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​Harry Potter y el Eco de los Tiempos

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Summary

La Batalla de Hogwarts no concluye con la victoria de la Luz, sino con el colapso de la profecía. La caída de Harry Potter ante Lord Voldemort abre grietas impredecibles en el tejido de la magia misma, desencadenando anomalías temporales, saltos en el tiempo y un destino fracturado donde el pasado y el futuro luchan por no desaparecer.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

El aire en el Gran Patio de Hogwarts quemaba con el olor a azufre, ozono y piedra calcinada. Las torres que alguna vez resguardaron a generaciones de magos eran ahora escombros humeantes. La niebla del amanecer no traía luz, sino una penumbra verdosa proyectada por las nubes que rodeaban la Marca Tenebrosa en el cielo.

En el centro del patio, rodeados por un círculo de Mortífagos silenciosos y los sobrevivientes aterrorizados de la Orden del Fénix, se encontraban los dos contendientes.

Lord Voldemort avanzaba con pasos lentos y felinos. La Varita de Saúco entre sus dedos pálidos vibraba con una sed de magia antigua. Frente a él, Harry sosteniendo la varita de acebo con la mano ensangrentada, apenas manteniéndose en pie. El dolor en la cicatriz de su frente ya no era un punzazo; era un fuego constante que le nublaba la vista.

—El niño que sobrevivió... vino a morir —susurró Voldemort. Su voz, amplificada por el aire místico del lugar, resonó en los huesos de todos los presentes.

—Esto termina hoy, Tom —respondió Harry, bajando su centro de gravedad, ignorando el flujo de sangre que caía de su ceja.

Sin previo aviso, Voldemort movió la Varita de Saúco con una velocidad cegadora.

—¡Confringo!

Una bola de fuego blanco salió disparada hacia el pecho de Harry.

—¡Protego Maxima! —gritó Harry, trazando una cúpula plateada.

El impacto de la explosión hizo crujir el suelo de piedra. La onda de choque empujó a Harry dos metros hacia atrás, agrietando su escudo al instante. Sin darle un segundo para respirar, Voldemort lanzó un látigo de llamas doradas que serpenteó por el aire, buscando envolver el cuello de Harry.

Harry rodó por el suelo, esquivando el calor abrasador que fundió las piedras donde acababa de pisar. Desde el suelo, apuntó directo al rostro de su enemigo:

—¡Reducto!

Un rayo azul purpúreo cortó la distancia. Voldemort apenas se molestó en desviarlo con un leve movimiento de muñeca; el hechizo se estrelló contra una muralla lejana, reduciéndola a polvo.

—Patético, Potter —siseó el Señor Tenebroso—. Sigues luchando con la magia de un niño.

Voldemort alzó ambas manos y el cielo pareció responder. Rayos de magia negra, gruesos como troncos de árboles, comenzaron a llover sobre el patio. Harry se lanzó tras un pilar semiderruido mientras el aire se llenaba del ensordecedor estruendo de los impactos.

—¡Sectumsempra! —intentó Harry, asomándose apenas para lanzar el corte invisible.

Voldemort invocó un escudo de plata pulida con la forma de una serpiente que absorbió el impacto, devolviendo la energía en forma de una onda expansiva que destruyó el refugio de Harry. La piedra destrozada golpeó las costillas del chico, haciéndolo caer de rodillas, escupiendo sangre sobre el polvo.

Hermione y Ron intentaron dar un paso al frente desde el grupo de prisioneros, pero un muro de fuego oscuro erigido por Bellatrix Lestrange los obligó a retroceder. Harry estaba completamente solo.

—Mírame, Harry —ordenó Voldemort, acortando la distancia paso a paso—. Sin Dumbledore. Sin tu madre. Solo tú y tu debilidad.

Harry se levantó con rabia, reuniendo las últimas fuerzas de su cuerpo exhausto. La magia correteaba por sus venas como electricidad pura. Alzó su varita con ambas manos, canalizando todo el amor, la pérdida y la desesperación de los que habían caído.

—¡EXPELLIARMUS!

Un chorro de luz roja deslumbrante, más ancho y brillante que nunca, brotó de su varita.

