Capítulo 1
Tan mal compañero era el alcohol por aquellos días que ni siquiera conseguía adormecerle la mente ni silenciar los pensamientos que lo volvían miserable. Al pensarlo, se comparaba con uno de esos hombres aferrados a lo que más aman, aun cuando sea eso mismo lo que les arruina la vida. Incapaces de soltarlo, despojados de la dignidad que creían distinguirlos como seres humanos. Y si aquel triste hombre ya no era humano, ¿qué era entonces él? ¿El artificio de un mal sueño? No lo sabía. A decir verdad, ya no tenía fuerzas para lidiar consigo mismo; el cansancio le pesaba en cada musculo.
Una inhalación brusca le arrancó un quejido arrastrado; sus dedos se sentían sin hueso contra la botella. Su cerebro, aquel órgano sin descanso que odiaba, le advirtió que se caería. Así que solo maldijo como un mal chiste repetido y forzó sus piernas a trabajar, tambaleándose para apenas llegar a la mesita de madera dentro de las cuatro paredes de su cocina.
—Quédate. —Su voz, una mezcla pastosa y lenta, rompió el silencio de su apartamento y el caos de su cabeza sin ser dirigida a nadie tangible.
Rahklia consiguió el logro de dejar la botella de alcohol barato en la mesita, y la hazaña le arrancó una risa tan falsa como la afirmación de que el cielo era verde. Al girarse, su mundo giró con violencia desmedida y su mano voló para apoyarse en la pared. Bajó la cabeza; sus párpados se cayeron como dos piedras gigantes. No podía dormir. No debía salir. El doctor de su trabajo ya le había advertido qué ocurriría si volvía a beber. Sus labios se curvaron apenas un par de milímetros en lo que podría haber sido una sonrisa lamentable y se empujó con su mano para recordar que tenía que caminar. Un paso, dos pasos, tres. Sus manos se apretaron contra su estómago vacío de cualquier alimento sano. La sensación nauseabunda lo inundó, y aquel sabor amargo tan familiar le daba la bienvenida.
—No ahora, no tiene medio día que lavé el baño —dijo. Abrió los ojos, intentando enfocarse en lo que fuera, cualquier cosa. Sus plantas, los muebles, su insípida vida. No funcionó. La saliva le inundó la boca y tragó a la fuerza. Otro paso más, su habitación no estaba tan lejos, pero ahora le parecía un maratón cuya línea de salida ni siquiera lograba cruzar.
Su atención se desvió a la puerta del baño cerrada, y una vez más la maldición adornó su boca. Tenía que ir; el tiempo ya estaba sobre él, y en cuanto dio un paso dentro, levantó la tapa del escusado y vomitó. No salió nada más que una mezcla desagradable de alcohol, saliva y bilis. Las arcadas exigían sacar más de lo que ya no había. Sintió el ardor en sus ojos, la humedad saludando como un viejo amigo. Se tambaleó y quedó doblado con su mirada sobre la mezcla, el aroma a pino que con tanto esmero se empeñó en dejar se esfumó, y solo restó lavarse la boca, hacer un par de gárgaras y obligarse a caminar a su habitación.
En cuanto llegó, apenas rozando con las yemas de sus dedos el colchón, se dejó caer dando un rebote minúsculo. Giró y sus ojos desorbitados, como el color de un café diluido en mucha agua, se clavaron en el techo. Ahí no había nada, como siempre. Pero parecía ser que el espacio entre su silla y la pared, donde dejaba la ropa sin doblar, no decía lo mismo.
Ese sonidito de nuevo, ese condenado sonido volvía una vez más. El cuerpo de Rahklia tembló, apenas lo suficiente como para que alguien muy observador fuera capaz de notarlo.
Tragó saliva, la incomodidad a causa del vómito no lo dejó disfrutar de algo tan normal como eso. Forzó su mirada en el techo con la vaga esperanza de que el sonido se fuera, pero, como era costumbre, no fue así. Una vez más volvió un «Scratch... scratch...» que sin duda no pertenecía a un roedor. Llenó de golpe sus pulmones, inflando su pecho. Decidió darse la vuelta, la espalda en dirección a su tormento. Por unos segundos se permitió escuchar su propia respiración, hasta que el sonido avanzó, haciéndose más fuerte, más lento. No era solo el rascar, era algo pesado que se arrastraba con la dificultad de quien perdió sus piernas, porque él reconocía bien el sonido. El cuarto parecía reducir su tamaño al grado de querer aplastarlo y los musculos de su cuerpo se tensaron como un resorte a su límite. No tenía sentido gritar, estaba solo. ¿Su pistola? De nada serviría.
«Scratch... scratch...».
Se escuchó tan cerca que Rahklia contuvo el aliento. Un peso, no suyo, removió las sábanas que apenas cubrían sus pies. Su corazón golpeaba sin piedad en su pecho, volviendo un martirio su capricho de permanecer quieto, con los ojos abiertos, a la espera de que lo que fuera que estuviese detrás de él avanzara. Aunque para su buena suerte, cosa que era un milagro, el sonido dejó de escucharse. Dentro de su cabeza contó los segundos, su brazo se movió hacia atrás, rozando su propia espalda, como si esperara sentir algo anormal ahí, pero no, estaba vacío. Sus labios se abrieron para permitir salir el suspiro que no sabía cuánto tiempo había contenido. Así que decidió girarse, una vez más con su mirada al techo, que ahora recorrió las paredes de su recámara, los muebles, las esquinas: el espacio estaba completamente desierto. Respiró hondo y sus manos sirvieron para frotar sus ojos cansados un par de veces hasta sentir un sutil ardor y, al bajarlas, se paralizó.
No tenía idea de qué era esa cosa. Una cabeza, sin ojos, sin nariz, sin nada más que una boca grande, sin labios y con dientes desgastados. El miedo le revolvió el estómago ya tan sensible después del vómito. Pensó en apartar la mirada, ¿adónde? Todo se oscureció, menos esa maldita cosa sobre él. Parecía piel chamuscada, vieja, estirada y deforme, con una columna vertebral incompleta más parecida a un gusano escuálido y torcido. El tic-tac de su reloj de pared recobró energías, emitiendo un sonido punzante. El colchón, sólido y suave, parecía querer engullirlo, privarlo de la luz que no merecía. Su cuerpo lo traicionó, no había orden que lo hiciera reaccionar. Cerró los ojos, y aun así la imagen de esa criatura estaba ahí, arrastrándose, dejando un camino negruzco y pegajoso.
Vete… vete, vete. Prefería la oscuridad, el silencio abismal de su mente a seguir viendo aquella cosa. Pero nada funcionaba, estaba solo, con esa porquería deforme y su desesperación inútil al no poder reaccionar, no poder correr o, en el mejor de los casos, hacer desaparecer a la cabeza.
Todo se volvió oscuro. El tictac desapareció. Por fin, también su cabeza guardó silencio.








