Capítulo 1: Los últimos restos del ayer.
—Levántate, bello durmiente.
Una almohada impactó directamente en mi cara, mi hermana Sam había decidido ir a despertarme, cuando nadie se lo pidió.
Abrí los ojos de golpe.
—Voy a demandarte algún día.—Dije con pesadez, no porque no quisiera despertarme, si no porque al lugar a donde íbamos no era de mi total agrado.
—Perfecto. Papá puede representarte gratis.—La voz de Sam iba acompañada de una sonrisa imposible de borrar.
Papá era dueño de un bufet de abogados y claro estaba que si yo la demandaba algún día, iba a ganar ese juicio, pues yo era el hijo favorito de papá. Bueno, nunca lo había dicho en voz alta, pero se notaba. Todos los padres tienen un hijo favorito, aunque no lo quieran admitir.
—¿Siempre eres tan insoportable por las mañanas?—Me incorporé sobre la cama, aun con lagañas en los ojos.
—No.
—Qué alivio.—Solté, ella siempre tenía mucha energía, y mas cuando se trataba de molestarme, aunque a veces le ganaba la sensibilidad.
—A veces también lo soy por las tardes.
Rodé los ojos.
No importaba la hora. Sam siempre encontraba una excusa para hacerlo. Tomé la almohada que todavía tenía a un lado y se la lancé sin pensarlo dos veces.
Ella apenas levantó las manos, la atrapó con una facilidad insultante, ni siquiera dio un paso hacia atrás.
—Lento.
—Sal de mi cuarto.—Le ordene, pues ya tenía que vestirme o se nos haría tarde para ir con papá.
Pero ella se negó a irse, en cambio, se sentó en la silla del escritorio, y me reto con la mirada, siempre hacía eso cuando quería saber algo y a decir verdad, era muy convincente. Es muy buena hermana, no solo sabe ser sarcástica, también sabía escucharme y darme buenos consejos para mis problemas, aunque no siempre funcionaban.
—¿Qué quieres?—Respondí rindiéndome ante sus caras.
Ella sonrió triunfante.
—Nada, solo me da curiosidad como es que no estas llorando.—Se cruzo de brazos, lista para escuchar mis problemas.
Y aunque sabía perfectamente para donde iba, no quería llegar ahí, no quería recordar el pasado una vez mas. Por eso mismo no les había dicho a mis padres, porque no quería tener que responder a sus preguntas.
—¿Por qué tendría que llorar?. —Me levante de la cama, camino a buscare ropa para ir a la empresa con papá, pues todos los domingos nos llevaba, para ver como funcionaba el negocio familiar.
—Tal vez porque acabas de terminar con tu novia de hace 20 años.— Me miro desconcertada, y ahí estaba el tema al que no quería llegar.
—No seas exagerada, solo estuve con ella 2 años—Y si, había terminado mi relación con Jessica hacía apenas unos días, no porque fuera una mala persona, nunca lo fue. Era amable, tranquila y tenía un corazón enorme, el problema era que llevaba demasiado tiempo intentando salvar a alguien que no quería ser salvado.
Había intentado ayudar a su papá más veces de las que podía recordar, había hablado con él, había soportado gritos, incluso insultos, pero nunca cambió.
La última discusión fue suficiente para entender que yo tampoco podía seguir viviendo esa batalla, Jessica siguió defendiéndolo.
Y ahí comprendí que, por mucho que la quisiera, había decisiones que no podía tomar por ella.
—2 años es mucho, pero bueno—Se levanto de su silla lista para irse—Te veo en unos minutos...
Salió de mi habitación y yo fui directo a bañarme.
Después de esa discusión en la que literalmente me mandó a la mierda, le pedí que no volviera a buscarme, pero ella siguió enviándome mensajes. También llamaba de vez en cuando.
Nunca respondí.
No porque la odiara, simplemente entendí que seguir ahí no iba a cambiar nada. Había pasado demasiado tiempo intentando ayudarla, intentando convencerla de que no podía seguir justificando a su papá. Pero había decisiones que solo ella podía tomar.
Uno no puede cargar con los problemas de otra persona toda la vida, y mucho menos resolverlos por ella.
Eso fue algo que aprendí en terapia.
Sí, fui al psicólogo después de terminar con Jessica, aunque yo era él que no quería volver, terminar una relación no deja de doler.
Franco, mi psicólogo, me ayudó a entender que querer salvar a alguien no siempre significa que puedas hacerlo. Hay personas que solo cambian cuando ellas mismas deciden dar ese paso, y por mucho que las quieras, no puedes vivir esperando que eso ocurra.
