Perderme contigo
El cielo de Londres amaneció con su clásico tono grisáceo, soltando una llovizna fina que amenazaba con arruinar el primer día de clases de cualquiera. Sin embargo, para Lemy Brocker, el clima era lo de menos. Caminaba por el imponente campus de la Facultad de Arquitectura con paso firme y seguro. A sus dieciocho años, Lemy ya poseía un porte que hacía que las personas se detuvieran a mirarlo. Su cabello negro azabache, ligeramente húmedo por la brisa, ojos de un color azul intenso, contrastaban a la perfección con su piel blanca y pulcra. Vestía un abrigo largo de color oscuro que acentuaba su cuerpo atlético y alto. Su rostro, de facciones afiladas y simétricas, reflejaba una calma absoluta. Era la viva imagen del estudiante brillante y carismático, el hijo perfecto de una familia de clase alta que jamás se permitía fallar.
Pero la realidad dentro de su cabeza era un poco más caótica. El nuevo edificio de la facultad era un monstruo de diseño vanguardista. Tenía paredes de concreto expuesto, pasillos idénticos y escaleras flotantes que parecían llevar a ninguna parte. Lemy sostenía su teléfono móvil, revisando el mapa digital del campus. El aula 402 del pabellón de diseño parecía haber desaparecido del mapa. Aunque por fuera lucía como un modelo profesional caminando por una pasarela, por dentro estaba completamente perdido.
—Esto tiene que ser una broma de los arquitectos que diseñaron este lugar —murmuró Lemy para sí mismo, soltando una pequeña risa irónica que solo aumentó su atractivo.
Decidió dar la vuelta en un pasillo iluminado por grandes ventanales de vidrio que daban hacia los jardines nublados. Fue justo en esa esquina donde su mundo, tal como lo conocía, se detuvo por completo.
A unos metros de él, un chico de su misma edad caminaba de un lado a otro con evidente frustración. Lemy se congeló en su lugar. El desconocido era un castaño de ojos verdes intensos, cuya mirada escaneaba los letreros de las puertas con desesperación. Al igual que Lemy, tenía un físico envidiable; un cuerpo atlético que llenaba perfectamente una chaqueta de mezclilla ligera y unos pantalones oscuros. Su cabello castaño caía de forma desordenada sobre su frente, dándole un aire rebelde pero extrañamente tierno. Exudaba una energía cálida, brillante, algo que contrastaba por completo con el frío cemento del edificio y la grisácea mañana londinense.
Lemy sintió un vuelco extraño en el pecho. Fue un impacto inmediato, una fuerza magnética que lo obligó a mover los pies antes de que pudiera procesarlo racionalmente. Olvidó su propio problema, olvidó que él tampoco sabía dónde estaba parado. Solo quería acercarse.
—¿Perdido? —preguntó Lemy, deteniéndose a una distancia cortés. Su voz sonó profunda, suave y cargada de ese encanto natural que siempre utilizaba para tratar con las personas.
El chico castaño se giró rápidamente. Al cruzar sus ojos verdes con la mirada oscura de Lemy, parpadeó un par de veces, visiblemente sorprendido por la imponente presencia del pelinegro. Luego, una sonrisa de puro alivio se dibujó en su rostro, iluminando sus facciones de una manera que Lemy supo, en ese mismísimo instante, que jamás lograría borrar de su memoria.
—Totalmente perdido —admitió el castaño, soltando un suspiro y rascándose la nuca—. Soy Hanael. Hanael Schemeller. Llevo quince minutos dando vueltas en círculos buscando el aula 402 de introducción al diseño. Juro que este edificio se mueve como el castillo de una película de magia.
Lemy sonrió de medio lado, sintiendo cómo su corazón latía un poco más rápido de lo normal. La calidez de Hanael era contagiosa.
—Mucho gusto, Hanael. Soy Lemy Brocker —respondió, extendiendo su mano limpia y elegante—. Y tengo una buena y una mala noticia para ti.
Hanael arqueó una ceja, divertido, y estrechó la mano de Lemy. El contacto duró apenas un par de segundos, pero para Lemy fue como recibir una descarga eléctrica directa al sistema nervioso. La mano de Hanael era cálida y firme.
—Dime la mala primero, por favor —pidió Hanael con una risa ligera.
—La mala es que yo también estoy buscando el aula 402 y no tengo la menor idea de dónde estamos en este momento —confesó Lemy, mostrando la pantalla de su teléfono.
Hanael soltó una carcajada que resonó en el pasillo vacío. A Lemy le pareció el sonido más hermoso que había escuchado en toda su vida.
—¿Y la buena? —preguntó Hanael, con los ojos verdes brillando de diversión.
