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P R E S A

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Summary

Aless perdió lo único que le daba sentido a su vida. Cuando la muerte parecía la única salida, una llamada la retuvo en el mundo, casi sin querer. Un campamento grupal en el bosque se presenta como la distracción perfecta: aire libre, amigos, ruido para acallar el silencio interior. Pero el bosque tiene otros planes. No hay salida, no hay señal, no hay ayuda. Solo depredadores —primitivos, silenciosos, implacables— que se mueven entre los árboles como si el territorio les perteneciera. Y que han decidido que el grupo es presa. Uno a uno, empiezan a desaparecer. Y Aless, que hace poco no quería seguir viva, ahora es la única dispuesta a hacer lo que sea necesario para mantener con vida a los demás.

Genre
Horror
Author
Pauu
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

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El tiempo, en su infinita eternidad, tiene una fecha límite para todo: la golosina favorita que se ha caducado en el refrigerador, la infancia que parece distante frente a la juventud adulta…, los seres queridos que se van en el momento menos esperado.

Es patético cómo no pude evitar llorar, hipar, cuando la realidad se me plantó enfrente. Es devastador. Porque una pensaría que dolería más si se tratara de cáncer, o alzhéimer… porque te pudres por dentro junto a ellos mientras ambos intentan aferrarse a esperanzas que ya se han ido con el viento.

Porque es más sencillo digerir, aunque duela mucho más, ver cómo se desvanecen en sufrimiento que aceptar que una noche cierran los ojos y ya sus párpados no volverán a abrirse.

Igual que los míos justo en este momento, apretados hasta escocer. Tratan de contener inútilmente las lágrimas silenciosas que me hierven las mejillas. Y contrastan al instante con el agua gélida en la que se diluyen luego de delinear mi mandíbula.

No estoy muy segura de la razón por la que he dejado que la tina se desborde, con el agua al cuello… O quizá sí lo sé muy bien.

Quizá estoy tan segura de hacerlo, que no me he detenido ni un solo instante a pensar en la decisión que acabo de tomar.

La extraño. Joder, sí que la extraño. Y daría todo mi estúpido papel moneda por volver a verla. Le entregaría mi alma al Diablo si tan solo eso me asegurara que podría mirar sus ojos azules tan solo un día más.

Echo de menos sus risas. Los pésimos chistes que contaba antes de que ambas estalláramos en carcajadas estrepitosas. Sus abrazos repentinos, esos ataques de cariño que me sofocaban de vez en cuando… Suelto una risa seca, egoísta, al darme cuenta de que incluso, durante estos meses, no he podido igualar el sabor del café que me preparaba cada mañana.

Ella era mi todo. Mi razón de ser. La mujer que me obsequió aquellos ojos oceánicos al nacer. Y también aquel cabello largo y azabache que, la mañana en que no despertó, ya no poseía su intensidad. Era blanco. Blanco, como las canas que fueron tiñendo su cuero cabelludo con el pasar de los años.

Recuerdo el féretro de madera oscura y barnizada descendiendo lentamente hasta el profundo agujero en la tierra húmeda. Los cuervos graznando en el cementerio. La lluvia incesante que nos azotó aquella tarde… No podría olvidar ni un detalle aunque lo intentara.

Y es que no puedo tragarme el mal cuento de que ya no está aunque aquella tarde su rostro estuvo tranquilo en el interior de aquel ataúd, aunque la llamé decenas de veces y no hubo una sola respuesta.

Luego, le echaron la tierra encima.

Es condenadamente jodido creerlo… Pero es igual de real que el agua helada que envuelve mi cuerpo.

Un suspiro sale de mis labios y, casi sin quererlo, me deslizo lentamente dentro de la bañera. El agua sigue desbordándose, sin espacio. Mis respiraciones mueven el líquido justo bajo mis fosas, los dedos me hormiguean del frío, de la anticipación…

Y una melodía conocida me frena. En un instante, sin avisar. Mis ojos se mueven hasta alcanzar el aparato sobre el taburete de madera junto a la entrada. Hoy suena más fuerte que nunca, casi como si la persona que insiste una y otra vez del otro lado tuviera la certeza de lo que estoy a punto de hacer.

«Ignóralo, sumérgete.» Me digo. Sin embargo, por alguna razón no consigo moverme. Tal vez es que no quiero.

