La Chica Nueva
De alguna manera, sabía de este lugar mucho antes de que aquella mujer llegara al refugio aquel día. Nunca antes lo había visto, sin embargo, cada rincón que recorren mis ojos se me antoja familiar. Desde ya me doy cuenta que, si antes pensaba que Saint Havreaux era glorioso por su tamaño, esto lo tienen que haber construido los mismísimos dioses; es sencillamente divino.
Hay cada cosa que supera la anterior, sin mencionar la gran construcción de cuatro pisos digna de alguna novela gótica en la que un conde vampiro de más de mil siglos es narrador.
Estatuas angélicas de mármol puro decoran los límites de un gran laberinto de paredes rústicas con enredaderas que parecen nacer de la propia piedra fría. En el lado opuesto hay un lago. Está congelado y, así como el camino de grava hacia la academia, una fina capa de nieve cubre la superficie de hielo. A la distancia, los tres picos del Monte Eskäm, como me comentó la Señora Velgrave, recortan el cielo gris de invierno.
Aunque llamarlo invierno es un tanto ambiguo, según las palabras de la directora; aquí el oro es siempre blanco. No he cruzado demasiadas palabras con ella, unas veinte si mucho, pero ya sé que no seremos muy… cercanas. Si es una manera de decirlo.
La academia se agranda a medida que deja de ser horizonte para volverse parte de mi campo de visión inmediato. De lejos se veía majestuosa, ahora que la tengo enfrente es casi irreal. Definitivamente, si no hubiera incendiado mi habitación al dormir, no me creería ni una sola cosa de las que he visto hasta ahora.
El carruaje se sacude un poco bruscamente cuando se detiene. Unos gruñidos guturales, garras rasgando la grava helada acompañan las maneras abruptas del cochero. Las cadenas pesadas tintinean junto a unos bufidos roncos antes de apagarse con un golpe sordo. El susto me devuelve a la realidad al instante.
¿No será que moriste incinerada, esto es el Limbo y estás alucinando post mortem?
Sacudo la cabeza ante el ridículo pensamiento y me remuevo en el asiento; llevo horas sentada sin moverme y me duele el trasero de manera insoportable. Sin embargo, no hago ni el amago de bajar.
Lo primero que haré al llegar a mi dormitorio será desplegarme como paracaídas sobre mi cama.
Sonrío al imaginar los edredones mullidos y el delicioso frío del que gozan estos privilegiados Elementales todo el año. Antes de que pueda fantasear con la extensa siesta que voy a tomar en unos cuantos minutos, el mismo hombre que abrió la puerta para mí tras atravesar la Grieta, tira de la manija desde afuera, haciéndome dar un respingo.
—Hemos llegado, señorita Kushner —informa el hombre sin perder la postura recta aunque se le nota la impaciencia en la voz. No puedo culparlo, me gusta incordiar—. ¿Gusta que la ayude con su equipaje? —pregunta mientras me levanto y me tiende una mano para ayudarme a bajar. Niego con la cabeza.
Nada más los tacones de mis botines aplastan la grava cristalizada, un chiflón gélido me golpea el rostro. Un corrientazo me recorre la espina dorsal mientras le agradezco al hombre de atuendo mullido y guantes con una sonrisa amplia dibujada en el rostro. Aliso la falda de mi vestido, me acomodo el abrigo sobre los hombros, sin meter los brazos, y rodeo el carruaje con pasos calmados que para nada reflejan la emoción que me eriza cada nervio.
A ver, en general, el ambiente social no me genera estrés alguno. Pero, ahora mismo, las circunstancias por sí mismas exigen cierto nivel de estrés. Mucho. Quiero decir, debo atravesar cada pasillo aglomerado en esta gigantesca mansión hasta el último piso. Sí, todos los alumnos deben ignorar que soy la única que llega un mes después del inicio de las clases. Y después, también hacer la vista gorda cuando, en lugar de ir a Vulkar, la directora me presente en Ascua. Según entendí la noche que me lo explicó, nunca antes alguien había saltado Áreas, pero sería irresponsable dejar a Elementales, de menor rango, a “merced de mi magia”.
