Lo Ví En Un Sueño. by Yani Ramses at Inkitt
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Lo ví en un sueño.

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Summary

Un basto nuevo mundo que no entendemos que hacemos en el pero de alguna manera se necesita completar. El buscador junto con el guía del rio tratan de buscar los fragmentos de sus memorias y ayudar a los de las perdieron.

Status
Ongoing
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n/a
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16+

EL DESPERTAR.

Lo vi en un sueño

Me encontraba despierto en un lugar que no conocía. La cabeza me daba vueltas y una horrible resaca me impedía pensar con claridad.

No sabía qué había sucedido.

¿Había tomado tanto que perdí el conocimiento?

¿O me había golpeado la cabeza y apenas acababa de despertar?

Como sea...

Levanté la vista.

Frente a mí se extendía un enorme terreno cubierto de tierra y monte, con uno que otro árbol perdido entre el paisaje. A lo lejos se veían casas viejas, pequeñas tiendas y personas que caminaban con tranquilidad, como si aquel lugar fuera un pueblo olvidado por el tiempo.

—¿Dónde demonios estoy...? —murmuré.

Intenté ponerme de pie. Al mirar hacia abajo vi mis botas completamente cubiertas de lodo.

—¿Qué...?

Seguí la marca del barro con la mirada. Había huellas. Eran mías.

Pero no recordaba haber dado un solo paso.

Instintivamente llevé la mano a mi muñeca.

Vacía.

Mi reloj ya no estaba.

Era el reloj que mi padre me había regalado años atrás. No era caro, ni especial para nadie más... pero para mí era irremplazable.

Sentí un vacío en el pecho.

Entonces ocurrió algo extraño.

No escuché una voz.

No vi ninguna luz.

Simplemente... lo supe.

Como si una parte de mí pudiera sentir dónde estaba.

"Ven por mí..."

La sensación era débil, pero clara.

"Aquí estoy."

Miré otra vez el pueblo.

Podía pedir ayuda.

Podía preguntar dónde estaba.

Podía intentar recordar lo que había pasado la noche anterior.

Pero una sola idea ocupó mi mente.

—Nah... primero voy por el reloj.

Caminé durante varios minutos, pasando frente a hogares viejos, algunos completamente abandonados. Las ventanas rotas y las puertas entreabiertas hacían que el lugar pareciera detenido en el tiempo.

Mientras avanzaba, la misma pregunta daba vueltas en mi cabeza.

¿Dónde estoy?

¿Qué es este lugar?

¿Y si le pido ayuda a alguien?

Negué con la cabeza.

No.

Con el aspecto que tenía, cubierto de lodo y completamente desaliñado, lo más probable era que cualquiera pensara que era un vagabundo... o algo peor.

Así que seguí caminando sin molestar a nadie.

El sol caía con fuerza. Hacía calor, pero una brisa fresca recorría las calles.

Respiré profundo.

El aire...

Era diferente.

Olía a humedad, pero no era el olor de un bosque después de la lluvia ni el de un río cercano.

Era... más limpio.

Más vivo.

Jamás había respirado un aire así.

Por un instante tuve la absurda sensación de que aquel viento no pertenecía a este mundo.

Sacudí la cabeza.

—Estoy delirando...

Llevé la mano a mi muñeca por costumbre.

Vacía.

Otra vez.

Sin el reloj era imposible saber la hora. Tampoco tenía el teléfono, ni cartera, ni nada que pudiera ayudarme a ubicarme.

Solo estaba yo...

...y ese extraño presentimiento que seguía empujándome en una única dirección.

Seguí caminando hasta que el pueblo comenzó a desaparecer detrás de mí.

¿Me importó?

La verdad... no.

Lo único que empezaba a molestarme era la sed.

Aunque, pensándolo bien...

¿Sería por la supuesta fiesta de anoche?

¿Qué fiesta?

Ni siquiera podía recordar un solo momento de ella.

Suspiré.

Cada pregunta solo traía otra más.

El camino me llevó hasta un viejo puente de piedra. Al apoyar la mano sobre el barandal sentí el frío recorrer mis dedos. Era extraño. El sol seguía golpeando con fuerza, pero la piedra permanecía helada, como si nunca hubiera recibido un solo rayo de luz.

Me detuve un instante.

Frente a mí se extendía un paisaje cubierto por un pasto de un verde intenso. El cielo estaba completamente despejado, de un azul tan profundo que parecía irreal.

Entonces volvió a soplar el viento.

Ese mismo aroma.

Fresco.

Húmedo.

Puro.

Cerré los ojos y respiré profundamente.

No era porque estuviera cansado.

Era porque jamás había sentido una paz semejante.

Era como si la naturaleza me abrazara.

Como si aquel lugar respirara junto conmigo.

Abrí los ojos lentamente y bajé la mirada.

Un río.

El agua era tan cristalina que podía distinguir cada piedra del fondo.

Me acerqué al borde del puente.

—Supongo que un poco no me hará daño...

Con cuidado descendí por la orilla, procurando no resbalar entre las piedras húmedas.

Al descender, el murmullo del río se hizo más claro.

El agua era tan cristalina que podía distinguir cada piedra del fondo, como si el cauce estuviera hecho de vidrio. Aquel aroma fresco volvía a envolver el ambiente, mezclándose con una extraña dulzura que jamás había percibido en ningún otro lugar.

Me arrodillé junto a la orilla.

Junté las manos para recoger un poco de agua...

Pero me detuve.

Mis manos.

