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El regreso de la llama

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Summary

«Dicen que los monstruos no aman. Yo descubrí que sí... solo que aman de la peor manera.» A los diez años, Haibet perdió a la única persona que iluminaba su infancia: su mejor amigo, Erick. Sin despedidas. Sin explicaciones. Solo el frío silencio de la distancia. Durante nueve años, nunca olvidó al niño que fue su cómplice y protector. Al reencontrarse, descubren que el tiempo y los secretos no han podido romper el lazo inquebrantable que los une. Erick sigue siendo el mismo chico divertido y leal que daría su vida por ella. El problema no es Erick. El problema es Aeron. Su hermano mayor. Aeron Volkov es el implacable heredero de una de las mafias más peligrosas del mundo. Frío, dominante, manipulador y peligrosamente inteligente, es un hombre convencido de que los sentimientos son una debilidad que solo sirve para destruir. Pero Haibet, con su cabello de fuego, ojos dorados y un espíritu indomable, es demasiado terca para dejarse controlar. Su impulsividad y valentía la llevarán a desafiar de frente al hombre más peligroso de Rusia, sin saber que está entrando voluntariamente en su red. Lo que comienza como el reencuentro de dos mejores amigos se transforma en una guerra de lealtad, obsesión y secretos oscuros. Porque mientras Erick está dispuesto a ser el refugio de Haibet... Aeron ya ha decidido que ella le pertenece. Y cuando un monstruo reclama lo que considera suyo...

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Diez años después


Haibet

Diez años. Ciento veinte meses. Tres mil seiscientos cincuenta días lejos del lugar donde dejé mi infancia, mi sangre y la única parte de mi alma que alguna vez fue pura.

Cuando los neumáticos del jet privado impactan contra la pista congelada del aeropuerto privado de Moscú, un escalofrío que no tiene nada que ver con el clima ruso me recorre la espina dorsal. Italia me dio el refinamiento, la elegancia y el veneno necesarios para sobrevivir. Me convirtió en una mujer, en una diosa plenamente consciente del poder que carga en cada curva de su cuerpo. Pero Rusia... Rusia es el monstruo que me vio nacer.


Me observo en el espejo de cortesía antes de levantarme del asiento de cuero. Mi cabello rojo, del color de las llamas capaces de consumir imperios, cae en ondas perfectas sobre un abrigo de piel negro de Givenchy, tan oscuro como la noche que envuelve la ciudad. Ajusto las gafas oscuras sobre mis ojos color oro, esos que tanto incomodan a los hombres que intentan subestimarme en Europa, y deslizo mis manos enfundadas en guantes de encaje negro.


Sé el efecto que provoco cuando entro en una habitación. Aprendí hace años que las miradas siempre terminan encontrándome. Mi cuerpo, ahora maduro, voluptuoso y malditamente imposible de ignorar, nunca pasa desapercibido en ningún rincón de este inframundo.


Pero hoy no me interesa ser sutil.


Hoy vuelvo a reclamar lo que es mío.


Al bajar por la escalerilla del avión, el aire gélido de la noche me golpea el rostro y me quema los pulmones. Sonrío de medio lado. Extrañaba este frío maldito.


A lo lejos, justo al borde de la línea de seguridad, una silueta alta y atlética, con el cabello castaño revuelto por el viento, permanece apoyada contra un deportivo negro de última generación.


Erick.


Mi mejor amigo.


Mi cómplice.


Mi maldito caos personal.


Diez años sin verlo, y aun así lo reconozco antes de distinguir con claridad sus facciones. Hay personas que jamás dejan de sentirse como hogar.


Tiene diecinueve años, la misma edad que yo. Creció hasta convertirse en un hombre imponente, pero la chispa de locura y diversión que siempre brilló en sus ojos verdes sigue intacta. En cuanto nuestras miradas se encuentran, una sonrisa arrogante y luminosa se dibuja en su rostro.


No necesito caminar.


Corro hacia él con mis tacones de aguja desafiando el pavimento congelado.


