Capítulo 1: Fin De La Guerra. by Cordelia at Inkitt
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Capítulo 1: Fin de la guerra.

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Summary

Otra historia fantástica no es más que eso, una historia en un mundo fantástico que caería en tragedia después de una profecía nada fuera de lo común en base a su naturaleza. Las criaturas ya no serían la punta de la pirámide y los humanos volverían a tomar el control en la cadena alimenticia, es solo que los acontecimientos no son nuevos para Radfield, un descendiente humano que viaja al pasado en una nueva línea temporal para evitar la muerte de su mejor amiga y exesposa. Una historia destinada a ser cliché pero hay una diferencia; no se trata de salvar al mundo por ser el elegido, al contrario, Radfield deberá elegir entre sí mismo y el bien común a pesar de sufrir por su propio sabotaje.

Genre
Fantasy
Author
Cordelia
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Fin de la guerra.

”Funeral de la última flama de guerra.”

Las botas de Radfield resonaban contra el suelo de la Sede. El silencio que lo seguía era más punzante que cualquier insulto; un eco que confirmaba su nueva posición, aunque el odio en el aire no hubiera disminuido ni un ápice. Años atrás, caminar por aquí habría sido su sentencia de muerte. Hoy, era un invitado incómodo al funeral de Danish Flawsher.

—No es necesario traer flores —masculló el joven mientras acomodaba las rosas en La Sede de ese mundo que lo abandonó por su raza. Por mero instinto apretó el libro desgastado entre sus solapas. La cicatriz de su palma izquierda se había desvanecido casi por completo al perfeccionar sus habilidades por su cuenta.

Hombres, mujeres y criaturas de túnica negra caminaban juntas mostrando sus Armas Duales en la Sede.

—¿Escucharon lo de la Sede en Islandia? —susurró un cazador, evitando mirar al rey—. Poner a la reina en suelo terrestre... qué desperdicio.

—Al menos ya no tendrá que limpiar su propio desastre —respondió una criatura inmensa, soltando una carcajada seca—. ¿Comprometerse tras el juicio? Aún me pregunto qué vio en ese otro descendiente humano.

—Sangre fría, supongo. Mató a su primer esposo y ahí la tienes, mezclando su linaje de nuevo. Algunos dicen que es una sádica.

—Escuché que mató a miles de exiliados del frente opuesto. Lo era.

—Cállate, NullMan. Gracias a ella tu raza puede pisar un santuario como este. Sé agradecido.

Durante sus últimos años, mientras él se incorporaba al mundo actual y participaba en la guerra, la vaga sensación de que su cuerpo era ajeno seguía retumbando en él.

Usualmente, habría cuadros y relatos de guerra colgados, pero hoy solo eran ofrendas, rosas, mensajes de condolencias y disculpas. Ni siquiera presentaron los bailes a la reina típicos de Megpuriyah-Sen con sus velos en el rostro y joyas en las muñecas.

—Vaya, Danish logró reunirnos a todos —dijo un Lemno con su antena más torcida que otros, luciendo prisionero en una ceremonia tan grande. El joven de diecinueve años ni siquiera tenía que mirarlo para saber que se trataba de Blue—. Al menos no tendrá que encargarse de las reconstrucciones ni soportar otro lunes de reuniones por el resto de la eternidad. La envidio.

—Es Radfield —susurró alguien atrás. Un murmullo de incredulidad se extendió por la sala, como polvo colándose por cada rincón. Los guardias, en cambio, mantuvieron la postura neutral, quietos. Todos lo miraban pero nadie se atrevía a moverse.

—Al contrario de sus hermanos que crecieron en los terrenos de Agua, él fue completamente desvinculado de la cultura y sus costumbres. Fue criado por una criatura subordinada de la reina Celina a las orillas de la Región del Agua, en Tear-Trill.

—¿No se suponía que estaba muerto? —preguntó otra criatura de un ojo.

—La reina nunca lo mató. Solo lo hizo así para esconderlo y poder deshacerse de su rol como rey.