Estaban cubiertas de lodo.

¿Cómo no me había dado cuenta?

Había estado tan ocupado intentando entender dónde estaba y buscando el reloj que olvidé el estado en el que me encontraba.

Miré el agua otra vez.

Podría lavarme las manos.

Era lo más lógico.

Entonces...

Algo dentro de mí me dijo que no.

No era miedo.

No era asco.

Era una sensación difícil de explicar.

Como si tocar aquella agua con mis manos sucias fuera una falta de respeto.

Como si estuviera profanando algo sagrado.

Fruncí el ceño.

—¿Qué demonios me pasa...?

En ese instante una voz rompió el silencio.

—Lo que has hecho... está bien, ¿sabes?

Levanté la cabeza de golpe.

Mi mirada recorrió el río hasta detenerse en la otra orilla.

Había una chica.

No sabría decir su edad.

Llevaba ropa de campo, pero no era como la que estaba acostumbrado a ver.

Era... diferente.

Como si perteneciera a otro lugar.

¿Otro país...?

La chica permanecía sentada sobre una gran roca.

Solo me observaba.

Y sonreía.

No apartaba la mirada de aquella chica.

Ella tampoco.

Solo permanecía sentada sobre la roca, balanceando lentamente los pies mientras el agua corría entre nosotros.

—¿Quién eres...? —pregunté al fin.

La chica sonrió un poco más.

—Qué curioso...

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

—Siempre hacen la misma pregunta cuando llegan.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

—¿Cuando llegan...?

La chica asintió con naturalidad.

—Sí.

Guardó silencio unos segundos antes de volver a hablar.

—Pero nunca preguntan cómo salir.

No supe qué responder.

Ella se puso de pie de un pequeño salto.

—Supongo que tú también vienes por algo.

Instintivamente llevé la mano a mi muñeca vacía.

—Mi reloj.

La chica desvió la mirada hacia el bosque que se extendía detrás de ella.

—Entonces aún tienes tiempo.

—¿Tiempo para qué?

La chicha volvió a sonreír.

Pero esta vez...

No respondió.

Al verla sonriendo, sentí que por fin tenía a alguien que podía responder todas las preguntas que no dejaban de atormentarme.

Sin pensarlo, le grité desde la otra orilla.

—¡Niña! ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? ¿Sabes cómo puedo volver? ¡Dime qué está pasando!

Ella ni siquiera se inmutó.

La sonrisa nunca desapareció de su rostro.

Cerró lentamente los ojos y dejó que el viento moviera su cabello.

Permaneció así unos segundos.

Después habló con una tranquilidad que contrastaba con mi desesperación.

—El río está agradecido contigo.

Parpadeé confundido.

—¿Qué...?

—No ensuciaste su agua.

No rompiste su pureza.

Por un instante olvidé todas mis preguntas.

Solo podía mirarla.

—¿De qué estás hablando...? —murmuré.

Sentía que el pecho me pesaba cada vez más.

La desesperación comenzaba a convertirse en miedo.

Tal vez por eso nunca quise pedir ayuda en el pueblo.

Tal vez...

Una parte de mí ya sabía que nadie podría responderme.

Bajé la mirada hacia mi muñeca vacía.

El reloj.

Aún podía sentirlo.

No era una voz.

No era un sonido.

Era una sensación.

La misma que tienes cuando sales de casa y, después de unos pasos, recuerdas que olvidaste las llaves.

No las llevas contigo.

Pero sabes exactamente que siguen esperándote.

Era algo parecido.

Solo que esta vez...

No sabía dónde estaba el reloj.

Y aun así...

Él seguía llamándome.

La niña inclinó ligeramente la cabeza.

—Sigues pensando como alguien de allá.

Fruncí el ceño.

—¿Allá?

Ella abrió los ojos y me miró fijamente.

Eran de un color extraño.

No podía decir si eran verdes o azules. Cambiaban con el reflejo del agua.

—Del lugar de donde vienes.

Di un paso hacia el río.

—¿Entonces sí sabes dónde estoy?

Ella negó con la cabeza.

—No.

Eso me hizo perder la paciencia.

—¡¿Cómo que no?! ¡Llevo horas caminando sin saber dónde desperté! ¡No tengo idea de cómo llegué aquí, perdí mi reloj y tú hablas como si todo fuera normal!

La niña esperó a que terminara de gritar.

Ni una sola expresión cambió en su rostro.

Cuando el silencio volvió, señaló el agua con la mano.

—Mírate.

Bajé la vista.

Mi reflejo apareció entre las suaves ondas del río.

Era yo...

Pero algo no estaba bien.

Mi ropa seguía cubierta de lodo.

Mi rostro estaba cansado.

Sin embargo...

Mis ojos no eran los mismos.

Por un instante, el reflejo levantó la mirada una fracción de segundo antes que yo.

Retrocedí de golpe.

El agua volvió a moverse y la imagen desapareció.

—¿Viste? —preguntó la niña con absoluta calma.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

—No...

No...

Eso no puede pasar...

La niña sonrió una vez más.

—Claro que puede.

Aquí... los reflejos siempre llegan primero.

La niña volvió a mirarme.

Su largo cabello blanco se movía con el viento, mientras sus ojos, tan azules como el propio río, parecían reflejar la corriente.

Sonrió.

—Con mucho gusto te ayudaré...

Hizo una pequeña reverencia.

—...y te guiaré hasta aquello que buscas, joven buscador.

Quise responder.

Quise hacer otra pregunta.

