Caputulo - 24 horas, 1 círculo
El sol se asomó por la ventana. Otra vez la rutina sin saber por qué tenía que seguirla, pero igual lo hacía. Se lavó la cara. Se cambió el uniforme… o quizás una identidad. Se sentó a comer. Algo en eso dejó de tener lo que antes lo hacía especial. ¿Qué era? Tampoco lo supo. Ni él mismo lo sabía. Cada cucharada lo acercaba a lo que venía, hasta que no quedaba nada más. Se levantó y preparó su mochila. Camino . Bajo las escaleras. Sus padres lo saludaron.
Estaban orgullosos de esta nueva etapa que atravesaba. Salió a la calle. El viento que siempre lo rodeaba ahora se sentía más frío que antes. Solo había un camino. Lo demás… era distracción.
Paso a paso, se acercaba a su destino. Para algunos, entrar a un nuevo colegio era emocionante. Para otros, intimidante. Pero para él… no tenía sentido. Está apagado. Llegó. Otra vez frente a una puerta. Sabía que cualquier decisión, cualquier acción, marcaría cómo lo verían el resto del ciclo.
Entró. Unas señoras marcaron su asistencia. Al otro lado, una gran cantidad de estudiantes estaban alineados en columnas según su grado y sección. Solo quedaba caminar y encontrar el lugar al que pertenecía.
Pasó por delante de todos. Era el único que lo hacía. Los demás iban por detrás. Él, por delante. Todos lo miraban. Pero no le importaba. Solo avanzaba, con una sensación extraña… como si estuviera viviendo en automático. Ya no recordaba qué comió. No recordaba por dónde vino. Ni siquiera qué hacía ahí… o cómo llegó.
Se ubicó en la columna que le correspondía. Nadie hablaba. Todos esperaban que el director diera inicio a este nuevo comienzo.
Se quedó parado, esperando. La mochila pesaba. El silencio se alargaba. En una esquina, varios hablaban. Se conocían desde hacía años. La dinámica fluía. Aquí no. Pasaron los minutos hasta que una persona subió al estrado. Todos guardaron silencio. Un hombre bien vestido, con el bigote cuidado y el cabello en orden, tomó aire antes de hablar.
—Muy buenos días a todas y todos los estudiantes…
Su voz se extendió. Dio la bienvenida. Habló de nuevas etapas, de metas, de finales y comienzos. Las palabras pasaban… pero no se quedaban.
—…doy por iniciado este nuevo año —terminó.
Y de pronto:
—¡Distancia!
Todos obedecieron.
—Cambio por un mejor país —gritaron.
—¡Firmes!
—Responsabilidad.
—¡Descanso!
—Respeto.
—¡Atención!
—Superación.
Todo ocurría al mismo tiempo. Coordinado.. Él solo seguía. Aún no sabía qué se suponía que debía hacer. Pero para eso venía, ¿no? Para aprender. Luego entró la escolta. Chicos altos, ordenados, impecables. Uno llevaba la bandera. Seis más lo seguían. Empezó el himno . Los profesores cantaban. El director cantaba, orgulloso, mirando la bandera. En las filas… era distinto. Algunos no miraban. Otros no cantaban. Algunos hablaban en voz baja. Hasta que todo terminó.
Sube otra figura al estrado. Una mujer pequeña, de voz suave, casi frágil. Rezó. Todos repitieron palabras que ya conocían de memoria. Él también lo hizo. No sabía por qué… pero había algo de paz en seguir la corriente. Termina de golpe. La escolta se retiró. Y finalmente, los enviaron a sus aulas.
Primer día. Solo habían pasado treinta minutos… y ya se sentía pesado. Llegó hasta su fila una profesora. Demasiado arrugada para ser joven. Demasiado firme para ser vieja. Dio instrucciones claras. Que la siguieran. Y todos obedecieron. Caminaron hasta el lugar donde estarían por varios años.
El aula mesas unidas de a dos, como si la integración fuera obligatoria. No había prisa. Algunos ya se conocían. Hablaban, se sentaban juntos, reían. Él no. Era un extraño entre otros pocos. Eligió el asiento del fondo. Ahí había algo de paz, hasta que alguien se sentó a su lado. No lo conocía. Él tampoco. Ninguno hablaba. Ninguno miraba. La profesora se sentó y dejó las cosas claras:
—Este no es un lugar para hacer lo que quieran. Existen reglas. En la sociedad hay reglas que deben seguirse… para evitar el colapso.