Mis dedos enguantados se enroscan en las asas de mi maleta, sin darme cuenta siquiera de cuándo fue que la tomé. Escucho el carruaje alejándose, con el mismo ritmo lento con que me trajo aquí. Alcanzo a ver a los dos Leopardos de las nieves tirar del vehículo por el rabillo del ojo, emplean un sosiego que contrasta con su naturaleza y su audaz tamaño.
Alzo la vista y, aunque no consigo ver tras las ventanas del segundo piso y superiores, puedo percibir con claridad cómo las miradas escudriñan mis ojos a través del cristal.
Tomo una respiración irreverentemente honda, antes de dar un paso al primer escalón de la escalera corta que conduce a la entrada. En cuanto me acerco lo suficiente, la puerta de triple altura y madera oscura emite un crujido grave, viejo. Observo, pasmada, cómo se abren de manera ceremoniosa, dejándome con un paso a medio dar.
Un salón se extiende frente a mis ojos. El suelo de piedra pulida refleja, casi con burla, la luz de los candelabros que arden sobre los pilares. Al fondo, una escalinata se alza hacia el segundo piso, dividiéndose en dos brazos después del primer descanso. Arrastro la mirada por la balaustrada de piedra clara y ahí los encuentro: decenas de estudiantes apoyados en el borde, algunos inmóviles como estatuas, otros caminando sin disimulo mientras cuchichean entre sí, sin apartar los ojos de mí.
¿No se supone que esto es una academia? ¡¿Por qué demonios no están en sus clases, chismosos?!
Suelto aire, en silencio, para no llamar la atención mucho más de lo que ya lo hago, y termino de ingresar al salón. Las puertas se cierran a mis espaldas, el sonido de la madera sellándose de manera hermética me hace dar un respingo.
—¡Oye, tú! —una voz se alza sobre los murmullos. Mis ojos barren el lugar entero en busca de la dueña, sin éxito.
—Psst, chiflada —oigo de repente junto a mi oreja, ganándome una corriente eléctrica que recorre mi cuello.
Me vuelvo de inmediato para encontrarme con una chica castaña de ojos oscuros y sonrisa fácil. Acaba de llamarme chiflada y no la conozco de nada, pero ya me agrada.
—¿Hola? —digo, alzando una ceja, divertida ante su actitud excesivamente confianzuda para conmigo—. ¿Eres la encargada de repartir los infartos aquí? —inquiero, afianzando el agarre en las asas de la maleta.
Ella ensancha su sonrisa, riendo y negando con la cabeza. Rápidamente, olvido que hay tantas miradas sobre mí.
—¿Yo? No lo creo —se señala, incrédula—. Si no te ha matado el frío que hace afuera con semejante atuendo, me temo que eres inmortal, chica —bromea.
Yo suelto una risita y peino mi cabello hacia atrás con la mano libre.
—Técnicamente —inicio, llevando mi dedo índice a mi boca para morder el cuero marrón del guante y sacar la mano—, el frío no me ha tocado de manera directa —me encojo de hombros, acercando mi mano desnuda a su rostro.
Ella abre los ojos como platos casi de inmediato.
—Quema —suelta, dando un paso atrás. La sonrisa no desaparece.
—Uy, perdón —me disculpo, sin embargo, alejando la mano y volviéndola a enfundar en el guante—. Afuera está helando… —justifico con torpeza.
—Tranquila —se recoge un mechón de pelo—, debí imaginarlo.
—Tú... ¿sabes en dónde está el despacho de la directora? —inquiero, dando la vuelta sobre mi eje para mirar las escaleras.
—Oh, sí —aparece a mi lado, tomándome del brazo para tirar de mí—. Te acompañaré para que no te devoren en el camino.
Me guía hasta la escalinata frente a nosotras y cuando llegamos al descansillo, en lugar de girar, sigue caminando determinada hacia la pared. No muestra ninguna intención de soltar mi muñeca, afianzando su agarre en tanto yo busco resistirme sin tener que lastimarla.
—Oye, creo que... —intento, frenando mis pasos de golpe. Las palabras no salen. La imagen que tengo enfrente me ha robado el habla—. ¿C-cómo...?
