Entre Apuntes Y Prejuicios Editorial Versión by narciso at Inkitt
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Entre apuntes y prejuicios - editorial versión -

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Summary

Thiago Vidal, de 23. Hijo de una familia influyente, musculoso, guapo, popular. Estudia Derecho con intenciones de meterse en política como su familia. Tiene una visión del mundo bastante conservadora, ve todo en términos de orden, mérito y tradición. Nunca tuvo que esforzarse demasiado: su apellido abre puertas. Detesta a la gente que vive quejándose del sistema. Artemis González, de 25: Un joven adulto que hace poco cumplió años, estuvo haciendo la carrera de Sociología pero la cambió a último momento por Psicología, trabaja como mesero mientras estudia en la UBA. Es moreno, flaco, de estatura baja y con look alternativo. Twink de personalidad fuerte, irónico, ácido. Ambos se enfrentan en un sorteo de la prestigiosa universidad donde forman equipos en una materia transversal de ambas formaciones. Psicología Jurídica. Dos personalidades distintas. Dos orientaciones distintas y una sola guerra. Una lucha de egos entre dos hombres.

Genre
Lgbtq
Author
narciso
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: ¡Choque frontal!

El aula 305 de la Facultad de Ciencias Humanas olía a una mezcla de humedad persistente, tiza pulverizada y el perfume industrial del limpiador de pisos que usaban los conserjes. Las paredes, de un blanco que había claudicado hace años ante un tono amarillento, estaban salpicadas de carteles académicos con las esquinas rizadas y cintas adhesivas ennegrecidas por el tiempo. "Derechos Humanos en el sistema penal", "Protocolo psicológico de entrevista". El reloj sobre la pizarra marcaba las 07:55 con un tic-tac que sonaba como un latido enfermizo. Afuera, los plátanos del campus sacudían sus hojas como si supieran que adentro, entre esas paredes amarillentas, se iba a librar una guerra. Era la primera clase de Psicología Jurídica, esa materia que los rumores pintaban como un filtro: se podía aprobar fácilmente, o se podía ligar un cargo en el juzgado de turno.

Thiago Vidal atravesó la puerta con la precisión de un reloj suizo: cinco minutos antes de la hora, ni uno más, ni uno menos. Llegar antes hubiera significado esperar sin nada que hacer, y eso —la espera vacía, sin tarea— le generaba una inquietud que prefería no examinar. Su postura erguida y sus hombros anchos ocupaban el espacio con una confianza que parecía innata. La camisa celeste muy cara, perfectamente planchada, se tensaba sobre sus músculos desarrollados por años de tenis y rutinas intensivas de gimnasio. Su cabello rubio castaño, cortado con precisión militar en los laterales pero con volumen estudiado en la parte superior, brillaba con el toque justo de gel. El reloj en su muñeca —un Rolex heredado de su abuelo cuando ingresó a la carrera— captaba destellos de luz con cada movimiento; lo giró dos veces sobre el hueso de la muñeca, un gesto que repetía sin registrarlo, como quien reacomoda algo que insiste en desalinearse.

Eligió un asiento en la tercera fila: ni muy adelante para llamar la atención, ni muy atrás para pasar desapercibido. Como siempre, el punto exacto donde el mundo giraba a su alrededor sin exigirle nada. Antes de sentarse, pasó la mano por la superficie del banco, como si necesitara confirmar que estaba limpio, aunque no lo hiciera de forma consciente. Sobre el pupitre, el iPad Pro brilló como un desafío silencioso a la austeridad del aula, alineado con precisión al borde de la mesa: un ángulo de noventa grados exacto respecto al canto de madera, el lápiz óptico paralelo, la funda de cuero cerrada hacia el lado izquierdo. Si alguien le hubiera preguntado por qué lo hacía así, no habría sabido responder. Simplemente, así era como debían estar las cosas. Cuando no lo estaban, algo en su pecho se tensaba, un hilo invisible tirando hacia adentro, hasta que corregía el desorden.