—¿Y por qué? ¿Hay diferencias entre el primer y segundo matrimonio?

—Los Casi-Humanos por aquí son avaros... —rectificó una criatura, cuyas branquias se contrajeron con incomodidad, provocándole náuseas. Cerca estaba el hombrecito al que jalaron antes, estaba cubierto por una capucha; ni siquiera podía ver si tenía características humanas.

—Se dictó que todos tendrán acceso a la ceremonia independiente de su raza. Deberías ser más cortés —replicó una criatura de Fuego.

—Está bien —susurró el ex príncipe—, a Danish no le gustaban mucho los humanos, ya sabes.

—Fue igual que su madre. Se escondió en La Tierra Sintética por cobardía —bufó una criatura.

—¿En serio? —preguntó con bobería.

—¡Cállate y sé más agradecido! Podrían matarte por decir eso —reprochó otra.

Radfield luchaba por ignorar el murmullo de los nativos, palabras que se sentían como ácido en sus oídos. Sus ojos recorrieron la sala: arriba, los nobles destilaban una luz envidiable; abajo, las bestias de carga arrastraban estandartes que él nunca tocaría. Al fondo, en la penumbra, estaban los ‘casi-humanos’. La escoria. La jerarquía no era solo una ley escrita; era un peso físico que le oprimía el pecho, recordándole con cada bocanada de aire que, a ojos de todos, su existencia era una anomalía.

Era un lugar donde nadie podría morir, a menos que el rey de la Región otorgara la pena máxima: el fin de su inmortalidad y la desintegración del Alma, lo cual lo volvía un paraíso para muchos y un infierno para otros. Las reglas eran muy estrictas. Cuando tu evaluación era deficiente, desaparecías en el mejor de los casos y, nadie sabía nada más de ti.

Y lamentablemente a Radfield le tocó la peor parte de todo eso.

—Ven por aquí —le indicó él al joven de capucha. Su amabilidad mecanizada era escalofriante—. Sé que Danish fue importante para que podamos vivir en paz, pero no podemos pasar por alto sus preferencias.

Cuando jaló la capucha se encontró con unos rectángulos rojos mal cosidos en lugar de sus orejas. El supuesto humano se volvió a tapar con la capucha y abandonó el recinto. El nuevo rey no lo siguió, no tenía energía para hacerlo. No estaban presentes muchos descendientes humanos, y los que estaban se habían modificado el rostro para parecer criaturas.

Ese tipo de criaturas no debían presentarse en un lugar como ese.

Una criatura femenina de alto rango, probablemente una princesa, lloraba desesperadamente. Debía ser joven, porque sus lágrimas se volvían cristales al tocar el suelo. Estaba devastada.

Era la hermanastra de Danish.

Las criaturas nobles tenían la peculiaridad de crear en bolsas dentro de sus tejidos, a base de su sudor, el Elemento que se les había asignado al nacer. Las criaturas comunes y corrientes solo podrían usar su energía como moneda de cambio para los altos impuestos, trabajando para que el curso de la vida continuara avanzando. Como cualquier otra civilización.

Morir una vez significaba perder tu cuerpo físico; morir por segunda vez era perder las habilidades de tu Alma. ¿Qué hacían con su Alma Elemental? Nadie estaba seguro. Solía decirse que eran usadas para crear nuevo armamento, algunos que nutrían al milenario árbol en lo profundo de sus bosques, y otros, los más valientes, aseguraban que con ella la nobleza creaba cepillos para su rebosante cabellera, en especial los de la facción de Fuego del sur.

Y ¿Qué pasó con Danish? ¿Quién se hizo cargo de su Alma?

Eso era lo peor. Era ilocalizable, tanto así que muchos dieron por hecho que fue destruida cuando se enfrentó al asedio en su mansión. Era una de las razones por las que el rey no podía ni siquiera mirar directamente el cuerpo en el féretro. El solo hecho de detenerse a cuestionar las posibilidades le hacía querer partirse la cabeza en dos.