Pero mi mente dejó de escuchar sus palabras.

Algo estaba cambiando.

El aire.

El aroma húmedo que envolvía el río se hizo mucho más intenso.

Respiré profundamente.

Entonces lo vi.

Pequeñas partículas flotaban a nuestro alrededor.

Brillaban.

Unas eran de un azul suave.

Otras, de un dorado cálido.

Parecían diminutas gotas suspendidas en el aire.

—¿Qué... es eso...?

Parpadeé.

La luz había desaparecido.

Todo estaba oscuro.

¿Ya era de noche?

No...

¿Cuánto tiempo había pasado?

¿Llevaba horas junto al río?

No podía saberlo.

Sentía que el tiempo había dejado de existir.

Volví a mirar a la niña.

Ella seguía sonriendo.

Entonces...

El río comenzó a levantarse.

No fue una ola.

No fue una corriente.

Toda el agua ascendió lentamente, rodeándola como si estuviera viva.

Retrocedí instintivamente.

Pero otra corriente hizo lo mismo conmigo.

El agua me envolvió por completo.

Quise apartarla.

Fue inútil.

No estaba mojándome.

Estaba atravesándome.

Miré mis brazos.

Mi piel comenzó a deshacerse lentamente.

No había dolor.

Solo una extraña sensación de ligereza.

Era como ver una gota de tinta perdiéndose en un océano.

Mi cuerpo dejó de tener forma.

El de la niña también.

Ambos nos mezclamos con la corriente.

Ya no podía distinguir dónde terminaba ella...

...y dónde comenzaba yo.

Todo giraba.

Todo fluía.

Intenté gritar.

Abrí la boca.

Pero ningún sonido salió de ella.

Porque ya no tenía una voz.

Ni siquiera un cuerpo.

Yo...

Era el río.

Y el río...

Me estaba llevando a algún lugar a una velocidad imposible.

Como deslizarse por el tobogán más grande del mundo.

Solo que esta vez...

No viajaba sobre el agua.

Yo era el agua.

La velocidad era imposible.

Todo giraba.

No existía arriba.

Ni abajo.

Solo la corriente.

¿Estoy muerto?

¿Esto... es un sueño?

¿Qué está sucediendo?

Quise gritar.

Quise moverme.

Quise detener aquella locura.

Pero ya no tenía un cuerpo.

Solo podía pensar.

Entonces, en medio del caos, una idea cruzó mi mente.

Quiero parar.

Y el río me escuchó.

Todo cambió.

El remolino desapareció.

La velocidad se convirtió en una calma absoluta.

Volví a sentir el peso de mi cuerpo.

Flotaba boca arriba sobre el agua.

Abrí lentamente los ojos.

Sobre mí se mecían las copas de enormes árboles. Algunas hojas, desprendidas por el viento, caían lentamente hasta rozar mi rostro antes de continuar su viaje sobre la corriente.

Todo estaba en silencio.

Un silencio que no incomodaba.

Un silencio que abrazaba.

Entonces escuché un susurro.

No provenía del bosque.

Ni del viento.

Resonó directamente dentro de mi cabeza.

—Levántate... y sigue aquello que buscas... joven Buscador...

La voz desapareció.

Me incorporé con dificultad.

El viaje me había dejado completamente mareado.

Con esfuerzo logré salir del agua.

Frente a mí se extendía un inmenso bosque.

El viento recorría los árboles con una tranquilidad que casi daba sueño.

No había aves.

No había insectos.

No había animales.

Solo el murmullo del río acompañando aquel extraño silencio.

A lo lejos, el atardecer teñía el cielo de un cálido color naranja.

Permanecí inmóvil unos segundos.

Intentando comprender.

Tengo que salir de aquí.

Tengo que volver.

¿Quién era esa niña?

¿Qué fue lo que me hizo?

¿La voz que escuché... era la suya?

Bajé la mirada.

Sin darme cuenta, llevé la mano hasta mi muñeca vacía.

El reloj.

Otra vez esa sensación.

No era un sonido.

No era una imagen.

Era algo que nacía en lo más profundo de mi pecho.

Como un imán invisible.

Como un recuerdo que se negaba a desaparecer.

Quería creer que era el reloj.

Que todo aquello ocurría por culpa del reloj.

Pero...

En el fondo...

Ya no estaba seguro de que eso fuera realmente lo que buscaba.

La sensación comenzó a intensificarse.

Cada segundo era más fuerte.

Más clara.

Más difícil de ignorar.

No entendía por qué...

Pero mis pies comenzaron a avanzar por sí solos.

Y yo...

Simplemente los seguí.

Seguí caminando.

El bosque era cada vez más denso.

Los enormes árboles ocultaban gran parte del cielo y el silencio se hacía más profundo a cada paso.

Era una tranquilidad extraña.

De esas que, después de un rato...

Empiezan a dar miedo.

Mientras avanzaba, una idea cruzó por mi mente.

¿Y si realmente morí?

Me detuve.

No...

No podía ser.

Todo se sentía demasiado real.

El aire.

El olor.

La tierra bajo mis pies.

Mi respiración.

Entonces algo llamó mi atención.

La sed.

Había desaparecido.

Llevé las manos hasta mi rostro.

Estaba limpio.

Completamente limpio.

Miré mi ropa.

No era la misma.

Las viejas botas cubiertas de lodo habían desaparecido.

En su lugar llevaba unas botas oscuras de cuero que parecían nuevas.

Mi ropa también había cambiado.

Respiré profundamente.