Voldemort sonrió, revelando sus dientes afilados, y pronunció las palabras que sentenciaron la era:

—¡AVADA KEDAVRA!

La luz verde incandescente chocado de lleno contra la luz roja en el aire. Durante tres segundos agónicos, las dos fuerzas colisionaron en un punto medio, creando una esfera de energía pura que hacía temblar la tierra. Los hilos de Priori Incantatem intentaron conectar las varitas, pero la Varita de Saúco, reconociendo la intención de matar absoluta de su portador y la debilidad física de Harry, quebró la resistencia de la luz roja.

El rayo verde consumió el rojo. La luz de la muerte avanzó implacable por la trayectoria.

Harry vio venir el destello verde. Por un milisegundo, la cicatriz dejó de doler. El rayo le dio de pleno en el pecho.

El impacto no lo impulsó hacia atrás; lo congeló en el tiempo. Sus ojos, abiertos de par en par, perdieron el brillo del color verde esmeralda. Su cuerpo cayó pesadamente sobre las piedras frías del patio, inerte. La varita de acebo rodó de su mano y se partió en dos al chocar contra una piedra.

Un silencio sepulcral cayó sobre Hogwarts. El Lord Tenebroso permaneció de pie, respirando agitadamente mientras contemplaba el cadáver del "Elegido".

Pero cuando Voldemort dio un paso hacia el cuerpo de Harry para exhibir su victoria, algo extraño ocurrió. El reloj de la Torre de la Magia, destruido minutos antes, comenzó a girar desenfrenadamente hacia atrás. Un pulso de luz dorada e invisible emanó del pecho de Harry, expandiéndose en una onda silenciosa que erizó la piel de todos los presentes.

El tiempo acababa de romperse.

El pulso dorado que emanó del pecho de Harry al caer inerte no solo rompió el aire del patio; resquebrajó el hilo mismo del tiempo, abriendo un abismo de recuerdos y realidades alternativas que se entrelazaron en un destello cegador.

En esa otra línea temporal que la magia antigua intentaba desesperadamente invocar, la historia no había dejado a Harry solo. Había nacido con una hermana gemela: Nyxen Potter.

Desde pequeños, Nyx había sido un enigma. Con su cabello azabache cortado al estilo undercut, ropa holgada que parecía robada del armario de Dudley y una postura desafiante, casi todos en el Gran Comedor de Hogwarts la habían tomado por un chico durante su primer año. Pero a Nyx no le importaban las etiquetas ni las miradas. Llevaba el nombre de una diosa de la noche y actuaba como tal: rápida, reservada y con una lealtad feroz que rozaba lo peligroso.

Cuando el Sombrero Seleccionador tocó su cabeza y gritó "¡SLYTHERIN!", las mesas del Gran Comedor quedaron en silencio. El hermano en Gryffindor, la hermana en las serpientes. Pero las casas no pudieron dividirlos. Nyx caminaba entre las sombras de las mazmorras cortando de raíz cualquier conspiración contra Harry. Si un Slytherin intentaba emboscar a su hermano, era Nyx quien aparecía primero en los pasillos oscuros, con la varita en alto y una sonrisa fría, lista para hacerlos arrepentir.

Su devoción por Harry la llevó a tomar la decisión más oscura de su vida. En quinto año, sabiendo que el Lord Tenebroso regresaría por la sangre de su hermano, Nyx hizo lo impensable: se infiltró en las filas de los Mortífagos y aceptó la Marca Tenebrosa en su antebrazo izquierdo. Soportó el fuego de la tinta mágica sin soltar una sola lágrima, convencida de que ser la sombra de Voldemort era la única manera de adelantarse a sus pasos y mantener a Harry con vida. Harry lo sabía, y aunque ese secreto les quemaba el alma a ambos, se convirtieron en un escudo indivisible.

El recuerdo de aquella otra Batalla de Hogwarts se proyectó como un fantasma sobre las ruinas.

En esa línea temporal, la pelea final no ocurrió en un patio desolado, sino bajo un cielo tormentoso sobre el Puente Cubierto. Voldemort, enfurecido al descubrir la doble traición de la gemela Potter, lanzó la maldición asesina no solo para destruir a su enemigo, sino para erradicar su linaje.