Porque sabía que no quedaba nada de Danish en él. Solo un cuerpo. Solo la cáscara con una dosis de frialdad perfecta para atormentarlo.

Los cinco dedos humanos palmearon el entorno del féretro. No podía sentir nada allí; su Alma Elemental estaba fuera de su alcance por la eternidad. No importaba si usaba sus habilidades como alquimista, serían insuficientes para este caso en particular.

—¿No se suponía que el hijo bastardo de la ex-Reina Celina fue asesinado por la Reina Caída? ¿Por qué sigue vivo?

—Baja la voz, podría matarte si quisiera. Hay muchos rumores sobre él. Incluso se dice que fue escondido cuando la guerra explotó por los aliados de la última reina de Fuego.

—¿Entonces ella nunca lo mató? ¡Su juicio fue una absoluta pérdida de tiempo…! Ya me estoy sintiendo mal por ella. Quizá no nos odiaba tanto. ¿Para qué cuidaría de una vida humana?

¿Por qué?

—¿Sabías que Radfield antes era el nombre de una profecía?

—¿Qué? —preguntó la cosa gigante.

—Déjalo, fue un Lemno creado con la tecnología de Aire y aunque se vea grande apenas debe tener menos de dos semanas. Lo recuerdo; el Alma humana que traería calamidad. Es una vergüenza entre humanos y criaturas.

—Nació de una criatura noble de Agua y un descendiente humano.

—¡Nooo! ¿Y cómo terminó viviendo en Tear-Trill sin que nadie dijera nada? No me sorprendería si fuera un tipo de arma de guerra.

—Lo crió una sirvienta, como si fuera su propio hijo. Pero cuando él cumplió los catorce, la mujer murió en circunstancias sospechosas.

La criatura parlanchina tenía derretida gran parte de sus fosas nasales, estaba rígida. Seguramente abusó del uso del Siarun refinado para mejorar sus habilidades, tal y como él lo hizo. El dolor carcomiendo sus venas e intestinos se lo recordaba cada día. Radfield sintió una punzada familiar; sabía bien lo que el Siarun le hacía a los huesos. Era el mineral que el gobierno usaba para sellar Almas, pero en las manos equivocadas, solo era un veneno que convertía a los exiliados en cáscaras vacías. Radfield poco a poco se alejó de la tarima para visitantes. No quería seguir escuchando, no lo necesitaba.

—Sí, escuché sobre la muerte de una famosa alquimista. Fue una terrible noticia para nosotros los exiliados. ¿Y qué pasó después?

¿Qué pasó después? Ese mismo día conoció a la princesa Danish.

El mismo día que se comprometieron, se pusieron de acuerdo para romper ese matrimonio lo antes posible.

Tenaz, dura y aguda. Con una fuerza abrasadora. Su sola presencia podría hacer temblar la tierra, partir el océano y encender una llama de esperanza en el marco de la guerra. Era solo que, incluso la llama más destellante y cálida podría consumirse.

Incluso si ambos tuvieron sus discusiones en el pasado, aún si sus peleas eran terribles, no podría faltar al funeral de la amiga más real que tuvo. La razón por la que él pudo tener una vida normal en el mundo humano sintético, su sola existencia, era gracias a ella.

Y sin embargo, Radfield sabía que no podría compensar el daño que había causado, ni a las personas que había involucrado, ni los errores que cometió. Los habían traicionado por su culpa y su inmadurez, por su lealtad y compasión ilimitada. En ese entonces, solía pensar que los cielos habían desquitado su furia con él. Que desde su nacimiento había caído una calamidad celestial. Destinado a ser el problema.

Entonces él lo creyó así.

Estaba cansado, llevaba años escuchando lo mismo; palabras hirientes y denigrantes por existir. El mundo lo descalificó constantemente, y él trataba de cambiar todo de sí para que estuvieran conformes, pero no existiría manera de cambiar esto.

Sus manos tocaron el frío féretro.

—Nunca sabrás cuánto me importaste —lloró una voz a su lado. Era la hermanastra de Danish—. ¿Qué puedo hacer ahora? ¿Qué se supone que haga con la criatura?