Durante un segundo vuelvo a tener diez años.


Erick me recibe en el aire, levantándome del suelo mientras da una vuelta completa conmigo entre sus brazos.


El impacto del abrazo me roba el aliento. El olor a colonia de diseñador, tabaco caro y hogar me envuelve por completo. Cierro los ojos apenas un instante, disfrutando de esa sensación que creí perdida. Diez años desaparecen en cuestión de segundos.


Reímos como los dos niños que fuimos antes de que los problemas de mi familia me obligaran a marcharme a Italia.


—Mírate, moya krasavitsa (mi belleza) —susurra Erick junto a mi oído mientras me baja con cuidado, sin dejar de sujetarme por la curva de mi cintura. Te fuiste siendo una niña ruidosa y vuelves convertida en una maldita diosa. Vas a provocar un jodido infarto en esta ciudad.


El caos siempre me sienta bien, Erick —le respondo, quitándome las gafas de sol para clavar mis ojos dorados en los suyos.

—Te extrañé, insoportable.


Él sonríe de lado, esa sonrisa arrogante que conozco desde que éramos niños.


—Andar sin ti ha sido un jodido aburrimiento, pelirroja. Todo demasiado recto... demasiado controlado.

Sé perfectamente a qué se refiere con "controlado". La sombra de su hermano mayor, el hombre que mueve los hilos de toda Rusia, siempre ha pesado sobre sus hombros como una lápida de mármol.


—¿Y el rey de Moscú? —pregunto con fingido desinterés mientras acomodo mi abrigo y caminamos hacia el auto. ¿Aeron sabe que estoy aquí?


Erick deja escapar una carcajada grave mientras abre la puerta del copiloto del McLaren.


—Aeron cree que sabe todo lo que pasa en este país, Haibet. Pero no tiene idea de la tormenta que acaba de aterrizar en su territorio. Está atrapado entre sus jodidos negocios, las reuniones de la organización y la sombra de su eterna novia de diez años, que no deja de seguirle los pasos. Sigue siendo el mismo egocéntrico sin corazón de siempre. El amor no existe para él.


Subo al auto mientras el rugido del motor despierta una descarga de adrenalina en todo mi cuerpo.


Aeron.

El hermano mayor de mi mejor amigo. El mafioso intocable. El empresario de treinta años que gobierna con puño de hierro. Recuerdo vagamente aquellos ojos de un verde tan frío que parecían capaces de congelar a cualquiera. Pero yo ya no soy la niña indefensa que enviaron a Italia. Ahora no puedo evitar preguntarme qué ocurrirá cuando el dueño de Rusia se encuentre cara a cara con el fuego que llevo dentro.


Siempre fue un hijo de puta. Se divertía haciéndonos la vida imposible tanto a Erick como a mí. Y, siendo sincera, dudo mucho que diez años hayan bastado para cambiar semejante carácter.


—Sube el volumen, Erick —le ordeno, dejando que los bajos de la música hagan vibrar el interior del McLaren mientras devoramos la autopista congelada de Moscú.


Él obedece sin pensarlo y suelta una carcajada salvaje antes de hundir el acelerador.Somos un auténtico peligro público, y los dos lo sabemos.


La adrenalina siempre ha sido nuestro idioma. Seguimos siendo el mismo caos de hace diez años, solo que ahora ocupamos cuerpos más grandes y conducimos juguetes mucho más caros.

El trayecto transcurre entre risas, recuerdos y promesas de poner Moscú de cabeza.


De pronto, el McLaren reduce la velocidad hasta detenerse frente a las imponentes puertas de hierro forjado de la propiedad de los Volkov.


Mi corazón da un vuelco.

Aun así, levanto la barbilla con orgullo y observo la enorme mansión que se alza frente a mí.


La mansión se alza ante nosotros como un castillo de piedra negra y cristal, rodeada por un imponente despliegue de seguridad armada hasta los dientes. Guardias vestidos con trajes impecables y expresiones impenetrables nos abren paso en cuanto reconocen a Erick. El rugido del McLaren se apaga justo frente a la entrada principal.


