Capítulo 1
Las monedas de Santo Domingo
La calle Santo Domingo, en Ourense, había visto tiempos mejores. Sus fachadas ennegrecidas así lo mostraban. En los 80, los orfebres que llenaban los bajos comerciales jugaban con las mejores cartas; ahora, sus persianas solo recuerdan que hubo diversión. En medio de los escaparates resiste la joyería de Luis, un cartel con menos brillo que una carabina de feria oxidada.
Rafa, en la esquina de costumbre, agitaba un vaso de plástico con el logo desgastado del Ouren Sound Fest 21. Las pocas monedas que portaba sonaban más al preludio de un bostezo que a una petición de limosna. Tenía cuarenta y ocho años en el DNI, cien en las venas, barba rala de abandono, arrugas que hacían pensar que el sufrimiento era su compañero de acera. El tobillo derecho lo apretaba una escayola mugrienta. La muleta descansaba junto a la pared, vigilando su mochila.
En el cuello llevaba su talismán, el último incisivo que resistió en su boca, el que más le aguantó el pulso al clorhidrato. Lo sujetaba un cordón sucio. Lo había perdido en el 21, el año en el que todo se le derrumbó, cuando hizo su salto hacia la heroína sin red, el año en el que acabó en la calle, cuando perdió la dignidad, el alma, y la enfermedad mandaba más que cualquier otra necesidad. Desde entonces, lo único que lo unía a sus recuerdos de una vida mejor era su diente, su recordatorio de que no había fondo que no pudiera romperse un poco más.
Enfrente, dentro de la joyería, tras el cristal empañado, Luis lo observaba como si fuese restos de comida en descomposición. Sesenta años de rostro escuálido, chaqueta gris con olor a pastillas de Polil, mandíbula tensa como un cepo de caza mayor. En sus manos, un anillo de sello antiguo que frotaba de manera compulsiva con un paño de gamuza. El anillo no brillaba mucho y su mirada, aún menos.
No apartaba la vista. Apretaba el anillo con rabia, como si aquel pedazo de metal pudiera absorber su odio. Rafa, allí fuera, era el culpable de todo: del miedo que sufrió su madre en los 80 cuando la atracaron unos yonquis, de que en su negocio ya solo entraran turistas a preguntar por el camino hacia la Plaza Mayor y de que en la calle Santo Domingo las noches fueran más largas que los días.
Rafa levantó la cabeza, notó los ojos clavados y acarició su diente, como quien suplica sexo en un club sin dinero, solo por guapo. Susurró algo que sonaba a inquina amarga.
La mañana siguiente amaneció lenta: Santo Domingo sudaba resaca.
La calle Santo Domingo tenía esa clase de tristeza que ni las reformas municipales consiguen maquillar. Los adoquines brillaban por la humedad y por décadas de derrotas acumuladas. Había escaparates vacíos que parecían bocas sin dientes y locales cerrados que conservaban carteles amarillentos como lápidas comerciales.
Los turistas pasaban por allí igual que quien atraviesa un cementerio sin saberlo. Hacían fotos a fachadas desconchadas, convencidos de que aquello era encanto histórico. Nadie les explicaba que la diferencia entre el patrimonio y la decadencia suele depender solo del dinero disponible para restaurarla.
Rafa conocía cada grieta de aquella calle. Había dormido junto a muchas de ellas. En ocasiones pensaba que Santo Domingo y él compartían la misma enfermedad: ambos habían conocido tiempos mejores y ambos se sostenían gracias a una obstinación absurda. La diferencia era que la calle todavía la barrían por las mañanas.
El vaso descansaba entre sus piernas.
Rafa estaba en su esquina y el vaso sonaba distinto. Llevaba monedas de verdad, con un tintineo metálico que parecía la música de un bar en el que el dominó es el rey. Sonrió y mostró su mejor encía, como si hubiera motivos. A su manera, los tenía. La noche anterior había sido buena: turistas despistados, abuelas con lástima, un billete de cinco enrollado que alguien le soltó, víctima de la euforia de la cocaína. Todo sumaba.