—Tal vez en las criaturas no sea lo mismo, pero en los seres humanos es esencial. Nuestra vida es demasiado corta para no expresar cuándo amamos a alguien —susurró alguien, pero Radfield no tenía la energía para girarse y mirar.

Él observó el rocío de las rosas moverse con suavidad. La guerra los golpeó duro. Armaron a los exiliados, prisioneros de guerras anteriores y descendientes de humanos para poder defender a su respectiva Región. Y la Tierra Sintética era la que más sufrió en la guerra.

La reina sabía que no ganarían. Los ojos cansados de Radfield se dirigieron al suelo. Verdes enredaderas trepaban por el tallo, dándole una apariencia fuerte e indestructible a todas las rosas frente a la tumba en La Gran Sede. Su respiración se estancó momentáneamente. El joven giró su rostro hasta encontrarse con criaturas de tez amarillenta como la cera, cuadrados rojos en lugar de orejas y una prominente antena en la frente.

—Lemnos de la Región del Agua —Se perturbó. Estas criaturas se diseñaron copiando las técnicas de Tierra, solo que sus cáscaras se veían casi humanas. Mostrarlos en el funeral era simplemente desvergonzado. Mirando a su alrededor, el nuevo rey divisó otras criaturas con materia metálica interna.

Indiscutiblemente, en la guerra todo se vale. Los Lemnos fueron creados originalmente en la Región de la Tierra y robados por la Región del Agua durante La Revolución del Agua, una guerra anterior. Junto a esas criaturas altas con pies de enredadera, pudo vislumbrar a una pequeña y bajita siguiéndole el paso a una cara que le resultó familiar.

—La Región de la Tierra da sus condolencias al actual rey de la Región del Agua.

Radfield vio sus rectas espaldas marcharse. Aun si seguía ensimismado en sus sentimientos, debía mantener la compostura y la dureza de la realeza. Pero ¿cómo usar la etiqueta que jamás había conocido? Solo era otro humano que fue golpeado por la guerra.

Con su vestido de lino, un gran grupo de entidades caminó en dirección al féretro para dar las condolencias.

—La Región del Agua se disculpa con el rey Radfield por difamar su nombre. La profecía fue mal interpretada, ocasionándole un terrible daño a usted, y nosotros, la facción que dio protección a los verdaderos responsables, asumiremos toda la culpa por los daños.

La anterior reina de su facción, la reina Celina indicó a sus subordinados que dejaran fluir agua abajo del fuego como tributo. Al escucharla, la boca del joven se crispó; su expresión se endureció inevitablemente.

—¿De qué sirve que asuman la responsabilidad ahora que ya todo está acabado? El mundo humano aún está en crisis por su error. Miles de Almas vagan en la tierra, con sus cuerpos poseídos por guardianes Lemnos de Agua a cargo de ustedes. Si quieren asumir responsabilidad como tanto dicen, manden a su gente a exorcizarlos.

La Gran Sede se quedó en absoluto silencio.

Viendo que los aires eran incómodos, un Lemno de la multitud se acercó. Su rostro amarillento y pálido, como cera de una vela desgastada por el agotamiento, era mucho más delgado y pequeño que el común de su raza. Sus ojos fríos aterrizaron en la expresión inapaciguable del otro. Él tocó con cautela la espalda de Radfield.

—Los guardianes Lemnos de Fuego se llevarán lo que queda de su Alma al ciclo de reencarnación —indicó esa criatura de cabello negro azabache mientras hacía crecer las enredaderas que adornaban el ataúd de fuego. Dejó caer sus pestañas negras, viendo por el rabillo de sus ojos a la niña que acompañaba al recién llegado.

