Chica nueva
Capítulo 1
Era dulce. No se me ocurre otra palabra para describirla.
Era la chica más hermosa que había visto en mi vida. La conocía desde niño y, desde que tengo memoria, siempre sentí algo especial por ella. Me ayudaba cuando no entendía un ejercicio del colegio, me defendía de los niños que se burlaban de mí y aparecía justo cuando peor me sentía.
Nunca olvidaré una tarde en clase. Unos chicos empezaron a reírse de mí por ser el callado del grupo. Yo bajé la cabeza, como siempre hacía, pero ella se levantó de golpe y se puso delante de mí. Le temblaban las manos, lo recuerdo perfectamente, y aun así no retrocedió hasta que se marcharon.
Después se giró hacia mí y sonrió.
-¿Estás bien? Yo siempre te protegeré.
A veces pienso que me enamoré de ella en ese mismo momento.
Cuando terminamos el colegio dejamos de hablarnos. No hubo una pelea ni una despedida; simplemente cada uno siguió su camino. Nunca supe dónde estudió después, si abandonó los estudios o si se marchó lejos. Con los años olvidé muchas cosas, pero esos recuerdos siguieron conmigo.
Ahora estaba en tercero de universidad, mi último año. Para entonces ya había dejado atrás todo lo relacionado con el amor. No porque hubiera sufrido una gran decepción, sino porque me parecía una pérdida de tiempo pensar en eso a nuestra edad. Mi única preocupación era terminar la carrera y averiguar qué haría después.
Por las tardes trabajaba en una pequeña tienda de antigüedades del pueblo. El sueldo apenas me alcanzaba para pagar los estudios, así que pasaba las mañanas en la universidad y las tardes y noches rodeado de muebles viejos, relojes parados y libros cubiertos de polvo. Esa era mi rutina. Día tras día.
Me sentía vacío, aunque ya me había acostumbrado a esa sensación.
Todo empezó a cambiar una mañana cualquiera.
Una chica nueva entró en clase. Venía transferida de otra universidad cuyo nombre ni siquiera conocía. Se llamaba Paty.
No le presté demasiada atención. Seguí leyendo los apuntes de Historia mientras me preparaba para el examen de la semana siguiente.
A mi alrededor se escucharon murmullos.
-Madre mía, qué guapa.
-Menudo mujerón.
Fingí no oír nada y continué estudiando.
Entonces la profesora habló:
-Paty, siéntate donde quieras. Espero que te sientas cómoda en esta clase.
Ella eligió una mesa junto a las chicas. Lo curioso fue que, apenas unos minutos después, ya estaba hablando con medio aula. Chicos y chicas se acercaban a preguntarle cosas y ella respondía sonriendo, como si llevara semanas allí.
Yo seguí en mi sitio del fondo, terminando el tema que necesitaba estudiar. Me parecía mucho más útil eso que conocer a personas con las que probablemente dejaría de hablar en menos de un año.
Levanté la cabeza un momento. Paty estaba hablando con un grupo de compañeros. Tenía el pelo negro y una sonrisa tranquila. Parecía haberse integrado en la clase desde el primer minuto. Volví a bajar la vista y seguí leyendo.
Cuando terminaron las clases salí como siempre con la bicicleta. El cielo estaba gris, pero no le di importancia. A mitad de camino empezó a llover de golpe y recordé demasiado tarde que había olvidado el paraguas.
Me refugié bajo el pequeño tejado de la entrada mientras la lluvia golpeaba el patio con fuerza. El agua corría por las escaleras formando pequeños ríos. Saqué el móvil por costumbre, vi que no tenía mensajes y lo guardé otra vez.
Escuché pasos apresurados.
Perdón, ¿puedo ponerme aquí?
Levanté la vista. Era Paty, la chica nueva de la clase. Estaba algo mojada y sostenía una carpeta sobre la cabeza.
Claro.
Gracias.
Se colocó a una distancia prudente y soltó un suspiro de alivio.
