El caballero
Hay noches que marcan un antes y un después en tu vida, noches que trazan una línea invisible en el suelo y te obligan a cruzarla. Para Vale, esa noche llegó bajo las luces de neón parpadeantes de una fiesta a la que ni siquiera quería ir.
Vale tenía dieciséis años, pero cargaba en los hombros el peso de alguien mucho mayor. Había llegado a la fiesta de un compañero de colegio buscando aire. Hacía menos de una hora que había huido de su casa, cerrando la puerta de un portazo para ahogar los gritos de su madre y la mirada llena de decepción de su padre. En su hogar nunca parecía haber espacio para ella; siempre era "demasiado distraída", "demasiado rebelde" o "demasiado poco" para lo que esperaban.
Estaba de pie, cerca del jardín trasero de la casa. Hacía frío. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos desnudos mientras la música retumbaba contra el ventanal del salón. A unos metros de distancia, abriéndose paso entre la gente que bailaba, estaba Lua.
Lua no era solo su mejor amiga; era su ancla. Se conocían desde los siete años y, desde entonces, Lua había sido su refugio seguro. En ese momento, Lua caminaba hacia ella con cuidado, sosteniendo un vaso de agua en la mano, manteniendo sus ojos oscuros fijos en Vale para asegurarse de que estuviera bien.
Y entonces, todo cambió.
La puerta de cristal corrediza que daba al jardín se abrió de par en par. La música se escuchó más fuerte por un segundo, y él salió.
Gabriel.
Tenía dieciocho años, pero irradiaba una serenidad que contrastaba brutalmente con el caos adolescente que lo rodeaba. Llevaba una chaqueta sencilla, el cabello peinado hacia atrás con suavidad y una sonrisa tranquila, casi hipnótica.
Mientras la luz de neón azul y rosa bañaba el jardín, sus ojos encontraron los de Vale. Y no los apartó. Fue una mirada profunda, atenta. No era la mirada de alguien que evalúa, sino la de alguien que ve. Vale sintió que se le aceleraba el corazón. Un calor repentino le subió por el cuello.
Gabriel se acercó a ella a paso tranquilo. Se detuvo a un metro de distancia. Su sola presencia parecía crear una burbuja de silencio a su alrededor.
—Hola —dijo. Su voz era cálida, clara, como un refugio—. Te vi desde el fondo del pasillo. Pareces la única persona cuerda en todo este lugar. ¿Estás bien?
Vale parpadeó, sorprendida por la amabilidad genuina en su tono.
—Un poco abrumada, la verdad —alcanzó a responder ella, bajando la mirada un segundo.
Gabriel se quitó la chaqueta con delicadeza y, con un cuidado infinito, se la colocó sobre los hombros a Vale para cubrirla del frío. El abrigo olía a perfume suave y limpio.
—Soy Gabriel —se presentó, mirándola como si ella fuera lo único importante en esa casa—. Y no voy a dejar que te mueras de frío.
—Soy Valentina —murmuró ella, sintiendo que las piernas le temblaban ligeramente.
En ese segundo, mientras las luces brillantes les iluminaban la cara, el mundo de Vale se volvió un lugar seguro por primera vez en mucho tiempo. Y a pocos pasos de allí, sosteniendo el vaso de agua, Lua vio esa escena con un nudo en la garganta, sintiendo un pinchazo doloroso en el pecho.

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