Customize readability
Aa

The Quietest Monster

All Rights Reserved ©

Summary

Dicen que en el bosque, el silencio tiene colmillos. El pueblo no busca respuestas; el pueblo solo busca supervivientes. Pero lo único que encuentran es el rastro: un oso de peluche, una flecha atravesada y el vacío absoluto donde antes había una vida. Nadie sabe quién caza, nadie ha visto el rostro del peligro, y nadie sospecha que la respuesta se esconde en una cabaña olvidada. Antonio Daher llegó a ese bosque huyendo de sus propios demonios, buscando un refugio que resultó ser una trampa. Al cruzar aquel umbral, no encontró la salvación, sino a alguien que no entiende el mundo, pero que sabe perfectamente cómo detenerlo. Dos extraños. Dos naturalezas rotas. Un encuentro que ha alterado el orden de la cacería. Ella no busca compañía. Él no buscaba morir. Pero a veces, la forma más rápida de encontrar el silencio es dejar de luchar contra él. The Quietest Monster.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólgo

Noviembre 17, 1992

El sonido era irritante. La lluvia había cesado hace trece horas, la tierra alrededor de la cabaña estaba lodosa, las hojas pegándose a esta como una segunda capa que crujía en cada paso.

A Lisa no le gustaba. No le gustaba la sensación del lodo pegándose a sus botas y haciendo el paso pesado. Le picaba su abrigo, sentía la irritación en su cuello gracias al detalle de piel de oso por el que su madre tanto exigió a su esposo en comprar. Y le molestaba demasiado el moño rosa sujetando sus rizos rubios.

Ella estaba irritada, su pequeño rostro fruncido mientras sus manos frotan la tela con brusquedad, queriendo desaparecer la sensación. Un chillido sale de sus labios cuando no lo logra.

La sensación no se va.

Nunca se va.

—¡No quiero estar aquí! —Ella exclama, siendo ignorada por su madre, quien solo le da una calada a su cigarro con calma.

Es Sábado. Todos los sábados su padre sale a cazar, todos los sábados, Lisa se cubre las orejas y tiembla al sonido de los disparos. Todos los sábados, su madre cuida más su apariencia de esposa de Edward Blackwood en lugar de ser madre.

Y todos los sábados, Lisa se pregunta, ¿Por qué una pistola, si un arco es más silencioso?

—Mami, ya pasó la hora, es hora de ir a bañarme.

—Por todos los dioses, Lisa, silencio —Anisse responde molesta, volteando a ver a su hija—. Cinco minutos, ¿no puedes soportar cinco minutos fuera de tu horario?

Lisa hace un pequeño gesto con sus labios, soltando un nuevo lloriqueo, cubriendo sus oídos hasta que duelen.

Para Anisse, cinco minutos eran solo una línea insignificante en el reloj, un suspiro entre conversaciones. Para Lisa, cinco minutos eran trescientos segundos de una tortura matemática que desalineaba el universo. Su rutina no era un capricho; era la única estructura que impedía que las paredes del mundo se derrumbaran sobre ella. El baño debía ocurrir a las seis en punto. El agua debía estar a una temperatura constante que no quemara ni congelara. El jabón de avena debía oler exactamente igual que el sábado anterior. Cambiar eso significaba introducir el caos, y el caos dolía físicamente en el centro del pecho.

El moño rosa en su cabeza se sentía como una garra apretando su cráneo. Cada rizo rubio atrapado bajo la cinta de raso parecía tirar de su cuero cabelludo con la fuerza de un cable de acero. Lisa comenzó a balancearse sobre sus talones, un movimiento rítmico, de atrás hacia adelante, intentando compensar la presión de la cabeza con el movimiento del cuerpo. Atrás, adelante. Atrás, adelante. El lodo bajo sus suelas protestaba con un sonido húmedo, un «¡chack, chack!» que se incrustaba en sus oídos como agujas.

Anisse no la miraba. Estaba demasiado ocupada alisando los pliegues de su costoso abrigo de lana, asegurándose de que las cenizas del cigarro no arruinaran su perfecta estampa de mujer de ciudad atrapada en un retiro de campo. Anisse exhalaba el humo en corrientes delgadas que el viento frío de noviembre dispersaba perezosamente.

Para Lisa, ese humo era una neblina gris que distorsionaba los colores del bosque, volviendo el verde de los pinos un tono sucio y desagradable.