Luego ordenó abrir los cuadernos. Diferentes colores. Diferentes cursos. Nombres que no significaban mucho. Para él, solo existían dos: matemática y comunicación. Lo demás… relleno. Pero si quería evitar problemas, debía seguir órdenes. Suspiró. Esa sensación… no era agradable. Pero tampoco era nueva. Solo que no sabía por qué.
—Primera actividad: hablen con su compañero de al lado.
Lo veía venir. Volteó. Su compañero tenía el pelo lacio, el rostro marcado… algo extraño en su forma. No sabía cómo empezar.
—Hola, mucho gusto. Soy Miguel —dijo, nervioso, extendiendo la mano.
—Soy Aidem. Un gusto —respondió con calma. Después de todo, no sería la primera ni la última vez.
—¿Y bien? ¿De qué te gustaría hablar? —fue directo.
—De cualquier cosa —respondió él, automático.
—Podemos hablar de fútbol. ¿Tienes un jugador favorito?
Silencio interno. No veía fútbol. No tenía televisión para eso.
—Claro… Rafael García.
La respuesta salió sola. ¿Por qué dijo eso?
—¿En serio? A mí también me gusta —dijo Miguel, emocionado. Funcionó.
—¿Hay algo más de lo que quieras hablar?
—No sé… ¿qué quieres tú?
Era obvio que eso quería escuchar.
—¡Podemos hablar de dibujos! A mí me gusta “El último vagón”, es buenísimo —y siguió. Habló sin parar.
Aidem escuchaba… o al menos eso parecía, porque en realidad no entendía mucho. A veces miraba alrededor. Algunos seguían en silencio. Otros hablaban como si se conocieran de toda la vida. Porque sí… se conocían. Al frente, la profesora se levantó.
—Ya basta.
Las conversaciones murieron al instante. Era hora de clases. Para eso vinieron, ¿no? La tiza rozaba la pizarra con golpes suaves y repentinos, produciendo un sonido que, por momentos, parecía una melodía armónica. La profesora escribía. Los demás copiaban.
Aidem también, palabra por palabra. Las matemáticas se desplegaban en la pizarra con un ritmo lento, como si intentaran enseñarles la forma en que el mundo podía traducirse a números y variables.
Algunos observaban confundidos. Otros se recostaban sobre la mesa, dejándose arrullar por el sonido de la tiza, como si fuera una canción de cuna. Solo unos pocos seguían atentos, esperando la siguiente línea.
Los minutos pasaban. El ambiente se volvía pesado. Susurros a la izquierda. Murmullos a la derecha. Miguel terminó recostado sobre la carpeta. Aidem apoyó el codo sobre la mesa y descansó la cabeza sobre su puño, sin dejar de copiar.
Cuando la profesora terminó de escribir, despertó a los que dormían y anunció que revisaría los cuadernos en unos minutos. Y así fue. Revisó uno por uno. A medida que avanzaba, se enderezaba con una expresión de creciente decepción.
—¿Cómo es posible que niños de seis años, que ya no están en inicial y dejaron de ser bebés, sigan haciendo estas salvajadas en sus cuadernos? No voy a aceptar ninguno hasta que mejoren su letra.
Varios sacaron sus borradores de inmediato.
Borraron con apuro. Reescribieron. Aidem observó a los demás. Él ya había terminado. Su letra era legible. Había hecho exactamente lo que se pidió. No hubo ninguna queja. De hecho, la profesora lo felicitó. Pero eso no le produjo satisfacción. ¿Por qué? No lo sabía. Todo transcurría con lentitud.
Parecía que una vida entera había pasado cuando, en realidad, apenas había transcurrido un minuto. Tal vez era el silencio del aula. O la sensación de que el tiempo se estiraba cuando no había nada que esperar. El timbre interrumpió aquella quietud y anunció la hora del descanso. Todos salieron del salón. Algunos parecían liberarse. Otros corrían a reunirse con sus compañeros o con amigos de años anteriores. Tal vez debería hacer lo mismo, pensó Aidem.
Caminó por el centro del gran patio, lleno de estudiantes con rostros cansados. Solo había pasado un día y ya parecía que toda la energía infantil se había desvanecido. Aidem se acercó al estrado y se sentó allí, observando a los demás. No pasó mucho tiempo antes de que Miguel apareciera otra vez. Esta vez hablaba con un tono más relajado, menos forzado que durante la primera conversación.
—Oye, Aidem, ¿qué haces?
—Nada. Solo estoy aquí sentado.