El chorro de luz verde del Avada Kedavra rasgó la noche con un rugido sordo, directo al pecho de un Harry acorralado y exhausto.

Pero Nyx ya había previsto ese movimiento.

Con la agilidad de un felino, se cruzó en la trayectoria del hechizo antes de que Harry pudiera pestañear. El rayo de la muerte la golpeó de lleno en el torso. Sin embargo, Nyx no era solo una víctima; en el mismo instante en que la luz verde tocó su piel, canalizó toda la magia oscura de su Marca Tenebrosa junto con una antigua maldición de sangre, enterrando su propia varita directo en el corazón de Voldemort.

Una explosión de magia primordial desintegró al Señor Tenebroso en una llamarada de cenizas plateadas.

Harry cayó de rodillas sobre la madera del puente, atrapando el cuerpo inerte de su hermana mientras la lluvia comenzaba a caer. La piel de Nyx, antes pálida y llena de vida, perdía rápidamente el calor. La Marca Tenebrosa en su brazo se desteñía hasta convertirse en una cicatriz gris.

Harry apretaba su rostro contra la chaqueta de cuero holgada de ella, sollozando con un dolor que le desgarraba la garganta.

—Nyx... no, no, por favor, abre los ojos... Nyx, quédate conmigo —suplicaba, intentando canalizar una magia médica que no tenía.

Nyxen, con sus últimos alientos, alzó una mano temblorosa, manchada de hollín y sangre. Sus dedos acariciaron la mejilla de Harry con una ternura que solo él conocía tras esa fachada de chica dura. Sus ojos oscuros, llenos de un cariño absoluto, buscaron la mirada verde esmeralda de su gemelo.

Sonrió débilmente, con un hilo de sangre brotando de la comisura de sus labios.

—Siempre tan torpe, Potter... —susurró con la voz rota, apenas audible sobre el sonido de la tormenta—. Si hay otra vida... te buscaré. Te elegiré a ti... y te protegeré una y otra vez...

La mano de Nyxen cayó sin fuerza sobre la madera húmeda. Sus ojos se cerraron para siempre, dejando una sonrisa serena grabada en su rostro mientras el alma de Lord Voldemort se consumía a su alrededor.

De vuelta al presente, en el patio en ruinas donde el cadáver del Harry de esta era yacía en la piedra fría, el tiempo que se había roto comenzó a convulsionar. La promesa pronunciada por Nyx en aquella otra línea temporal resonó en las grietas del espacio como un eco eterno. La magia antigua no olvida un juramento hecho por amor absoluto.

El cuerpo de Harry dio un espasmo repentino en el suelo, y en la oscuridad del tejido temporal, un portal de luz dorada comenzó a abrirse sobre su cabeza.

El espíritu de Harry flotaba en una etérea semioscuridad sobre las ruinas calcinadas de Hogwarts. La muerte no trajo el silencio que esperaba, sino un desapego extraño y helado donde el plano terrenal se volvía transparente, pero dolorosamente audible. Su cuerpo físico yacía en la hierba del patio, inerte, mientras su forma espectral, un contorno plateado y tenue, era impulsada por una fuerza invisible a través de los pasillos destruidos del castillo.

Buscando desesperadamente a sus seres queridos, Harry voló entre los cascotes, esperando encontrar un duelo sincero, lágrimas por la pérdida del amigo, del hermano de armas. Se dirigió hacia las dependencias subterráneas del castillo, donde varios supervivientes se habían refugiado.

Lo que escuchó al cruzar la gruesa puerta de madera de una de las aulas de transformaciones le congeló el alma espectral de un modo que la muerte no había logrado.

Alrededor de una mesa improvisada se encontraban Ron, Hermione y Ginny. No había restos de dolor en sus rostros; la conmoción inicial de la batalla había dado paso a una fría y calculadora reunión de negocios.

—¿Estás segura de que el pergamino no levantará sospechas en Gringotts, Hermione? —preguntó Ron, ajustándose la túnica sucia y revisando un montón de pergaminos antiguos.

