El fisio
Para Afrodita
Me despierto con las sábanas pegadas a la piel y ese calor sordo entre las piernas. Todavía es temprano. La luz se cuela suave por la persiana. Estiro el brazo, cojo el móvil y lo desbloqueo.
La aplicación está ahí.
Me siento contra las almohadas y me quito el camisón despacio. El aire me roza los pezones. Me quito también las bragas. Ya están húmedas. Las dejo a un lado y me acomodo completamente desnuda, con las piernas entreabiertas y el móvil en la mano.
Activo el micrófono. Mi voz sale apenas un susurro, casi un soplo:
—Hola…
El chat se llena al instante. Notificaciones. Nombres. Mensajes. Yo solo respiro cerca del micrófono, dejando que oigan cómo me toco. Un dedo desliza entre mis labios. Un gemido bajo, tembloroso, se me escapa.
—Mmmhh…
Me abro un poco más. El sonido húmedo se oye claro. Otro gemido, más largo esta vez. Bajo la voz todavía más:
—Estoy… tan mojada…
Pienso en todos ellos. En cuántas pollas deben de estar ya duras por mi voz. En las manos que se las están agarrando ahora mismo, subiendo y bajando, apretando, frotando… Solo de imaginarlo un chorrito caliente me resbala entre los labios y se me escapa un gemido más fuerte, más roto.
—Ahhh… joder…
Un usuario enciende la cámara. La miniatura aparece en la esquina de mi pantalla. No se ve la cara, solo el torso, la mano grande subiendo y bajando despacio sobre una polla gruesa y ya completamente dura. El ritmo es lento, pesado. Se intuye perfectamente cómo se la está agarrando, cómo tensa el muslo cada vez que sube la mano hasta la cabeza.
Yo suelto un gemido todavía más alto al verlo. La idea de que no es el único… de que hay decenas de pollas equal de duras, equal de necesitadas, tocándose por mí… me hace abrir más las piernas y mojarme todavía más. Siento cómo la sábana se me pega bajo el culo.
Enciendo el juguete pequeño. El zumbido vibra contra mis labios antes de que lo meta dentro. Otro gemido, más profundo. Muevo la cadera despacio contra él, dejando que el micrófono capture cada jadeo corto, cada respiración entrecortada. Cada vez que pienso en todas esas manos masturbándose al mismo tiempo que yo, el juguete se desliza más fácil, más profundo, y mis gemidos se vuelven más altos, más desesperados.
—Mmm… ahh… sí… tantos…
El orgasmo me llega de golpe. Me arqueo contra las almohadas, el juguete todavía dentro, y un gemido largo y tembloroso se me arranca del pecho mientras me corro. Las piernas me tiemblan. El móvil casi se me cae de la mano. Sigo pensando en ellos, en cómo se estarán corriendo ahora mismo escuchándome, y eso solo me hace seguir gimiendo, más bajo, más húmedo, todavía sin recuperar el aliento.
Cuando abro los ojos, el chico de la cámara sigue moviendo la mano, más rápido ahora. Se le ve el glande brillante. Yo respiro agitadamente cerca del micrófono y dejo escapar otro gemido bajo, casi satisfecho… y todavía hambriento.
Cambio de juguete sin decir casi nada. Solo un susurro ronco, temblando:
—Otra vez…
Todavía tengo el móvil caliente en la mano cuando apago la pantalla.
La voz de ella sigue resonándome dentro de la cabeza. Ese susurro bajo, esos gemidos rotos, el sonido húmedo de cada vez que se metía el juguete… Joder. Me he corrido hace apenas cinco minutos y la polla me sigue latiendo, sensible, un poco dolorida de lo fuerte que la he apretado.
Me he despertado ya duro solo de pensar que a esa hora ella también estaría conectada. He abierto la aplicación casi sin darme cuenta. Y ahí estaba. Solo audio. Su respiración cerca del micrófono. Ese “hola…” tan suave que se me ha puesto la piel de gallina.