Un ligero aroma a menta envolvía mi cuerpo.

Me resultaba familiar.

Era el mismo aroma que había percibido en el río.

—¿Fue ella...?

¿O fue el río?

Mientras intentaba encontrar una explicación...

Un fuerte crujido rompió el silencio.

CRAAAK...

Levanté la mirada de golpe.

Un enorme árbol comenzó a estremecerse.

No caía.

No se partía.

Giraba.

Su inmenso tronco comenzó a rotar lentamente sobre sí mismo.

Las ramas se acomodaban con un sonido profundo, como si despertaran después de un larguísimo sueño.

Entonces...

Una voz grave recorrió todo el bosque.

Una voz tan antigua que parecía provenir de la propia tierra.

—Joven Buscador...

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

—Tejedor de destinos...

Mi respiración se aceleró.

—Sé que buscas respuestas.

Miré desesperadamente a mi alrededor.

No había nadie.

Solo árboles.

Solo viento.

Solo silencio.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

¿Quién había hablado?

¿El árbol?

¿Las hojas?

¿El viento?

Tragué saliva.

Y reuní el valor suficiente para gritar.

—¡¿Quién está ahí?!

Mi voz se perdió entre los árboles.

—¡¿Hola?!

El bosque...

Volvió a guardar silencio.

De pronto, la enorme figura volvió a hablar.

—Tranquilo...

Todo tiene un porqué, joven Buscador.

Respiré hondo intentando controlar el miedo.

—¿Quién eres?

¿Quién está hablando?

La profunda voz respondió con serenidad.

—En este lugar...

El viento habla.

Los árboles recuerdan.

Y la tierra siente.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Observé el inmenso tronco frente a mí.

Las ramas comenzaron a moverse lentamente.

La corteza crujió con un sonido antiguo.

Poco a poco, entre la madera cubierta de musgo, comenzó a formarse un rostro.

No era un rostro perfecto.

Era apenas una expresión tallada por el tiempo.

Dos cavidades semejaban ojos.

La corteza dibujaba una boca.

Y aun así...

Transmitía una sabiduría imposible de describir.

El árbol volvió a hablar.

—Ahora dime...

¿Quién eres, joven Buscador?

¿Qué haces aquí?

¿Qué es aquello que te llama a este lugar?

Bajé la mirada.

—Desperté en un sitio desconocido.

No recuerdo cómo llegué.

No sé dónde estoy...

Solo sé que busco el reloj que mi padre me regaló.

No sé dónde está.

Pero puedo sentirlo.

Solo quiero encontrarlo...

Y volver a casa.

El árbol permaneció en silencio unos instantes.

Después volvió a preguntar.

—¿Y quién eres?

Abrí la boca para responder.

—Me llamo...

Las palabras murieron antes de salir.

Mi mente quedó completamente en blanco.

¿Cómo me llamo?

¿Quién soy?

¿De dónde vengo?

Mi respiración comenzó a acelerarse.

El corazón golpeaba mi pecho con fuerza.

Había pasado tanto tiempo intentando entender dónde estaba...

Que jamás me detuve a preguntarme si aún recordaba quién era.

Retrocedí un paso.

—No...

No puede ser...

¿Cómo puedo recordar el reloj de mi padre...

...pero no recordar el nombre de mi padre?

La desesperación comenzó a consumir cada pensamiento.

Entonces el árbol habló una vez más.

—Por eso estás aquí, joven Buscador.

Levanté lentamente la mirada.

—Eres un alma que busca su destino.

Buscas el significado de tu existencia.

Aquello que sientes en tu pecho...

No es solo un llamado.

Es el sendero que conduce a las respuestas.

Tragué saliva.

—¿Qué lugar es este?

¿Dónde estoy?

Las ramas del árbol se mecieron suavemente con el viento.

—Este lugar...

Es el mismo en el que siempre has vivido.

Solo que ahora...

Lo observas con ojos que muy pocos llegan a abrir.

No estás muerto.

Y tampoco estás soñando.

Pero si deseas descubrir quién eres...

Deberás seguir aquello que te llama.

Porque al final del camino...

No encontrarás únicamente lo que buscas.

También encontrarás a quien realmente eres.

El antiguo árbol guardó silencio durante unos instantes.

Después, una de sus enormes ramas comenzó a descender lentamente hacia mí.

No retrocedí.

No sentía miedo.

Solo una extraña curiosidad.

La punta de la rama se apoyó suavemente sobre mi frente.

El bosque entero pareció contener la respiración.

Entonces el árbol habló.

—Las memorias se reconstruyen cuando las grietas comienzan a unirse.

Los recuerdos siempre encuentran el camino de regreso.

Cerré los ojos.

Y todo desapareció.

...

Oscuridad.

Después...

Voces.

Un hombre.

Una mujer.

Discutían.

No lograba entender lo que decían.

Solo escuchaba gritos.

Cada vez más fuertes.

Sentía que conocía esas voces.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

¿Mamá...?

¿Papá...?

De pronto...

Un estruendo.

El sonido de una enorme masa de agua golpeándolo todo.

El mundo comenzó a girar.

Intenté respirar.

No pude.

El agua llenaba mis pulmones.

Me estaba ahogando.

Quise pedir ayuda.

Quise abrir los ojos.

Pero solo existía el agua.

Entonces...

Todo terminó.

Abrí los ojos de golpe.

Caí de rodillas sobre la tierra.

Respiraba con desesperación.

Como si realmente hubiera estado a punto de morir.