—¿Ya no guardas rencor por encerrar tu Alma durante cuatro años, verdad? —preguntó Blue, el Lemno, mientras las enredaderas trepaban entre sus dedos—. Arian dijo que estarías mucho mejor si estabas oculto, ya sabes, eras muy joven y un peligro para ti mismo si te enterabas de lo que ocurría en la Región del Agua. Ve lo bueno, tienes piedad política ahora y te devolvieron tu rol como rey por tus servicios en la guerra. Ya verás que en unos pocos años más dejarán de odiarte.

El frenético latido en sus oídos y el temblor de sus manos lo distrajeron continuamente, pero aún mantenía su conciencia palpable, tratando de verse como un gobernante debería verse. Pero sabía, estaba lejos de merecer ese puesto. Blue hizo señas a la criatura más pequeña para que se marchara.

Si Danish era la cálida esperanza, Radfield fue la corriente de agua que congeló su flama y, por ende, su vida, como un balde de agua fría arrojándose en su espalda.

—Estaba equivocado…. —Su suspiro acarició el aire mientras se inclinaba y apretaba un libro entre sus brazos —. Si hubiera llegado antes, si no hubiera sido por mi estupidez… tal vez no…

Sabía que no existía tal cosa como “tal vez”. No tenía sentido seguir lamentándose. Esperó pacientemente en la orilla, como si ansiara que la lengua venenosa de la mujer le escupiera un “claro qué es tu culpa” o que sencillamente se levantara para jalarle la oreja. Sin embargo, ya era el tercer día de velación y esos ojos agudos no se abrieron. Su cabello rojo, como los árboles en otoño, continuó ardiendo inmortalmente.

Ella prefirió morir antes de perder y entregar su Alma Elemental, llevándola así al otro mundo.

—La Tierra Sintética aún necesita ser atendida. Siendo el rey actual de la Región del Agua, tomarán tu palabra en serio. La Gran Sede cerrará sus puertas el cuarto día —le recalcó el Lemno de baja estatura—. También hay un problema que te interesará allá. Te lo aseguro, te volará la cabeza cuando vayamos.

El joven permanecía agazapado en el suelo, mirando el ataúd abierto como quien mira la lluvia de medianoche. Desolado.

—Déjame estar aquí, Blue.

Blue alzó su mirada aguda, mirándolo con cierta cautela. El Lemno se agazapó cerca.

—No soy bueno dando consejos, pero supongo que es como cuando Arian murió —susurró, tratando de darle el pésame—. Con lo terca que ella es, ¿realmente crees que permitirá que ese bastardo continuara con sus planes sin sufrir un poco? ¿Ella era el tipo de criatura que lo dejaría ir libremente?

—Estuve tan cerca… pero aun así no pude ver quién era. Solo Danish lo vio. Ella se llevará su rostro al otro mundo.

Blue se arrodilló más cerca.

—No es tu culpa. Nadie podría haberlo sabido. Danish nunca nos contaba nada.

El expríncipe sonrió con amargura.

—Ella es tan arrogante y orgullosa. Si hubiera dicho algo, si hubiéramos sabido que había cerrado un pacto con ese…

La criatura de amarillenta tez dio unas palmas frívolas en la espalda del otro.

—No creo que ella esté inconforme con su decisión.

—Ella siempre dijo que quería gobernar. No podría estar tranquila si su trono estaba en manos de Agua. Solo que el precio fue demasiado alto, incluso permitió que le quitaran su inmortalidad, su vida.

—Aire se encargará de recolectar todo el Siarun que existe, sus refinamientos, y destruirlo junto a los criminales de guerra, al igual que las armas atrapa-espíritus defectuosas. La Región del Agua irá a la Tierra para arreglar el desastre. Por otro lado, la entrada al Otro Mundo será sellada. Llevaré a los Lemnos de Fuego con cargamento a La Sede Medicinal para exorcizar a los que aún siguen en cuerpos humanos. ¿Quieres algún método especial para ejecutar a Nayareth? Su tipo de Alma Elemental es excepcional. Podría sernos útil.

El expríncipe no se atrevió a moverse. Sin ninguna respuesta, Blue simplemente fingió que nunca había preguntado. Aún si culpaba a esa traidora, nada cambiaría con su ejecución. Ningún castigo podría cambiar eso, ni siquiera su muerte.