He bajado la mano por debajo del elástico del pijama mientras la escuchaba. Ella gemía, se mojaba, decía apenas palabras… y yo me la follaba con la mano al mismo ritmo. Cuando ha empezado a jadear más fuerte, cuando ha avisado que se iba a correr, yo ya no podía aguantar más. He apretado la base, he subido rápido, y el semen me ha salido a chorros calientes, manchándome el pecho, el ombligo, los dedos. He seguido moviendo la mano incluso después, exprimiendo hasta la última gota mientras ella seguía gimiendo al otro lado, todavía temblando.
Ahora estoy sentado al borde de la cama, respirando agitadamente, con la polla todavía medio dura y brillante de semen. Me limpio con una camiseta tirada en el suelo y miro el reloj. Tengo que ducharme. Tengo que ir a la clínica.
Pero mientras el agua caliente me cae por la espalda, sigo oyendo su voz. Ese gemido largo y tembloroso cuando se ha corrido la segunda vez. La forma en que ha susurrado “otra vez…” con la voz rota.
Me paso la mano por la cara, intentando concentrarme. Hoy tengo pacientes. Tengo que estar profesional. Frío. Correcto.
Y sin embargo, cuando me abrocho el pantalón, noto que la polla sigue sensible. Como si todavía estuviera escuchándola.
Llego a la clínica todavía con el cuerpo caliente.
El orgasmo de esta mañana sigue ahí, como un eco entre las piernas. Camino un poco más despacio de lo normal, consciente de que sigo resbaladiza. Las bragas que me he puesto después de ducharme ya están un poco húmedas otra vez. Solo de recordar los gemidos, las notificaciones, esa polla en la cámara subiendo y bajando… se me aprieta el bajo vientre.
El fisio me espera en la puerta de la consulta, como siempre. Alto, fuerte, con esos brazos que se notan incluso bajo la bata. Me sonríe con esa corrección profesional que siempre ha tenido.
—Pasa, Chloe. ¿Cómo está la espalda hoy?
—Peor que la última vez —respondo, intentando que la voz me salga normal—. Me duele desde el omoplato hasta abajo.
Él asiente y me indica la camilla. Cierro la puerta detrás de mí. Me quito la blusa sin prisa. El sujetador después. Siento su mirada un segundo más de la cuenta, pero no dice nada. Me bajo solo el pantalón y me quedo en braguitas negras. Me tumbo boca abajo sobre la camilla, con la mejilla apoyada en mis brazos cruzados.
Él acerca la toalla y me la coloca sobre los glúteos, cubriéndome con ese gesto habitual, profesional. El peso de la tela me hace suspirar bajito. El aceite ya se está calentando. Puedo olerlo.
Cierro los ojos.
Todavía noto el latido entre las piernas. Todavía estoy sensible. Y aunque intento concentrarme solo en el dolor de la espalda, una parte de mí no puede dejar de pensar en lo que he hecho esta mañana… y en lo mojada que sigo.
La veo tumbarse.
Chloe se acomoda boca abajo en la camilla, con esa naturalidad que siempre ha tenido. La toalla queda colocada sobre sus glúteos. Yo me froto las manos con el aceite caliente y empiezo por los hombros, como siempre. Presión firme, movimientos amplios. Hablo de cualquier cosa para llenar el silencio.
—¿Has notado mejora desde la última sesión o sigue igual de cargada?
Ella responde con un sonido bajo, casi un murmullo. Sigo bajando por los omoplatos, trabajando los nudos con los pulgares. Su piel es suave, caliente. El aceite brilla bajo mis manos.
Sigo hablando de tonterías: el calor de estos días, lo lleno que está el aparcamiento… Pero de pronto su voz, ese “mmm…” suave que se le escapa cuando profundizo un poco más, me hace detenerme medio segundo.
Ese tono.