Lisa volvió a frotar el cuello de su abrigo. La piel de oso que tanto había costado era un nido de espinas invisibles. Podía sentir cada vello áspero raspando la delicada piel de su garganta, dejando una marca roja que comenzaba a arder. Sus dedos se movieron con mayor brusquidad, rascando, arañando la tela, luego su propia piel. Un gemido agudo, constante como el motor de una máquina eléctrica, comenzó a brotar del fondo de su garganta. Era su propia defensa contra el ruido exterior, pero a Anisse solo le parecía el berrinche de una niña malcriada.

—Te lo advierto, Lisa —dijo Anisse, sin siquiera girar la cabeza, manteniendo la vista fija en el sendero por donde Edward debía regresar—. Si empiezas con tus crisis otra vez, le diré a tu padre que tire todos tus bloques de madera al fuego. Ya tengo suficiente con el dolor de cabeza que me da este clima como para soportar tus rarezas.

La amenaza golpeó a Lisa como un impacto físico. Los bloques de madera eran perfectos. Eran cubos exactos de cinco centímetros por lado, lisos, sin astillas, con un olor limpio a pino muerto que la calmaba. Perderlos significaría el fin del orden. Forzó sus manos a bajar, apretando los puños dentro de los bolsillos del abrigo hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Mordió su labio inferior. El sabor metálico de la sangre de un pequeño pellejo suelto fue lo único que logró distraerla del zumbido que crecía en sus orejas.

Trece horas atrás, la lluvia se había detenido. Lisa lo sabía porque había estado contando las gotas contra el vidrio de su habitación hasta que el cielo se aclaró a las cinco de la mañana. Trece horas de acumulación de agua significaban que las hojas del suelo estaban en el estado exacto de descomposición para pegarse a la goma de sus calzados. Era un cálculo inútil para cualquiera, pero para ella era una constante. El mundo estaba lleno de números que nadie más parecía notar. Los pinos del camino estaban alineados en grupos de tres; las ventanas de la cabaña eran múltiplos de dos; pero sus padres eran una ecuación rota que nunca arrojaba un resultado exacto.

De repente, un crujido diferente rompió la monotonía del bosque. No era el viento. Era un peso arrastrándose.

Edward Blackwood emergió de la espesura del follaje húmedo. Su figura era grande, tosca, vestida con franela roja y botas de caza que venían cubiertas de una costra de barro mucho más densa que la de Lisa. Sobre sus hombros cargaba su trofeo del día: un ciervo hembra, joven, cuyo cuello colgaba lánguido hacia atrás. Una hilera de sangre pastosa y oscura caía desde la herida del animal, goteando sobre el lodo y creando círculos perfectos que rompían la simetría de las hojas muertas.

—Vaya, hasta que por fin terminas —exclamó Anisse, transformando su rostro al instante. La rigidez molesta desapareció, sustituida por una sonrisa ensayada, la misma que usaba cuando recibían visitas de los socios de Edward en la ciudad—. Empezaba a creer que nos dejarías aquí plantadas toda la tarde. Mira a la niña, está insoportable.

Edward soltó una carcajada ronca que retumbó en el pecho de Lisa como un trueno lejano. Dejó caer el cuerpo del ciervo sobre la plataforma trasera de la camioneta con un golpe seco que hizo vibrar el metal. «Pum». El sonido fue tan directo que Lisa tuvo que cerrar los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta ver manchas de colores flotando en la oscuridad de su mente.

—Es una buena pieza, Anisse —dijo Edward, jadeando un poco por el esfuerzo mientras se limpiaba el sudor de la frente con el dorso de una mano enguantada—. El disparo fue limpio. Directo al pulmón. Cayó en el acto, ni siquiera tuvo tiempo de correr. El rifle nuevo tiene una precisión milimétrica.

Lisa abrió los ojos muy despacio. No miró a su padre. Tampoco miró a su madre, que ya se había acercado a examinar el pelaje del ciervo para calcular cuánto dinero ganarían si mandaban a curtir la piel para una alfombra nueva. La mirada de Lisa se clavó en los ojos del animal muerto.

Eran grandes. Dos esferas de cristal oscuro que reflejaban la luz grisácea del cielo de noviembre. Pero lo más importante, lo que dejó a Lisa paralizada en su sitio, fue la inmovilidad.