Miraba de reojo la joyería y pensaba que ese día no habría miradas por encima del hombro ni viejos que frotaran anillitos como si fueran los dueños del mundo. Ese día había dinero. Tocó el colgante, su amuleto: se había convertido en una superstición. Siempre volvía a ese gesto.
Desde dentro, en la joyería, se podía oler el polvo acumulado en las estanterías y el metal viejo. Luis tenía un cajón abierto: herramientas y, en un rincón, una pistola. La acariciaba con calma, como quien disfruta los preliminares de un coito. La tentación estaba ahí: acabar de una vez con ese yonqui que le recordaba a diario lo mal que lo había pasado su madre.
Miró de nuevo hacia fuera. Rafa sonreía, igual que cuando repartían natillas en el comedor social. Luis lo veía agitar el vaso lleno y esa sonrisa desdentada le martilleaba las sienes. «Rata feliz», pensó. «Pero qué ridículo eres».
Podría matarlo allí mismo. Nadie lo lloraría. Nadie. Pero no, no era el momento, aún no. Guardó el arma y cerró el cajón de golpe. Se limpió las manos como si hubiera tocado algo sucio. No apartó la vista del mendigo; lo dejó hacer su espectáculo.
Esa tarde, la radio disparaba titulares. La tablet confirmaba: «Gran golpe al narcotráfico en Ourense. Desmantelados los narcopisos de Covadonga».
Luis sintió una alegría desbordante. Salió a la calle con la pantalla en la mano y gritó sin importar quién quisiera escucharlo.
—¡A ver dónde vais a pillar ahora, hijos de puta! —Se reía.
Escupió hacia Rafa, que estaba en su esquina, encogido como si sus huesos los reclamara con mayor fuerza la gravedad. Los vecinos lo miraban de reojo; algunos aceleraban el paso. A Luis no le importó. Volvió dentro con cierta satisfacción y una sonrisa de esas que adoran los jugadores de póker.
El vaso del Ouren ya no sonaba igual: era un tintineo con rabia. Contenía monedas, las monedas de Santo Domingo, pero Rafa ya no veía dinero. La pasta sin droga no tiene valor. La ansiedad llegó como un tren bala, el mono lo atravesaba entero: la piel le ardía, sudaba sin control, el tobillo escayolado le pesaba como debería pesar la conciencia de muchos párrocos. Apenas podía respirar.
Miró el escaparate. La burla cruel le quemaba las tripas como una úlcera sangrante. Veía a Luis reírse de él a través del cristal. Reírse de todos.
En la mochila llevaba la nada de siempre: ropa húmeda, un mechero a morir, una navaja oxidada, una cuchara torcida… y la papela. La última, la que siempre hay que llevar encima, la que te conecta con el presente. Demasiado poco. Necesitaba más. Había dinero, pero no dónde pillar. Metió la mano en la mochila y apretó la navaja. Cojeó hacia la joyería; la muleta quedó en la esquina. Cada paso presagiaba otra muesca oscura más en su declive. Golpeó la puerta. Luis levantó la vista y allí estaba Rafa: descuadrado, con la mochila en la mano como si custodiara un tesoro maldito.
La puerta se abrió, el aire era denso. Rafa avanzó a trompicones y hurgó en la mochila con nerviosismo.
—¿Qué quieres, rata? —preguntó Luis.
En un intento de sacar la navaja, el cuerpo de Rafa lo traicionó, el tobillo cedió, perdió el equilibrio. La hoja le resbaló de los dedos y cayó al suelo con un sonido de derrota.
Luis reaccionó de forma impulsiva: lo empujó con la fuerza de alguien que ya no teme. Rafa bufó; no tenía fuerza ni aliento. Lo intentó una última vez. Sus ojos inyectados en sangre mostraban toda su ira y necesidad, pero no pudo. Logró dar la vuelta, cojeando como un zancudo torpe, y huyó hacia la calle. Dejó atrás la mochila.