—Bienvenida a la boca del lobo, pelirroja —dice Erick con una sonrisa ladeada, rodea el auto y me abre la puerta con una exagerada reverencia.


Desciendo del vehículo con la elegancia de quien sabe perfectamente el efecto que provoca. Mis tacones de aguja resuenan con firmeza sobre los escalones de mármol, rompiendo el silencio que envuelve la propiedad. Caminamos hombro con hombro, preparados para alterar la calma de aquella fortaleza.


Las enormes puertas dobles se abren lentamente.


El aroma a madera fina, cuero, whisky añejo y lujo me envuelve al instante. Todo en aquella casa respira poder.


Y entonces lo veo.


Al final del inmenso vestíbulo, descendiendo por la escalera de caracol con una calma casi insultante, aparece la única persona capaz de adueñarse de todo el espacio sin pronunciar una sola palabra.


Aeron.


El maldito rey de la mafia.


Su sola presencia parece robarle el oxígeno a la habitación. Lleva un traje gris carbón confeccionado a medida que marca a la perfección la amplitud de sus hombros y su imponente complexión. Su cabello negro está impecablemente peinado hacia atrás, y sus ojos, de un verde tan frío como el invierno ruso, se clavan en nosotros en cuanto cruzamos el umbral.


No necesita levantar la voz. No necesita hacer un solo gesto.


Su presencia habla por él.


Exuda un poder silencioso, un control absoluto y un egocentrismo tan refinado que resulta casi intimidante. Bajo mi abrigo de Givenchy siento cada músculo de mi cuerpo tensarse, como si mis propios instintos reconocieran que acabo de entrar en el territorio del hombre más peligroso de toda Rusia.


Me quedo inmóvil, dejando que mi cabello rojo contraste con la oscuridad del inmenso vestíbulo mientras sostengo su mirada sin apartar los ojos.


Espero una reacción.


Espero que se detenga un instante, que note las curvas de mi cuerpo, que comprenda que la niña de diez años a la que despidió rumbo a Italia ya no existe.


Pero, como siempre, Aeron hace exactamente lo mismo que cuando éramos niños.


Nada.


Desciende el último escalón con una tranquilidad desesperante y se detiene frente a nosotros. Cruza los brazos sobre el pecho y nos observa desde su abrumadora estatura, rozando los dos metros.


No hay sorpresa en su rostro de piedra.


No hay un parpadeo.


Ni siquiera un gesto de curiosidad.


Solo esa expresión fría, exasperada y condenadamente superior que siempre lo acompaña.


—Diez minutos en suelo ruso y ya escucho el motor de tu auto desde mi oficina, Erick —dice con aquella voz de barítono, profunda y peligrosamente rasposa que consigue erizarme la piel—. Veo que tu madurez sigue exactamente donde la dejaron hace diez años.


Sus ojos verdes se deslizan entonces hacia mí.


Me observan apenas un segundo.


Un solo segundo.


Es suficiente para recorrer mi rostro, mi cabello y mi figura... pero su expresión permanece inalterable, como si mi regreso no fuera más que una molestia en medio de su agenda.


Como si yo siguiera siendo aquella niña escandalosa que corría por esta casa.


—Haibet —pronuncia mi nombre con la misma autoridad con la que un rey dicta una orden—. Sigues siendo igual de ruidosa. Entren de una vez y dejen de comportarse como un par de idiotas en la entrada. Tengo una reunión en media hora y no pienso perder más tiempo con sus juegos de niños.


Sin esperar una respuesta, me da la espalda y continúa su camino con esa arrogancia elegante que parece acompañar cada uno de sus movimientos.


Erick resopla por lo bajo y me lanza una mirada de resignación. Está demasiado acostumbrado al carácter de su hermano como para sorprenderse.


Yo, en cambio, siento cómo una sonrisa lenta se dibuja en mis labios.


Rabia.


Adrenalina.


Desafío.


Aeron cree que todavía puede tratarme como a la mocosa que enviaron lejos hace diez años.