Incluso si él mismo deseaba morir. ¿De qué servía haber estudiado y practicado tanto para que su Alma fuera fuerte, si todos los días que le quedaban serían así? Su Alma en este punto ya era apetitosa, podría arrojarse a cualquier criatura de bajo rango para ser consumida y ambos estarían contentos.

Blue miró el fuego ardiendo en la madera del ataúd, era tan intenso, seguramente no podía evitar preguntarse si el Alma de la reina permanecería aún consciente como los Lemnos después de que el cuerpo se destruyese.

Blue abrió sus finos labios, como quien intenta buscar la manera correcta para continuar.

—El cachorro de ella sobrevivió en la Región del Agua. Si quieres, ahora que ella murió, puedes encargarte de él.

Las pestañas negras de Radfield temblaron. Sabía que Danish se casó con un humano, sabía que se habían casado, pero nunca había pensado que ese matrimonio fuera serio. Un niño perdido y huérfano, no tenía problema en encargarse de él después de que Fuego quedara sin herederos capacitados. Incluso podría sentir una ligera lástima cruzar por su pecho causada por la empatía.

Pero estaba destrozado. El rocío de sus ojos se deslizó en sus mejillas calizas.

Blue sintió que solo estaba tirando más sal a la herida, tartamudeando, continuó.

—A pesar de ser un híbrido, su Fuerza Elemental es de Fuego. Y tiene la misma forma de mirar, lo hubieras visto —sonrió Blue—. Es tan arrogante como Danish.

Radfield se quedó mirando, sus ojos muy cansados como las llamas del fuego que consumen lentamente el cuerpo en el ataúd. Quemando todo su ser hasta lo profundo de su alma.

—Este día no me encargaré de eso. Zira podrá acogerlo en la Sede Terrestre —susurró el único Casi-Humano de la sala—. Este mundo es peligroso para cualquier Alma Elemental de su tipo. Lo codician.

Permaneció ahí aun cuando todos se marcharon. Con la luz de la luna bañando sus húmedas mejillas, Radfield se durmió encima del ataúd de fuego, sin importarle si las llamas lo consumían hasta volverlo cenizas, aún si se regeneraba por el fin de los tiempos. ¿Qué importaba? Logró refinar su Alma Elemental de todas formas. Ya no era tan débil, gracias a que perfeccionó técnicas prohibidas junto a Nayareth. Podía escuchar los gritos desaprobatorios de Danish en sus orejas si intentaba recordarlo. A la reina no le gustaba que involucrara a humanos corrientes con algo tan riesgoso, aún si no conocía la naturaleza desesperada de los actos del expríncipe. Si él no trabajaba duro, su Alma Elemental no se fortalecería y pondría en riesgo su habilidad.

Pero si ella estaba muerta, ¿qué importaba entonces?

Nunca pensó que la inmortalidad que despreció tanto sería la que le permitiera acercarse a ella en su ataúd de fuego. El rostro de esta mujer era hermoso, sus cejas estaban relajadas y su expresión se había suavizado. Muy diferente de todas las veces que se encontró con ella antes, donde la mayoría del tiempo parecía estar preparándose para cortar su cabeza. Radfield hizo balancear los pliegues de su ropa de luto, encontrando un pequeño libro desgastado. Había practicado ilegalmente y aprendido sobre el mineral más peligroso de su mundo sin saber que ese sería su final.

—Siempre fui riguroso con este libro que buscabas y nunca permití que lograras conseguirlo —musitó el expríncipe mirando el fuego inmortal arder alrededor de su féretro, como si ansiara estar ahí dentro en lugar de ella—. Ahora no me sirve de nada si no estás aquí. Ni siquiera con un refinamiento a nivel de posesión podría traerte de vuelta.