—Térrea. —Y termina de pasar el cuerpo a través de la pared. Me obligo a seguir caminando tras ella, que en ningún momento me suelta.
Tranquila, si te lleva es que está segura de lo que hace.
Dejo la resistencia de un lado y permito que me arrastre, no tan convencida; cualquier opción es mejor que la jauría de perros salvajes que hay en los pasillos.
—Este tramo estará vacío durante los siguientes veinte minutos —dice su voz junto a mí.
Mis ojos, apretados por la cobardía, me impiden ver en dónde estamos, y no es hasta que ella insiste en que tenemos poco tiempo que me planteo despegar mis párpados.
La sala es casi igual a la anterior, pero no consigo reparar en detalles en tanto ella vuelve a tirar de mí hasta otro par de escaleras, de caracol, y yo no consigo procesar que acabo de atravesar una pared sólida.
Este es el ajuste forzado de realidad del que la Señora Velgrave me advirtió.
Es simplemente sorprendente.
—¿Puedo saber cómo te llamas? —inquiero, ligeramente agitada por su paso acelerado. Ni siquiera entiendo a dónde me lleva ni cómo no he tropezado, solo me dejo llevar mientras ella estudia el entorno con agilidad sobre la marcha.
—Gaze —responde, y mi ceño se frunce mientras doblamos en una esquina y subimos unas escaleras con sigilo.
Algo me dice que no es la estudiante ejemplar que aparenta; tiene toda la cara de saltarse el toque de queda.
—¿Es diminutivo de algo? —Nunca había escuchado ese nombre, debo admitirlo. Ella ríe bajito.
Miro fijamente su mano enroscada en mi muñeca sin dejar de caminar. De pronto se me ocurre que quizá podría estarse quemando por el tacto, es entonces que me permito sentir el frío que hace aquí dentro con plenitud. Si estuviera a la intemperie, ahora mismo sería un bloque de hielo.
—Sí —dice, deteniéndose frente a una puerta doble, imponente, con ángeles tallados en la superficie—, es diminutivo de Gazelle —explica—. ¿Y el tuyo?
Tardo en responder. Por un momento, no tengo ni idea de cuál es mi nombre.
¿Eres estúpida?
Sus manos van a mi cabello y colocan algunos mechones con una mueca divertida, supongo que atravesar paredes te despeina un poco.
Sacudo la cabeza, dándome una bofetada mental para responder a su pregunta.
—Ness —digo, de manera atropellada—; es diminutivo de Vannessa.
Vuelvo a alisar mi vestido y reparo en mi aspecto un instante. No estoy preparada para todo este caos, no. En definitiva va a ser algo jodido. Pero si no es ahora, no será nunca, y yo… Bueno, yo necesito tener el control de al menos una mísera cosa en mi vida.
—Bien, Ness —ella levanta una mano como gesto de despedida—, te veré luego. —Desaparece, atravesando una pared del pasillo, sin borrar su sonrisa.
Suspiro pesado, en busca de calmar los latidos que patean mi caja torácica de manera repentina.
Alzo la mano para llamar a la puerta y…
Una vez más, la puerta rechina, abriéndose por sí sola.
—La estaba esperando —anuncia una voz sosegada desde el interior del gran despacho. No puedo ubicar a su dueña, pero la reconozco de inmediato—. Bienvenida a la Academia Avallon, señorita Kushner.
Una hora y media más tarde…
—Déjeme ver si entendí bien —pido, analizando en mi mente cada palabra que ha dicho la directora—. Estaré un mes en pruebas para confirmar mi rango mágico. —Ella asiente, yo enumero. — No puedo usar mi magia fuera de clases, y… —Asiente otra vez, acomoda sus lentes y me insta a continuar: —No solo debo presentarme ante mi casa anual… sino también ante toda la academia.
—Parece que ha quedado muy claro —concede ella, sin apartar sus ojos azules de los míos.
Me dejo caer contra el respaldo de la silla frente al escritorio mientras que ella apoya sus codos en la madera y se inclina hacia adelante.
—No tiene que ser hoy —me asegura—. Puedo llamar a una delegada que le enseñe su dormitorio para que se instale y descanse esta noche.