No tiene la menor idea de que el fuego que traje de regreso a Rusia está a punto de poner a prueba todo el autocontrol del hombre más poderoso del país.


—Ignóralo, pelirroja. El peso de la corona le ha secado el cerebro —me susurra Erick, rodeándome los hombros con un brazo mientras me aleja del vestíbulo—. Ven, vamos arriba.


Entramos por completo en la mansión y Erick me guía por la amplia escalera hasta el segundo piso, directo a mi habitación.


No es un cuarto de huéspedes cualquiera.


Es la misma habitación donde me quedaba a dormir cuando era niña. El refugio en el que pasábamos horas planeando travesuras, escapándonos de los guardaespaldas y haciendo enfurecer a Aeron con nuestras locuras.


En cuanto abro la puerta, una punzada de nostalgia me atraviesa el pecho.


Todo sigue exactamente igual.


Los muebles, las cortinas, el enorme ventanal con vista a los jardines cubiertos de nieve... incluso el delicado aroma a vainilla y madera permanece intacto, como si el tiempo hubiera decidido detenerse entre aquellas cuatro paredes.


Mis maletas de diseñador ya descansan sobre la enorme cama.


Sin perder un segundo, Erick arrastra la más grande hacia él, la abre de golpe y se deja caer sobre el colchón con la confianza de quien está en su propio cuarto. O, mejor dicho, con la intención de husmear entre mis cosas como el entrometido profesional que siempre ha sido.


—A ver qué delicias trajiste de Italia, moya krasavitsa —dice con una sonrisa traviesa mientras empieza a sacar vestidos de seda, tacones de diseñador y delicados conjuntos de encaje con absoluta naturalidad.


Entre nosotros nunca ha existido el pudor.


Crecimos juntos. Nos conocemos desde antes de aprender a mentir. Hemos visto nuestras peores rabietas, nuestras caídas más ridículas y hasta nuestras mayores vergüenzas. Después de tantos años, ya no quedan secretos vergonzosos entre nosotros... o al menos eso creía.


Me quito el abrigo de Givenchy, dejando al descubierto un vestido negro de punto que se ajusta a mi cuerpo como una segunda piel. Sin prestarle demasiada atención a Erick, comienzo a colocar mi ropa cuidadosamente en el armario.


Entonces ocurre algo extraño.


El silencio.


Un silencio tan absoluto que resulta antinatural tratándose de nosotros.


Frunzo el ceño y me doy la vuelta al dejar de escuchar sus comentarios y bromas habituales.


La escena que encuentro delante de mí es tan absurda que, por un instante, mi cerebro se niega a procesarla.


Erick está sentado en la cama con las piernas cruzadas, sosteniendo entre sus manos un elegante objeto de silicona rosa pastel que acaba de sacar del fondo de mi neceser de viaje.


El muy idiota acaba de encontrar mi vibrador.


Lo sostiene entre los dedos con una seriedad tan exagerada que resulta ridícula. Lo gira de un lado a otro, analizándolo como si acabara de descubrir una reliquia arqueológica. Entonces, sin pensarlo dos veces, presiona el botón de encendido.


El aparato comienza a vibrar con fuerza en medio del absoluto silencio de la habitación.


Los ojos verdes de Erick se abren de par en par y, poco a poco, una sonrisa maliciosa se extiende por todo su rostro.


—Vaya, vaya, Haibet... —canturrea, moviendo las cejas de forma provocadora mientras el juguete continúa zumbando en su mano—. Veo que en Italia estabas muy bien acompañada. No sabía que viajabas con tus propios "asistentes personales". Dime... ¿este también necesitó pasaporte?


—¡Suelta eso, imbécil! —exclamo, sintiendo cómo el calor me invade las mejillas, aunque una carcajada amenaza con escaparse.


Me lanzo sobre la cama para arrebatárselo, pero Erick reacciona antes. Aprovechando que es mucho más alto que yo, estira el brazo por encima de su cabeza y se ríe como un completo idiota.


—¡Ni lo sueñes!