Mientras el linaje noble descansaba en su cuna de oro, los reyes movían el tablero del mundo con un simple gesto de sus dedos. La jerarquía era brutalmente simple: si en doce años alguien no cumplía su función, era degradado en el mejor de los casos a comerciante, y no siempre de los legales. Si fallabas, desaparecías. En este mundo, tu Alma Elemental no solo determinaba tu trabajo, sino tu derecho a existir.

Podría ser mucho peor, podrías terminar en el historial experimental de un alquimista, incluso muchas Almas errantes que encontraba en su caminar terminaron siendo parte de los experimentos de Radfield. Bien él podría interpretarlo como kármico.

Cada linaje era responsable de un elemento de la naturaleza. La familia de la reina poseía una afinidad poderosa con el fuego y sus súbditos resaltaban por ser herreros.

Los “Casi-Humanos”, por otra parte, solían ser considerados la basura que las criaturas pisaban y las bestias comían. Eran ocultados. Si ya era difícil su situación siendo un descendiente humano, ser hijo bastardo de la gobernante de la Región del Agua tampoco lo ayudó.

En especial, porque se decía que la reina Celina era muy supersticiosa.

Se rumoreaba que el año en que nació Radfield, después de la implementación del elemento Siarun como método de ejecución legal por la sobrepoblación, su HumDog, así se llamaba el tipo de criatura, usó su habilidad como vidente. Dicha profecía, que al público general fue censurada, determinó que pronto su pacífica vida en Agua, Tierra, Aire y Fuego terminaría. Un Alma humana nacida de la realeza gobernaría por encima del linaje noble y convocaría un nuevo orden con sus habilidades fuera de lo común, donde las criaturas serían la mugre de las suelas de las bestias y los seres humanos les darían caza. Sin posibilidad de salvación.

Respecto a la profecía, solo hizo que su existencia fuera menospreciada y menguara ante sus otros hermanos. Siendo casi un humano ordinario y enlazado a una profecía poco exacta, no era diferente a un criminal de guerra. Con todo en contra, había conseguido ser coronado una semana antes del fin de la guerra. Pero ser odiado tenía sus ventajas; una de ellas fue tener una reputación entre los comerciantes en el mercado negro, la otra: inmunidad. Era bien sabido que quien interfiriera con una profecía terminaría sin un Alma Elemental intacta. Interferir estaba fuera de discusión.

A cambio de sus habilidades cada mes, obtendrían protección. Con esa declaración, las criaturas comunes disfrutaron de buenos años donde lo único de lo que debían preocuparse era que la tierra fuera fértil y que los tratados con el reino del Agua continuaran en armonía. Porque claro, esta profecía incentivó aún más a los exiliados y quienes no estaban de acuerdo con el régimen a levantarse. La facción de Agua firmó un tratado para encargarse de la deuda mundial que le correspondía.

La Región de la Tierra restauraría el mundo humano, que fue infestado de criaturas y las Almas de los Lemnos. Sin embargo, la Región de Aire había sido condenada y por ende perdió su reputación como la facción más centrada por colaborar con los traidores. La ejecución de muchos sería dada como ofrenda para apaciguar el hecho de que una reina dio su vida para mantener el equilibrio entre regiones y el mundo humano.

Tear-Trill pagaría un precio muy elevado por dar soporte y tecnología de guerra a Aire, donde habitaban verdaderos asesinos, pero así eran las guerras después de todo. Eliges un bando al que apoyar para poder sobrevivir.

Pero todo eso ya era el pasado. Y no existen los viajes al pasado.

No importaba cuántas reglas explicaran los libros, ninguna podía traerla de vuelta. Y ese era el único dato que le importaba.

Danish no era una mala persona. Radfield lo supo el día en que permitió que ambos tramaran un plan juntos. Él la miró. Incluso con los ojos cerrados se veía indomable, como si solo estuviera durmiendo.

El joven estaba seguro, si se acercaba un poco más, tal vez podría sentir su respiración. O tal vez, poder ver ese ceño fruncido una vez más. Su frente rozó los cabellos de fuego de ella, quemándose y volviendo a crearse. Ambas frentes juntas, una única respiración audible. Miró esos colmillos que lo horrorizaban con tenacidad y recelo. La respetaba y le temía, la adoraba y trataba de entenderla. Aún si eso no cambiaba la situación actual.

