Capítulo : Traición
*Hace 21 años*
Reino de Artemin
En la fría noche lluviosa, en la oscuridad de las calles; una chica de cabello negro, el cual le sobresale de la capucha oscura que la cubre, va a un paso acelerado casi sin ver a los alrededores. Junto a ella, aferrada fuertemente a su mano, una niña temerosa intenta seguir su paso.
— ¿Mamá?
—Haz silencio— dice la mujer en tono cortante.
Dobla hacia un callejón oscuro, donde hay algunos vagabundos durmiendo entre harapos viejos. Se detiene frente a una puerta de madera, en una casa diminuta. Saca una pequeña llave de su escote y abre la puerta. Dentro, el espacio es reducido. Hay un sillón de madera en una esquina, una pequeña cama al otro lado con sábanas rojas y limpias. En la pared una pequeña linterna colgaba con una luz tenue.
— Mamá tengo hambre— la niña con ojos llorosos mira a la mujer, pero ella la ignora.
Se asoma a la calle y al no ver a nadie cierra la puerta. Mueve el sillón que se encontraba en una esquina y levanta una pequeña trampilla en el suelo, dentro había una bolsa con monedas y unos pequeños sobres con el sello de una pluma. Toma el sobre y en él introduce una pequeña carta que traía en el bolsillo de su pantalón negro.
*Toc toc*
El sonido de la puerta llama la atención de las dos.
—Métete aquí— dice la madre a la niña señalando la trampilla en el suelo.
— No quiero.— Espeta la niña con ojos llorosos. Pero su madre la levanta con fuerza y la pone dentro de la trampilla.
— No hagas ruido Elora, o moriremos las dos.— afirma severa.
La niña de repente empieza a gritar y su madre rápidamente arranca un trozo de su capucha con un cuchillo y le tapa la boca a la niña con el trozo de tela. Cierra la trampilla de golpe y coloca el sillón nuevamente encima. Pareciera que nunca hubiera existido nada ahí. La mujer se dirige a la puerta y la abre.
—¡Rusen! Entra rápido —nerviosa mira a los lados y atrae al hombre hacia dentro cerrando la puerta a sus espaldas.
Rusen era un hombre de unos 28 años, pelo negro áspero, con mechones que caían sobre sus ojos, piel blanca bronceada y una cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo el cual era blanco sin pupilas. El otro ojo sano tenía la pupila oscura. En su boca justo en la comisura tenía otra cicatriz que se extendía hasta casi el lóbulo inferior de su oreja, simulando una sonrisa siniestra, esa cicatriz parecía reciente, sangraba un poco. Pero aún pareciendo un hombre endemoniado, sus rasgos eran atractivos. Llamaba la atención su nariz perfilada y su mandíbula fuerte.
—Elena, si ya regresaste deberías haberte presentado ante su majestad, te está buscando como loco.— espeta Rusen contundente.
— Lleva ésta carta al príncipe.— le extiende el sobre pero el hombre no lo coge.
—No soy tu recadero.
— Pero sí el de su majestad, por eso estás aquí como un perro faldero.—las palabras hacen crispar al hombre.
—Es importante, él está esperando ésta carta.
*Bang*
Rusen mira hacia la esquina de la casa debido al fuerte ruido. Se queda observando justo donde está el sillón viejo de madera.
— ¿Qué es ese sonido?— intenta acercarse pero la mujer corta su paso.
— Nada— lo empuja hasta la puerta.— es urgente Rusen, su majestad mataría por lo que hay en ese sobre, sólo confío en que se lo lleves tú, por eso te mandé a llamar.
—Ya— dice cortante Rusen sin desviar la mirada de la esquina de la casa. Mira a la mujer después fríamente, pero da vuelta y se va dando un tirón a la puerta.
La mujer espera unos minutos y luego levanta la trampilla, sorprendiéndose al ver a la niña casi sin conocimiento.
—¡Elora, Elora!— le da unas palmadas en las mejillas y la niña reacciona. Le quita la mordaza que había hecho con la tela.
— Ma-má, no, no pue-do res-pirar.— dice la niña con voz entrecortada.
La madre se fija que no hay ni un pequeño agujero por donde pudiera pasar el aire al interior.
— Lo lamento Elora, pero tienes que estar muy callada, dentro de poco tendremos visita, te quedarás ahí dentro sin hacer ruido.