Ese susurro bajo, casi idéntico al que he escuchado esta mañana a través del móvil.
El corazón me da un vuelco. Bajo las manos un poco más de lo habitual, hacia la zona lumbar, rozando el borde de la toalla. Ella suelta otro gemidito mínimo, apenas audible.
La polla se me endurece dentro del pantalón de golpe.
Sigo masajeando, fingiendo que no ha pasado nada, pero ya no puedo dejar de escucharla. Cada respiración suya me suena demasiado familiar. Demasiado íntima. Y mis manos, sin que yo se lo ordene del todo, bajan un centímetro más.
Siento sus manos bajar.
El aceite caliente se desliza por mi espalda y la presión de sus pulgares es firme, profesional… hasta que de pronto rozan más abajo de lo habitual. Demasiado cerca del borde de la toalla. Demasiado cerca de las bragas.
Se me escapa un gemidito mínimo, apenas un soplo contra mis brazos cruzados.
Me muerdo el labio. El corazón me late más rápido. Noto cómo, sin querer, me estoy mojando otra vez. Esa humedad traicionera que regresa solo de sentir sus dedos tan cerca. Pienso, casi con pánico: No puede ser… no aquí…
Pero no digo nada.
Sus manos siguen trabajando la zona lumbar, más lentas ahora. El roce se repite, un poco más atrevido. Yo abro un poco más las piernas sin darme cuenta, solo un centímetro, lo suficiente para que el aire fresco me roce entre los muslos. Otro gemido bajo se me escapa, más húmedo esta vez.
Cierro los ojos con fuerza. Todavía tengo la voz de esta mañana en la cabeza, los hombres masturbándose, esa polla en la cámara… y ahora estas manos grandes, calientes, bajando cada vez un poco más.
No debería estar pasando.
Pero no hago nada por detenerlo.
Oigo el gemido.
Ese sonido bajo, húmedo, casi idéntico al que me ha tenido duro toda la mañana. Ya no hay duda. El corazón me golpea en el pecho mientras mis manos se detienen un segundo sobre su zona lumbar.
Retiro la toalla despacio.
Sus glúteos quedan al descubierto, redondos, firmes, brillantes todavía del aceite. Mis manos los cubren enteros. Los aprieto. Los separo un poco. La tela negra de las bragas está oscurecida en el centro, marcada por la humedad. Se me seca la boca.
Deslizo los pulgares por el borde de la tela. La piel debajo está caliente. Resbaladiza. Chloe no se mueve, pero su respiración se ha vuelto más corta, más irregular. Mis dedos rozan justo donde empieza lo más íntimo y noto lo empapada que está.
La polla me duele dentro del pantalón. Dura, apretada contra la cremallera, latiendo con cada segundo que mis manos permanecen ahí.
Sigo. Más despacio. Más profundo. Apretando, separando, dejando que mis pulgares se deslicen un milímetro más debajo de la tela cada vez. El calor que desprende es casi insoportable.
Y ella… ella no dice que pare.
Noto sus manos detenerse otra vez.
Los pulgares rozan el borde de mis bragas, justo donde la tela se hunde un poco entre mis nalgas. Un toque tan ligero que casi podría haberlo imaginado. El corazón me da un vuelco. Contengo la respiración, esperando que baje más… pero no lo hace.
Vuelve a subir.
Retoma el masaje como si nada. Presión firme en la zona lumbar, movimientos amplios, profesionales. El aceite se calienta bajo sus palmas. Yo muerdo el labio por dentro, frustrada, con el coño latiendo traicionero. Ese roce mínimo ha bastado para que me moje un poco más.
Pasa un rato. No sé cuánto. Solo el sonido de sus manos deslizándose por mi espalda.
Y de pronto, otra vez.
Esta vez es aún más sutil. Un solo dedo traza una línea casi inexistente por encima de la tela de las bragas, justo sobre el centro, sin apenas presión. Un roce fantasma. Se me escapa un gemido ahogado contra mis brazos. Las caderas me tiemblan solas.