Cuando terminé de ducharme, me puse el traje que había dejado planchado desde la noche anterior. Mamá siempre decía que la independencia empezaba con las cosas pequeñas. Como aprender a cocinar, lavar mi propia ropa, planchar una camisa, ordenar mi cuarto, etc.
Y aunque al principio me daba mucha flojera, con el tiempo terminé agradeciéndoselo.
Veinte minutos después, Sam y yo ya estábamos en el coche,
Ella iba cambiando canciones cada treinta segundos, mientras yo manejaba.
—¿Puedes dejar una sola canción terminar?—Rodé los ojos y negué con la cabeza, pues tenía la manía de irle moviendo a la radio
—¿Puedes dejar de quejarte cinco minutos?—Se cruzo de brazos molesta—Soy tu hermana favorita, no puedes estarme regañando.
—¡Sam, eres mi única hermana!—Solté una pequeña risa
—¡Detalles!—Respondió, era su palabra favorita cuando no era relevante algo.
El resto del camino transcurrió entre pequeñas bromas absurdas y canciones que Sam se negaba a escuchar completas, por suerte llegamos rápido, la empresa de papá estaba a 15 min de la casa, así que el camino era corto.
Cuando llegamos al bufete, estacione el carro y bajamos lentamente. El ambiente cambió por completo yo incluido.
Las puertas de cristal se abrieron y la recepción nos recibió. Había teléfonos sonando, las personas caminando de un lado a otro con carpetas bajo el brazo, el olor a café recién hecho se mezclaba con el sonido constante de impresoras. Todo parecía funcionar con una precisión que siempre me había impresionado. Como si cada persona supiera exactamente qué debía hacer, y exactamente hacia dónde iba.
—Bueno... —murmuró Sam mirando alrededor—. Huele a adultos estresados.
—Es un bufete de abogados, Samantha.—Suspire—¿Qué esperabas?
Una voz familiar nos interrumpió.
—¡Ya llegaron!—El señor Alejandro apareció desde el fondo del pasillo, quien era uno de los abogados más respetados de la ciudad.
Pero antes de ser abogado... era nuestro papá.
Sam fue la primera en abrazarlo.
—Sobreviví.—Hizo muecas y me saco la lengua como si fuera una niñita de 5 años.—Tu hijo maneja horrible, ya no deberías dejar que lo haga, mejor dame las llaves a mi y yo manejo.
Papá soltó una gran carcajada, porque era mas que obvio que ella no debía manejar.
—Luego hablamos de eso mi vida, vengan hay mucho trabajo por hacer.—Papá rodeo con sus brazos nuestros hombros y nos encaminó hacía su piso.
Cuando llegamos a los pasillos, varias personas comenzaron a saludarnos, algunas secretarias me saludaban coquetamente, puedo notar eso, pero no se si sea porque les parezco atractivo o porque seré el heredero de todo esto.
Llegamos a su oficina y lo primero que hacíamos era una revisión de agenda.
—Como me encanta verlos aquí conmigo.—Exclamó mi papá mientras hojeaba unas carpetas.—Que aprendan muy bien a manejar esta empresa.
Ambos sonreímos, y aunque ver a mi papá feliz me llenaba de alegría, no podía evitar sentirme triste. Porque yo no quería estudiar derecho, las leyes no me emocionaban, pero jamás me atrevería a confesarlo, menos a él, menos viendo como se llenaba la boca de elogios al hablarnos de su negocio.
—Y a mi me me encanta pasar tiempo contigo, pa.—Sam lo abrazo por detrás y le dio un beso en el cachete.
—Gracias a todo esto yo pude sacarlos adelante, a ustedes y a su mami.—Papá sonrió suavemente y tomo la mano de Sam.—Es por eso que es muy importante para mi, pero no mas que ustedes, ¿entienden?—Abrazó a mi hermana y después me dio un beso a mi, y unos golpecitos en el hombro.
—Es una parte de nuestra historia.—Terminó por decir—Voy a ir a un junta, Eduardo ven conmigo, necesito que te quedes a escuchar, esta vez sin opinar ¿de acuerdo?
Asentí mientras Sam ordenaba la oficina y respondía unas llamadas.
Cuando entramos a la sala de juntas, ya habían 6 personas mas, sentados prestando atención a la persona que explicaba una tabla en el pizarrón.