Intento alcanzarlo una y otra vez, obligándolo a rodar por el colchón para esquivar mis intentos.


En cuestión de segundos, volvemos a ser los mismos niños de siempre.


Reímos sin control mientras forcejeamos como dos salvajes. Toda la tensión acumulada desde mi regreso a Rusia, la frialdad de Aeron y el peso de volver a este lugar desaparecen por unos instantes, ahogados entre nuestras carcajadas.


Erick rueda hacia un lado para escapar de mi siguiente intento, pero calcula mal el espacio y termina arrastrándome con él.


Perdemos el equilibrio.


Un segundo después, ambos caemos al suelo con un golpe seco que nos roba el aire.


Termino prácticamente encima de él. Mi cabello rojo cae desordenado sobre su pecho mientras intento incorporarme lo suficiente para volver a lanzarme sobre el maldito aparato, que sigue vibrando alegremente entre sus dedos.


—¡Devuélvemelo, Erick! —protesto entre risas, intentando doblarle la muñeca.


—¡Jamás! ¡El conocimiento es poder, pelirroja! —responde muerto de risa, usando su mano libre para mantenerme a distancia.


La escena es completamente absurda.


Yo, supuestamente una mujer elegante y temida, forcejeando en el suelo con mi mejor amigo por un juguete sexual mientras nuestras carcajadas resuenan por toda la habitación.


Somos un desastre.


Siempre lo hemos sido.


Y, al parecer, diez años no han cambiado absolutamente nada.


Entonces...


La puerta se abre de golpe.


El fuerte golpe del picaporte contra la pared hace que nuestras risas mueran al instante.


De pronto, el único sonido que queda en la habitación es el persistente zumbido del aparato que Erick aún sostiene en la mano.


Me quedo completamente inmóvil sobre él.


Una mano sigue sujetando su muñeca y mi respiración se acelera mientras levanto lentamente la vista.


Y lo veo.


Aeron.


El dueño de Rusia permanece de pie bajo el umbral de la puerta, con una mano apoyada en el marco y la otra hundida en el bolsillo de su pantalón de vestir gris.


Su rostro permanece impasible.


No hay sorpresa.


No hay enfado visible.


Solo esa expresión fría e inescrutable que parece haberse grabado para siempre en sus facciones.


Pero sus ojos...


Sus ojos verdes recorren la escena con una lentitud insoportable.


Primero se detienen en mis piernas descubiertas.


Después ascienden por mi cintura, continúan hasta la posición en la que me encuentro sobre su hermano menor y, finalmente, terminan sobre la mano de Erick, donde el pequeño aparato rosa continúa vibrando con una insistencia casi burlona.


El silencio que se instala en la habitación es tan denso que parece capaz de romperse con un simple suspiro. La presencia de Aeron devora todo el aire a su alrededor, recordándonos en un instante que ya no somos unos niños y que acabamos de invadir su territorio.


—Veo que les pedí que dejaran de actuar como idiotas y decidieron hacer exactamente lo contrario —dice Aeron.


Su voz de barítono suena más profunda de lo normal, áspera y peligrosamente serena.


—¿Interrumpo algo o es que la educación en Italia ahora incluye revolcarse por el suelo con juguetes tan... ruidosos?


Sus ojos verdes encuentran los míos.


No aparta la mirada.


Por una fracción de segundo, juraría distinguir un destello extraño cruzando sus facciones. Es fugaz. Tan rápido que desaparece antes de que pueda descifrarlo, enterrado nuevamente bajo aquella máscara de hielo que parece llevar grabada en el rostro.


Me incorporo con toda la calma del mundo. Me sacudo el vestido, acomodo mi cabello rojo sobre los hombros y alzo el mentón, sosteniéndole la mirada sin el menor rastro de vergüenza.


—Veo que sigues igual de amargado, Aeron —respondo con una tranquilidad que roza la provocación, cruzándome de brazos—. Diez años fuera y nada cambia en esta casa. Sigue oliendo a tu mal humor.