Luis suspiró. La miró como un ludópata contempla los tres joker alineados en la tragaperras. Su sonrisa era la antesala de la miseria. Abierta en el suelo, parecía un cordero al espeto. Se agachó despacio e inspeccionó con cautela. Dentro, lo esperado: ropa húmeda, la foto arrugada de un niño que algún día fue Rafa, un mechero casi sin gas, una cuchara torcida. Y, al fondo, envuelta en un plástico gris, la pequeña bolsa de heroína. La sostuvo en la palma de la mano. Esa papela era el alma de Rafa, su motor. «Qué fácil será», pensó.
Cerró la puerta con llave y dejó la persiana a medias. Mientras tanto, Santo Domingo seguía su triste rutina.
Abrió el cajón de trabajo. Entre paños y herramientas, un frasco de cristal: cianuro de potasio. Lo usaba alguna vez para procesos de galvanoplastia y chapados de oro. Destapó el frasco con la parsimonia de quien desmenuza una nécora.
Tomó un punzón fino y extrajo apenas unas micras, cantidad suficiente para comprar un billete directo para la morgue. Con la delicadeza que lo caracterizaba en sus trabajos, abrió la bolsa de heroína e hizo el cóctel letal. Cerró la papela. Todo quedó como estaba. Impecable.
Guardó con esmero la bolsa en la mochila, la miró y se dijo en silencio: «Tu último viaje será a donde la oscuridad ya tiene dueño. Y yo, al fin, descansaré tranquilo».
En el escaparate contiguo, estaba la pequeña tienda de bisutería de Laura. Tenía cuarenta y cinco años, y todavía conservaba un atractivo de curvas generosas, aunque bajo esa fachada amable de vecina complaciente se escondía un poso de cansancio. Había llegado a Ourense hacía dos décadas, con la maleta llena de proyectos que se fueron pudriendo al mismo ritmo que los desamores y el desencanto. Antes de que Rafa se viniera abajo, su amistad con él rozó esa frontera peligrosa en la que las conversaciones largas se mezclan con la piel, pero la enfermedad de él acabó por volverlo todo insostenible.
A esa hora, en Santo Domingo, los minutos se volvían más lentos y el ritmo bajaba. Los turistas ya tenían otras inquietudes y en lo único en lo que coincidían los comerciantes era en ir cerrando las persianas. Laura estaba sola en la trastienda, recogiendo collares de piedras naturales.
Luis apareció en la puerta con semblante de vecino ejemplar, un disfraz cómodo para él. De sus manos colgaba la roñosa mochila, como si transportara material radioactivo. Relató su versión, con pinceladas de heroicidad de saldo: que había sufrido un intento de robo por parte de Rafa y que, tras un forcejeo, consiguió zafarse de él, hasta que huyó.
—Sé que le tienes aprecio, por eso te la traigo —fingió una empatía que solo era veneno.
Laura conocía a los dos. Rafa: un barco a la deriva. Luis: un joyero que llevaba muchos años puliendo no metales, sino odio. Escuchó con atención, en silencio, la versión de Luis. Ignoraba la verdad de lo ocurrido, pero no la sorprendería sería ver sus nombres impresos cualquier día como desgracia en las páginas de La Región.
Cuando volvió a quedarse sola, abrió la mochila. Entre la ropa húmeda y la foto arrugada de un Rafa fantasma —el que Laura anhelaba— estaba la puta razón de todo, la que lo había arrastrado a una vida de tortura: su alma, envuelta en una bolsa gris. Los ojos de Laura se llenaron de lágrimas. Recordó las veces que lo había intentado ayudar, que le había mentido a su difunta madre, que lo había acompañado a urgencias… Pensó en tirarla y en salvarlo al menos por una noche, pero sabía que él la reclamaría con el hambre feroz de un animal salvaje en cautiverio.
Guardó todo de nuevo y cogió el teléfono.
—Rafa, tengo tu mochila —dijo antes de colgar. Sabía que no tendría que esperar mucho a que apareciese. «Ahí tienes tu condena», pensó.
