Capítulo 1
Sus dedos recorren una superficie desconocida. No entiende qué es. Detrás de sus párpados, sus ojos se mueven con inquietud, y una respiración larga le confirma que está viva. Rueda un poco, obligando al cuerpo a reaccionar, pero sus pulmones protestan. Está débil, acongojada. El sonido indomable de la marea la fuerza a abrir los ojos.
Siente la boca seca, los labios entumecidos. Como si algo no estuviera bien con ella, pero una vez más, no tiene la certeza de lo que podría ser. Decidida, se arma de valor para levantarse; le tiemblan las piernas pero lo ha logrado. Siente que el mundo se ha agrandado ahora que está de pie, descubriendo lo pequeñita que es a diferencia de todo lo que se alza ante su visión. Se toma unos segundos para procesar sin éxito, y mejor, estira sus brazos hacia delante y los examina.
¿Son míos?
La interrogante le llega. Claro que son suyos, son parte de su cuerpo, pero siente que son una extensión que no corresponde a ella, como todo lo demás. Luego se mira las piernas, están manchadas de polvo y agua, el pantalón corto que llega por arriba de su rodilla parece raspado, y más arriba, mientras sus manos descubren su propio torso, una parte apelmazada y rígida de su suéter la hace detenerse un poco más. Sus cejas se juntan, analizando, pero no tiene nada para hacer un diagnóstico. Se rinde con eso y emite un largo y lento suspiro, y comienza a caminar. La suela de sus botines produce un sonido extraño contra la madera del puerto. A donde sea que camine, todo se ve casi igual, lo único que cambia son los tamaños, las formas y los colores. Parece más un laberinto.
Cada paso la sumerge en extensiones de camino que parecen no tener un final, extendiéndose hacia un horizonte gris anaranjado, bordeado de cantidades infinitas de agua oscurecida. El aroma salino se funde en su nariz, pero no es desagradable. Cuando observa a sus lados, hay vagones con formas extrañas, unos parecen estar sostenidos en la nada, mientras que otros se mantienen meciéndose sobre la superficie del agua. Alrededor del camino descansan cuerdas gigantescas, sin estar atadas a nada en particular A lo lejos, alzándose alto y abandonado, un faro. Ella levanta la cabeza para verlo, admirando la paleta de colores opacos, viejos. Dentro, siente una necesidad violenta de ir que la hace dar un par de pasos.
En su recorrido descubre que no hay sol. Tampoco se distinguen los puntitos brillantes en el cielo. Algo en ella le dice que el cielo olvidó terminar su propia pintura. Su mirada cae de nuevo a esa gran construcción que con su luz parece iluminar entre las nubes.
—Es el faro.
Todo su cuerpo brinca a causa del susto, girándose hacia atrás para ver el origen de la voz. Sus pupilas se dilatan, tragándose el verde aceitunado de sus ojos almendrados. Frente a ella, está alguien, alguien pequeño y extraño, alguien a quien no tiene cómo referirse.
—¿El gatito te comió la lengua? —pregunta él. En su rostro ya está formada una expresión amigable, dejando ver los colmillos como los de un felino. Se alza con facilidad, alejándose varios centímetros del suelo, mientras se acerca a la mujer. En su cabeza, debajo de un gorro afelpado y redondo, se sacuden dos orejas afelpadas.
—¡Toc toc! ¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
Otro brinco más hacia atrás, casi enredando sus pies entre sí. Suelta un quejido bajo y gracioso.
El chico suelta una carcajada juguetona. Las mejillas de la mujer se incendian, y siente cómo sus orejas queman, así que se aclara la garganta con torpeza, señalándolo.
—Me has asustado —dice, sus labios curvados en lo que puede ser una sonrisa tímida—. ¿Estás… volando? ¿Yo también puedo? —La pregunta sale de forma natural, aunque en un pestañeo se da cuenta de que, segundos antes de esas palabras, no tenía idea de la existencia de “volar”.
