Capítulo 1. Flor de piel.
La tarde se derramaba despacio sobre la casa, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos. El sol, ya bajo, se colaba por las cortinas de lino en franjas largas y doradas, iluminando el polvo que bailaba en el aire y los muebles de madera que habían elegido juntos, recorriendo tienda por tienda, discutiendo entre risas si ese color o aquel estilo quedaba mejor. Todo ahí respiraba a ellos: a los años que llevaban, a las promesas que se habían hecho, a la vida que habían construido ladrillo a ladrillo.
Marjorie se quedó de pie unos instantes junto al sofá, observándolo. Lucas estaba recostado, con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en el respaldo y una mano descansando con peso sobre el pecho. Se había quitado la corbata al entrar y había desabotonado los primeros botones de la camisa, dejando ver un poco de su piel morena. Se veía cansado, sí, pero en cuanto ella se había acercado, esa línea de tensión que siempre le marcaba la frente durante el día se había desvanecido por completo.
Ella alzó la mano y pasó los dedos muy suavemente por su cabello oscuro, acomodando un mechón rebelde que se le había caído sobre la frente. Lo hizo con tanta delicadeza como si fuera a romperlo, disfrutando de la sensación familiar de su cabello entre los dedos, de la calidez que emanaba su cuerpo. Aún después de tres años, el corazón se le aceleraba de esa misma forma dulce y tranquila cada vez que lo tenía cerca. No necesitaba grandes lujos ni viajes lejanos; con este silencio compartido le bastaba y le sobraba.
—Si sigues mirándome así, voy a empezar a creer que te has enamorado de otra persona —murmuró él de repente, sin abrir los ojos, pero con esa media sonrisa que siempre le iluminaba la cara y le derretía el alma a ella.
Marjorie soltó una risita bajita, que sonó como un suspiro en medio de la habitación, y se sentó despacio en el borde del sofá, sin dejar de acariciarle la sien con el dorso de los dedos.
—Es que te ves tan tranquilo… tan en paz. Y me gusta saber que soy yo quien te da esa calma.
Lucas abrió los ojos entonces. Sus ojos oscuros la buscaron al instante, llenos de esa ternura profunda y segura que ella creía que nadie más en el mundo podría provocarle. Alargó la mano y le tomó la suya, entrelazando sus dedos con mucha lentitud, como si quisiera asegurarse de que ella estaba ahí, de que era real.
—Tú eres mi paz, Marjorie. Todo lo demás es ruido. Desde que te conocí, todo lo demás pasó a segundo plano. ¿Sabes lo afortunado que me siento cada noche al dormir sabiendo que estás a mi lado? ¿Que no importa lo difícil que se ponga el día, al llegar aquí todo se arregla porque estás tú?
Ella sintió que se le llenaban los ojos de un calor dulce, y se inclinó para besarle la frente, despacio, dejando que sus labios reposaran unos segundos sobre su piel. Él aprovechó para rodearla con el brazo y atraerla hacia sí, hasta que ella terminó recostada a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro y el oído pegado a su pecho, escuchando el latido firme y rítmico de su corazón. Sonaba a seguridad, a hogar, a futuro.
Se quedaron así un buen rato, sin hablar. Nadie miraba el reloj, nadie tenía prisa por ir a ningún lado. Ella le fue contando cosas pequeñas, insignificantes a los ojos de cualquiera, pero que para ellos eran parte de su mundo: que las rosas del jardín habían abierto por fin, de un color rojo intenso que le recordaba a su cabello; que el panadero de la esquina le había guardado esa hogaza de pan crujiente que a él tanto le gustaba; que había encontrado una manta suave de color crema en una tiendita del centro y se había acordado de cómo a él le gustaba tener algo caliente encima cuando veían películas los domingos por la tarde. Lucas la escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando, apretándole la mano o dejando un beso en su cabello para decirle que la estaba escuchando, que cada palabra suya tenía importancia para él.
Cuando el sol empezó a esconderse del todo y la luz se volvió más tenue y azulada por las ventanas, se levantaron juntos hacia la cocina. Lucas no se fue a sentar a mirar el celular ni a ver la televisión; se quedó ahí, a su lado, tomando el cuchillo y empezando a picar las verduras con cuidado, moviéndose por el espacio reducido sin chocarse con ella, como si conociera cada uno de sus movimientos de memoria. Ella encendió la estufa, olió el aroma del guiso que empezaba a formarse, y de vez en cuando giraba la cabeza para mirarlo, y él le devolvía la sonrisa de inmediato, esa sonrisa suya que solo ella conocía tan bien.
—¿Fue muy pesado el trabajo hoy? —le preguntó ella bajito, vertiendo un poco de agua en la olla.
Lucas negó con la cabeza, dejando el cuchillo y acercándose para rodearla por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.
—Solo fue largo. Pero se me olvida todo en cuanto cruzo esa puerta. Tú eres mi descanso, mi vida. Siempre lo has sido.
Puso música bajita, esa lista de canciones viejas que habían armado cuando empezaron a salir, y que seguían reproduciendo en los momentos tranquilos. Mientras esperaban a que la comida estuviera lista, Lucas soltó su cintura pero le tomó la mano, y la hizo girar muy despacio en medio de la cocina, entre la nevera y la mesa de madera. No bailaban bien, no hacían pasos complicados; solo se abrazaban y se movían al compás lento de la melodía, como si el resto del mundo no existiera. Marjorie cerró los ojos y se dejó llevar, sintiendo su respiración contra su cuello, sintiéndose la mujer más querida del mundo.
Cenaron despacio, saboreando cada bocado, hablando de planes que parecían hechos de una ternura infinita: del viaje que querían hacer a la costa cuando terminaran las lluvias, para caminar descalzos por la arena al atardecer; de cómo querían pintar la habitación vacía del fondo de un color amarillo suave; de esa película antigua que habían visto la semana pasada y que les había gustado tanto que ya la habían comentado tres veces. Él le servía vino, le pasaba el pan, la miraba a los ojos todo el tiempo, como si no quisiera perderse ni un solo detalle de ella.
Después de cenar, él insistió en lavar los platos, como hacía siempre que llegaba temprano. Marjorie se quedó a su lado, secando y guardando, hombro con hombro, hablando bajito de cualquier tontería, riendo cuando él le salpicaba un poco de agua jugando. Y cuando terminaron, se sentaron otra vez en el sofá, apagando casi todas las luces, dejando solo la luz suave de la lámpara de la esquina y la luna que empezaba a asomarse por las cortinas.
Más tarde, ya en la cama, cuando el silencio de la noche envolvía toda la casa, Lucas la atrajo hacia sí y la abrazó con toda su fuerza, pegándola a su cuerpo como si quisiera fundirse con ella. Le besó el cabello, la sien, la frente, despacio, con una devoción que a ella se le clavaba en el pecho.
—Te quiero, Marjorie —le susurró, con la voz ronca por el sueño y la emoción—. Te quiero con todo lo que soy, con todo lo que tengo y con todo lo que me queda por ser. Eres mi vida.
Ella le acarició la mejilla con la yema de los dedos, y cerró los ojos, sintiéndose completa.
—Y yo a ti, Lucas. Para siempre.
En ese momento, bajo esas sábanas, rodeada por sus brazos, Marjorie no tenía ni idea de que esas palabras que él le decía con tanta seguridad eran las primeras piezas de un rompecabezas de mentiras que terminaría por destrozarla. Por ahora, solo existía él, su amor, y esa paz que creía que nada ni nadie podría romper jamás.








