La Carta.
"Los muertos no siempre descansan. A veces esperan el momento adecuado para guiar a los vivos."
La lluvia caía con una calma casi hipnótica sobre Ravenshade.
Las gotas resbalaban por los cristales del pequeño apartamento donde vivías desde hacía cuatro años, convirtiendo el mundo exterior en un borrón grisáceo. A aquella hora de la mañana, la ciudad apenas despertaba. Algún coche cruzaba la avenida dejando un rastro de agua sobre el asfalto, mientras el murmullo lejano de las campanas de la iglesia anunciaba las ocho en punto.
Sobre la mesa del salón reinaba el caos.
Libros abiertos, pergaminos digitalizados, mapas antiguos y varias fotografías de castillos medievales cubrían casi toda la superficie. Entre ellos destacaba un cuaderno de cuero negro lleno de anotaciones escritas con una letra pulcra y ordenada. Eran tuyas.
Desde pequeña habías sentido una fascinación inexplicable por la Historia. Mientras otros niños soñaban con astronautas o superhéroes, tú soñabas con civilizaciones desaparecidas, bibliotecas olvidadas y secretos enterrados bajo siglos de polvo.
Quizá era culpa de tu abuelo.
Arthur Ashcroft había dedicado toda su vida a perseguir leyendas que nadie más creía. Durante décadas recorrió media Europa investigando manuscritos prohibidos, iglesias abandonadas y fortalezas en ruinas. Muchos lo consideraban un viejo excéntrico.
Tú siempre pensaste que simplemente era un hombre incapaz de dejar de hacerse preguntas.
Trabajabas como restauradora de documentos antiguos en el Museo Histórico de Ravenshade. No era el empleo con el que soñabas cuando eras adolescente, pero te permitía hacer aquello que amabas: rescatar fragmentos del pasado antes de que desaparecieran para siempre.
Esa mañana tenías pensado terminar la restauración de un códice del siglo XV.
No llegaste a salir de casa.
El teléfono comenzó a sonar sobre la encimera de la cocina.
Lo miraste de reojo mientras preparabas café.
Número desconocido.
Esperaste a que dejara de sonar.
No lo hizo.
Suspiraste antes de responder.
—"¿Sí?"
—"¿Señorita Evelyn Ashcroft?"
La voz pertenecía a un hombre de edad avanzada. Sonaba pausada, casi demasiado correcta.
—"Sí. ¿Quién llama?"
—"Mi nombre es William Carter. Soy el albacea de Arthur Ashcroft."
El corazón te dio un vuelco.
Hacía casi dos semanas que no hablabas con tu abuelo.
No era extraño. Arthur desaparecía durante días enteros cuando encontraba una nueva pista sobre cualquiera de sus investigaciones. Después regresaba como si nada hubiera ocurrido, con una libreta llena de anotaciones y una sonrisa de niño travieso.
Pero algo en aquella llamada era diferente.
Lo supiste antes incluso de escuchar las siguientes palabras.
—"Lamento comunicarle que su abuelo falleció anoche."
El silencio invadió la cocina.
No escuchabas la lluvia.
No escuchabas tu propia respiración.
Solo aquella frase repitiéndose una y otra vez dentro de tu cabeza.
"Su abuelo falleció anoche."
La taza que sostenías entre las manos resbaló de tus dedos.
La porcelana se hizo añicos contra el suelo.
El café se extendió lentamente entre los fragmentos blancos.
—"¿Señorita Ashcroft?"
Tardaste varios segundos en encontrar la voz.
—"¿Cómo...?"
—"Fue una muerte tranquila. Los médicos creen que sufrió un fallo cardíaco mientras dormía."
No.
Algo dentro de ti rechazó aquella explicación de inmediato.
Arthur Ashcroft era muchas cosas.
Despistado.
Obsesivo.
Terco.
Pero jamás había parecido un hombre dispuesto a marcharse sin más.
—"Su abuelo dejó instrucciones muy precisas para este momento", continuó el abogado. "Solicitó que acudiera hoy mismo a mi despacho. Hay algo que debía entregarle personalmente."
Miraste el reloj de pared.