Apenas unos minutos después, la silueta de Rafa apareció al fondo de la calle. Cojeaba, sudaba. La muleta golpeaba el suelo como un martillo. Sus ojos estaban enrojecidos, desorbitados. El mono no lo había dejado esperar.
Se acercó con la ansiedad provocada por una abstinencia brutal, la misma que le robaba hasta el control de sus esfínteres. Laura le tendió la mochila. Rafa la arrancó con manos temblorosas, abrió la cremallera con torpeza y allí estaba: la bolsa gris. Su sonrisa sin dientes fue la única palabra. Se giró sin mirar a Laura y se alejó entre tambaleos hacia la penumbra, con la mochila colgada y la papela apretada en los dedos. Laura se quedó en la puerta, con la certeza amarga de haber entregado una sentencia.
Rafa avanzó por el empedrado de la calle hasta detenerse delante del portal de la casa de Luis. «Aquí mismo… Sí, que huela mi humo este hijo de puta», pensó.
Golpeó el timbre, aporreó la puerta y gritó:
—Abre, cabrón, que voy volando.
Entró sin muleta, arrastrando la escayola como si fuese una cadena. El sudor le caía como una riada, el bicho encajado en su mano, a la espera de su turno. El lugar olía a meados, pero en ese momento era su altar. Apoyó la espalda contra la pared y preparó el ritual con la torpeza de quien ya no domina ni sus dedos. Cinturón en el brazo, cuchara chamuscada, jeringa sucia. Calor, humo, el líquido marrón que ahora llevaba el pellizco blanco que Luis había depositado con su meticulosidad de joyero.
Se arremangó, se apretó el brazo, clavó la aguja. Un segundo de alivio le atravesó el cuerpo, solo un segundo…, como una ola de frecuencia lenta. Después…, el caos.
El corazón le explotó en el pecho, los ojos se le desorbitaron, la boca se le torció en un rictus grotesco. Cayó de rodillas, convulsionó, vomitó bilis vieja y sangre en la comisura. Golpeaba el suelo con los puños en busca de aire, como un pez arrancado del agua.
Luis bajó despacio, sin prisa. Se agachó a su lado. Lo miró de cerca y disfrutó del espectáculo.
—Mírate… —susurró—. Ni para morirte con dignidad sirves. Un saco de huesos que se revuelve en su propia mierda.
Rafa lo miró entre espasmos, los ojos vidriosos, suplicantes. Intentó articular una palabra, pero solo salió un gemido ahogado.
Luis sacó su teléfono móvil. Fingió urgencia en la voz:
—Laura…, baja al portal de mi casa. Rápido. Rafa se está muriendo. —Colgó enseguida.
El cuerpo de Rafa se movía cada vez menos. La espuma se mezclaba con un hilo de sangre en la barbilla. Luis se inclinó y le habló al oído, con la ternura repugnante de un violador que acaricia a su víctima.
—Toda tu vida mendigando monedas… y, al final, ni el infierno va a fiarte una dosis.
Los vecinos empezaron a asomarse, alarmados. Laura llegó corriendo, con los ojos tensos y redondos como tambores a punto de reventar.
—¡Rafa! ¡Rafa! —gritó mientras se arrodillaba junto a él y le golpeaba el pecho para tratar de arrancarle el aire a gritos.
El cuerpo ya era casi un cadáver. Los ojos en blanco, las convulsiones apagándose. Luis, mientras tanto, aprovechó la confusión: con dedos hábiles, buscó el cordón en su cuello, tiró y arrancó el colgante con el diente. Se lo guardó en el bolsillo sin que nadie lo notara.
Se levantó, dio un paso atrás y miró a Laura, que trataba de reanimar un cuerpo que ya no respondía.
Entonces, murmuró, en un tono bajo, burlesco:
—Tu diente te anclaba a la vida. Ya ves, no servía de nada.
Las sirenas se acercaban. Pero en Santo Domingo solo sonaban monedas.