Mi mirada esperanzada parece darle pie a que siga hablando.
—De hecho… —Evalúa algo en silencio. — ¡Puede presentarse en el baile asignado de Ghanna!
No parece una mala idea: presentarme frente a miles de estudiantes de magia en un baile asignado… Es apenas un martes en mi vida.
La directora se pone de pie y me dirige a la salida con una sonrisa, sin dejar de parlotear sobre lo increíble que será la aclamada fiesta.
Accedo a las condiciones que me dio antes, consciente de que, aún si no accediera, estaría obligada a aceptarlas. Después de todo, es aprender a controlar y conocer esto que despertó en mí o ser Insensibilizada por autodeclararme enemiga de la paz que han forjado los Elementales aquí.
Me despido de la directora y una pequeña inquietud me atraviesa como un destello: ¿qué estaría haciendo en este momento si no hubiera Despertado?
—Estarías entrando en un coma etílico por desenfrenada e irresponsable. —oigo su voz cerca, conocida.
No puedo verlo, pero sé que él sí lo hace. Como siempre.
—Sabes que solo bebo cuando te vuelves insoportable —le respondo en voz alta, aunque no es necesario. Sin embargo, no replica.
Y creo comprender la razón en cuanto una chica rubia se acerca con pasos prepotentes en mi dirección, los brazos cruzados sobre el pecho.
Ya presiento el dolor de ovarios que va a ser. Dios…
No puedo librarme de esto y volver a topármelo de la noche a la mañana.
—¿Kushner? —pronuncia mi apellido con una condescendencia que al instante me hace rabiar.
En vista de que este es el ser despreciable que la Señora Velgrave ha llamado para escoltarme, opto por no responder y, en su lugar, hacer lo que mejor se me da.
Entreabro la boca y levanto mi dedo índice. En cuanto ella aparta la mirada, impaciente, sujeto mi abrigo y emprendo la huida.
Según las conclusiones apresuradas basadas en el conocimiento que acabo de sacarme del bolsillo derecho del pantalón que llevo puesto —no tengo un pantalón, claro está—, le van a echar una bronca terrible a esa rubia arrogante si me pierde de vista.
No sé ni adónde me dirijo cuando una mano sale de la nada y me arrastra a una pared. Pared que atravieso como si no estuviera ahí.
—¡Gaze! —exclamo, sonriente.
—Te dije que te vería luego —se excusa entre risitas—. Me alegra que también la detestes —añade. Yo tardo en entender a qué se refiere, cuando capto el mensaje, niego.
—No la detesto —miento.
—No —alarga la palabra, divertida—, solo… —hace gestos con la mano—. La asfixiarías mientras duerme.
Ambas estallamos en carcajadas estrepitosas. Luego, aún con la respiración desordenada, analizo el lugar en el que nos encontramos. Un salón de clases. Muy… peculiar, digamos. Las sillas están dispuestas tras barras que sustituyen los escritorios a modo de gradería circular.
—Aquí enseña el Señor Lancaster —dice ella, sonriente—, es el maestro más guapo del cuerpo docente.
¡Alerta pervertida! Noté ese marcadísimo énfasis en "cuerpo".
Enarco una ceja, entretenida y encantada a partes iguales por su comentario.
—Vale, espero que tú y yo seamos compañeras de habitación —Junto mis palmas hacia arriba, imitando una especie de oración mientras ella se parte de risa.
—No somos compañeras —me dice, caminando hacia la que supongo es la salida—, pero nuestras habitaciones están una al lado de la otra.
Le respondo con una sonrisa que ella no ve y me apuro para llegar a su altura.
Debo admitir que nunca había congeniado tan rápido con nadie. Mayormente porque todos parecen ser unas pérdidas de personas y tiendo a rechazar cualquier intento antes de que agoten la poca paciencia que tengo. Sin embargo, esta chica parece prometer más que las muchas amistades sosas que he tenido.
Camino junto a ella, animada por cada ocurrencia que me suelta de la nada.
Quizá pueda darle una verdadera oportunidad a Avallon y a todo lo que tenga para ofrecer.






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