Me llevé las manos al pecho.

No entendía lo que acababa de ver.

El árbol retiró lentamente su rama.

—Ese...

Es apenas un fragmento de tus memorias, joven Buscador.

Permanecí en silencio.

No tenía preguntas.

No tenía respuestas.

Solo podía escuchar los latidos de mi propio corazón.

El árbol comenzó a desvanecerse lentamente.

No caminó.

No desapareció de golpe.

Su enorme tronco volvió a confundirse con el bosque.

Como si siempre hubiera sido un árbol más entre miles.

Antes de desaparecer por completo, su antigua voz volvió a recorrer el viento.

—Sigue aquello que te llama...

Las respuestas no esperan.

Son los Buscadores quienes deben alcanzarlas.

El silencio regresó al bosque.

Y por primera vez desde que desperté...

Comprendí que estaba completamente solo.

Cuando el enorme árbol desapareció entre el silencio del bosque...

Me quedé inmóvil.

No sabía qué pensar.

Ni qué sentir.

Todo lo que había escuchado parecía demasiado imposible para aceptarlo... y, al mismo tiempo, demasiado real para negarlo.

Bajé la mirada.

Respiré profundamente.

Entonces ocurrió otra vez.

Mis manos comenzaron a perder su forma.

La piel se volvió transparente.

Pequeñas gotas nacían de mis dedos.

Mi cuerpo volvía a convertirse en agua.

Esta vez...

No me asusté.

Simplemente cerré los ojos.

Y dejé que ocurriera.

Fue entonces cuando escuché nuevamente aquella voz.

La voz de la joven.

Suave.

Serena.

Como el murmullo del propio río.

—Volverás a donde estabas...

Solo relájate, joven Buscador.

Sentí cómo la corriente me envolvía una vez más.

No luché.

No intenté escapar.

Solo fluí.

Era una sensación imposible de describir.

Ya no era un hombre viajando por el río.

Era el río.

Podía sentir el frío de la corriente.

El aroma a humedad mezclado con un ligero perfume de menta.

La calma.

La inmensidad.

Y, en el fondo de todo aquello...

Seguía existiendo ese llamado.

Pero...

¿Seguía siendo el reloj?

¿O había cambiado?

Tal vez nunca fue el reloj.

Tal vez solo necesitaba creer que buscaba algo que pudiera comprender.

Porque aceptar que buscaba mis propios recuerdos...

Era mucho más aterrador.

La corriente comenzó a acelerar.

Las aguas giraron formando un inmenso remolino.

Todo volvió a convertirse en velocidad.

Luz.

Oscuridad.

Silencio.

Hasta que...

El calor del sol acarició nuevamente mi rostro.

Abrí lentamente los ojos.

Flotaba boca arriba sobre el río.

El cielo era de un azul profundo.

El viento llevaba consigo aquel aroma fresco que ya comenzaba a resultarme familiar.

Me incorporé lentamente.

Sacudí el agua de mi rostro.

Y entonces la vi.

Seguía sentada sobre la misma roca.

Con la vista perdida en el horizonte.

Como si jamás se hubiera movido.

Como si hubiera sabido...

Que tarde o temprano regresaría.

Antes de que pudiera decir una sola palabra...

Ella sonrió.

—¿Ya recordaste algo... joven Buscador?

Me incorporé lentamente y di un paso hacia la joven.

Las preguntas salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.

—¿Qué fue eso?

¿A dónde me enviaste?

¿Quién era ese árbol?

¿Cómo pudo mostrarme un fragmento de mi pasado?

Ella permaneció unos instantes contemplando la corriente del río.

Después respondió con la misma calma de siempre.

—Él es el Árbol Guía.

Acompaña a quienes olvidaron quiénes son.

A quienes aún buscan el camino de regreso.

Bajé la mirada.

—No entendí lo que vi.

Solo fueron voces...

Una discusión...

Después agua...

Y sentí que me ahogaba.

No sé qué significa.

Pero él dijo que siguiera aquello que me llama.

Que las respuestas llegarán.

La joven sonrió con dulzura.

—Las memorias nunca regresan completas.

Siempre vuelven en fragmentos.

Como hojas arrastradas por el viento.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Joven Buscador...

Este lugar existe desde mucho antes de que los hombres aprendieran a darle un nombre.

Aquí llegan los recuerdos que se niegan a desaparecer.

Y también quienes olvidaron una parte de sí mismos.

Sentí un nudo en la garganta.

—Entonces...

¿Estoy muerto?

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No.

Tampoco estás soñando.

Solo has emprendido un viaje que muy pocos consiguen recorrer.

Tu mente busca reconstruir aquello que se rompió.

El resto...

Lo descubrirás caminando.

La observé confundido.

—Si logro recordar quién soy...

¿Podré volver a mi vida?

La joven no respondió de inmediato.

Miró el reflejo del cielo sobre el agua.

Después susurró:

—Todos vuelven.

Pero ninguno regresa siendo la misma persona.

El viento recorrió el río.

Por primera vez...

No estaba seguro de querer conocer la respuesta.

La joven levantó lentamente la mirada.

Sus ojos cambiaban con la luz del río.

Por momentos parecían azules.

Al siguiente instante, adquirían un tono verde tan profundo como el bosque.

Me observó en silencio.

Después preguntó:

—¿Y qué piensas hacer ahora... joven Buscador?

No tuve que pensarlo.

Respondí casi de inmediato.

—¡Las personas del pueblo!

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Qué hay con ellas?

—Puedo volver.