Miguel sonrió y comenzó a caminar hacia el otro patio.
—Deberías venir. Conozco a un grupo al que podrías unirte… y a todos les gusta ese futbolista que mencionaste.
—Claro, estaré ahí —respondió Aidem.
Miguel se alejó satisfecho. Aidem, sin embargo, no fue. Se puso de pie y continuó caminando, observando el entorno. El colegio estaba formado por construcciones de hasta dos pisos, pintadas de verde y blanco.
En una esquina, un grupo numeroso de estudiantes se agolpaba frente al quiosco, comprando aquello que más les apetecía. Otros gastaban sus monedas en figuritas de la fotocopiadora, saliendo con los bolsillos vacíos y las manos llenas de tarjetas. Al doblar a la derecha, encontró la zona de juegos. Más que un lugar para divertirse, parecía un espacio apartado del resto.
Los juegos estaban gastados, aunque seguían en pie. Había barandillas, columpios y una estructura peculiar: cubos de fierro unidos hasta formar un cubo más grande. No existían reglas claras para usarlo. Eran los propios niños quienes le daban significado. Algunos trepaban hasta la parte más alta, como si la altura les otorgara superioridad. Otros permanecían abajo, intentando atravesar la estructura sin chocar con los demás.
Aidem completó su recorrido justo cuando sonó el timbre que anunciaba el regreso al aula. Paso a paso, regresó al aula. Mientras caminaba, observó nuevamente aquel cubo de barras metálicas. Los niños que estaban en la parte más profunda luchaban por salir. Se arrastraban, chocaban con los tubos y, a veces, caían en el intento. En cambio, quienes estaban en la cima descendían sin mayor dificultad. Aidem siguió caminando. Llegó al salón junto con varios de sus compañeros y volvió a su asiento. Las últimas horas de clase transcurrieron igual que las anteriores: escuchar, copiar y esperar. Finalmente, sonó el timbre de salida. Guardó sus cosas y salió junto con los demás. Muchos corrían con apuro, como si el simple hecho de terminar el día fuera un milagro. El primero de cientos que aún faltaban. Aidem caminó hasta la puerta del colegio y se sentó junto a otros niños que esperaban ser recogidos. Permaneció allí hasta que escuchó su nombre. Se levantó y fue al encuentro de su madre.
Caminaron juntos hasta el paradero más cercano. Su madre apenas lo miró. Solo cuando subieron al bus le hizo la pregunta obligatoria.
—¿Y cómo te fue hoy?
—Bien —respondió Aidem, sin pensarlo demasiado.
—Bien —repitió ella, como si la respuesta bastara.
Después de eso, no volvieron a hablar durante el resto del trayecto. Bajaron del bus y caminaron bajo el cielo gris, atravesado apenas por algunos rayos de sol que lograban escapar entre las nubes densas que cubrían la ciudad. No era un detalle importante. Pero hacía que todo pareciera un poco más pesado. Finalmente llegaron a casa. Aidem abrió la puerta. Era la misma casa de la que había salido esa mañana, pero ahora se sentía distinta, como si la estuviera viendo por primera vez.
Adentro solo estaba su hermana menor, de apenas dos años. Unas sandalias tiradas en el suelo indicaban que su padre, una vez más, no estaba. Aidem no le dio importancia.
Se preparó para comer. Después de todo, lo único que sentía con claridad en ese momento era hambre.
Aidem se cambió y se puso ropa cómoda. Fue a la sala y comió. Ahora quedaba la gran pregunta: ¿qué iba a hacer con la otra mitad del día? Mientras pensaba en ello, terminó de almorzar y regresó a su cuarto. Miró a su alrededor. Era un espacio pequeño, de aproximadamente tres por tres metros. Si no fuera porque era su propia casa, cualquiera habría pensado que se trataba de un microdepartamento.
Tocó las paredes. Aún se sentían frías, como si el cuarto acabara de ser construido o como si el frío nunca abandonara ese lugar. No estaban pintadas; solo cubiertas con una capa blanca de yeso.
Como escritorio usaba un baúl. Tenía un armario pequeño y varios libros acumulados que casi nunca abría. La cama ocupaba la mitad del espacio. Y, como silla, podía usar un cesto… o simplemente el piso. No le dio más vueltas y salió del cuarto. El resto de la casa tenía el mismo tono blanco y desnudo.