Las agujas marcaban las ocho y doce.
Sin saber por qué, un escalofrío recorrió tu espalda.
Las dos agujas comenzaron a vibrar.
Durante apenas un segundo...
El reloj se detuvo.
Ocho y trece.
Las campanas de la iglesia dejaron de sonar al mismo tiempo.
Después, todo volvió a la normalidad.
El tic-tac regresó.
Los coches continuaron circulando.
La lluvia siguió cayendo sobre la ciudad.
Frunciste el ceño.
"Habrá sido mi imaginación..."
Sin embargo, una sensación incómoda permaneció instalada en tu pecho durante el resto de la llamada.
---
Una hora más tarde caminabas bajo un paraguas negro rumbo al despacho de William Carter.
Las calles estaban llenas de gente, pero jamás te habían parecido tan silenciosas.
Mientras avanzabas, recordaste la última conversación con tu abuelo.
"Cuando encuentres respuestas..." —había dicho mientras ordenaba unos viejos mapas sobre la mesa de su despacho— "...prométeme que no dejarás de hacer preguntas."
"¿Respuestas sobre qué?"
Arthur levantó la vista.
Por primera vez en muchos años no sonrió.
"Sobre Black Hollow."
Tú soltaste una pequeña carcajada.
"Otra vez con ese lugar..."
"No es un lugar cualquiera, Evelyn."
"Abuelo, llevas veinte años buscándolo."
"Porque existe."
"¿Y si no quieres encontrarlo?"
Arthur permaneció en silencio unos instantes.
Después respondió con una serenidad que jamás olvidaste.
"Entonces reza para que sea él quien nunca te encuentre a ti."
Aquellas palabras te parecieron absurdas.
Ahora...
Recordarlas te erizaba la piel.
Sin darte cuenta, aceleraste el paso.
No sabías que aquella mañana estaba a punto de cambiar tu vida para siempre.
Y que, en algún lugar oculto entre montañas cubiertas de niebla...
Alguien acababa de pronunciar tu nombre por primera vez en siglos.
Continuará...
Capítulo 2: El legado de las sombras
"Hay cartas que cambian una vida. Y otras que despiertan aquello que llevaba siglos dormido."
La lluvia seguía golpeando los ventanales del despacho de William Carter cuando el silencio terminó por hacerse insoportable.
Tus ojos permanecían fijos sobre la carta de Arthur.
"Yo no morí de forma natural."
Leíste aquella frase una segunda vez.
Y una tercera.
Esperabas que las palabras cambiaran, que revelaran algún error, alguna broma de mal gusto propia de tu abuelo. Pero seguían allí, inmóviles, tan reales como el temblor que recorría tus manos.
—"¿Creía realmente todo esto?" —preguntaste sin apartar la vista del papel.
Carter dejó escapar un suspiro.
—"Su abuelo nunca creyó en leyendas, señorita Ashcroft. Creía en pruebas. Y durante los últimos meses estaba convencido de que alguien lo seguía."
Sentiste un nudo en el estómago.
—"¿La policía lo sabe?"
—"Arthur me prohibió acudir a ellos."
"Si algo me ocurre, la policía solo conseguirá poner más vidas en peligro."
Aquellas habían sido sus palabras.
Te levantaste lentamente.
La habitación parecía más pequeña que unos minutos antes.
El reloj de bolsillo descansaba sobre el escritorio, completamente inmóvil, como si nunca hubiera girado hacia atrás.
Lo tomaste entre las manos.
Era sorprendentemente frío.
En la tapa había un grabado que jamás habías visto.
Un eclipse.
Un sol negro rodeado por un círculo plateado.
Debajo podía leerse una inscripción en latín.
"Umbra veritatem custodit."
"La sombra protege la verdad."
—"Nunca le vi ese reloj."
—"Lo llevaba siempre consigo... pero jamás permitió que nadie lo tocara."
Guardaste el reloj, la llave y el cuaderno dentro de tu bolso.
—"Gracias por todo, señor Carter."
El anciano dudó antes de hablar.
—"Hay algo más."
Te detuviste.
—"Anoche, pocas horas después de la muerte de su abuelo, alguien entró en mi despacho."