—No, Ma-má.— la niña se aferraba a la mano de su madre con fuerza pero ella la quitó rápido con desagrado.
—Haz lo que te digo, y pórtate bien.— coloca a la niña sobre la cama, la cuál casi desfallecida se se recuesta en una posición incómoda. En cambio, ella comienza a dar vueltas por el pequeño espacio de la casa de forma desesperada, mordiéndose las uñas con intensidad y de manera inconsciente.
—Ma-má ...
— ¡Cierra la boca, maldita niña!— grita furiosa y la niña aún decaída se va a un rincón de la cama.
Pasan dos horas y sólo se siente la respiración de la mujer y los sollozos de la niña.
*Bang , bang , bang*
Toques fuertes estremecen la puerta. La mujer corre a buscar a la niña que ha recobrado ya el aliento pero continúa con el llanto débil, le coloca de nuevo la mordaza entre los suaves forcejeos de la niña. Y la pone de nuevo dentro de la trampilla, toma uno de los sobres y lo dobla tres veces, lo coloca en la esquina de la tapa al cerrarla de manera que quede un poco levantada, de forma que no llamara la atención. Luego pone de nuevo el sillón encima. Y abre apresurada la puerta. Un hombre de cabello negro, corto hacia los lados, pero largo arriba y cuerpo atlético entra al centro de la miserable casa sin preguntar. Es atractivo pero tiene un aura tenebrosa. Dos caballeros vienen con él.
—Majestad— la mujer pelinegra se arrodilla ante él.— Es un honor pa...
— ¿Dónde está?— Corta sus palabras sin miramientos.— Esperen afuera— Alega mirando a los dos hombres que vienen con él. Éstos salen a toda prisa y cierran la puerta al salir.
El hombre vestido con pantalón de lino azul, capa negra y camisa blanca apretada a sus músculos miraba a su alrededor con desagrado.
— Majestad, tenemos un trato— dice la mujer levantándose del suelo.
El joven príncipe se acerca a ella lentamente hasta parase justo al frente. Levanta lentamente su mano y la coloca en su mejilla.
— Y lo cumpliré. Ahora dime, dónde está la niña.
— ¿Qué hará con ella?— pregunta la mujer aceptando las caricias del príncipe en su mejilla.
— No te preocupes por eso— alega el hombre bajando lentamente su mano hacia su pecho.
— Quiero que viva
— Lo hará. Búscala ahora.— Ordena altivo el príncipe.
*Bang, bang*
— Majestad es importante— la voz de un hombre se escucha desde fuera.
La chica mira al hombre y cuando éste asiente se dirige a la puerta y la abre.
Uno de los caballeros que lo acompañaban entra.
— Majestad, Kaelen volvió a atacar las fronteras, la ciudad de Lobensen está en cenizas. Los hombres que dejamos protegiendo el fuerte murieron. Y los aldeanos huyeron despavoridos. El resto de nuestros hombres fueron llevados prisioneros.
—¡Maldito elfo!— gritó el príncipe rojo en cólera.—¿! Por qué ese sucio elfo sigue vivo, para qué envío tantos hombres a la frontera¡?.
—Majestad— Comienza a decir el caballero con temor en su voz.—Dicen que se llevó de vuelta a algunas de las niñas elfas que capturamos.
—¡Esas niñas no valen nada!—espeta furioso—¡Envía un ejército ahora mismo hacia Lobensen y tráeme la cabeza de Kaelen!
—Majestad...
—¡Cállate, haz lo que te digo!
— Sí majestad— El caballero desaparece a toda velocidad y el príncipe se gira hacia la mujer que escuchaba todo con atención.
— Dame la niña , no tengo tiempo.
— Dijiste que ya no hacías eso. —Le increpa.
—Ya no lo hago, sólo son cosas de la guerra, no lo entenderías. Sólo dame a la pequeña y...
—No— dice la mujer agarrando en cuchillo en su pantalón.
— ¿Que dijiste?, zorra.
— Que no; creí que consiguiendo lo que usted quería me haría su esposa como me prometió pero hay cosas que no están en el trato.
— Dame a la niña. No creo que hayas desaparecido dos años en el reino élfico para nada.—dice furioso.
— He dicho que no. Lo lamento majestad.
El príncipe saca su espada y atraviesa a la mujer en el hombro. Esta se sujeta el brazo sorprendida y al ver el líquido carmesí brotar lo mira fijamente.