Mientras sacaba sus materiales —la lapicera Montblanc a la derecha del cuaderno, el cuaderno centrado, el celular boca abajo y en silencio, siempre en ese orden, siempre esa secuencia— captó los murmullos a su alrededor. "Es Vidal". "El nieto del juez de la Corte Suprema". "Su padre es un transa radical que le dio todos los poderes al enano incestuoso", "Siempre son los vendidos de la UCR los que juegan a ser del pueblo y luego se reparten el país", "Por fin un argentino de bien". Los comentarios no le molestaban; estaba acostumbrado a ellos desde la primaria. A veces venían con admiración, otras con envidia, pero siempre con reconocimiento del linaje que llevaba en la sangre. El apellido Vidal era sinónimo de influencia, de puertas que se abrían antes de siquiera tocarlas. Lo que sí le molestaba, aunque jamás lo hubiera dicho en voz alta, era no saber de antemano qué se iba a decir de él en cada aula nueva. Esa variable sin controlar. Por eso, la noche anterior, como todas las noches antes de una primera clase, había investigado al profesor titular: programa completo, publicaciones, entrevistas, hasta el nombre del ayudante de cátedra. No para lucirse. Para no entrar a ciegas a ningún lado.

Cuando el profesor titular de la materia, el Dr. Mauricio Santoro, entró al aula, los murmullos se disolvieron en un silencio expectante. Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, con el pelo gris acero peinado hacia atrás y una barba recortada con precisión, que enmarcaba un rostro de ángulos severos. Su traje, aunque no era de diseñador, tenía la dignidad de quien conoce el poder de la presencia.

—Psicología Jurídica —anunció como sí fuera su manera de decir buenos días, dejando caer una carpeta gastada sobre el escritorio con un sonido seco y definitivo—. Para algunos de ustedes, esta será solo una materia más en su expediente. Para otros, podría definir su carrera. Pero déjenme ser claro desde el principio: acá no hay respuestas fáciles. Esta materia trata sobre entender al ser humano dentro del sistema judicial, con todas sus complejidades, contradicciones y, sobre todo, zonas grises. Si vinieron buscando una clase para relajarse entre cuatrimestre y cuatrimestre... —hizo una pausa, su mirada recorriendo la sala— todavía están a tiempo de irse.

Algunas risas nerviosas salpicaron el silencio pero nadie se movió.

—Bien —continuó Santoro, ajustándose las gafas de lectura—. El formato del curso es simple pero exigente. Van a trabajar en grupos de dos. Casos reales, expedientes actuales. Y sí, antes de que lo pregunten, los grupos los armamos por sorteo. Porque en la vida real, señores y señoras, no elegimos con quién nos toca colaborar en un caso. El juez asigna, el sistema decide, y ustedes se adaptan.

Thiago contuvo un suspiro de fastidio. No por el trabajo en sí —el trabajo nunca le pesaba—, sino por la palabra sorteo. Azar. Una variable que ningún plan podía anticipar. Si le tocaba alguien incompetente, ya se veía cargando con todo el trabajo, y algo peor: ya se veía teniendo que rehacer, revisar, corregir cada entrega del otro antes de presentarla, porque la idea de que su nombre figurara junto a algo mal hecho le resultaba, sencillamente, intolerable. No sería la primera vez, ni probablemente la última. La pantalla detrás del profesor cobró vida, proyectando una lista de nombres pareados.

Grupo 12: Vidal, Thiago y González, Artemis.

Thiago frunció el ceño, intentando recordar si había visto ese nombre en alguna lista de clase. Artemis. Sonaba pretencioso, como esos nombres que los padres progres ponían a sus hijos para demostrar lo "diferentes" que eran. Lo buscó disimuladamente con la mirada, pero ninguna cara familiar respondió a su escrutinio. Sacó el celular, boca abajo, lo giró una vez, y sin poder evitarlo tecleó el nombre en Instagram por debajo del banco. Nada. Ningún perfil público, ninguna foto, ninguna referencia. La pantalla en blanco le devolvió una sensación parecida al vértigo: no tener con quién iba a trabajar catalogado, medido, previsto.