Lo miraste sorprendida.
—"¿Robaron algo?"
—"No."
"Solo dejaron esto."
Sacó un pequeño sobre negro.
No tenía remitente.
Lo abrió cuidadosamente y extrajo una única hoja.
Sobre ella solo había escrita una frase.
"La heredera ya ha sido elegida."
Sentiste un escalofrío.
—"¿Quién lo dejó?"
—"Las cámaras dejaron de funcionar durante exactamente tres minutos."
Tres minutos.
El mismo tiempo que, según el informe policial, había permanecido sin electricidad la casa de Arthur antes de encontrar su cuerpo.
Demasiadas coincidencias.
Cuando saliste del edificio, la lluvia había cesado.
Las calles de Ravenshade estaban cubiertas por una fina niebla que ascendía desde el río.
Abrazaste el bolso contra tu pecho y comenzaste a caminar sin rumbo fijo.
Necesitabas pensar.
Todo aquello era absurdo.
Conspiraciones.
Cartas.
Mensajes anónimos.
Un reloj imposible.
Sin embargo...
Recordaste el extraño instante de aquella mañana.
Las ocho y trece.
El reloj detenido.
Las campanas en silencio.
Y aquella sensación de que alguien te observaba.
Levantaste la vista instintivamente.
Al otro lado de la calle, entre la niebla...
Había una figura.
Alta.
Vestida completamente de negro.
No distinguías su rostro.
Solo sus ojos.
Dos iris dorados que parecían brillar incluso bajo el cielo gris.
El desconocido permanecía inmóvil.
Mirándote.
Un autobús cruzó la avenida durante apenas unos segundos.
Cuando desapareció...
Él ya no estaba.
Tu respiración se aceleró.
"No puede ser..."
Miraste a ambos lados.
Nadie.
Solo peatones apresurados y el murmullo habitual de la ciudad.
Esa misma noche...
Muy lejos de Ravenshade.
Oculto entre montañas cubiertas por bosques interminables...
Black Hollow seguía existiendo.
Las antiguas murallas de piedra negra emergían entre la niebla como si hubieran sido esculpidas en la propia montaña.
En la torre más alta del castillo, un hombre contemplaba el horizonte desde un enorme ventanal.
Su cabello oscuro caía hasta la nuca.
Vestía un largo abrigo negro de corte elegante.
Su porte era el de un rey.
Pero sus ojos...
Sus ojos dorados no pertenecían a ningún hombre corriente.
Sobre la mesa descansaba un retrato antiguo.
Una joven de cabello castaño y ojos verdes.
Evelyn.
El hombre acarició el borde del retrato con la yema de los dedos.
—"Así que Arthur cumplió su promesa..."
Su voz era grave, serena y cargada de una melancolía imposible de ocultar.
Otro hombre apareció tras él.
—"Mi señor."
Kaeren no apartó la vista del retrato.
—"¿Está confirmado?"
—"Sí."
"Ella ha recibido la herencia."
Un largo silencio llenó la estancia.
Finalmente, Kaeren cerró los ojos.
—"Entonces ya no queda tiempo."
—"¿Ordeno traerla a Black Hollow?"
Kaeren negó lentamente.
—"No."
"Si intentamos obligarla... los otros la encontrarán antes que nosotros."
Se acercó al ventanal.
La luna comenzaba a asomar entre las nubes.
—"Que crea que todo ha sido una casualidad."
"Pero no la perdáis de vista ni un solo instante."
El hombre inclinó la cabeza.
—"Como ordene, mi señor."
Cuando volvió a quedarse solo, Kaeren tomó entre sus manos un antiguo medallón de plata.
Dentro había un retrato muy desgastado.
Una mujer sonreía junto a él.
Sus facciones...
Eran extraordinariamente parecidas a las de Evelyn.
Kaeren cerró el medallón con delicadeza.
—"Ojalá nunca hubieras heredado su destino..."
Susurró aquellas palabras casi para sí mismo.
Sin saber que, en ese mismo instante...
En Ravenshade, alguien acababa de forzar la puerta del apartamento de Evelyn.
Continuará...