Poco a poco, Aidem fue reconstruyendo el lugar en su mente, recordando aquello que se suponía debía conocer. Al menos, lo esencial. Al fondo del pasillo había una habitación desocupada. Parecía recién construida, aunque al mismo tiempo daba la impresión de haber estado allí desde siempre. Aidem entró. Era un espacio modesto, de unos cinco por tres metros. No había nada, salvo algunas telarañas. Salió casi de inmediato, con la extraña sensación de que faltaba algo. No sabía qué. Para volver a la sala debía atravesar un pequeño pasadizo con vista al primer piso, donde vivía su tío. Al igual que su padre, rara vez estaba en casa. Más arriba se encontraba el tercer piso, donde su padre trabajaba. Aidem nunca subía allí. No sabía exactamente por qué.
Una vez en la sala, bajó las escaleras hasta la puerta principal. Junto a ella estaba la entrada al primer piso. Frente a la escalera colgaba un cuadro religioso que parecía custodiar la casa con una bendición silenciosa.
Según sabía, su abuela era profundamente creyente. Tanto, que la casa había sido construida cerca de una iglesia, solo que nunca la ha visto.
Al ingresar al primer piso encontró un ambiente desordenado. Había cajas apiladas, sillones rojos cubiertos con mantas verdes, el retrato de quien suponía era su abuelo y varios cuadros llenos de figuras geométricas y espirales coloridas.
Continuó recorriendo el lugar. Después de atravesar una cocina sencilla, llegó al patio interior. Desde allí podía verse el cielo, ya que esa parte de la casa no tenía techo. Siguió avanzando hasta llegar al cuarto de su tío. Una cama. Cajas acumuladas. Una computadora al costado. Nada más.
Era amplio, quizá demasiado para una sola persona. Al llegar hasta allí, comprendió que ya no quedaba nada por explorar. Así que regresó al segundo piso. La sensación de desconexión seguía allí… pero ya no era tan intensa.
Aidem se detuvo frente a la escalera y miró hacia el tercer piso. Soltó un suspiro y volvió a lo que estaba.
Ahora sí se sentía en casa. Y entonces volvió la misma pregunta: ¿Qué iba a hacer con las horas que faltaban para que llegara el día siguiente? No encontró una respuesta. Así que decidió hacer lo primero que se le viniera a la mente.
Terminó jugando con unos carritos que le habían regalado años atrás. Los acomodó con cuidado para que todos cupieran en fila. Luego eligió cualquiera y lo hizo rodar por los desniveles del piso o contra la pared, solo para observar cómo reaccionaba. Cuando eso dejó de entretenerlo, imaginó choques entre los vehículos. Pensó en cómo saldrían despedidos los pasajeros invisibles en el interior. Y cuando incluso eso dejó de ser interesante, solo le quedó acostarse en la cama, con la misma sensación de siempre: que algo faltaba. Y sin saber si era mejor no descubrir qué era.
Las horas pasaron rápido. Cuando Aidem levantó la mirada, el cielo ya estaba oscuro. Un frío tibio comenzó a recorrer la casa. Sabía lo que eso significaba. Guardó los carritos a toda prisa, tomándolos por grupos y arrojándolos dentro de una caja.
Después fue a la sala. Ya lo estaban llamando para cenar. Antes de sentarse, se detuvo frente a la puerta que conducía al primer piso. La abrió y observó en silencio. De noche, todo se veía distinto. Oscuro. Apenas iluminado por la luz que se filtraba a través de los vidrios de la puerta principal.
—¿Qué haces mirando? —escuchó a su lado.
—Solo observaba —respondió Aidem. Y era verdad. Ni siquiera él sabía qué esperaba encontrar. Solo sentía curiosidad por algo que no lograba nombrar. No le dio más vueltas.
Cenó en silencio mientras su madre alimentaba a su hermana menor, que apenas podía sostener la cuchara. Luego volvió a su cuarto. De noche no tenía luz propia, así que solo quedaba dormir a oscuras.
Nunca le agradó la idea de cerrar los ojos y permanecer así durante ocho horas, sin saber qué ocurría mientras tanto. Se acostó mirando al techo.
Luego giró hacia la derecha para observar la ventana, por si había alguien afuera. Voltearse hacia la izquierda era impensable.
Permaneció inmóvil, esperando a que el sueño llegara o a que el cansancio lo obligara a dejar de pensar.
A veces acomodaba las frazadas entre la cama de arriba y la de abajo, formando una especie de campamento improvisado. Allí adentro, protegido por esa pequeña fortaleza de tela, finalmente se quedó dormido.