Sin embargo, el chirrido prolongado y agudo de la puerta al abrirse interrumpió sus pensamientos. Las bisagras oxidadas protestaron como si anunciaran el ingreso de un intruso y todas las cabezas giraron hacia la entrada.

Un chico bajito, de complexión delgada y facciones angulosas, apareció en el umbral. Su respiración agitada y las gotas de sudor en su frente mostraban claramente que había corrido para llegar. Sus ojos grandes y negros, enmarcados por ojeras violáceas, escanearon la sala con una mezcla de ansiedad y determinación. El cabello oscuro, ondulado, que caía en su frente, contrastaba con su piel morena clara. Vestía una campera de jean con peluche por dentro bastante vieja y con un pin del colectivo LGTBQ+. Debajo, una remera gris desgastada con el logo borroso de The Neighborhood. Sus jeans negros, ajustados y rotos en las rodillas, terminaban en unos borcegos gastados, probablemente comprados de segunda mano.

—Disculpen... —murmuró con una voz muy clara a pesar de su volumen bajo. En su muñeca derecha, una pulsera tejida con los colores del arcoíris se asomaba entre las mangas deshilachadas de su campera vintage.

El Dr. Santoro lo miró por encima de sus gafas.

—¿Nombre?

—Artemis González, profesor. El colectivo...

—Ahórrese las explicaciones, Sr. González. Esta es la única tardanza que toleraré en mi clase. Tome asiento.

Artemis asintió, deslizándose hacia el único lugar disponible en la última fila. Su mochila, vieja, parcheada y remendada, cayó de su hombro con un ruido sordo. A diferencia de los materiales prístinos de Thiago, Artemis sacó un cuaderno espiral con las esquinas dobladas y un bolígrafo mordisqueado, junto con un teléfono cuya pantalla mostraba varias grietas como una telaraña.

Thiago lo observó con una mezcla de desdén y curiosidad. Todo en ese chico gritaba 'pobre': desde su ropa hasta su apariencia exhausta. El desorden de esa mochila, esas hojas dobladas en cualquier ángulo, le produjo una incomodidad física, casi un picor detrás de los ojos. 'Uno más que entra por cuota social y termina abandonando a mitad de carrera', pensó, aunque algo en la determinación de esos ojos oscuros lo hizo dudar.

Porque si bien uno de los mayores triunfos del peronismo fue conseguir que los hijos de obreros fueran a la universidad pública, no hay obrero que pueda trabajar, sostener las cuentas de la casa, cuando se venden como sí los derechos del pueblo que tanto aman no les importará.

Cuando el profesor terminó la introducción y les indicó que se reunieran con sus compañeros asignados, Thiago no se levantó. Observó cómo los demás estudiantes se agrupaban, algunos con entusiasmo, otros con resignación. Él permaneció en su lugar, esperando que su compañero lo identificara. Era una regla que se había impuesto sin decidirla del todo: quien necesita algo, se acerca. Moverse primero era, de alguna manera oscura que no terminaba de nombrar, ceder terreno.

Artemis, que había estado hojeando ansiosamente el programa de estudios fotocopiado el día anterior, levantó la vista y comenzó a buscar a su pareja asignada. Sus ojos recorrieron el aula hasta detenerse en Thiago, el único que permanecía solo. Por un brevísimo instante, una sombra de reconocimiento cruzó su rostro. Pensó que lo había visto en algún lado, pero no sabía dónde.

Se acercó con pasos decididos aunque cautelosos, como todo el que se aproxima a lo desconocido.

—¿Thiago? —preguntó Artemis, con un tono que intentaba sonar profesional pero que no podía ocultar completamente una pátina de recelo.

—Sí —respondió Thiago, evaluándolo de pies a cabeza con una mirada rápida pero exhaustiva—. ¿Vos sos Artemis?

—Sí —confirmó con una sonrisa nerviosa, y extendió una mano con uñas cortas pintadas de negro mate—. Artemis González. Psicología, quinto año.