Desde el suelo, Erick resopla una risa por lo bajo. Finalmente apaga el maldito vibrador y se pone de pie de un salto, claramente entretenido con la tensión que acaba de encenderse entre su hermano mayor y yo.


Aeron ni siquiera parpadea.


Sus facciones continúan siendo una muralla de piedra, imposibles de descifrar.


Sin embargo, sus ojos recorren mi figura con una lentitud que me eriza la piel antes de volver a encontrarse con los míos.


Hay algo desafiante en esa mirada.


Algo que parece medir hasta dónde estoy dispuesta a llegar.


El poder le rezuma por los poros. Está demasiado acostumbrado a que todos bajen la cabeza cuando habla, y resulta evidente que no esperaba encontrar resistencia... mucho menos de mí.


—Esto no es Italia, Haibet. Aquí no tolero el descontrol, y mucho menos bajo mi techo —dice mientras da un paso hacia el interior de la habitación.


No necesita acercarse demasiado.


Su sola presencia basta para que el cuarto parezca varios metros más pequeño.


—Madura de una maldita vez... o toma el próximo vuelo de regreso.


—A mí nadie me da órdenes, y mucho menos tú —le espeto, dando un paso al frente hasta reducir la distancia entre nosotros, desafiando el control absoluto del que tanto presume.


Durante un instante, el mundo parece detenerse.


La tensión entre los dos es tan espesa que casi podría cortarse con un cuchillo. Erick deja de sonreír y alterna la mirada entre nosotros, consciente de que ninguno está dispuesto a retroceder.


Aeron me observa desde toda su imponente altura. Su expresión permanece inmutable, pero hay algo distinto en sus ojos. Ya no me mira como a la niña escandalosa que corría por esta casa detrás de Erick. Me estudia con una calma inquietante, como si intentara descubrir quién demonios soy ahora.


Yo sostengo su mirada sin pestañear.


No voy a ser la primera en apartarla.


Sus ojos verdes recorren mi rostro apenas un segundo antes de descender, casi de forma imperceptible, por mi figura. El gesto dura un instante, pero es suficiente para que un extraño cosquilleo me recorra la espalda. Él vuelve a encontrar mis ojos de inmediato, recuperando esa máscara fría que parece imposible de romper.


—Sigues siendo igual de desafiante —murmura con aquella voz grave que llena toda la habitación—. Italia no consiguió enseñarte disciplina.


Una sonrisa lenta se dibuja en mis labios.


—Y Rusia sigue sin enseñarte modales.


El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.


Erick resopla por lo bajo, claramente arrepentido de no haberse marchado unos minutos antes.


Aeron desvía la vista hacia su hermano.


—Cinco minutos. Después bajas a mi despacho.


—Sí, sí... ya voy —responde Erick con fastidio.


Sin decir una palabra más, Aeron vuelve a mirarme por última vez. Hay algo indescifrable en esa mirada; tan fugaz que podría jurar que lo imaginé.


Después gira sobre sus talones y abandona la habitación con la misma autoridad con la que había entrado.


La puerta se cierra tras él.


El aire parece regresar de golpe a mis pulmones.


—Santo cielo... —murmura Erick, dejándose caer sobre la cama mientras se pasa una mano por el cabello—. Juro que por un segundo pensé que alguno de los dos iba a matar al otro.


No puedo evitar soltar una risa baja.


—Sigue siendo un hijo de puta.


Erick se ríe también.


—Eso nunca va a cambiar.


Quizá tenga razón.


Pero mientras observo la puerta cerrada, una extraña sensación se instala en mi pecho.


Aeron Volkov ya no me ha visto como una niña.


Y, por primera vez desde que regresé a Rusia, tengo la impresión de que él también acaba de darse cuenta de eso.


✍️ Nota de la autora

Esta es una obra completamente original, creada por mí. Todos los personajes, lugares y acontecimientos son producto de mi imaginación. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


Espero que disfruten esta historia tanto como yo disfruté escribirla. ¡Gracias por darle una oportunidad! ❤️


Con cariño para ustedes.

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