La manta y el segundo cajón
BLOQUE I: EL DESIERTO Y LAS RAÍCES (2010–2022)
I. Johannesburgo en la alfombra
En el segundo cajón del mueble del salón de mi casa, justo debajo de las mantelerías de hilo que solo se sacan en Nochebuena y de una caja de lata con botones sueltos, hay un álbum de fotos de tapas de piel roja. Si abres sus páginas de cartulina gruesa por el mes de julio de 2010, no hay instantáneas del estadio Soccer City de Johannesburgo, ni del césped aplastado por los tacos de los futbolistas, ni del confeti dorado cayendo sobre el cielo nocturno de Sudáfrica.
Hay una foto enfocada a medio metro de distancia. Se ve una manta de algodón amarillo desplegada sobre las baldosas del suelo del salón. Encima de la manta hay un bebé de cuatro meses tumbado boca arriba, vestido con un pijama blanco que le queda un poco grande de mangas. Tiene los ojos entornados, ajeno por completo a la vibración del televisor de tubo que parpadeaba a su lado y a los gritos que retumbaban al otro lado de la ventana abierta de par en par.
Ese bebé era yo.
A menos de dos metros de la manta, la pantalla de la televisión escupía la imagen fija de un tipo de Albacete corriendo desbocado hacia la esquina del campo, quitándose la camiseta roja para enseñar una camiseta interior con una frase escrita a rotulador negro. En la calle, la noche de verano olía a pólvora quemada de petardos, a cerveza derramada en el asfalto de la terraza del bar de abajo y al claxon ininterrumpido de los coches que no dejaron de dar vueltas a la rotonda hasta pasadas las cuatro de la madrugada.
Yo no recuerdo nada de aquella noche. Ni un solo sonido, ni un destello de luz, ni el olor a sudor y emoción que llenó el salón de mi casa cuando mi padre se tiró al suelo para abrazar a mi madre.
Durante toda mi infancia, la noche del 11 de julio de 2010 me fue entregada como un mito heredado, una historia sagrada que los adultos contaban en las comidas familiares con la misma solemnidad con la que se habla de una guerra ganada o de un milagro antiguo. En el colegio, los profesores de Educación Física sacaban balones gastados al patio y nos hablaban de la época dorada entre 2008 y 2012 como si nos estuvieran explicando la Odisea o las campañas de Julio César. Nos mostraban vídeos en la pantalla del aula de informática: pases al primer toque, combinaciones matemáticas en el centro del campo y finales dominadas con una superioridad aplastante.
Nosotros escuchábamos en silencio, sentados en las sillas de plástico verde, mirando aquellas imágenes con la distancia de quien contempla un cuadro en un museo. Jugábamos en los recreos a imitar pases que solo habíamos visto en resúmenes editados de YouTube con música de fondo, atascados en la paradoja involuntaria de haber nacido en el año exacto en que fuimos campeones del mundo sin haber tenido la oportunidad de sentir ese pellizco en el pecho ni una sola vez en la vida.
II. Camisetas de mercadillo y recuerdos prestados
A los seis años, mi vestuario para ir al parque los domingos por la tarde consistía en una camiseta roja con el número 6 a la espalda. Me la había heredado un primo mayor. Le quedaba corta de mangas y el estampado del nombre de Iniesta en la parte trasera estaba agrietado por los múltiples lavados, dejando ver el fondo azul oscuro de la tela original.
Para los niños de mi generación, la selección no era un equipo de carne y hueso que jugaba los sábados por la tarde; era una colección de cromos antiguos y un relato en boca de nuestros padres.
—Tú no sabes lo que era aquello —me decía mi padre los domingos mientras preparaba el aperitivo en la cocina—. La pelota no la olía nadie. Tocaban y tocaban hasta que el rival se cansaba de correr detrás de la sombra. Lo de ahora no tiene nada que ver.
Ese “lo de ahora” pronunciado con desdén era el telón de fondo de mi infancia. Para cuando tuve uso de razón y empecé a prestar atención a los partidos que echaban por la televisión a las nueve de la noche, la fiesta que había paralizado al país el verano en que yo estaba en la cuna hacía tiempo que se había terminado.
Los héroes de las fotografías fijas de mi casa habían empezado a envejecer. A algunos les faltaba el pelo, a otros les pesaban las piernas sobre el césped y la mayoría comenzaba a retirarse en ligas lejanas del Golfo Pérsico o de Estados Unidos. La selección española había dejado de ser la máquina perfecta que asombraba al planeta para convertirse en un trámite aburrido, una pesadez institucional que la gente veía por inercia mientras cenaba en el sofá.
En el patio del colegio, mis amigos y yo ya no peleábamos por ser Xavi o Iniesta cuando hacíamos los equipos a la hora del recreo. Preferíamos ponernos las camisetas de astros extranjeros que veíamos en las redes sociales o en las portadas de los videojuegos. El fútbol de la selección nos parecía un asunto de viejos, una conversación de barra de bar que pertenecía exclusivamente a la generación de nuestros padres y a la que nosotros habíamos llegado demasiado tarde.
III. El peso de la alfombra
En el mueble del salón, justo al lado del televisor, había una pequeña balda donde mi madre colocaba los marcos de fotos familiares. A la izquierda, una imagen de la boda de mis padres en 2005. A la derecha, una foto de mi primer día de colegio con el letrero de la clase de infantil al fondo. Y en el centro, apoyado contra la madera barnizada, el pequeño marco de plata con la foto recortada del álbum rojo: el bebé de cuatro meses tumbado sobre la manta amarilla en julio de 2010.
Cada vez que pasaba por delante del mueble para ir a la cocina o para coger la mochila antes de salir hacia el colegio, me quedaba mirando un segundo a ese niño sin memoria.
Me daba una rabia extraña. Una envidia absurda hacia mi propio pasado. Aquel bebé había estado en el centro exacto del terremoto más grande de la historia del deporte de su país y lo único que había hecho durante esas dos horas históricas había sido dormir una siesta profunda mientras el mundo se venía abajo a su alrededor.
Durante años me pregunté qué se sentiría al estar vivo de verdad en un momento así. No me refería a estar vivo en el sentido biológico de respirar y tener un pulso constante, sino a sentir esa vibración colectiva en la que una calle entera grita a la vez por la misma razón, en la que personas que no se conocen de nada se abrazan en las rotondas y en la que la televisión deja de ser un electrodoméstico para convertirse en una ventana por la que entra la gloria.
Crecí convencido de que a mi generación le había tocado habitar una época menor. Una era de secuelas malas, de recuerdos en blanco y negro contados por adultos nostálgicos y de un fútbol gris que no despertaba la emoción de nadie. Tendría que pasar toda una infancia de eliminaciones tristes, tardes frías de invierno y exámenes suspendidos antes de entender que la historia no se había terminado en 2010; simplemente estaba esperando a que nosotros tuviéramos la edad suficiente para salir a la calle a buscarla.