Puedo pedir ayuda.

Seguro alguien sabe dónde estoy.

Tal vez puedan llevarme de regreso.

La joven dejó escapar una pequeña risa.

No era una burla.

Era una risa llena de ternura.

Negó lentamente con la cabeza.

—Joven Buscador...

Ya no hay vuelta atrás.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Ella señaló el río.

Después dirigió su mano hacia el viejo puente de piedra.

—Cuando despertaste...

Aún caminabas por el mundo que conocías.

Podías haber permanecido allí.

Podías haber hablado con las personas del pueblo.

Podías haber pedido ayuda.

Guardó silencio.

—Pero no lo hiciste.

Seguiste el llamado de tu corazón.

Y cruzaste el puente.

Mi respiración se detuvo por un instante.

El puente...

Ella continuó.

—No fue el puente el que te trajo hasta aquí.

Fuiste tú quien abrió el camino.

El puente solo marca el límite entre ambos mundos.

Pero únicamente pueden cruzarlo aquellos que deciden escuchar aquello que los llama.

Bajé lentamente la mirada.

Entonces comprendí por qué todo había cambiado al llegar allí.

El frío de la piedra.

El aire.

El silencio.

Aquella extraña sensación...

No era mi imaginación.

Había cruzado una frontera.

Y jamás me di cuenta de ello.

La joven permaneció unos segundos contemplando el horizonte.

Después levantó lentamente la mano y señaló hacia la pradera que se extendía más allá del río.

—Joven Buscador...

Hay algo que debes comprender antes de continuar.

En este mundo...

Es muy fácil perderse.

Fruncí el ceño.

—¿Perderme?

Seguí la dirección de su mano.

A lo lejos, entre la inmensidad del verde, una figura caminaba sin rumbo.

Después apareció otra.

Y otra más.

Sentí un escalofrío.

No parecían personas.

Sus cuerpos eran alargados y retorcidos.

Algunos tenían demasiados brazos.

Otros caminaban apoyándose en cuatro, seis... o quizá más extremidades.

Su piel era oscura.

Tan oscura que parecía hecha de sombra.

Se movían lentamente entre la hierba, emitiendo sonidos extraños.

No eran rugidos.

No eran palabras.

Eran lamentos.

Retrocedí un paso.

—¿Qué... son esas cosas?

La joven bajó lentamente la mirada.

Su sonrisa desapareció por primera vez.

—Alguna vez...

También fueron Buscadores.

Sentí un vacío recorrer mi pecho.

Ella continuó.

—Entraron a este mundo buscando respuestas.

Pero un día...

Olvidaron quiénes eran.

Olvidaron aquello que los guiaba.

Y cuando una memoria se rompe por completo...

Comienza a corromperse.

Volví a mirar aquellas figuras.

Ya no veía monstruos.

Veía personas...

Que un día tuvieron un nombre.

Una familia.

Un hogar.

La joven habló con un tono apenas audible.

—Ellos ya no recuerdan quiénes fueron.

Ni por qué llegaron aquí.

Solo continúan caminando...

Esperando algo que jamás podrán encontrar.

El viento volvió a soplar.

Y por primera vez desde que desperté...

Comprendí cuál era el verdadero peligro de este mundo.

No era morir.

Era olvidarme de mí mismo.

La joven dio unos pasos hacia la pradera.

El viento jugaba con su largo cabello blanco mientras observaba a aquellas figuras oscuras caminar sin rumbo.

—Joven Buscador...

Si deseas recuperar tus memorias...

Primero deberás ayudar a los Perdidos.

La miré sorprendido.

—¿¡Yo!?

¿Cómo podría ayudarlos?

Ni siquiera puedo ayudarme a mí mismo.

Ella sonrió con aquella serenidad que parecía no desaparecer nunca.

—Podrás hacerlo.

Siempre supiste cómo.

Por eso estás aquí.

No entendí sus palabras.

Pero algo dentro de mí me impulsó a avanzar.

Di un paso.

Después otro.

Mientras me acercaba, las figuras se hacían más claras.

No caminaban...

Divagaban.

Como almas sin dirección.

Sus cuerpos estaban deformados.

Brazos que nacían donde no debían.

Piernas demasiado largas.

Sombras envolviendo una silueta que alguna vez fue humana.

Con cada paso que daban sobre la pradera...

El verde desaparecía.

Las flores se marchitaban.

Y una oscura mancha quedaba sobre la tierra.

Me detuve.

Sentí un nudo en la garganta.

No daban miedo.

Daban tristeza.

Al acercarme lo suficiente...

Escuché sus voces.

No eran gritos.

Eran susurros.

Cientos de susurros.

Todos iguales.

—¿Quién soy...?

—¿Quién soy...?

—¿Quién soy...?

Una y otra vez.

Como un eco interminable.

Quise hablarles.

Pero no encontré las palabras.

¿Qué podía decirle a alguien que había olvidado incluso su propio nombre?

En ese instante...

Sentí un cosquilleo recorrer mi brazo derecho.

Bajé la mirada.

Una pequeña luz dorada comenzaba a escapar entre mis dedos.

Era cálida.

Suave.

Como la luz de una luciérnaga.

Pero emitía un tenue zumbido.

Un sonido constante.

Como si una energía despertara dentro de mí.

Los susurros cesaron.

Todos los Perdidos giraron lentamente la cabeza hacia mí.

El silencio se volvió insoportable.

Entonces...

El más cercano comenzó a temblar.

Su cuerpo se retorció.