El ciervo ya no temblaba. Ya no respiraba con ese ritmo errático que a ella tanto le molestaba cuando veía a los animales vivos en el jardín. No había espasmos, no había ruidos estomacales, no había contracciones musculares. El disparo del rifle le había arrebatado la vida, sí, pero a cambio le había otorgado algo maravilloso: un estado de perfecta quietud. El animal se había convertido en un objeto geométrico, estático, libre de la molesta necesidad de moverse o hacer ruido.

Silencio. Un silencio absoluto que Lisa sintió como una corriente de agua fresca sobre su piel irritada. Envidió al ciervo. Envidió la capacidad de dejar de sentir el lodo, de dejar de escuchar las voces chillonas de los adultos, de apagar por completo el interruptor del mundo exterior.

Sin embargo, el método de su padre era defectuoso. Muy defectuoso.

Para lograr ese silencio, Edward había tenido que usar el rifle. El rifle implicaba pólvora, un estallido que desgarraba el aire, un trueno artificial que destruía la paz de los árboles en un radio de kilómetros. El olor que emanaba de la ropa de su padre era azufre quemado, un olor ácido que se le pegaba a la garganta a Lisa y la hacía querer toser. Era una contradicción estúpida. ¿Por qué romper el silencio de una forma tan ruidosa para conseguir que algo se callara? No tenía lógica. Los adultos no tenían lógica.

—Vamos a subir las herramientas de una vez —dijo Edward, interrumpiendo los pensamientos de la niña—. La tormenta va a regresar en menos de una hora y no quiero que la carne se arruine con el agua sucia. Anisse, ayúdame con las cuerdas de la lona.

Los padres comenzaron a moverse alrededor de la camioneta. Discutían, como siempre, pero ahora el tono era diferente. Era esa competencia pasiva-agresiva que mantenían sobre quién gastaba más o quién aportaba más al estatus de la familia. Sus voces se superponían, cruzándose en frecuencias altas que volvieron a activar las alarmas en el cerebro de Lisa. El zumbido en sus orejas regresó con más fuerza. La piel de oso en su cuello pareció cobrar vida, arañándola de nuevo.

Lisa dio tres pasos hacia atrás, alejándose del foco de la discusión. Sus botas hicieron un ruido pastoso que la obligó a morderse el labio otra vez, pero su atención fue capturada por la parte trasera del vehículo.

Edward había apoyado el rifle Remington contra el tronco de un pino cercano, pero las herramientas secundarias de la cacería seguían expuestas en la caja de la camioneta. Al lado del cuerpo del ciervo, medio oculto por una manta militar verde, había un estuche alargado de lona rígida. Lisa conocía ese estuche. Era el equipo que su padre casi nunca usaba porque requería "demasiado esfuerzo físico y paciencia", algo que un hombre con el temperamento de Edward Blackwood rara vez poseía.

Era el arco de poleas.

Lisa se acercó con una lentitud felina, asegurándose de que sus pasos cayeran sobre las zonas de hojas secas menos ruidosas. Extendió una mano pequeña, cuyas uñas aún tenían restos de la costra de sangre de su labio, y desabrochó el cierre del estuche con un cuidado milimétrico. El sonido del metal del cierre deslizándose fue un suave zzzzt que no la lastimó.

Cuando la lona se abrió, el corazón de Lisa experimentó una pulsación limpia.

Allí estaba el arma. El arco de poleas era una obra de arte estructural. Las levas en los extremos eran círculos perfectos conectados por cables negros tensados con una rigidez matemática. No había madera rugosa ni acabados orgánicos; era metal negro mate, frío al tacto, liso como la superficie de un lago congelado. Al lado del arco, en un soporte de plástico rígido, descansaban seis flechas de carbono.

Lisa sacó una de las flechas con una delicadeza casi sagrada. El tubo era perfectamente cilíndrico, una línea recta que no se desviaba ni un solo milímetro en toda su extensión. En el extremo posterior, las plumas de color blanco y negro estaban alineadas con una simetría geométrica que hizo que los ojos de Lisa descansaran. Era hermoso. No había caos en esa flecha. No había ruido. Era un vector puro, un diseño creado con el único propósito de viajar desde el punto A hasta el punto B cortando el aire sin emitir un solo sonido.

Sostuvo la flecha entre sus manos. La punta de acero era un triángulo afilado, de bordes perfectos. Sintió el frío del metal transmitirse a las yemas de sus dedos, mitigando la sensación de ardor que el abrigo le provocaba en el cuello.

