Prólogo
El timbre del recreo sonó.
Por un momento, todo parecía en calma.
Niños gritando.
Jugando.
Riendo.
Abrí la puerta del salón y una avalancha de estudiantes salió disparada hacia el patio.
Nunca entendí por qué los recreos parecían tan cortos cuando era niño.
Ahora los veía desde el otro lado.
Sonreí.
Me senté en una banca.
Observé a dos niños sentarse junto al asta bandera.
Uno partió su sándwich por la mitad y se lo ofreció al otro sin decir una palabra.
El otro sonrió antes de aceptarlo.
Luego metió la mano en su mochila y le entregó un pequeño peluche de capibara.
No pude evitar sonreír.
No sabía por qué esa escena me había conmovido tanto.
O quizá sí lo sabía.
El próximo año cumpliré treinta.
Tres décadas de vida.
He conocido personas maravillosas.
He recorrido lugares que de niño nunca imaginé.
He construido una vida de la que me siento orgulloso.
Y, sin embargo, cuando intento recordar dónde empezó todo...
Siempre regreso al mismo lugar.
Cuarto grado.
El día que conocí al niño nuevo.
Han pasado quince años desde la última vez que supe de él.
A veces me pregunto qué habrá sido de su vida.
Si sigue viviendo en Monterrey.
Si todavía escucha la misma música.
Si alguna vez piensa en aquellos años tanto como yo.
O si, simplemente, me olvidó.
Bajé la mirada.
Los dos niños seguían sentados junto al asta bandera.
Reían por alguna tontería que yo ya no alcanzaba a escuchar.
Durante un instante dejé de verlos a ellos.
Y volví a verme a mí.
Nueve años.
Uniforme azul.
Una mochila más grande que mi espalda.
Y un salón de clases donde todavía no sabía que estaba a punto de conocer a la persona que cambiaría mi vida.
Esa tarde, al llegar a casa, abrí la computadora.
Creé un documento en blanco.
El cursor parpadeó durante varios minutos.
No sabía cómo empezar.
Supongo que nadie sabe cómo empezar a recordar una vida.
Escribí una fecha.
20 de agosto de 2007.
Respiré hondo.
Y empecé.