No supe en que momento de la junta me perdí, pues en realidad tenía muchas cosas en la cabeza sin resolver, mañana comenzaba el bachillerato, esos estudios que haces antes de entrar a la universidad. La etapa donde todos te preguntan que quieres estudiar y de mi boca solo salía la palabra derecho, pero en mi corazón tenía tatuada la palabra Medicina.
Cuando la junta terminó mi padre me observo un instante, tan rápido que apenas y me di cuenta, los socios de papá se saludaban y el les devolvía el saludo con emoción.
Salimos de la sala y papá me llevó por un pasillo solitario, pues era el camino que daba a los baños.
—Sé que has estado pensando mucho en tu futuro, hijo.—Confesó—Te irá bien en la carrera, lo sé porque eres mi hijo, y esta en nuestra sangre.
Mi corazón dio un pequeño salto, porque rara vez hablábamos de eso directamente. Era como si mi destino ya estuviera escrito, mi papá ni si siquiera me había preguntado que quería estudiar, el daba por hecho lo que haría, tal vez porque esa era mi responsabilidad y tal vez porque yo tampoco le había dicho algo diferente, por miedo a defraudarlo.
La frase quedó resonando en mi cabeza.
—Por supuesto papá, todo estará bien.
Mientras caminábamos por aquellos pasillos, viendo el orgullo en los ojos de mi padre... entendí algo que me hizo sentir peor.
Nunca había intentado decidir mi vida por mí, nunca me había obligado. No me había exigido convertirme en abogado, todo ese tiempo había sido yo.
Yo era quien no se atrevía a decirle la verdad, yo era quien seguía sacrificando lo que quería por miedo a decepcionarlo. Y eso hacía que el peso sobre mis hombros se sintiera todavía más difícil de cargar.
(...)
Después de un largo domingo con mi padre, finalmente regresamos a casa. Y aunque estaba cansado... mi cabeza seguía despierta.
Mamá nos recibió, como siempre, alegre de que llegáramos con bien, ella apareció desde la cocina con una cuchara de madera en la mano.
—Que bueno que llegaron, justo termine la cena.—Mamá coloco los últimos platos en la mesa
El aroma de la comida llenaba toda la cocina, por primera vez en todo el día sentí hambre. Papá le dio un beso en la frente, Sam la abrazo y yo le di un gran beso en la mejilla. Todos nos sentamos a cenar, esa era mi parte favorita del día. Porque amaba a mi familia.
—Dile a Jesse que el miércoles venga a comer—Dijo mamá sirviéndose agua de limón en su vaso.— Voy a hacer pozole y ya vez que a ella le gusta mucho.
—Ups!—Dejo escapar Sam, yo la volteé a ver y le lance una mirada amenazadora para que guardara silencio, pero ahí esta estaba la imprudencia en persona sentada en la mesa.
—¿Qué paso? ¿Por qué se miran así?Alejando la cuchara de su boca, con cara de sorprendida, respondió mamá.
Suspire, pues ya no había espacio para mentir, además que no me gustaba mentirles a mis papas y bueno, creo que ya era hora de decir la verdad.
—Terminé con Jessica, mamá. Ya no vendrá más.—Tomé un sorbo de agua, para aligerar el momento.
—¿Cómo que terminaste con Jessica? ¿Qué paso hijo?— Se preocupo mas de lo que esperaba.
Papá soltó una risa suave, dando a entender que le gustaba la idea.
—No te rías, Alejandro.—Lo amenazo con su dedo sin soltar la cuchara.
—No me estoy riendo cielo, solo me dio gusto.—Se encogió de hombros y Sam solo mordía sus labios para no reír.
—¿Por qué te va a dar gusto? Jesse era una buena chica.
—Si, pero no era para mi hijo—Él sabía mucho—La muchacha tenía muchos problemas cielo, yo mismo revise su caso y nunca quiso proceder.
—¿Su caso?—Preguntó
—Su papá era alcohólico y la golpeaba, la asesore para poner una orden de protección, pero ella se reusó a hacerlo.—Se metió un bocado de carne a la boca.—Mas no podemos hacer.
Mamá estaba en silencio como tratando de procesar todo, no se que fue lo que la convenció pero no hizo mas preguntas, solo continuo comiendo desconcertada.
La cena terminó sin que mamá hablar mucho, pero Sam y papá reían por cualquier cosa.
—Yo lavo los trastes.—Exclamó mi hermana recogiendo la mesa.
—Bueno, iré a darme un baño y alistar mis cosas.—Me levanté de la mesa junto con mi plato y lo lleve al lavabo.