El arco no necesitaba pólvora. No necesitaba provocar un terremoto auditivo para detener la vida. El arco funcionaba con la física de la tensión y la liberación. Era el instrumento del verdadero silencio.

Un destello de color extraño rompió su contemplación. Enganchado en una de las correas de la mochila de caza de su padre, la cual descansaba junto al estuche del arco, colgaba un objeto que a Lisa siempre le había parecido una aberración visual.

Era un oso de peluche.

Un peluche viejo, de un color marrón sucio que pretendía simular la piel de un animal real, pero que solo parecía una masa amorfa de felpa gastada. Tenía un ojo de plástico negro torcido, cosido con un hilo blanco deshilachado que sobresalía como una pequeña oruga muerta. El otro ojo era solo un agujero oscuro por donde asomaba un trozo de algodón grisáceo. Edward lo llamaba su "talismán de la suerte", un regalo que Anisse le había comprado en una feria del pueblo años atrás para ablandar su temperamento antes de una discusión financiera.

Para Lisa, ese oso era el resumen de todo lo que odiaba del mundo: era asimétrico, estaba sucio, sus texturas eran irregulares y representaba las mentiras de sus padres.

Era un objeto ruidoso, aunque no emitiera sonido. Su sola presencia visual generaba un cortocircuito en su necesidad de orden.

Las voces de Edward y Anisse se elevaron de golpe detrás de ella.

—¡Te dije que no compraras esa marca de tabaco, Anisse! —rugió Edward, arrojando una lona al suelo—. Huele a establo podrido. ¿Es que no puedes hacer una sola cosa bien cuando te lo pido?

—¡Yo no soy tu empleada, Edward! —respondió ella, con una voz aguda que vibró en el aire húmedo como un cristal rompiéndose—. Si no te gusta cómo huelo, duerme en el maldito sofá cuando regresemos a la ciudad. ¡Estoy harta de este bosque y de tu maldita cacería!

El grito de su madre se expandió por el claro del bosque, rebotando en los pinos, multiplicándose. Para Lisa, el sonido se convirtió en una masa física, un muro de frecuencias altas que le apretó los pulmones. El moño rosa pareció encogerse, el lodo en sus botas se sintió más pesado, y el cuello del abrigo comenzó a quemarle la piel como si tuviera brasas encendidas alrededor de la garganta.

Su mente comenzó a nublarse, el ritmo de su balanceo se volvió frenético. Necesitaba apagar el ruido. Necesitaba que la ecuación volviera a dar cero. Necesitaba orden.

Miró la flecha en su mano derecha.

Miró el oso de peluche colgado en la mochila.

Con una fijeza obsesiva que borró todo el entorno de su campo visual, Lisa dio un paso al frente. El lodo crujió, pero ella ya no lo escuchó. Sus ojos amarillentos se redujeron a dos puntos fijos, calculando la distancia, la trayectoria y la fuerza necesaria. Tenía solo ocho años, sus músculos eran delgados y débiles, pero la adrenalina de la sobreestimulación le otorgó una rigidez de piedra.

Agarró la flecha de carbono con ambas manos, apuntando la punta triangular de acero directamente al centro del pecho del oso de felpa. No tenía el arco tenso, pero no le importaba; usó su propio cuerpo como el arco, concentrando todo el dolor de la tela que picaba, toda la furia contra el moño rosa y todo el asco por el humo del cigarro en un solo punto de presión.

—Silencio —susurró para sí misma, una palabra corta, una orden para el universo.

Y empujó.

Con un grito seco que se ahogó en su propia garganta, Lisa enterró la flecha en el muñeco de felpa. El acero rasgó la tela marrón con un sonido limpio, un «¡slash!» satisfactorio que atravesó el relleno de algodón viejo, perforó la lona de la mochila de su padre y se clavó con fuerza milimétrica en la madera de la plataforma trasera de la camioneta.

El oso quedó perfectamente inmovilizado, atravesado por la mitad, con el tubo negro de la flecha sobresaliendo de su pecho como un eje de simetría perfecto.

En ese milisegundo, la tormenta en la cabeza de Lisa se detuvo.

El zumbido en sus oídos desapareció, sustituido por una calma fría y maravillosa. El moño rosa pareció dejar de apretar; la piel de oso en su cuello volvió a ser solo tela inerte; el lodo bajo sus pies se convirtió en simple tierra inofensiva. El mundo había vuelto a su eje. El monstruo asimétrico del peluche había sido corregido, ensartado en una línea recta que lo obligaba a quedarse quieto para siempre.

