Prólogo
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¡Advertencias!
Esta es una obra de ficción dirigida a un público mayor de 18 años.
A lo largo de la historia se abordan temas sensibles como violencia física y psicológica, acoso, violación, consumo y dependencia de sustancias, depresión, lenguaje explícito y otras situaciones que pueden resultar perturbadoras para algunas personas.
Es importante aclarar que el hecho de escribir sobre temas moralmente cuestionables no significa que los apruebe o los promueva. Al contrario, esta historia existe únicamente con fines de entretenimiento y ficción.
Como siempre digo: los psicópatas, mafiosos y toda esa gente... mejor que se queden en la fantasía y nunca en la vida real.
Asimismo, ninguno de los procedimientos médicos, enfermedades, adicciones, organizaciones criminales o cualquier otro aspecto retratado aquí pretende ser una representación exacta de la realidad. Todo ha sido adaptado y modificado para servir a la historia.
Solo quiero escribir sobre mis monos gays dándose como cajón que no cierra mientras cargan con problemas que, probablemente, ni siquiera tengan solución.
Sin más que decir...
Espero que disfruten la lectura.
PRÓLOGO
SETI
Jamás imaginé que el día más feliz de mi vida también sería el comienzo de mi desgracia.
Ser aceptado para realizar mis prácticas profesionales en un hospital cuando aún era estudiante universitario quizá no significara gran cosa para otras personas. Sin embargo, para alguien que llevaba años desvelándose entre libros, sobreviviendo a exámenes interminables y reuniendo papeles para conservar una beca, aquello significaba absolutamente todo.
Lo había logrado.
Finalmente estaba a un paso de terminar la carrera de Medicina en aquella maldita y exigente universidad pública.
Madre...
Ojalá pudieras verme.
Ojalá estuvieras aquí para ver a tu hijo mayor cumplir la promesa que hizo el día que te despedimos. Nunca abandoné a mis hermanos pequeños, nunca dejé de estudiar y jamás permití que las dificultades me hicieran rendirme.
Espero que, donde quiera que estés, te sientas orgullosa de mí.
Porque yo sí lo estoy.
Durante siete años sobreviví gracias a una beca universitaria, préstamos bancarios y una cantidad absurda de lágrimas. Trabajé como mesero, lavaloza, montacarguista, repartidor de volantes y en cualquier empleo que pudiera ayudarme a pagar un semestre más.
Hubo días en los que apenas dormía.
Otros en los que no sabía si comer o imprimir un trabajo para la universidad.
Pero todo había valido la pena.
Al fin podía despedirme de las jornadas dobles, de las horas extra, de las interminables noches de estudio y del salario mínimo.
Estaba a unos cuantos escalones de convertirme en médico cirujano.
Solo faltaban seis meses de prácticas profesionales.
Seis meses para aprender de verdaderos médicos, poner a prueba todo lo que había estudiado y comenzar el camino hacia el futuro con el que había soñado desde niño.
Sentía que, por fin, el cielo comenzaba a despejarse.
La vida dejaba de golpearme.
Tenía salud, amigos que me querían y una novia maravillosa a la que adoraba con todo mi corazón. La iba a extrañar muchísimo, pero le prometí escribirle todos los días. Aunque me marchaba con los ojos llenos de lágrimas, también lo hacía con una enorme sonrisa.
Porque aquella era una nueva aventura.
Una oportunidad.
El inicio de una vida mejor.
Lo que nunca imaginé fue que algunos lugares no aparecen en el mapa para encontrarlos...
Sino para perderse en ellos.








