Capítulo I: La idea del amor.
¿Qué es el amor cuando estamos enamorados? Y ¿Qué es el amor cuando no lo tenemos presente? De alguna u otra forma ambas variaciones concluirán en diferentes respuestas. La percepción del amor sufre alteraciones dependiendo de nuestro estado emocional; si tenemos el amor presente, el amor sería la maravilla más maravillosa de todo lo que existe; si el amor no está presente seguramente daría completamente igual al hablar de él, o simplemente negar su existencia. Sin embargo. ¿Qué sucede cuando jamás se ha experimentado el amor? ¿Qué imagen se puede tener del amor cuándo a ciencia cierta no se sabe qué es? Y no, no me refiero al amor familiar, el amor cariñoso que ofrece una amistad o el amor que podemos sentir por cosas tan simples y comunes. Sino al romance en su máxima expresión, dos personas que inicialmente se conocen y finalmente recuerdan que el conocerse, fue lo mejor en sus vidas. Es muy complicado y excelso encontrar el amor verdadero. En mis pensamientos, el amor es más que apreciar la apariencia de tal persona; es más que solo apreciar el tiempo juntos, y extrañar ese tiempo en su ausencia; y es mucho más que el deseo carnal, sexual y maníaco que se puede llegar a compartir, de hecho, es todo lo demás en capas refinadas y sofisticadas. Aunque el amor por una persona no se explica por la falta de razón de no saber por qué se ama.
Mi amor por Esmeralda era de todo menos lógico, no sabría expresar con palabras si realmente sentí amor o estaba en proceso de confusión. Amaba a Esmeralda, por muy contradictorio que suene con respecto a mi plática anterior. No era un amor sano, sino más que un sentimiento que flameaba cada parte de mi ser y que al mismo tiempo me helaba.
Conocí a Esmeralda en un día como cualquier otro, consumido por la depresión global y la crisis sanitaria que atacaba sin escrúpulos la ciudad, pasé media tarde de ese jueves sentado en una plaza, solitario y seguramente con mirada intimidante y desesperanzada viendo a la gente caminar lentamente. Por mi frente pasó una joven mujer, con la elegancia y la excéntrica actitud a simple vista que captó mi interés, interés que me llevó a observarla detenidamente y apreciar su andar despreocupado; su cabello negro lacio; sus ojos hundidos de un café oscuro que brillaban incluso en un día nublado; su piel de un beige pálido que demostraba su falta de exposición al sol. Cuando esa mujer pasó, noté que algo golpeó el suelo, era su monedero, me levanté con prisa a recogerlo y noté su considerable peso, compuesto probablemente de monedas. Al girarme para entregarle su pertenencia, la mujer ya había recorrido un par de metros y se alejaba cada vez más entre las grisáceas veredas. Me propuse seguirla incluso hasta el fin del mundo solo para entregarle su monedero, comencé mi travesía y terminó brevemente en una cafetería donde ella miraba hacia el horizonte con expresión neutral, me acerqué sigilosamente para entregarle su pertenencia y así fue, me miró fijamente a los ojos y un escalofrío recorrió mi cuerpo, una descarga eléctrica directa a la médula. De esta mujer me había enamorado.