Lisa bajó las manos lentamente, dejando que sus brazos colgaran a los costados de su abrigo. Miró su obra con una chispa de fría satisfacción en sus ojos rubios. Su pequeño rostro, antes fruncido y deformado por la ansiedad, se relajó por completo, adquiriendo una expresión de inquietante paz.

—¡Lisa! ¿Qué demonios estás haciendo ahí atrás? —la voz de Edward la llamó, pero ahora el sonido llegó a ella como si viniera desde el fondo de un pozo de agua, amortiguado, incapaz de lastimarla.

Su padre se acercó a la parte trasera de la camioneta y se detuvo en seco al ver la escena. Su talismán de la suerte estaba empalado contra la madera del vehículo por una de sus propias flechas de carbono caras. Volteó a ver a su hija, con los ojos abiertos por la sorpresa y una chispa de genuino desconcierto.

—¿Tú hiciste esto? —preguntó Edward, buscando en el rostro de la niña alguna señal de travesura infantil, alguna lágrima o un rastro de miedo por el castigo que se avecinaba.

Pero no encontró nada. Lisa lo miró de frente, con esa mirada distante y vacía que los médicos de la ciudad nunca habían sabido explicar. Una mirada que no buscaba aprobación, ni perdón, ni amor. Una mirada que simplemente observaba las variables de un entorno que acababa de aprender a controlar.

Lisa no respondió. No necesitaba hacerlo. Se dio la vuelta con cuidado, asegurándose de que sus pasos mantuvieran una distancia exacta de treinta centímetros entre sí mientras caminaba de regreso hacia la puerta de la cabaña. El tiempo en el reloj marcaba las seis en punto. Era hora de su baño de los sábados.

Mientras subía los escalones de madera de la entrada, Lisa se frotó las manos contra la tela de su abrigo con suavidad. El moño rosa seguía ahí, pero ya no importaba. Había descubierto el secreto que los adultos, con sus rifles ruidosos y sus vidas caóticas, eran demasiado estúpidos para entender.

La vida era demasiado ruidosa, desordenada y llena de texturas horribles. Pero el silencio... el silencio era una línea recta que se podía conseguir con un solo tiro bien calculado. Y ella se aseguraría de que el mundo entero aprendiera a callarse.

Let Dione Rivers know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

 Mehrfach zurückgewiesene Gefährtin

Silvia: Sehr schön geschrieben, mit Spannung von Anfang bis Ende. Tolle Geschichte .

Read Now
Alien Claim: Book 1

Noor jahan: THE NOVEL WAS TRULY AMAZING, SO AMAZING THAT I WISHED FOR ME BEING KIDNAPPED BY SUCH ALIEN 🤣🤣🤣

Read Now
Sweet Caroline

Doridoo: I really enjoyed this story and had trouble putting it down at 2:00 in the morning but couldn’t read more due to blurry eyes! I even reread the chapter I left on so I could relive it again. The story had me tear up and gasp in parts. I Look forward to more stories from this author. Now I need to ca...

Read Now
Stadt der Alphas

Uschi: Sehr gut geschrieben aber durch die kleinen Happen baut sich keine Spannung, Erotik, Romantik oder ähnliches auf

Read Now
Luna auf der Flucht

Uschi: Gute Story, guter Spannungsbogen

Read Now
Stripped Shadows

K.Ives: Wow! Ich musste mich jetzt beinahe 24 Stunden sammeln, um eine würdige Bewertung zu verfassen.Ich bin absolut baff – im positiven Sinne. Diese Dark Romance Geschichte hat alles, was sie braucht, um umwerfend zu sein. Starke Protagonisten plus zusätzliche perfekte Nebencharaktere. Die Geschichte ist ...

Read Now
The Contract Wife

Chloé: En fait jai commencé a lire hier soir et meme etant maman avec 3 enfants en vacance j'ai terminé en 24h tellement que l'histoire et tous m'intriguait !! Jai hate de lire la fin !

Read Now
Fated to My Ex- Best Friend

MaybeInACentury: This is probably the best book I've ever read in a really really long time. I couldn't stop once I started. Golden find. Though I do wish the story was written in present tense rather than in past tense, or had an epilogue about what is happening now, it is a masterpiece.

Read Now
The Orc's Pet

Nicole.Brook: Super wonderful heart warming quick read ... I loved it! Thank you!

Read Now