con la cabeza.
—Touché.
Negué con la cabeza y fruncí el ceño al revisar mi teléfono tras salir de la ducha; la pantalla seguía inundada de mensajes y llamadas perdidas. No pensaba responderles. Con un gesto de frustración, dejé caer el aparato con demasiada fuerza sobre la mesita de noche y me dirigí hacia mi equipaje. Me desanimó un poco ver lo desordenado que estaba todo; a estas alturas ni siquiera estaba segura de si había metido suficiente ropa interior para todo el mes, o quizás para quedarme hasta después de Año Nuevo.
Todo había pasado demasiado rápido. Cuando empaqué en Londres, solo buscaba prendas abrigadas sin fijarme en los detalles. Agarraba cualquier cosa con mangas largas y la metía en la maleta. Así de simple. Lo único bueno era que al menos me había asegurado de traer ropa de invierno.
«Qué lista».
Capté tu sarcasmo, conciencia.
Un suéter de lana de cuello alto, unos vaqueros blancos, botas, un gorro de lana y un abrigo largo serían suficientes para la noche, ¿no?
Abrí y cerré las manos rápidamente para activar la circulación mientras bajaba a la cocina. El pay de manzana ya estaba perfectamente empacado en su caja; incluso le había añadido una cinta roja formando un bonito lazo, acompañado de una tarjeta donde escribí:
«Bienvenidos a Bourton-on-the-Water.
Feliz Navidad.
Con cariño, la familia Brown».
Incluso me tomé el tiempo de agregar un pequeño y detallado dibujo a lápiz de un muñeco de nieve. O al menos, hice el intento; fue una odisea encontrar lápices de colores en el depósito, considerando los años que llevaban guardados allí.
La abuela apareció en la cocina justo a tiempo, vestida con una elegancia impecable para causar una buena primera impresión. Honestamente, tenía tan buen gusto que parecía una modelo de revista. Llevaba unos pantalones azul oscuro, un suéter blanco y, encima, un abrigo celeste pastel que combinaba con sus botas de tacón bajo color gris claro y una bufanda a juego. Poco después apareció el abuelo, vistiendo unos pantalones negros, zapatos de cuero a juego, un suéter oscuro y un abrigo café de corte clásico.
—¿Lista? —preguntó el último en aparecer.
—Lista.
Con los nervios a flor de piel, salí de la casa. Observé a mi alrededor mientras el abuelo cerraba la puerta con llave.
—No recuerdo que hubiera ninguna casa vacía por aquí —comenté—. O... tal vez no me fijé bien.
—Está a unas tres casas de distancia, cerca del puente —explicó la abuela.
—¡Oh!
Actúa tranquila. No entres en pánico.
Tragué saliva una vez que estuvimos parados frente a su puerta. Solo pensaba y rogaba que no se me cayera el pay de bienvenida; no quería quedar en ridículo frente a los nuevos vecinos. Miré hacia los lados, buscando cualquier cosa que distrajera mis pensamientos.
Casi me voy de espaldas cuando la puerta se abrió y apareció un joven altísimo. Tenía el rostro con forma de diamante, la tez morena y una expresión tan seria que intimidaba a cualquiera. Una ligera barba le enmarcaba el mentón, llevaba el cabello corto y rizado, y sus ojos eran de un negro profundo... sus labios gruesos. Vestía ropa deportiva invernal y se notaba que acababa de salir a correr por las gotas de sudor que le resbalaban por la frente. En una de sus manos sujetaba un iPod junto con los auriculares.
Me quedé completamente sin palabras. Tuve que observarlo de pies a cabeza, de forma lenta e inevitable.
El corazón se me detuvo por un segundo cuando me pilló mirándolo tan detalladamente. Aparté la mirada de golpe, abochornada.
—Disculpe la molestia, jovencito —intervino mi abuela con simpatía—. Queríamos darles la bienvenida a nuestro pueblo, justo a tiempo para compartir las fiestas. Yo me llamo Amelia; él es mi esposo, Bradley, a quien ya conocen, y ella es mi nieta, Emily.
De nuevo, me quedé muda.
—Esto es muy amable de su parte. Gracias —asintió una vez con la cabeza—. Es un placer conocerlos... Soy Jude, Jude Johnson —se presentó, su voz sonaba profunda.
El abuelo me dio un sutil codazo, haciéndome reaccionar.
Sentí cómo los colores se me subían a la cara y me aclaré la garganta.
—Yo... Bueno, les preparamos un pay de manzana de bienvenida.
Extendí los brazos con nerviosismo. Cuando sus ojos oscuros se toparon con los míos, sentí que se me iba a caer el molde de las manos. No sabía cómo explicarlo, pero ¡qué ojos!, ¡qué nariz!, ¡qué labios!, ¡qué rostro!
En el momento en que sus dedos hicieron contacto con los míos para sostener la caja, tragué saliva.
El contacto... el toque...
Respira...