— No juegues conmigo, dame a la puta niña.
— No.—Suelta un quejido. —Son ciertos los rumores que escuché.—comenta dando pequeños pasos hacia atrás. —Estás tomando a las niñas de los elfos pa...
— No te hagas la sorprendida.—Interrumpe. El sujeto observó la cara de la pelinegra llena de vitalidad. Asombrado y enojado por su hipocresía. —Por qué crees que fue tu misión. Dame -a - la -niña. —enmarca cada palabra lentamente.
— No.— saca el cuchillo y se abalanza sobre él. Pero la destreza del chico era superior y fácilmente su espada alcanzó su cuello en un tajo. La mujer cae al suelo ensangrentada sin poder hablar con los ojos desenfocados y una evidente hemorragia.
— Eres más estúpida de lo que pensé Elena.— la observa el príncipe con asco.
— F- fei...— la voz de la mujer se fue apagando en segundos.
— ! Guardias!— llama el príncipe a los caballeros que estaban esperando fuera, pero sólo entra uno.
— Registra este dicho basurero en cada rincón. Todo lo que sea de importancia me lo entregas.
— Sí majestad.
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Los sonidos que se sentían en la casa fueron cesando y la noche se hizo más oscura. La casa estaba vacía y en el centro solo quedaba el cuerpo de una mujer sin vida en un charco de sangre gigantesco. Los pasos de un hombre se hicieron eco en el silencio de la noche. Detiene sus pasos junto al cuerpo y desde arriba la escena le producía un raro sentimiento.
— Tonta, sabía que ibas a terminar así. —susurró.
El hombre miró a los alrededores y cuando se disponía a irse sintió el ligero golpeteo en algún lugar de la habitación. Se giró y caminó unos pasos pasando por encima del cuerpo de la mujer. De nuevo sintió el golpeteo y enfocó su vista en el sillón viejo. Se percató que la sangre no seguía su curso, sino, que se cortaba en un punto siguiendo una línea recta. Quito el sillón y se puso de rodillas en el sitio. De nuevo el golpeteo lo hizo recular, pero ahora se sentía más fuerte. Estaba seguro, había algo aquí. Pensó que quizá serían ratas y se levantó, pero el sollozo de alguien lo hizo regresar. Tocó la madera y vio un sobre doblado en una esquina, casi imperceptible, al intentar quitar el sobre vio que la tabla en esa esquina quedaba elevada. Palpó con los dedos y levantó la tabla, para su sorpresa más de cinco tablones se levantaron juntos. Era una especie de escondite. Pero dentro había algo inusual.
— ¿Qué tenemos aquí?— dijo el hombre de rodillas mirando a la niña, que lo observaba sudada y llena de lágrimas.
Le quitó la mordaza y miró el cuerpo de la mujer sin vida.
— Interesante— susurró para sí mismo.
— ¿Cómo te llamas niña?
La niña no contestó y empezó a llorar fuertemente, le impactaba la cara llena de cicatrices de ese desconocido.
El hombre la sacó de la casa sobre sus hombros, la niña al ver toda la sangre y a su madre tendida comenzó a gritar.
— ¡Mamá, mamá!— gritó la niña
—Ya veo, con que era tu madre— habló en voz baja el hombre, y se dirigió a un callejón que atravesaba la otra calle de en frente entre gritos y pataletas.
— ¡mamaaaaaá!— exclamó la niña fuertemente.
— Hey cálmante, sí continúas así tú destino será más cruel que el que te espera niña.
La niña lo miró con ojos llorosos y sus mejillas hinchadas. El chico pasó su pulgar por sus ojos secando sus lágrimas.
—¿Cómo te llamas preciosa?
Hizo silencio y miró al hombre con mala cara. Éste en respuesta le sostuvo la vista con seriedad.
—E-e, Elora.— afirmó la niña intimidada por su intensidad.
— Yo soy Rusen. A partir de ahora estarás conmigo.
—Mi mamá...
— Tu mamá quería que te cuidara— dice Rusen consciente de la mentira de sus palabras. La niña sólo miraba con recelo.
— Creo que alguien tiene una mirada un poco especial— agregó aún con el pulgar en las mejillas de la niña. Que lo miraba fijamente, con esos ojos que llevaban el Sol dentro.