El chico asiente, presumiendo con ternura que él sí puede. Sus orejas se sacuden una vez más y extiende sus brazos ocultos bajo unas mangas largas, extensas y deshilachadas, agarrando las mejillas de ella sin preocuparse en absoluto por el espacio personal. No deja de sonreír. Sus pupilas son unas rendijas diminutas que no se apartan del rostro de ella.
—¡No! —responde entre risas; parece que reír es habitual en él—. No puedes; de hecho, las personas no vuelan, ¿lo sabías? Por eso crean esos aparatos en el cielo que tanto les gusta usar. Aunque si te soy honesto, no estoy volando. Floto, flotar.
En su explicación, cada palabra sale con la comodidad de alguien que conoce a la otra persona desde hace muchos años. Ejerce un poquito de presión con las manos escondidas bajo las mangas, y deforma juguetonamente las mejillas de la chica. Otro quejido más brota en ella, peleándose consigo misma mientras decide si es mejor regañarle o reírse. Al final, mejor se aleja un par de pasitos hacia atrás, poniendo ambas manos como escudo.
—¡No hagas eso! Me arde —afirma, sus mejillas están tensas a causa de la alegría reprimida que sigue ahí—. Entonces… ¿dónde estamos? —pregunta al agarrar un poco más de confianza.
El chico gato se queda en silencio un momento, con una expresión que no delata nada, se gira y queda boca arriba, inclinando la cabeza hacia atrás para verla. Su atuendo parece moverse con él sin caer-
—¡Tantas preguntas y me haces la más obvia! —la reprende sin el verdadero afán de hacerlo. La bufanda en su cuello flota y se retuerce con lentitud en el aire—. ¿Dónde estamos? ¡No lo sé! Mejor pregúntame por tu nombre, ¿no es más interesante eso?
Le cae, una vez más, el veinte. No ha pasado mucho tiempo desde que se despertó, o eso piensa, pero él tiene razón, no tiene ni la menor idea de cómo se llama, o quién es, o qué hace aquí y qué sucedió.
Se inclina un poco hacia delante, queriendo verlo más de cerca, llena de curiosidad.
—Bien, eso tiene mucho sentido para mí. ¿Cuál es mi nombre? ¡Si lo inventas no tendrá nada de chiste!
Entre ambos, parece que hay un duelo de miradas.
—Joe —responde.
—¿Joe? ¿Así nada más?
—Sísisi, Joe.
El silencio se instala entre ambos, pero no es incómodo, es ridículo y extraño. A Joe le parece un buen nombre; de hecho, siente que siempre ha estado con ella. Un burbujeo cálido la amenaza desde el estómago. Se lleva una mano a la boca y se echa a reír sin control, pues todo le resulta absurdo. Frente a ella, el chico se suma a la risa. No tiene sentido, pero ambos están ahí, una llena de preguntas y otro lleno de respuestas. Pero para todo hay tiempo, o al menos, tiene la idea de que debería ser de esa manera.
—Me gusta, es un nombre bonito, ¿no? No sé por qué no recuerdo nada, pero me vas a ayudar a recordarlo, ¿verdad? —Su mirada dicta que espera un rotundo sí por respuesta—. De cualquier modo, ¡No seas grosero! ¿Cómo te llamas? —le pregunta, sintiendo que toda sensación de extrañeza con respecto a él está desapareciendo.
—¡Excelente pregunta! —anuncia él y se acomoda en el aire frente a ella, extendiendo sus brazos hacia arriba—. Aschi. Lo sé, un nombre novedoso, increíble y que te aseguro que jamás lo has oído, pero porque… ¡no recuerdas nada! —La carcajada le hace temblar los hombros por debajo de su atuendo holgado. Por fin, decide bajar al suelo, siendo mucho más pequeño que Joe.
—Tienes razón, sí, pero aun así ese nombre, ¿qué? ¿Te lo has inventado? ¿Quién se llama así?
—Yo, ¿no es genial? Alguien me dio ese nombre, pero lo modifiqué una nada. Lo notarías si no fueras una tonta.