—Está perfectamente redactado —respondió Hermione con una voz desprovista de emoción, utilizando una pluma de águila para repasar una firma al final del documento—. Albus Dumbledore lo preparó antes de morir. Un contrato matrimonial y de sucesión con el sello oficial del Ministerio. Especifica claramente que Ginny y Harry estaban comprometidos bajo acuerdo mágico de tutela, y que, en caso de la muerte de Harry sin heredero directo, el cincuenta por ciento de la fortuna de los Potter y los Black pasa automáticamente a la familia Weasley a través de ella.

Ginny tomó el pergamino, observando los sellos de cera roja con una sonrisa contenida.

—Con la mitad de las bóvedas de los Potter y la casa de Grimmauld Place tendremos más que suficiente para reconstruir La Madriguera y asegurar la influencia de la familia en el nuevo Ministerio. Dumbledore sabía lo que hacía. Harry nunca sospechó nada; era demasiado ingenuo como para revisar los archivos de su familia.

—Teníamos que asegurarnos de cobrar por todos estos años de peligro —añadió Ron con amargura, guardando unas cuantas monedas de oro que ya había sacado del bolsillo del abrigo de Harry—. Soportarle las pataletas, los episodios oscuros y ser el blanco de Voldemort por su culpa. Nos merecemos esto.

Harry, flotando cerca del techo, sintió una furia negra e incandescente retorciéndose en su pecho intangible. Cada palabra era un puñal más certero que el Avada Kedavra. Aquellos a quienes había considerado su verdadera familia, por quienes estuvo dispuesto a caminar hacia la muerte sin vacilar, solo habían visto en él una fuente de ingresos y una carga que aguantar por conveniencia. Toda su vida, su lealtad y su sacrificio habían sido manipulados desde el principio por un anciano maestro de marionetas y ejecutados por supuestos amigos.

La ira de Harry hizo que las antorchas de la habitación chispearan, pero los tres Weasley y Granger no notaron la ligera fluctuación mágica, demasiado ocupados organizando los detalles del fraude financiero.

Repugnado y con el alma rota, el fantasma de Harry salió impulsado por la corriente del viento hacia los jardines exteriores, lejos del veneno de esa falsa simpatía.

El viento lo llevó hacia los límites del Bosque Prohibido, cerca de donde la linde de los terrenos se encontraba más tranquila. Allí, lejos de la multitud que celebraba con falsa euforia la caída del Señor Tenebroso sin importar el precio, un pequeño grupo se mantenía apartado.

Eran los estudiantes de Slytherin que no habían luchado con los Mortífagos ni huido cobardemente. Draco Malfoy, Pansy Parkinson, Blaise Zabini y Theodore Nott velaban a cierta distancia.

Harry descendió lentamente entre la bruma, preparándose para escuchar desdén o regocijo. Lo que presenció lo dejó paralizado.

—Es una desgracia... —murmuraba Pansy, con los ojos hinchados por el llanto, abrazándose a sí misma para protegerse del frío—. Lo dejaron solo. Lo arrojaron al matadero como si su vida no valiera nada.

—Los Gryffindor ya están planeando cómo repartirse la gloria y las medallas del Ministerio —dijo Blaise con la voz cargada de un profundo asco, apoyado contra el tronco de un roble quemado—. Vi a Weasley celebrando en el Gran Comedor mientras el cuerpo de Potter sigue ahí fuera, tirado en la piedra como un trofeo. Ni siquiera se han tomado la molestia de cubrirlo.

—No vamos a permitir que lo traten como a un animal —intervino Theodore Nott, sacando su varita con determinación—. Si el Ministerio y sus "héroes" van a usar su cadáver para la propaganda política, nosotros debemos sacarlo de aquí. Merece un entierro digno, bajo los antiguos ritos de las Sagradas Veintiocho familias, con el respeto que se le debe a la última sangre de la Casa Potter.

En el centro del grupo, Draco Malfoy permanecía en silencio. Tenía la túnica rasgada y el rostro manchado de hollín. Harry se acercó a su antiguo rival y, para su absoluto asombro, vio cómo las lágrimas caían silenciosas por las mejillas de Draco, limpiando surcos pálidos en su piel.