—La buena es que ahora somos dos los perdidos. Y dos futuros arquitectos deberían ser capaces de descifrar un mapa mal hecho, ¿no crees? Vamos, busquemos juntos.
Ese fue el inicio de todo. Comenzaron a caminar uno al lado del otro, compartiendo teorías ridículas sobre por qué los pasillos de la universidad no tenían sentido. Lemy, usando su carisma habitual, hacía preguntas ligeras para conocer más a su nuevo acompañante. Descubrió que Hanael venía de una familia ruidosa y unida del sur de Inglaterra, que amaba los deportes tanto como el dibujo, y que desborda una pasión genuina por construir cosas. Hanael, por su parte, quedaba fascinado por la agudeza mental de Lemy y la facilidad con la que se desenvolvía.
Finalmente, tras subir una escalera de caracol oculta detrás de un ascensor de carga, encontraron una pequeña placa metálica que decía "402". Ambos suspiraron al mismo tiempo, compartiendo una mirada de complicidad. Estaban diez minutos retrasados, pero a ninguno de los dos parecía importarle realmente.
Lemy acomodó el cuello de su abrigo negro, respiró hondo y abrió la pesada puerta de madera del salón.
En cuanto la puerta se abrió, el bullicio dentro del aula cesó casi por completo. El profesor aún no había llegado, y las decenas de estudiantes que llenaban las hileras de asientos escalonados giraron la cabeza hacia la entrada. El impacto visual fue inmediato. Ver entrar a Lemy y a Hanael juntos era como ver a dos modelos de alta costura salidos de una revista de moda caminando por los pasillos de una universidad común. El contraste entre el pelinegro de piel blanca y facciones aristocráticas, y el castaño de ojos verdes y sonrisa cálida, era simplemente perfecto. Los murmullos comenzaron a llenar el aire. Varias chicas se enderezaron en sus asientos, arreglándose el cabello de inmediato, cautivadas por el aura de los recién llegados.
Entre toda la multitud, sentada en la tercera fila, se encontraba Ivy Webb.
Ivy era una chica de estatura media-baja que en ese momento llevaba puesto un chaleco tejido sobre una camisa blanca de cuello alto y unas gafas de marco grueso negro. Su cabello castaño oscuro estaba cortado en un perfecto estilo bob con un flequillo recto que enmarcaba sus ojos vivaces y analíticos. Frente a ella tenía una libreta de bocetos y una tableta digital lista para tomar apuntes. Cuando Lemy y Hanael cruzaron el umbral, Ivy se detuvo a mitad de un trazo. Sus ojos se abrieron de par en par detrás de sus lentes.
Como fiel amante de las historias de romance y devoradora experta de novelas web BL, el cerebro de Ivy experimentó un cortocircuito instantáneo. Su mente analítica, afinada por cientos de lecturas, no vio simplemente a dos chicos guapos buscando asiento. Vio el potencial narrativo perfecto. El contraste de colores, las alturas, la forma en que el pelinegro miraba de reojo al castaño para asegurarse de que la multitud no lo abrumara... Todo era demasiado perfecto para ser real.
—Oh, por Dios —susurró Ivy para sí misma, ajustándose las gafas con una sonrisa maliciosa y emocionada—. Esto es material de primera calidad.
Hanael, ajeno a las miradas y al colapso mental de Ivy, divisó dos asientos vacíos en la fila superior y señaló el lugar.
—Allí arriba, Lemy. Vamos antes de que llegue el profesor.
—Te sigo —respondió Lemy con suavidad.
Caminaron escaleras arriba bajo la mirada atenta de medio salón. Se sentaron uno al lado del otro, sacaron sus libretas y, justo cuando el profesor entró por la puerta disculpándose por la demora, Hanael se inclinó sutilmente hacia Lemy.
—Gracias por acercarte en el pasillo. Creo que habría terminado en el sótano si no fuera por ti —le susurró con una sonrisa.
Lemy le devolvió la mirada. Al ver esos ojos verdes tan cerca, sintió que el aire le faltaba por un segundo. Mantuvo su fachada brillante, asintió con cortesía y respondió:
—No hay nada que agradecer. Fue un placer perderme contigo.
Hanael volvió la vista al frente, concentrándose en la pizarra. Lemy imitó el gesto, pero su mano, apoyada sobre la mesa de madera, tembló ligeramente. Miró de reojo el perfil de Hanael, la línea de su mandíbula, la forma en que prestaba atención. Sintió una calidez inmensa, pero también el primer pinchazo de una dulce agonía que, intuía, lo acompañaría por el resto de sus días. Estaba completamente perdido, y esta vez, no tenía nada que ver con los pasillos de la universidad.
💘🫧