Pero él vuelve a retirarse.
Sigue masajeando mis omoplatos como si no hubiera pasado absolutamente nada. Yo estoy ardiendo. Las bragas se me pegan, empapadas. Cada segundo que no me toca donde necesito se vuelve una tortura lenta.
Entonces oigo pasos. La puerta se abre y se cierra.
Se ha ido.
Me quedo sola en la camilla, boca abajo, con la toalla a medio caer y el cuerpo temblando de ansiedad. El silencio de la consulta se me hace ensordecedor. Noto cómo me gotea entre los muslos. Aprieto las piernas un segundo y luego las abro otra vez, incapaz de estarme quieta. ¿Cuánto va a tardar? ¿Va a volver? ¿Se ha dado cuenta de lo mojada que estoy?
La puerta se abre de nuevo.
Escucho el sonido de la botella de aceite. El líquido cayendo en sus manos. El roce de sus palmas al calentarlo. Luego sus manos grandes regresan… pero no a mi espalda.
Empieza por los hombros otra vez, sí, pero esta vez el aceite lo extiende más despacio, más abundante. Baja por los costados, rozando el borde de mis pechos aplastados contra la camilla. Sigue bajando. Por la cintura. Por las caderas. Sus manos cubren mis glúteos enteros, amasándolos con el aceite caliente, separándolos un poco, dejando que el líquido se cuele entre ellos.
Y esta vez no se detiene tan rápido.
Los pulgares se deslizan otra vez hacia el borde de las bragas… y se quedan ahí. Circulando. Presionando apenas. Haciéndome sufrir.
Sus pulgares se quedan un momento más en el borde de las bragas, circulando, presionando apenas… y luego suben otra vez.
Vuelve al masaje normal.
Las manos firmes recorren mi espalda como si nada hubiera pasado. Omoplatos, columna, zona lumbar. El aceite se desliza caliente. Yo estoy temblando por dentro. Cada segundo de ese masaje “correcto” se me hace eterno. Noto cómo mis bragas están cada vez más pegadas, más oscuras. El coño me late con fuerza, exigiendo más de esos toques robados.
Pasa un rato. No sé cuánto.
Entonces, sin avisar, sus dedos se enganchan en la goma de las bragas y las bajan… solo un centímetro. Lo justo para que el aire fresco me roce la parte alta de los glúteos. Un gemido se me escapa, bajo, ahogado. Espero. Contengo la respiración.
Pero él vuelve a subir las manos y retoma el masaje en mis hombros como si no hubiera hecho nada.
La frustración me quema. Aprieto los puños bajo mi frente. Las caderas me pican por moverse, por buscar su contacto, pero me obligo a estarme quieta. El masaje sigue. Profesional. Cruel.
Otro intervalo. Más largo esta vez. Solo el sonido de sus manos y mi respiración entrecortada.
Y de nuevo.
Esta vez baja las bragas un poco más. Dos centímetros. La tela queda ahora justo por encima de donde más lo necesito. Sus pulgares se demoran ahí, rozando la piel recién descubierta, untándola de aceite. Siento el calor de sus manos tan cerca… tan jodidamente cerca…
Pero otra vez se retira.
Vuelve a la espalda. A los hombros. Al ritmo normal.
Yo estoy empapada. Las bragas se me han convertido en un hilo inútil que apenas cubre nada. Cada vez que las baja un poco más, el aire me golpea y se me escapa un gemido más desesperado. Y cada vez que vuelve al masaje “serio”, la ansiedad me come por dentro.
No sé cuánto más voy a aguantar.
Sus manos vuelven a bajar.
Esta vez no tiran de las bragas. Solo las dejan donde están, a medio camino, y un dedo se desliza muy despacio por la raja de mi culo. Tan sutil que al principio casi no lo siento. Solo una presión mínima, caliente, que recorre la línea desde arriba hacia abajo.