Los labios de Joe se abren sin emitir una sola palabra, porque no la tiene. Esto es una locura, y mejor se frota la frente, sonriendo. No tiene cómo replicar ante eso. En cambio, se acerca a él y se inclina para estar a su altura.
—Bueno, Aschi, ¿me ayudarías a recordar mi vida? Sabes mi nombre, así que sabrás lo demás.
Aschi la mira, sus pupilas dilatándose y retrayéndose con rapidez. Una de sus orejitas se sacude bajo el gorro, y entonces, asiente con la cabeza, con una expresión que no se molesta en ocultar el orgullo.
—¡Claro! No hay quien te conozca mejor que yo, aunque preferiría no decirte nada para que te quedes aquí, siempre —sus palabras se vuelven espesas entre ambos, pero no hay malicia en ellas. La mano escondida de Aschi se alza y señala el faro—. Ese es nuestro destino, tripulación. Hay que avanzar siempre que el foco gigante esté encendido, siempre, ¡siempre! Cuando se apague, no vamos a avanzar y nos quedaremos en los vagones que tengamos cerca. ¿Entendido? ¡Es hiper súper mega importante! —explica intentando parecer serio, pero solo consigue irradiar una ternura juguetona tan grande que Joe se aguanta las ganas de cargarlo y llenarlo de mimos.
—Sí, sí. Avanzar con la luz, sin luz esconderse. ¿Me he perdido algo?
Aschi niega con la cabeza, satisfecho de que su explicación fue más que suficiente. Se apresura a tomar la delantera, adoptando el papel de un verdadero capitán y vuelve a señalar el faro, con sus pies dando un brinco sin sentido sobre la madera.
—¡Bueno! Vamos, será un viaje corto, así que puedes llenarme de preguntas, pero si prefieres esperar al final, el faro te lo dirá todo, todito —Su vocecita suave los envuelve a ambos mientras empiezan el camino. Para Joe, no parece precisamente corto, de hecho, se ve tan lejos que no entiende en qué momento van a llegar.
—No suena tan mal llegar y descubrir todo, sería casi como un regalo sorpresa gigante —dice acompañando sus palabras de una sonrisa extensa, mostrando los dientes ligeramente disparejos. No es que le importe. De hecho, no hay algo que le importe, salvo llegar al faro.
Caminan acompañados el uno del otro. No hay nadie más. No hay animales. Solo los acompaña el sonido del agua, sus propias voces y pasos. A Joe no le molesta, a Aschi no le interesa.
La conversación fluye hacia ningún punto en particular, las preguntas sobre su propia vida no llegan, porque está más interesada en escuchar lo que dice su única compañía. Aunque hace todo lo posible por seguir el hilo de la conversación, Joe se pierde y termina por preguntar.
—¿Entonces eres un gato?
Aschi se detiene y se coloca frente a ella con un salto, las manos dobladas hacia delante en una pose ridícula.
—Sí, ¿lo dudas? ¡No me importa! No te enseñaré mis orejas.
Más adelante, en otro tramo que a Joe le parece idéntico a los anteriores, le pregunta por qué no parece un gato.
—¡Porque aquí puedo adoptar la forma que más me gusta!
Su respuesta no convence a Joe en absoluto.
—¿Entonces por qué yo no puedo ser otra cosa? Me has hecho recordar las flores, ¿por qué no puedo ser un tulipán rojo?
La pregunta carece de sentido en las orejas del chico gato, así que la ignora de forma maestra moviendo sus brazos tal cual un fantasma. Luego, cambia de tema como quien cambia de canción.
—Sabes, a mí me encanta comer. ¡Me daban mucha comida! Pero nunca me dejaron probar cosas que olían deliciosas —canturrea mientras avanza paso a pasito, casi trotando. Las mangas de su suéter se mecen, bailando con la bufanda, totalmente despreocupado.
—¿Te daban? ¿Ya no? ¿Y tu familia? —La pregunta cae suavemente, pero los brincos de Aschi se detienen.
Joe se acerca un poco, con la amarga sensación de haber preguntado algo que no debía.