Draco apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—Era solo un chico... —susurró Draco con la voz quebrada por un sollozo ahogado—. Un imbécil impulsivo, pero no merecía esto. Nadie le dio una opción. Todos lo usamos... mi padre, Voldemort, Dumbledore. Y al final, se quedó completamente solo.

Draco se limpió el rostro de forma abrupta con la manga de su túnica, tratando de recuperar la compostura, pero sus ojos reflejaban un dolor genuino y una culpa atroz.

—Nosotros le daremos un descanso, Theo —continuó Draco, mirando hacia el patio donde yacía el cuerpo—. Preparen un sudario blanco. Si sus 'amigos' no van a llorarle como se debe, la Casa Malfoy y las familias de Slytherin le rendirán los honores que la magia antigua exige. Nadie más volverá a profanar su nombre.

Harry flotaba a escasos centímetros de Draco. Por primera vez en su vida, vio con absoluta claridad a través del humo de los prejuicios. Quienes pensó que eran sus enemigos mostraban una humanidad, una empatía y un respeto por su memoria que sus supuestos hermanos de alma jamás poseyeron.

Una lágrima de energía espectral resbaló por la mejilla del fantasma de Harry. La furia y el arrepentimiento se mezclaron en una tormenta dentro de su ser astral.

En ese instante de dolor absoluto, el pulso de luz dorada que había quedado en latencia desde la ruptura del tiempo volvió a brillar en el centro de su pecho. El contrato falso, las traiciones, la promesa de Nyx en aquella otra era y el arrepentimiento sincero de Draco Malfoy resonaron como un engranaje mágico que encajaba con violencia.

El tiempo no solo se había roto; estaba reclamando una reescritura total.

El espacio alrededor del fantasma de Harry comenzó a distorsionarse, engullendo las ruinas del castillo en un vórtice de luz dorada y sombras temporales.

El vórtice de luz dorada y sombras temporales no consumió al fantasma de Harry para destruirlo, sino para elevarlo más allá del tejido de la realidad. El patio en ruinas, el falso llanto de los Weasley, la lealtad inesperada de los Slytherin y el peso de su propia muerte se disolvieron en un vacío infinito, bañado por una neblina plateada que respiraba con el latido de una magia pura, ancestral y serena.

En el centro de esa inmensidad etérea se alzaba una figura impenetrable e imponente, hecha de constelaciones y luz viva: la Madre Magia. Su sola presencia infundía una paz inquebrantable, pero también el peso de los destinos truncados.

A un lado de ese altar astral, una silueta espectral permanecía de pie. Era una joven de cabello azabache cortado al estilo undercut, vistiendo una chaqueta de cuero holgada y pantalones oscuros. Nyxen Potter.

Cuando la forma espiritual de Harry materializó sus contornos frente a ella, Nyx se paralizó. Miró las ropas destrozadas de Harry, la marca de la maldición en su pecho y el brillo extinto de su mirada. Un sollozo desgarrador, reprimido durante eras de sufrimiento, escapó de la garganta de la chica.

Nyx se arrojó hacia él, envolviendo a Harry en un abrazo desesperado. Aunque eran espíritus, el impacto de su dolor se sintió tan real como el fuego.

—Perdóname... perdóname, Harry —suplicaba ella, rompiéndose en llanto contra su hombro, con la voz ahogada por la culpa—. Fallé. Te juro que lo intenté... intenté detener a ese monstruo, intenté llegar antes... No pude protegerte... te dejé morir...

Harry, impresionado por la intensidad de un amor que jamás había experimentado en su propia vida, la sostuvo torpemente. Pero antes de que pudiera articular palabra, la voz suave y resonante de la Madre Magia llenó el espacio astral, como el eco de miles de campanas de plata.

—Tranquilízate, mi pequeña sombra —dijo la entidad, extendiendo un manto de luz consoladora sobre Nyx—. Este no es el hermano que viste caer en tu tiempo. Él proviene de una línea temporal donde jamás exististe. Un mundo desgarrado donde él caminó completamente solo en la oscuridad.

Nyx se separó despacio, limpiándose las lágrimas espectrales con la manga de su chaqueta, observando a Harry con una mezcla de asombro y desconcierto.