Me quedo completamente quieta. El corazón me late en los oídos.
El dedo sigue bajando, tan lento que parece eterno. Cuando llega a mi agujero se detiene. No lo penetra. Solo lo acaricia. Un círculo casi inexistente, apenas la yema, untada de aceite. Se me escapa un gemido tembloroso, más agudo que los anteriores. Las caderas me tiemblan sin que pueda controlarlo.
Él no dice nada. No acelera.
El dedo continúa el camino hacia abajo, casi sin rozarme ya. Pasa tan cerca de donde más ardo que el aire de su movimiento me hace estremecer. Siento el calor de su mano, la promesa de más… y entonces se aleja otra vez.
Vuelve a subir por mi espalda. Masaje normal. Presión firme. Como si ese dedo no hubiera estado a punto de volverme loca.
Yo estoy temblando. Las bragas empapadas cuelgan inútiles. El coño me late tan fuerte que estoy segura de que él puede oírlo. Cada segundo de ese masaje “correcto” después de haber sentido su dedo en mi culo se me hace una tortura lenta, deliciosa y cruel.
No sé cuánto más voy a poder quedarme quieta.
Mis dedos siguen el camino despacio.
La yema apenas roza la línea de su culo, tan ligera que podría parecer un accidente. Siento el calor de su piel, el temblor mínimo que le recorre cuando paso justo por el agujero. No presiono. Solo acaricio. Un círculo lento, casi perezoso, y luego continúo bajando, rozando apenas el borde de las bragas que ya están completamente empapadas.
La humedad se me pega a la yema del dedo.
Está cada vez más mojada. Al principio era solo un poco de calor y resbalor. Ahora la tela negra está oscura, pegada a ella, y cuando deslizo el dedo un milímetro más hacia dentro noto cómo le brota. Un hilo caliente que me unta la piel. Chloe tiembla. Las caderas se le levantan un segundo, buscando más contacto, pero yo me retiro justo a tiempo.
Vuelvo a subir las manos a su espalda. Masaje normal. Firme. Profesional.
Pero no dejo de observar.
Su respiración es más corta. Los muslos se le contraen cada vez que mis dedos se acercan otra vez a la zona peligrosa. Cuando regreso y trazo otra línea lenta por la raja, esta vez un poco más abajo, siento que está aún más húmeda. El aceite se mezcla con su propio flujo. Mis dedos se deslizan con demasiada facilidad.
La polla me duele dentro del pantalón, dura y apretada, pero me obligo a no acelerar.
La toco otra vez. Sutil. Solo el borde de los labios a través de la tela. Un roce mínimo. Ella suelta un gemido ahogado y aprieta las nalgas. Está al borde. Lo noto en cómo se mueve, en cómo la humedad aumenta con cada segundo que la torturo así.
La veo levantar el culo.
Estoy masajeándole la espalda, presión firme, movimientos amplios, como si nada estuviera pasando… y de pronto sus caderas se alzan un poco. Un movimiento pequeño, casi involuntario, ofreciéndose. Como si me estuviera pidiendo más sin atreverse a decirlo.
Sonrío por dentro.
No la toco.
Sigo trabajando los omoplatos, la columna, la zona lumbar, dejando que el aceite brille sobre su piel. Ella vuelve a alzar las caderas un segundo más tarde, más claro esta vez. Las bragas empapadas se le clavan entre las nalgas. Puedo ver el oscuro de la humedad extendiéndose. Está ansiosa. Mojada. Deseando que baje las manos otra vez.
Pero no lo hago.
Dejo que se frustre. Que sienta cada segundo de espera. Mis dedos se acercan peligrosamente al borde de la tela… y luego suben de nuevo, inocentes. Ella suelta un gemido ahogado contra sus brazos y vuelve a empujar el culo hacia arriba, más desesperada.
La humedad le brilla ya en la parte interna de los muslos.