—Me abandonó. Se fue. —El tono de su voz se vuelve más bajo sin perder el tono dulce.
Joe se agarra los dedos entre sí, desconoce qué decir, siente que es la menos indicada para hablar dado que sus memorias no están. Tan solo tiene conocimientos vagos que ha adquirido mientras habla con él, pero no es para nada suficiente. Solo es Joe: una chica sin un pasado que defina su presente. Así que mejor rodea a Aschi y se pone de cuclillas frente a él, devolviéndole el gesto de agarrar sus mejillas con ambas manos, descubriendo que tiene una piel suavecita y apretujable.
—No debí preguntar. Eso suena muy doloroso. Yo no sé si tengo, pero, ¿qué te parece esto? Seamos familia —sugiere, ofreciendo algo que ni ella misma comprende.
Aschi da un par de parpadeos rápidos. La expresión se le suaviza y se llena de emoción, acompañada de un fino arrugamiento de la nariz. Las orejas bajo el sombrero adoptan un ángulo más inclinado.
—Pero ya somos familia, Joe. ¡Duh! —apenas termina de hablar, se lanza a Joe, envolviéndola con más tela que cuerpo, frotando su cabeza en ella, casi como si en verdad fuera un gato. La carcajada de Joe resuena, pero también lo abraza, sintiendo su calidez.
—Me parece justo —susurra Joe, y por un momento, sus párpados caen como un velo. Inhala el aroma de Aschi, pero carece de palabras elegantes para describir el aroma, aunque decir que huele como el sol queda perfectamente, y eso la hace sentir como en casa. Su corazón se aflige un poquito, sus dedos se clavan en él con más fuerza de la necesaria, como si temiera que desaparezca y no lo vuelva a ver. No puede evitar inclinarse más, buscando el consuelo entre el gorrito del chico gato. Por alguna extraña razón, sus ojos se vuelven vidriosos con lágrimas que se derraman una tras otra, dejando pequeñas manchas húmedas en Aschi. Aprieta los labios en una línea curva, su mentón tiembla.
—No lo entiendo, pero… haces que me sienta bien y triste, y con un extraño sentimiento de… ¿culpa? —Su voz se quiebra y respira hondo, sin querer apartarse—. ¡Ay, válgame! No soy capaz de reconocer mis propios sentimientos.
Su afirmación no se pierde, Aschi responde con una vibración minúscula, lo que podría significar un ronroneo. A su izquierda, ajena al momento cálido de ambos, a más de un metro, la marea se agita, reclamando la madera que por más vieja que se vea se mantiene intacta. Parece reaccionar a los sentimientos de Joe.
—¡Estás manchando mi gorrito! —se queja Aschi, evitando con toda intención seguir la conversación de Joe. Debe, pero no quiere. Al inicio, pensó que podría hacerlo, pero ahora prefiere que esto dure para siempre. Supone que eso significa ser egoísta.
Pasa un ratito antes de que Joe se levante. Tiene la nariz enrojecida y tiene que sorber por la nariz, mientras sus manos hacen el intento por limpiarse el rastro de lágrimas, a pesar de que su felicidad se mantiene dentro de ella. Se acomoda la ropa solo para espabilar, y aprovecha para darle una palmadita suave en la cabeza de Aschi, quien parece inclinarse sobre la punta de sus pies, buscando más de esa bonita atención. Ambos comparten una risa más, como si aquí no existiera un límite para la capacidad de reír. Cuando ambos están de acuerdo en que deben continuar, lo hacen, conversando, haciendo más ligero el viaje.
Sin embargo, ignoran la furia de la marea, y cómo la luz del faro está menguando, pues perdidos en ellos mismos, el tiempo realmente no los espera.
Por debajo de ambos, un fuerte golpe los levanta del suelo. Joe patalea, y antes de caer es sostenida en el aire por Aschi, evitando el impacto.