Menos mal que logré apartar las manos con relativa naturalidad mientras le sonreía o, al menos, hacía el intento.
—Gracias. Se los agradezco mucho, de verdad no tenían por qué molestarse.
—No es nada, jovencito. Espero que les agrade nuestro pueblo —respondió la abuela.
—Pronto será el encendido del árbol navideño —añadió el abuelo—. No pueden perdérselo.
—Estaremos ahí con mi familia —Jude sonrió.
Esa sonrisa... Qué be-lle-za.
—Disfruten del pay de manzana —intervine yo.
—Gracias.
—Y bienvenidos... nuevamente —añadí, mordiéndome la lengua de inmediato.
Tonta. Tonta. Tonta.
La abuela ya les había dado la bienvenida y yo iba y lo repetía estúpidamente, usando la pésima excusa de agregar la palabra «nuevamente». Quise marcharme de allí en ese mismo instante; darme la vuelta y correr hasta desaparecer. Quizás saltar al río y dejarme hundir. Como bien dice el dicho: «Tierra, trágame ya».
—De parte de mi familia también les agradecemos. Ahora mismo están un poco ocupados en el depósito —habló él de nuevo, sosteniendo el pay con cuidado—. Pero dentro de un rato lo probaremos. Muchas gracias.
Por fin nos dimos la vuelta. Estuve a punto de acelerar el paso para huir, soltando de golpe el aire que llevaba conteniendo en los pulmones.
Por suerte, mis abuelos lo tomaron todo con absoluta naturalidad y simplemente caminaron tras de mí. Metí las manos en los bolsillos de mi abrigo; sentía los dedos inquietos y ocultarlos era la mejor forma de disimular mi agitación.
De todos modos, me repetí que me olvidaría de él —y de todos ellos— en cuanto terminaran las fiestas.
Al anochecer, el pueblo entero se iluminó con las luces navideñas, que se extendían desde las copas de los árboles hasta el borde de cada tejado, siguiendo la línea de las casas. En medio del río se alzaba un árbol enorme, donde todavía quedaban unos trabajadores terminando de colocar las guirnaldas brillantes.
—No podíamos perdérnoslo —dije, observando cómo trabajaban en el gran árbol.
—Cada año es diferente al anterior, incluso los adornos cambian —comentó el abuelo.
—Y el reflejo en el agua es maravilloso —añadió la abuela.
Sentí una punzada dolorosa en el corazón.
Al observar a mi alrededor, las personas parecían capaces de celebrar y agradecer todo lo vivido, haciendo espacio en sus vidas para disfrutar de lo bueno que vendría. Parecía que brillaban a colores, con la misma intensidad que las luces navideñas. En cambio yo... yo me sentía como una vela consumiéndose en su última llama, a punto de convertirse en humo.
Solo albergaba tristeza, dolor y decepción. Y lo peor de todo era recordar que, cuando confesé lo que sentía, me dieron la espalda. Me señalaron con el dedo y me llamaron «mentirosa».
Observé a mis abuelos, que caminaban del brazo, felices. Llevaban cincuenta años juntos. Tenían un amor tan fuerte como sus propios corazones. Eran almas gemelas, el hilo rojo... Todas esas cursilerías que la gente dice sobre las parejas. Como en las películas románticas, donde los protagonistas se topan por casualidad, algo capta su atención y deciden hacer lo que sea para permanecer cerca del otro. Aunque sea una estupidez, no importa con tal de estar acompañado en sus locuras.
Tragué saliva al sentir un nudo asfixiante en la garganta. La presión en el pecho volvía a aparecer.
Agradecí mentalmente cuando por fin llegamos a la casa. Quería refugiarme en mi habitación y, aunque sonara hipócrita, estar completamente sola.
—Voy a darme una ducha y luego me dormiré. Me siento agotada —fingí una sonrisa; el cansancio, al menos, no era inventado.
—¡Por supuesto! Ha sido demasiado para ti desde que llegaste. No sabes lo felices que nos has hecho con tu visita sorpresa —la abuela tomó mi mano y la acarició con ternura.
—Anda, cariño. Nos vemos mañana con una taza de chocolate caliente —añadió el abuelo.
Les sonreí, asintiendo una vez.
—Buenas noches.
—Hasta mañana, mi niña.
Me di la vuelta y subí las escaleras. Una vez dentro de la habitación, cerré la puerta tras de mí, apoyé la espalda contra ella y solté un largo suspiro.
La tristeza me invadió nuevamente, acompañada de unos calambres en el cuerpo que empezaban a volverse insoportables. Sentí cómo mis fuerzas flaqueaban y me deslicé de espaldas contra la madera hasta quedar sentada en el suelo, abrazando mis piernas.
Me quedé mirando un punto fijo en la penumbra, ocultando la boca detrás de las rodillas.
Tenía miedo de dormir.
Tenía miedo de volver a tener pesadillas.
Tenía miedo de revivir todo lo que había pasado en aquella habitación oscura.