La estoy volviendo loca y lo sé. Cada vez que rechazo el contacto que me está pidiendo con el cuerpo, se moja un poco más. La polla me late fuerte dentro del pantalón, pero me obligo a mantener el ritmo lento, cruel.
Que espere.
Que arda.
Que me desee hasta no poder más.
Sus manos siguen recorriendo mi espalda cuando, de pronto, su voz corta el silencio.
—Date la vuelta.
La orden es seca. Directa. Sin suavidad.
Me quedo un segundo paralizada. El corazón me golpea en la garganta. Obedezco. Me giro despacio sobre la camilla, sintiendo cómo el aceite se pega a mi piel y cómo las bragas, completamente empapadas, se me clavan entre los labios. Cuando quedo boca arriba, él no dice nada más.
Retira la toalla de un tirón. Luego engancha los dedos en la goma de las bragas y me las baja por las piernas con una lentitud deliberada. Me quedo completamente desnuda sobre la camilla. El aire fresco me golpea los pezones duros y el coño hinchado. Me siento expuesta. Vulnerable. Ardiendo.
Él se pasea alrededor de la camilla. No me toca. Solo me mira. Sus ojos recorren mis pechos, mi vientre, el triángulo oscuro y brillante entre mis piernas. Me muerdo el labio para no gemir. Las piernas me tiemblan. Quiero cerrarlas, pero no me atrevo.
Entonces oigo la puerta.
Se va.
Me deja sola, desnuda, con las piernas ligeramente abiertas y el coño latiendo a la vista de nadie. El silencio se me hace insoportable. Noto cómo me gotea sobre la camilla. Cada segundo que pasa me pone más ansiosa, más desesperada. Aprieto los puños a los lados del cuerpo. ¿Cuánto va a tardar? ¿Va a volver?
La puerta se abre otra vez.
Sus pasos se acercan. No habla. Simplemente se coloca entre mis piernas abiertas y, sin previo aviso, sus dedos encuentran mi clítoris.
El contacto es directo. Experto. Dos dedos circulando con precisión sobre ese punto hinchado y empapado. Se me escapa un gemido alto, roto. Las caderas me levantan solas. Él no para. Aumenta la presión, el ritmo, frotándome exactamente como necesito. El placer sube tan rápido que me asusta.
—Ahhh… joder… —jadeo, sin poder contenerme.
Los dedos siguen. Más rápidos. Más firmes. Siento el orgasmo crecer desde el bajo vientre, inevitable, brutal. Me agarro a los bordes de la camilla. Las piernas me tiemblan sin control. Y entonces me rompo.
El grito se me ahoga en la garganta mientras me corro con una violencia que me deja ciega un segundo. Las ondas me recorren enteras, una tras otra, más fuertes que cualquiera de las de esta mañana. Me retuerzo, mojo su mano, mojo la camilla, y sigo corriéndome mientras él no deja de frotar mi clítoris, exprimiendo cada espasmo hasta que me quedo temblando y sin aliento.
—Date la vuelta.
La orden es seca. Directa. Sin suavidad.
Me quedo un segundo paralizada. El corazón me golpea en la garganta. Obedezco. Me giro despacio sobre la camilla, sintiendo cómo el aceite se pega a mi piel y cómo las bragas, completamente empapadas, se me clavan entre los labios. Cuando quedo boca arriba, él no dice nada más.
Retira la toalla de un tirón. Luego engancha los dedos en la goma de las bragas y me las baja por las piernas con una lentitud deliberada. Me quedo completamente desnuda sobre la camilla. El aire fresco me golpea los pezones duros y el coño hinchado. Me siento expuesta. Vulnerable. Ardiendo.
Él se pasea alrededor de la camilla. No me toca. Solo me mira. Sus ojos recorren mis pechos, mi vientre, el triángulo oscuro y brillante entre mis piernas. Me muerdo el labio para no gemir. Las piernas me tiemblan. Quiero cerrarlas, pero no me atrevo.