Sus lamentos se transformaron en un grito desesperado.

—¡¡AAAAAAAHH!!

Los demás respondieron de la misma manera.

Uno por uno comenzaron a acercarse.

No caminaban.

Se arrastraban.

Tropezaban.

Caían.

Y volvían a levantarse.

Como si aquella pequeña luz hubiera despertado un recuerdo que llevaban siglos intentando alcanzar.

Retrocedí un paso.

Mi respiración se aceleró.

—¿Qué... qué está pasando?

Los Perdidos comenzaron a unirse.

Sus cuerpos de sombra se mezclaban unos con otros.

Brazos.

Piernas.

Rostros.

Todo se fundía en una sola criatura.

Cada vez más grande.

Cada vez más oscura.

El suelo tembló.

La pradera comenzó a marchitarse.

El cielo, antes despejado, fue cubriéndose por enormes nubes grises.

El viento dejó de soplar.

Solo quedó aquella monstruosa figura.

Sus incontables brazos se movían como ramas secas.

Sus ojos...

Si es que podían llamarse ojos...

Eran dos vacíos profundos.

Me quedé inmóvil.

No podía mover un solo músculo.

Entonces...

La criatura dio un paso hacia mí.

Y extendió lentamente uno de sus brazos.

Fue entonces cuando escuché la voz de la joven a lo lejos.

—¡¡NO DEJES QUE TE TOQUEN!!

Reaccioné por instinto.

Corrí.

Detrás de mí, el monstruo lanzó un grito que hizo vibrar el bosque entero.

No era un rugido.

Era un lamento.

Un dolor imposible de describir.

—¡¡DEVUÉLVEME MI NOMBRE!!

Los árboles comenzaron a quebrarse.

Las enormes raíces salían de la tierra.

La criatura avanzaba destruyendo todo a su paso.

Las flores se convertían en ceniza.

El verde desaparecía.

Solo quedaban sombras.

Corrí sin mirar atrás.

Salté rocas.

Esquivé raíces.

Las ramas golpeaban mi rostro mientras me internaba cada vez más en el bosque.

Podía escuchar sus pasos.

Cada vez más cerca.

Cada vez más fuertes.

—¡¡DEVUÉLVEME MI NOMBRE!!

Tropecé.

Caí de rodillas sobre la tierra.

Mi corazón parecía querer salir de mi pecho.

Respiraba con desesperación.

No podía seguir corriendo.

La criatura levantó uno de sus enormes brazos.

La sombra cubrió por completo mi cuerpo.

Cerré los ojos.

Pensé que todo había terminado.

Entonces...

La luz de mi mano brilló con una intensidad que jamás había sentido.

Y el bosque entero quedó en silencio.

La enorme criatura se abalanzó sobre mí.

Cerré los ojos.

Esperé el golpe.

Pero nunca llegó.

Sentí unos brazos rodeándome.

Eran fríos.

Demasiado fríos.

No era un abrazo lleno de fuerza.

Era un abrazo desesperado.

Como el de alguien que llevaba siglos esperando encontrar algo.

Entonces...

Escuché el llanto.

Un llanto profundo.

Roto.

Lleno de soledad.

Abrí lentamente los ojos.

La inmensa criatura temblaba mientras me abrazaba.

No intentaba hacerme daño.

Solo lloraba.

Mi mano derecha seguía brillando.

Aquel resplandor cálido iluminaba la oscuridad de su cuerpo.

Sin saber por qué...

La levanté lentamente.

Y la apoyé sobre aquel rostro desfigurado.

En el instante en que nuestras manos se encontraron...

La luz se extendió.

No era una luz que quemara.

Era una luz que recordaba.

Todo quedó en silencio.

La oscuridad comenzó a desprenderse poco a poco de su cuerpo.

Las incontables extremidades desaparecieron.

Las sombras se deshicieron como humo llevado por el viento.

Por un breve instante...

Pude verla.

Era una mujer.

Su rostro estaba lleno de lágrimas.

Sus ojos temblaban.

No me miraba a mí.

Miraba algo mucho más allá.

Frente a nosotros apareció un pequeño cristal de luz.

Dentro de él...

Una niña reía mientras corría por un campo cubierto de flores.

La mujer la perseguía entre risas.

Después la abrazaba.

Y besaba su frente.

No era un recuerdo que yo le hubiera dado.

Siempre había estado dentro de ella.

Solo necesitaba volver a encontrar el camino.

La mujer cayó de rodillas.

Las lágrimas corrían libremente por su rostro.

Con una voz quebrada...

Apenas logró pronunciar unas palabras.

—Hija...

Te amo...

El viento comenzó a soplar.

Su cuerpo empezó a transformarse en diminutas partículas de luz.

No desaparecía.

Descansaba.

Cada fragmento ascendía lentamente hacia el cielo.

Como hojas llevadas por la corriente del aire.

La pradera volvió a teñirse de verde.

Las flores florecieron una vez más.

Las nubes comenzaron a abrirse.

La luz del atardecer regresó al bosque.

Entonces ocurrió algo aún más extraño.

A mi alrededor comenzaron a aparecer cientos de pequeños cristales flotando en el aire.

Giraban lentamente.

Dentro de cada uno podía verse un instante de una vida.

Un niño aprendiendo a caminar.

Una anciana riendo junto al mar.

Dos amigos abrazándose.

Un padre levantando a su hijo entre risas.

Eran recuerdos.

Los recuerdos de aquellos Perdidos que habían olvidado quiénes eran.