—¡Ay! ¡¿Qué ha sido eso?! —cuestiona Joe, mirando alrededor, notando por fin que la luz se está ocultando. Cuando sus pies tocan el suelo, vuelve a sentir algo abajo, rozando la superficie del agua. El miedo emerge sutilmente, sin pedir permiso.
Aschi ya tiene la cabeza asomada por el borde del muelle, su corazoncito latiendo a mil por mil. Se gira, solo para descubrir que a la luz del faro no le queda tiempo. El golpe de realidad le ha llegado, ha pospuesto demasiado el primer descanso. Se supone que no debería ser así. Su mano vuela hacia la muñeca de Joe, y tira de ella.
—¡Corre! ¡Al vagón a la derecha! —Su voz delata el grado de alarma que siente, pero ya está corriendo. No puede mantenerse flotando mucho tiempo cargando a Joe, así que prefiere no arriesgarse.
Ambos corren, sus piernas moviéndose con rapidez. Él tiene la mirada fija hacia delante, sin perder de vista el camino y el vagón, pero Joe no puede evitar mirar hacia atrás, buscando lo que sea que golpeó con fuerza la madera bajo sus pies. ¿Será algún animal? Debe ser uno gigante. Al volver su atención hacia delante, sus ojos se agrandan; algo, algo enorme, está emergiendo por la abertura entre dos caminos. El suelo tiembla, los vagones se tambalean y las cuerdas se deslizan hasta desaparecer.
—¡Aschi, espera! ¡Algo viene…!
Su voz se pierde en el estruendo. La madera se hace pedazos en una explosión de astillas y agua que se esparcen sin dirección, pero eso no es lo peor. Lo peor yace delante de ella. Es algo que solo nace de la imaginación, en los sueños, pero no es nada comparado a verlo en persona. La criatura se eleva con fuerza, cubre todo el campo de visión de ambos, bañándolos de una oscuridad densa y húmeda. El sonido que emite les perfora con suavidad, y ambos se sueltan. Una de las aletas de la criatura derriba la plataforma donde los dos están. Entre gritos se separan, y quien se hunde bajo el agua es Joe. El agua no pregunta, se abre paso en su boca y su nariz, y por Dios, es fría, demasiado. Joe se mueve, los brazos sacudiéndose hacia delante con desesperación, pero nadar nunca ha sido lo suyo. Cuanto más forcejea, más se hunde. Las lágrimas se desvanecen en el vasto mar que la está engullendo.
Una vez más, el sonido llega a ella, puede sentir las ondas remover su piel.
Es el canto de una ballena. Lo recuerda, en algún momento frente al televisor lo escuchó, aunque por desgracia, aquí todo parece deformado, como una frecuencia interferida.
Su boca se abre inútilmente, no hay nada más, solo una extensión oscura en la cual no parece tener fondo. Está perdiendo fuerzas, el agua la mece y cuando gira, puede ver la magnitud de aquella bestia; decir que es enorme no le hace justicia, intentar calcular su longitud es ridículo, porque no se puede. Sus aletas baten el agua con dominio, la negrura de su piel solo es visible porque emana un tenue brillo blanquecino tan parecido a las gotas de nieve al caer del cielo. Su hocico se abre, dentro no hay una lengua, no hay dientes, solo está un vacío con los colores más preciosos que Joe jamás ha visto. Es lo más parecido a una nebulosa barnizada con pinceles uniformes, cubierta por colores llenos de vida.
Muy en el fondo, Joe desea ser engullida por la ballena. Es demasiado hermosa. Pero duele, todo su cuerpo está siendo aplastado, su corazón se desborda de pánico animal. Su mente se fragmenta, la visión se vuelve una cacofonía de recuerdos que la harían gritar si pudiera. Sacude la cabeza, empuja su cuerpo a otra dirección para no ver aquel vacío nebuloso, pero solo le deja la sensación de que esa ballena colosal está detrás de ella. Todo se vuelve más denso, ni siquiera es oscuridad, no es la negrura que ve al tener los ojos cerrados, es algo más, algo para lo que no tiene nombre, porque es la nada.