Entonces oigo la puerta.
Se va.
Me deja sola, desnuda, con las piernas ligeramente abiertas y el coño latiendo a la vista de nadie. El silencio se me hace insoportable. Noto cómo me gotea sobre la camilla. Cada segundo que pasa me pone más ansiosa, más desesperada. Aprieto los puños a los lados del cuerpo. ¿Cuánto va a tardar? ¿Va a volver?
La puerta se abre otra vez.
Sus pasos se acercan. No habla. Simplemente se coloca entre mis piernas abiertas y, sin previo aviso, sus dedos encuentran mi clítoris.
El contacto es directo. Experto. Dos dedos circulando con precisión sobre ese punto hinchado y empapado. Se me escapa un gemido alto, roto. Las caderas me levantan solas. Él no para. Aumenta la presión, el ritmo, frotándome exactamente como necesito. El placer sube tan rápido que me asusta.
—Ahhh… joder… —jadeo, sin poder contenerme.
Los dedos siguen. Más rápidos. Más firmes. Siento el orgasmo crecer desde el bajo vientre, inevitable, brutal. Me agarro a los bordes de la camilla. Las piernas me tiemblan sin control. Y entonces me rompo.
El grito se me ahoga en la garganta mientras el placer me atraviesa con una violencia que me deja ciega un segundo. Un chorro caliente y potente me sale disparado, mojándole la mano, el antebrazo, la camilla. Me estoy corriendo y squirtando al mismo tiempo, las ondas recorriéndome enteras una tras otra, más fuertes que cualquiera de las de esta mañana. Me retuerzo, sigo expulsando líquido mientras él no deja de frotar mi clítoris, exprimiendo cada espasmo hasta que me quedo temblando, empapada y sin aliento.
Todavía no ha dicho una sola palabra.
Todavía estoy temblando cuando oigo su voz otra vez.
—Tócate.
La orden es igual de seca que la anterior.
Levanto la mano temblorosa y la bajo entre mis piernas. Mis dedos encuentran el clítoris hinchado, hipersensible después del orgasmo. Suave al principio. Solo circulando. Un gemido se me escapa al instante. Estoy tan sensible que el simple roce me hace arquear la espalda.
Él se coloca entre mis muslos. Escucho el sonido de la cremallera. Luego siento el calor. La punta gruesa y caliente de su polla se apoya sobre mi coño empapado. No empuja. Solo juega. La desliza arriba y abajo, untándose con mi squirt y mi flujo, rozando mi entrada sin entrar. Cada vez que pasa junto a mis dedos se me corta la respiración.
—Ahhh…
Sigo tocándome. Más rápido ahora. Él sigue jugueteando, presionando apenas la cabeza contra mi agujero, retirándola, volviendo a frotar. Me está volviendo loca. Las caderas me mueven solas, buscando que entre de una vez.
Y entonces empuja.
La polla se me clava de un solo golpe, gruesa, dura, hasta el fondo. Sueltó un grito ahogado. Él no se detiene. Empieza a follarme con embestidas profundas y lentas al principio, mientras yo no dejo de frotar mi clítoris. El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo se mezcla con mis gemidos cada vez más altos.
—Joder… sí… —jadeo, tocándome más fuerte.
Él acelera. Me agarra de las caderas y me embiste más duro, más profundo. Cada embestida me hace rebotar sobre la camilla. Mis dedos no paran. El placer vuelve a subir, diferente esta vez, más lleno, más intenso. Siento cómo me aprieto alrededor de su polla cada vez que entra.
No voy a aguantar mucho.
El segundo orgasmo me golpea sin avisar.
Me arqueo con fuerza, un grito roto escapándoseme de la garganta mientras me aprieto alrededor de su polla. Las ondas me recorren enteras, más profundas esta vez, y sigo frotándome el clítoris sin poder parar, exprimiendo cada espasmo. Él no se detiene. Sigue embistiéndome mientras me corro, prolongando el placer hasta que me quedo temblando y jadeando, con las piernas abiertas y el coño latiendo.