Permanecían suspendidos en el viento...

Esperando el día en que alguien pudiera devolverlos a casa.

Bajé lentamente mi mano.

Su luz comenzaba a apagarse.

No entendía qué acababa de suceder.

Solo sabía una cosa.

No había salvado a aquella mujer.

Ella misma encontró el camino de regreso.

Yo...

Solo sostuve la luz mientras recordaba.

Las últimas partículas de luz desaparecieron junto con el viento.

El bosque volvió a quedar en silencio.

Permanecí de rodillas, inmóvil.

Mi respiración aún era agitada.

Miraba el lugar donde aquella mujer había desaparecido.

No podía comprender lo que acababa de ocurrir.

Levanté lentamente mi mano.

La luz se había extinguido.

—¿Fui yo...? —susurré.

El césped se mecía con la brisa.

Las flores volvían a florecer allí donde la oscuridad había marchitado la tierra.

Todo parecía tan tranquilo... como si nada hubiera sucedido.

Escuché unos pasos detrás de mí.

Era ella.

Se acercó con la misma serenidad de siempre.

Sus largos cabellos blancos danzaban con el viento.

Se detuvo a mi lado y sonrió.

—Sabía que podrías hacerlo, joven Buscador.

La miré confundido.

—¿Qué fue eso?

¿Qué ocurrió con esa mujer?

¿Y... su hija?

La joven tomó asiento sobre la hierba.

Contempló el cielo unos instantes antes de responder.

—La ayudaste a liberarse del olvido.

No recuperó toda su vida.

Solo un recuerdo.

Pero, a veces...

Un solo recuerdo basta para encontrar el camino.

Guardé silencio.

Ella continuó.

—Aquella niña era el recuerdo más valioso que conservaba en lo profundo de su alma.

Incluso después de perder su nombre...

Su amor permanecía.

Eso fue lo que tu luz despertó.

Volví a mirar mi mano.

—Entonces...

¿Yo puedo hacer eso con todos los Perdidos?

La joven negó lentamente con la cabeza.

—No.

No todos desean recordar.

Algunos tienen demasiado miedo.

Otros llevan tanto tiempo perdidos que ya no reconocen la luz cuando la tienen enfrente.

Sentí un escalofrío.

Recordé las palabras del Árbol Guía.

—El árbol hizo algo parecido conmigo...

Me mostró un fragmento de mi pasado.

Ella sonrió.

—Así es.

El Árbol Guía despierta la primera memoria.

Es quien entrega el primer hilo para comenzar el viaje.

Pero el resto del camino...

Debe recorrerlo cada Buscador por sí mismo.

La observé durante unos segundos.

Una duda apareció en mi mente.

—Entonces...

¿Yo también pude haber terminado como ellos?

Ella no respondió de inmediato.

Su mirada se perdió entre los árboles.

Finalmente habló con voz suave.

—Sí.

Todo Buscador corre ese riesgo.

Por eso este mundo está lleno de aquellos que un día comenzaron a buscar...

...y jamás encontraron el camino de regreso.

Bajé la mirada.

Por primera vez comprendí que mi mayor enemigo no era aquel monstruo.

Era el olvido.

Después volví a verla.

—Y tú...

¿Quién eres realmente?

Si el Árbol Guía despierta a los Buscadores...

¿Qué haces tú aquí?

La joven dejó escapar una pequeña sonrisa.

Tan tranquila como el río.

—Yo no despierto a los Buscadores.

Yo camino junto a ellos.

Los guío mientras aún desean seguir buscando.

Hizo una breve pausa.

Después añadió con un brillo melancólico en sus ojos.

—Porque ningún Buscador debería recorrer este mundo completamente solo.

El viento volvió a soplar con suavidad.

Las pequeñas partículas de luz seguían danzando entre los árboles como diminutas estrellas.

Por un momento, ninguno de los dos dijo una palabra.

Solo contemplábamos el cielo.

Después de unos segundos, rompí el silencio.

—¿Cómo te llamas?

La joven inclinó ligeramente la cabeza.

Parecía sorprendida por la pregunta.

Permaneció pensativa unos instantes.

—Hace mucho tiempo... que nadie me pregunta mi nombre.

La miré con curiosidad.

—Entonces... ¿cómo quieres que te llame?

Ella soltó una pequeña risa.

—Como tú quieras.

Sonreí.

Pensé unos segundos mientras observaba el río reflejar el brillo de las estrellas.

—¿Qué tal... Neria?

La joven repitió el nombre en voz baja.

—Neria...

Cerró los ojos un instante.

Después sonrió con una ternura que nunca antes había visto.

—Me gusta.

Mucho.

Desde hoy...

Puedes llamarme Neria.

Permanecimos en silencio otra vez.

Ella levantó la vista hacia el cielo.

Las estrellas comenzaban a aparecer una tras otra.

Entonces volvió a hablar.

—¿Y tú?

¿Cómo te gustaría que te llamara?

No respondí de inmediato.

Miré mi mano.

Aquella misma mano que minutos antes había brillado.

La cerré lentamente.

Después levanté la vista hacia el inmenso cielo nocturno.

Respiré profundo.

—Ya no me llames "Joven Buscador".

Ella giró lentamente el rostro para mirarme.

Sonreí con tranquilidad.

—Solo...

El Buscador.

Neria asintió con una pequeña sonrisa.

—Está bien...

El Buscador.

Por primera vez desde que desperté en aquel extraño mundo...

Sentí que ya no caminaba solo.

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