El chico del salón 3-B
Siempre pensé que enamorarse era algo que pasaba en las películas.
La chica nueva entraba al salón, el chico más lindo la veía, sonreían y todo comenzaba con una canción de fondo.
La realidad fue completamente diferente.
El primer lunes de agosto llegué a la secundaria con el uniforme impecable, los tenis recién lavados y los nervios haciéndome un nudo en el estómago. Tercero de secundaria sonaba a un nuevo comienzo, aunque yo seguía siendo la misma Valentina de siempre: callada, tímida y con la extraña habilidad de sonrojarme por absolutamente todo.
Entré al salón 3-B mientras todos hablaban con sus amigos de las vacaciones. Elegí un lugar hasta atrás, junto a la ventana. Desde ahí podía ver la cancha donde los de tercero siempre jugaban fútbol durante el receso.
—¿Ese asiento está ocupado? —escuché una voz.
Levanté la mirada.
Un chico de cabello oscuro, ojos café y una sonrisa que parecía demasiado bonita para ser real sostenía su mochila en un hombro.
—N-no…
—Perfecto. Gracias.
Se sentó a mi lado como si fuera la cosa más normal del mundo.
Mi corazón, en cambio, decidió comportarse como si estuviera corriendo un maratón.
—Soy Thiago.
—Valentina.
—Mucho gusto, Valentina.
Eso fue todo.
Cinco palabras.
Cinco simples palabras que, sin saberlo, cambiarían mi vida.
Las clases comenzaron y apenas podía concentrarme. Cada vez que el profesor hacía un chiste, Thiago se reía. Cada vez que escribía en su cuaderno, yo intentaba no mirarlo… aunque siempre terminaba haciéndolo.
Cuando sonó el timbre del recreo, él salió con sus amigos. Yo me quedé sentada fingiendo que acomodaba mis cosas.
—¿No vienes? —preguntó antes de salir.
—En un momento.
—Bueno, nos vemos.
Nos vemos.
Dos palabras.
Y otra vez mi corazón creyó cosas que seguramente no significaban nada.
Ese día, mientras caminaba por los pasillos, lo veía por todos lados. En la cooperativa, en la cancha, riéndose con sus amigos.
Era imposible no mirarlo.
Cuando terminaron las clases y llegué a mi casa, hice algo que jamás había hecho por un niño.
Saqué un cuaderno nuevo.
En la primera hoja escribí:
“Querido Thiago…”
Me quedé observando esas dos palabras durante varios minutos.
Después cerré el cuaderno.
Todavía no tenía el valor para escribir la primera carta.
Ni mucho menos para decirle que, sin darme cuenta, ya empezaba a ocupar un lugar demasiado importante en mi corazón.