Todavía no he recuperado el aliento cuando siento que se retira.
La punta de su polla, resbaladiza de mis fluidos, sube un poco más. Se apoya justo contra mi agujero trasero. Me quedo quieta, el corazón desbocado. Él empuja despacio. Muy despacio. Solo la cabeza al principio. El ardor es intenso, delicioso, casi demasiado. Sueltó un gemido largo y tembloroso.
—Ahhh… joder…
Sigue entrando. Centímetro a centímetro, abriéndome con paciencia cruel. Yo no dejo de tocarme el clítoris. El contraste entre la presión en mi culo y el roce en ese punto sensible me vuelve loca. Cuando por fin está completamente dentro, se queda quieto un segundo, dejándome sentir lo llena que estoy.
Luego empieza a moverse.
Embestidas lentas, profundas, que me hacen gemir con cada una. Mis dedos van más rápido. El placer sube otra vez, diferente, más oscuro, más intenso. Siento cómo mi culo se aprieta alrededor de su polla cada vez que entra.
El tercer orgasmo me destroza.
Me retuerzo sobre la camilla, un grito ahogado mientras me corro otra vez, las paredes de mi culo contrayéndose alrededor de él en espasmos fuertes. Sigo tocándome, alargando la oleada, mientras él me folla el culo con ritmo constante, obligándome a sentir cada segundo del orgasmo hasta que me quedo hecha un temblor, completamente rendida.
Siento cómo se retira de mi culo con una lentitud deliberada.
El vacío me deja un segundo desorientada, todavía temblando del tercer orgasmo. Pero no me da tiempo a recuperarme. La punta de su polla, caliente y resbaladiza, vuelve a posicionarse contra mi coño empapado. Empuja de un solo golpe y se me clava hasta el fondo otra vez.
Sueltó un gemido largo.
Está más gruesa ahora, o quizás solo lo siento así después de haberla tenido en el culo. Me llena por completo. Empieza a follarme con embestidas profundas y pesadas, más lentas al principio, como saboreando el cambio. Cada vez que entra hasta el fondo noto el roce contra ese punto que me hace arquear la espalda. Mis dedos siguen en el clítoris, frotando en círculos torpes, todavía hipersensible.
Él acelera poco a poco.
El sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llena la consulta. Mis gemidos se vuelven más altos, más rotos. Las caderas me mueven al ritmo de las suyas, buscando que llegue todavía más profundo. Siento cómo me aprieto alrededor de él cada vez que se hunde.
De pronto sus gemidos se unen a los míos.
Bajos al principio. Guturales. Como si hubiera estado conteniéndolos todo este tiempo. Me agarra con más fuerza de las caderas y me embiste más duro, más profundo, perdiendo un poco el control. Cada embestida me hace rebotar sobre la camilla. El placer vuelve a subir, inevitable.
—Voy a… —intento avisar, pero la voz se me rompe.
El cuarto orgasmo me atraviesa justo cuando él da una última embestida profunda y se queda clavado hasta el fondo. Siento el primer chorro caliente de semen llenarme. Luego otro. Y otro. Él gime más fuerte mientras se corre dentro de mí, las pulsaciones de su polla coincidiendo con las contracciones de mi coño. Me retuerzo, corriéndome a su alrededor, apretándolo, exprimiendo cada gota mientras las ondas me recorren una tras otra.
Tarda varios segundos en dejar de latir dentro. Yo sigo temblando, con los dedos todavía en el clítoris, alargando los últimos espasmos, sintiendo cómo su semen empieza a rezumar mezclado con mis fluidos.
Ninguno de los dos habla. Solo se oye nuestra respiración agitada.









Tanto a los protagonistas reales de esta historia como a mí nos encantaría que nos dijerais lo que esta historia despierta en vosotros... gracias.