—Que descases hijo.—Respondieron casi a una misma voz mis papas.
Sam me guiño el ojo, y yo le dedique una sonrisa. Pues haberse ofrecido a lavar los trastes era una disculpa silenciosa por haber abierto la boca.
Subí a mi habitación y cerré la puerta.
El silencio me recibió de inmediato, me dejé caer sobre la cama y observé el techo.
Otra vez.
Últimamente hacía mucho eso, tal vez porque era más fácil mirar hacia arriba que mirar hacia adelante.
Tomé el celular.
Algunos mensajes sin importancia, notificaciones acumuladas, nada urgente. Dejé el celular sobre el buró y me fui a bañar, pensando en todo lo que había pasado el día de hoy.
Cuando salí de bañarme, me senté en la cama, acomode mi mochila y las cosas que necesitaré para mañana, no me sentía del todo bien, tal vez no fue un buen día.
Alguien toco la puerta y sin esperar a que la dejara pasar, entro Sam.
—¿Podemos hablar, hermanito?—Ahí estaba, su carita de perrito atropellado que hacía cuando se quería disculpar.
—Pásale sonsa.—Hice mueca con mi cara y quite la mochila de la cama para que ella tomara asiento.
—¿Puedes disculpar a tu hermana favorita por arruinarte la cena?—Hizo pucheros y junto sus manos en señal de perdón.
—¿Favorita? Pero si eres la única—Sonreí
—¡Detalles!—Hizo movimientos con su mano, restándole importancia.
Ambos reímos para después abrazarnos, no dudaba que tenía a la mejor hermana del mundo, aunque no lo fuera.
—¿Estas bien?.—Volvió a sentarse en la cama —Siempre que llegamos del trabajo te pones así.
—¿Así como?—Trate de negar lo inevitable.
—Como tenso, como si no te gustara ir.
Hubo una pausa, y un silencio desgarrador. Podía ver la bola de nieve acercarse lentamente.
Suspiré.
—Tal vez porque no me gusta ir.
Sam abrió los ojos como platos, y se incorporó.
—¿De que hablas Edu? ¿No te gusta trabajar con papá?
—Claro que me gusta trabajar con él.—Y era verdad, disfrutaba mucho su compañía, era sin duda una de las mejores, y siempre aprendía mucho de él. Era mi mayor ejemplo a seguir. Y es por eso que quería que se sintiera orgulloso de mi, porque lo amaba.
—No estoy entendiendo nada.—Se cruzo de brazos esperando una respuesta, yo solo agache la cabeza, sin poder verla a los ojos, intentando comunicarme por telepatía pero no resulto.
—Sam, no quiero ser abogado.
Dije sin mas, como si todo el peso que estuve cargando durante años, por fin lo hubiera soltado, pude ver su expresión de sorpresa, pero a la vez de preocupación. Ella si quería ser abogada, siempre supimos que era su vocación, tal vez todo fuera mas fácil si ella fuera la que heredara la empresa.
—No te lo creo, ¿Por qué nunca me lo habías dicho?.—Se levanto de la cama para estar a la altura de la situación.
—No había sentido la soga en el cuello, no como hoy.—Pues papá ya había dado por hecho que me dedicaría a eso, y no fue hasta entonces que tome conciencia de lo que estaba sintiendo.—No se lo vayas a decir a nadie, ¿Prométemelo?
Sam levanto la mano en señal de promesa.
—¿Qué vas a hacer entonces?—Se encogió de hombros
—¿Hacer de que?—No entendía su pregunta.
—Pues que vas a estudiar
—Voy a estudiar para convertirme en abogado, comenté que no me gustaba, mas no que no lo haría.—Ya lo había decidido, y tenía muy presente mi responsabilidad, no iba a dejar que todos los años invertidos de mi padre se fueran a la basura.
Ella guardo silencio, aun en shock. Negó con la cabeza, preocupada. Pero no dijo nada...
Hubo un silencio cansado. Después suspiro, asintió con la cabeza y lo entendió...
—Que descanses.—Toco mi hombro y se despidió lentamente de mi, podía notar aun la preocupación en su rostro, pero no se atrevió a cuestionarme. Porque me conocía, sabía que no había absolutamente nada, ni nadie, que me hiciera cambiar de opinión.
Salió de mi habitación y cerro la puerta despacio, no sin antes dedicarme una sonrisa de lado.
Me recosté intentando dormir, mañana comenzaba el bachillerato, y no había nada que me animara a ir. Mas que la obligación de ser un buen hijo.