Thiago estrechó la mano ofrecida con un apretón firme pero breve, notando las suaves y delicadas manos de Artemis. Aunque eran manos trabajadoras, no de académico. En cuanto soltó el saludo, sus dedos rozaron el borde de la mesa, un gesto casi imperceptible, como si necesitara volver a tocar algo suyo, algo ordenado, después del contacto con lo ajeno.

—Perfecto —dijo Thiago con un tono neutro, indicándole un banco cercano con un gesto de la cabeza—. Sentémonos, así no perdemos más tiempo. —Fue cortante, y directo.

Bajo la atenta mirada de Artemis, Thiago jamás se levantó, ni fue a buscarlo. Este chico venía del privilegio y su interacción con su compañero no parecía importarle, o eso era lo que Artemis intuía. Aun así decidió continuar con su empatía natural, porque jamás es bueno juzgar un libro por su portada.

El caso que les asignaron llegó en una carpeta sellada. Al abrirla, Thiago fue el primero en tomar los papeles —no lo pidió, simplemente los tomó, con la misma naturalidad con la que respiraba— y los desplegó con eficiencia metódica, ordenándolos por fecha antes siquiera de empezar a leerlos: un joven de 17 años acusado de homicidio agravado. Historial de violencia familiar, institucionalización intermitente desde los 7 años, tres diagnósticos psiquiátricos contradictorios y un test de Rorschach que había sido calificado como "inquietante" por el evaluador

Un caso bomba. Definitivamente.

—Bueno, esto es bastante claro —dijo Thiago, después de hojear el expediente, con la confianza de quien ya ha llegado a una conclusión—. El pibe es culpable, sin lugar a dudas. Tiene todos los indicadores clásicos: violencia previa, evasión de responsabilidad, falta de empatía, entorno hostil... Dejarlo libre sería un desastre para la sociedad.

Control, orden, y consecuencias, le había repetido su padre desde pequeño. Y este caso no era la excepción. Le gustaba esa fórmula porque cerraba: un problema, una causa, una consecuencia. Los tres diagnósticos contradictorios en el expediente, en cambio, le generaban el mismo malestar sordo que una hoja doblada en la mochila ajena. Algo que no calzaba. Algo que había que resolver, aunque fuera a la fuerza.

Artemis, que había estado leyendo concentradamente el informe psicológico, levantó la vista. Sus ojos, que bajo la luz fluorescente revelaban matices de ámbar, se clavaron en Thiago.

—¿Ah, sí? ¿Y vos qué título le ponés al diagnóstico? —Artemis deslizó el cuaderno hacia el centro del banco, señalando con el dedo las fechas de institucionalización—. Porque acá hay tres diagnósticos diferentes: ¿cuál elegís, el que viene con foto familiar o el que viene con certificado del hospital?

Thiago, quien ya iba por la respuesta evidente, titubeó un segundo. No le gustó que le movieran el terreno. Alzó las cejas, sorprendido por la audacia. Normalmente, la gente no lo desafiaba, y menos alguien que claramente estaba en desventaja social como Artemis.

—Tengo algo que a veces es más valioso: sentido común —respondió con soberbia, y una media sonrisa que no llegaba a sus ojos pero trasuntaba una buena cuota de arrogancia—. Algo que no todos acá parecen tener.

—Sentido común —repitió Artemis, saboreando las palabras como si fueran algo amargo—. Qué concepto tan útil para justificar prejuicios estructurales y saltarse el proceso científico.

El aire entre ellos se congeló un momento. Thiago apoyó los codos en la mesa e inclinó su cuerpo hacia adelante, invadiendo sutilmente el espacio personal de Artemis.

—¿Vos sos de los que creen que todo criminal es una víctima de la sociedad y que todo se arregla con un abrazo y terapia gratuita? —Su tono era tan suave como una caricia pero cargado de condescendencia venenosa.

Artemis no retrocedió ni un milímetro. En lugar de eso, se inclinó también hacia adelante, reduciendo aún más la distancia. El aroma a perfume barato y vaper de sandía se mezclaba con la fragancia costosa de Thiago.