No podía perdonarse, ni podría perdonarla. Deseaba volver atrás. Añoraba poder evitar lo inevitable.

Pero ese es el problema de desear. Solo podía desear sin poder deshacerse de esa carga. La suave luz lunar llegó a su punto más alto, bañando ambas figuras al igual que el fuego envolvente. Sintió cómo sus venas se quebraban y se consumían lentamente.

Y entonces, le pareció sentir que su cabeza estaba cálida.

Caliente.

Hirviendo.

Así se sentían sus mejillas, sus brazos, su cuerpo. Como si hubiera sido metido en una tina hirviendo. El dolor en sus sienes se disolvió en una extraña calidez. Al abrir los ojos, el peso del féretro fue reemplazado por la opresión del agua hirviendo. No fue el despertar de alguien que descansa, sino el de quien emerge de un ahogamiento. Estaba sumergido, y la luz de la recámara distorsionada por las ondas le indicó, con pavor, que había vuelto a la mansión de la madre de Danish.

Burbujeaba, él estaba sumergido bajo el agua. En la superficie veía la luz de la recámara temblar con las ondas. Y el sol, nunca podría olvidar ese tipo de calor. Esa sensación sofocante era sin duda de Megpuriyah-Sen, en el sector de tinas, el único lugar cálido de la mansión que fue creada por la madre de Danish.

Había muchas cosas que podría decir, conocía a esta chica.

Conoció a la tiránica y arrogante princesa al cumplir los catorce. Ella tenía la mala costumbre de usar su elemento todo el tiempo; le gustaba estar con las sirvientas, especialmente las que la criaron.

Despreciaba a los humanos y a la Región del Agua; difícilmente se llevaría bien con el chico con quien la comprometieron para terminar con las guerras territoriales y el tráfico de Siarun de su sector, el mineral con el que se cortaban permanentemente las extremidades de las criaturas inmortales para que no volvieran a regenerarse o les daba la pena máxima. Su cabello era rojo cobre, odiado por la familia de su padre; su piel pálida como la de un cadáver hermoso, la forma de sus ojos muy similar a dos lanzas y sus cejas se solían fruncir como dos espadas a punto de entrar en combate. Le gustaba torturar a las personas que odiaba, especialmente a Blue.

Un tipo de criatura con tantas cosas que odiaba difícilmente tendría un buen carácter, ella no era la excepción.

Cuando salió a la superficie, perdió su peluca, su maquillaje ya era historia y su cara no podía disimular lo angustiado que estaba. Volvió al pasado, para ser exactos, el día en que lo entregaron en matrimonio —tal vez sacrificio— a la Región del Fuego. Una sonrisa satisfecha en esos fríos labios había nacido antes de morir en menos de un parpadeo. La marca en su palma izquierda quemaba al entrar en contacto con el agua y, sin importar cuánto doliera, el lenguaje en que estaba escrito le era imposible de reconocer. Lo único que sabía era que le quemaba más que nunca y era visible incluso a través del agua.

Era el momento exacto en el que fue descubierto tratando de ocultarse en la terma de la princesa para impedir su futura boda con ella. Aún si biológicamente no había nada de qué preocuparse, él comprendía la situación en la que dejó su dignidad. Aquel recuerdo del funeral se desvaneció, pero la calidez de la terma se sentía muy real para ser un sueño. El pasado y el presente chocaban en su mente.

Frente a él, una figura proyectaba llamas furiosas que bloqueaban su campo de visión. Sin palabras, observó la expresión furiosa que alternaba entre rojo, blanco y verde de la joven. Estaba viva, era ella. Con su largo cabello peinado y sus cejas rectas como espadas en plena lucha. Recordaba vívidamente y con concisión la discusión por su raza. Levantó la vista con lentitud.

—Al parecer —inquirió Radfield después de un momento—, su especie sí puede ruborizarse, princesa.

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