La Madre Magia agitó su mano celestial. El espacio a su alrededor se transformó en un tapiz de espejos estelares, mostrando las imágenes fijas y en movimiento de la línea temporal de donde provenía Nyx.

Harry miró fijamente los espejos, con los ojos abiertos de par en par.

Vio una infancia totalmente distinta en Privet Drive. Vio a Nyxen, vistiendo ropas grandes y haciéndose pasar por un muchacho rudo frente a los Dursley. Vio a Nyx interponiéndose entre el puño de Vernon y él, recibiendo los golpes y los castigos en la alacena para que Harry no sufriera. Vio a Nyx amenazando a Dudley con un palo de madera, protegiendo a su hermano con garras y dientes antes de saber lo que era la magia.

Vio la llegada a Hogwarts. Vio a Nyx en la mesa de Slytherin, sosteniendo la mirada con frialdad a todos los que murmuraban contra el "Niño que Vivió". Vio cómo ella interceptaba maldiciones en los pasillos, cómo aceptaba la Marca Tenebrosa en el brazo, soportando la agonía de la tinta de fuego solo para filtrar información a la Orden y desviar los ataques de Voldemort lejos de Harry. Y finalmente, vio el destello de la luz verde en el Puente Cubierto, el momento exacto en que Nyx se lanzó frente al Avada Kedavra, muriendo con una sonrisa en el rostro tras haber destruido al Señor Tenebroso para salvarlo.

El Harry de la línea original sintió un nudo opresivo en la garganta. Miró a la chica a su lado: la "hermana tomboy" que todos confundían con un chico, la Slytherin que había descendido a los infiernos por amor, la guerrera que le había dado todo lo que sus supuestos amigos en su propia vida le habían negado por avaricia.

—Tú... realmente me protegiste de todos —murmuró Harry, con la voz temblorosa, buscando la mirada oscura de Nyx—. En tu mundo, nunca estuve solo.

Nyx bajó la cabeza, apretando los puños.

—Eras mi gemelo —dijo ella con firmeza y ternura—. Mi deber y mi decisión siempre fueron cuidarte, no importaba el precio.

La Madre Magia observó a ambas almas con una compasión ancestral.

—Las líneas del tiempo se han fracturado por vuestros sacrificios y traiciones —declaró la deidad—. Os concederé la oportunidad de renacer. De volver al plano terrenal en una nueva época, donde podréis escribir un destino libre de las manipulaciones de Dumbledore y la sombra de Voldemort. Sin embargo... para sanar la paradoja, lo ideal es que renazcáis en familias separadas, lejos el uno del otro, para equilibrar el flujo mágico de la existencia.

—No —interrumpió Harry de inmediato, con una firmeza que resonó en toda la dimensión celestial.

Nyx alzó la vista, sorprendida.

—No quiero renacer en familias distintas —continuó Harry, dando un paso al frente y tomando la mano de Nyx con fuerza—. En mi vida anterior fui manipulado, traicionado por quienes decían ser mi familia y vendido al mejor postor. Si voy a volver a ese mundo, quiero que sea a su lado. Quiero nacer en la misma familia que Nyx. Quiero ser su hermano gemelo. Quiero cumplir la promesa que el otro Harry no pudo sostener y estar juntos desde el principio.

Nyx miró la mano de Harry sujetando la suya, y una sonrisa genuina, libre de la carga de la culpa, se dibujó en sus labios.

La Madre Magia contempló el vínculo indisoluble entre las dos almas. Un destello de aprobación dorada brilló en su aura.

—Que así sea —sentenció la Madre Magia—. Las almas que se eligen con tal devoción no seré yo quien las separe. Renaceréis juntos, compartiendo sangre, magia y destino. Pero recordad: el tiempo reescrito exigirá sus propias cuentas, y las sombras del pasado buscarán regresar.

Un torbellino de luz blanca pura envolvió a Harry y a Nyx. Las manos de ambos se apretaron con más fuerza a medida que sus formas espectrales comenzaban a disolverse para emprender el viaje de regreso hacia la matriz del tiempo.

El tejido del universo se reconfigura para el nuevo nacimiento

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