Creí que iba a acabar nadando hasta casa.
Sonreí un poco.
Todavía estás a tiempo.
Ella rió suavemente, sin exagerar.
No me des ideas.
Durante unos segundos nos quedamos mirando la lluvia. Paty parecía tranquila, como si no le incomodara el silencio.
Tú eres de mi clase, ¿verdad? —preguntó.
Asentí.
Soy Paty. Aunque creo que ya me presenté esta mañana.
Sí… lo recuerdo.
Menos mal. Me daría mucha vergüenza tener que presentarme dos veces el mismo día.
Sonrió de nuevo. Era una sonrisa sencilla, amable, de las que hacen fácil seguir hablando.
¿También olvidaste el paraguas?
Sí.
Entonces somos dos.
Abrió la carpeta y miró el horario que llevaba dentro.
Y encima mañana tenemos examen de historia. La lluvia ha elegido un mal día para existir.
Yo ni me acordaba del examen.
Me miró sorprendida.
¿En serio? Acabas de salvarme el estudio. Si tú no te acordabas, significa que todavía puedo fingir que no existe.
Negué con la cabeza, riéndome un poco.
No creo que funcione así.
Déjame vivir en mi fantasía cinco minutos.
Guardó el horario y se apartó un mechón de pelo húmedo detrás de la oreja...
La lluvia empezó a disminuir.
Paty dio un paso hacia adelante y miró el cielo.
Creo que ya puedo correr hasta la parada.
Luego volvió la cabeza hacia mí.
Nos vemos mañana.
Vale.
Que no te vuelvas a olvidar el paraguas.
Lo intentaré.
Ella sonrió una última vez y salió corriendo entre los charcos. Antes de doblar la esquina levantó la mano en un gesto de despedida.
Yo esperé unos segundos más bajo el tejado.
Había sido una conversación normal. Amable. Nada especial.
Y quizá por eso me sorprendió descubrir, mientras empezaba a caminar hacia casa, que seguía pensando en aquella sonrisa tranquila bajo la lluvia.
El despertador sonó a las 5:30.
Me levanté con el mismo cansancio de siempre, me vestí rápido y salí hacia la universidad antes de que amaneciera del todo. A esa hora las calles estaban casi vacías y el ruido de la bicicleta parecía demasiado fuerte.
Llegué con quince minutos de sobra. Me senté en mi sitio del fondo y abrí el libro que llevaba varios días leyendo. Era una costumbre más que un hobby; leer me ayudaba a no pensar demasiado.
Poco a poco el aula se llenó de voces. Algunos discutían sobre un partido, otros enseñaban vídeos en el móvil y varios hablaban tan alto que parecía imposible que escucharan al profesor después. Yo seguí leyendo.
La primera hora ya había empezado cuando llamaron a la puerta.
Levanté la vista.
Era Paty.
Entró deprisa, sujetando una carpeta contra el pecho.
Disculpe la tardanza. Tuve un problema de camino.
El profesor la observó unos segundos.
Primer día y ya llegas tarde. Siéntate, pero que no vuelva a pasar.
Sí, profesor. Lo siento.
Caminó hasta su mesa, situada en la esquina opuesta a la mía. Se sentó, abrió los apuntes y durante el resto de la clase apenas se movió.
Cuando sonó el timbre, varios compañeros fueron directamente hacia ella. En menos de cinco minutos ya estaba hablando con medio aula. Sonreía, escuchaba con atención y recordaba los nombres que le decían, como si llevara semanas allí.
En el recreo me senté solo en una mesa de la cafetería. Abrí el libro mientras el ruido de las conversaciones llenaba el lugar.
Levanté la vista un momento.
Paty estaba rodeada de gente.
Volví a leer
Unos segundos después sentí la extraña impresión de que alguien me observaba. Alcé la cabeza de nuevo.
Ella seguía hablando con sus compañeros.
Seguramente había sido imaginación mía.
Seguí leyendo, aunque ya no recordaba la última línea que había leído.