—¿Y vos sos de los que creen que todo se resuelve con mano dura y punitivismo de manual? ¿Que la justicia es sólo un martillo para aplastar a los que ya están aplastados?

Thiago esbozó una sonrisa maliciosa.

—Zurdo empobrecedor —murmuró lo suficientemente bajo para que sólo Artemis lo escuchara. No se daba cuenta de que era una forma de faltarle el respeto a las personas.

O sencillamente las redes sociales habrían arruinado por completo las interacciones humanas. Ahora, cualquier sujeto se sentía con la libertad moral de insultar a quien no compartiera su misma ideología, como si el odio se hubiera vuelto moneda corriente estos últimos tiempos.

Sin embargo, Artemis, lejos de sentirse incómodo, devolvió la sonrisa, pero estaba cargada de un veneno refinado por años de práctica. Desde el jardín, la escuela, el colegio... La homofobia que había respirado solamente hizo que tuviera la piel gruesa para recibir insultos y filtrarlos.

—Nazi de clóset —respondió en el mismo volumen íntimo, casi como un secreto compartido.

Un silencio de doscientos veinte voltios se instaló entre los dos. El Dr. Santoro, que pasaba cerca supervisando los grupos, se detuvo un momento junto a ellos, percibiendo la hostilidad que vibraba en el aire.

—Bueno, bueno, caballeros —dijo con tono neutro pero con las cejas arqueadas—. Me alegra ver que hay... entusiasmo en este equipo. Pero traten de canalizarlo en el trabajo constructivo, ¿sí? Este no es un ring de boxeo, es un ejercicio académico.

Cuando el profesor se alejó, Artemis abrió su carpeta arrugada y sacó un resaltador que chorreaba tinta amarilla.

—¿Tenés algún problema sí trabajamos principalmente desde casa? —preguntó sin levantar la vista del expediente—. Tengo un trabajo y vivo en Villa Soldati. No soy muy fan del tren a las seis de la mañana.

—¿También me vas a pedir comprensión social, compañero? —replicó Thiago, alzando una ceja con sarcasmo. Él no usaba la palabra compañero.

Artemis levantó la mirada. Sus ojos reflejaban una dureza que contrastaba con su apariencia frágil.

—No. Te estoy avisando para que no me rompas las bolas con reuniones innecesarias a las que no voy a poder asistir. No te estoy pidiendo consideración; te estoy ofreciendo eficiencia.

Thiago lo estudió por un momento, recalculando. Quizá estaba subestimando a este chico. Y sin embargo, algo en la frase —trabajamos principalmente desde casa— le encendió una alarma que no supo nombrar: eso significaba no ver, no controlar, no verificar de primera mano cada paso del trabajo. Ya se imaginaba revisando cada entrega dos, tres veces, comparando versiones, guardando copias propias por si acaso. Aun así, intercambió su número de contacto porque no quería perder la materia, y mucho menos tirar un año a la basura. Guardó el contacto bajo un nombre completo, con apellido, como hacía con todos: nunca apodos, nunca abreviaturas. Los apodos eran desorden.

—Mientras hagas tu parte del trabajo, me da igual dónde lo hagas —concedió por fin.

Y con eso, ambos se sumergieron en la lectura del expediente. El silencio que se formó entre ellos no era cómodo ni neutral. Era el tipo de silencio que vibra con palabras no dichas, con juicios formados demasiado rápido y con el zumbido de dos mundos en colisión.

Entre las líneas del expediente judicial que analizaban, se gestaba otra historia: la de dos chicos que, tomados por sorpresa, estaban a punto de cuestionar todo lo que asumían sobre el otro y sobre sí mismos.

La guerra, como bien intuían ambos, recién comenzaba. Y en el campo de batalla, no habría ganadores: solo dos enemigos condenados a entender que, tal vez, el verdadero conflicto no estaba en el caso que tenían entre manos, sino en el abismo que los separaba a ellos.

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