Solo entonces giro la cabeza y me incorporo en el lugar. El agua vuelve a derramarse sobre el suelo. Recorre la baldosa hasta la mitad del cuarto de baño, y se pierde en el drenaje. El sonido que emite mi móvil se vuelve más agudo de repente, chillón. Insoportable.

Intento acallar el ruido en mi mente, sin éxito. Cuando la música se detiene un instante, mis músculos por fin ceden. La punta de mi nariz roza el agua, y en ese momento, vuelvo a quedarme congelada por la misma melodía.

—Joder —mascullo, poniéndome de pie con el mismo cuidado que una tendría al lanzar una piedra contra la pared.

Un mareo, bien merecido, me ciega al llegar a la puerta y me inclino para ver el nombre en la pantalla, con cierta dificultad.

Brook.

Una sonrisa casi instantánea se dibuja en mi rostro al leer el nombre. Sacudo mi mano para evitar que el agua, que me escurre hasta por los poros, estropee mi dispositivo. Respondo la llamada y coloco el altavoz.

—¡Hasta que por fin te dignas a mover el culo! —reclama en un chillido que me aturde—. ¿Se supone que hay una buena razón para tardar tanto en responderme? —inquiere. Finge enfado, pero no está molesta. Lo sé—. Explícate.

Tardo un momento en responder. Paseo la mirada por el lugar y me encojo de hombros como si pudiera verme.

—Estaba tomando una ducha para relajarme —admito, ofreciéndole una verdad a medias que sé que no acepta, pero igual no hace más preguntas.

Me acerco a paso lento al borde de la tina.

—Ya.

Mi brazo se hunde en el interior de la bañera, enviándome un escalofrío repentino por todo el cuerpo.

—Para la próxima no te relajes tanto —regaña.

Niego con la cabeza ante sus órdenes flojas.

—No te preocupes —suelto, divertida ante su molestia. Quito el tapón de la bañera y me acerco de nuevo al taburete mientras me coloco el albornoz—. Te aseguro que no vuelvo a relajarme tanto.

Brook me cuenta cómo estuvo su día en la facultad, y no se salta ni de broma el hecho de que falté el último día. Justo el día que habíamos acordado reunirnos para organizar nuestros planes de vacaciones. Le quito importancia al tema mientras camino en círculos por todo el piso sin hallarme.

¿Debería decirle la verdad sobre lo que hacía?

Le doy otra mordida a la dona de chocolate con chispas en mi mano derecha y mastico un poco para luego beber mi café del vaso en mi mano contraria. Sostengo como puedo el móvil contra mi oreja con ayuda de mi hombro.

—Ya te lo dije —bufo, dándole un mordisco aún más grande a mi vicio matutino—, me sentía un poco mal esta mañana —repongo, con la boca llena.

Ella no dice nada. Yo me pongo a la defensiva sin quererlo; no me gusta cuando no dice nada.

—¿Sabes qué? —pregunta, pero no espera mi respuesta—. Me iba de compras —admite, y puedo escuchar cómo el motor de su auto se precipita cuando hunde el pie en el acelerador—, pero creo que mejor me voy a pasar por la residencia.

No es una pregunta, no está pidiendo permiso. Está avisando que viene, y que va a hacer muchas preguntas jodidas a las que no creo ser capaz de inventarles respuesta porque la verdad que tengo no va a gustarle ni cinco.

—No es un buen momento —digo, a pesar de saber, de antemano, que no ganaré—, está hecho un desastre.

Primera vez en la mañana que no mientes.

Barro cada rincón de mi piso con la mirada, rindiéndome ante la flojera que me provoca tan solo ver el desorden.

—Te ayudaré a limpiar, entonces. —Casi puedo escuchar cómo se encoge de hombros.

Suspiro.

Es imposible.

Intercambiamos unas cuantas palabras en lo que ella se despide, advirtiéndome que llegará pronto.

Me paseo de rincón a rincón con un cesto de ropa bajo mi brazo, recogiendo las prendas que hay por todo el suelo.

Para cuando llaman a mi puerta, no me queda mucho por hacer. Debo hacer la cama y llevar la montaña de ropa sucia a la lavandería. La parte buena es que puedo sobornar a Brooklyn para que la cuelgue por mí.

—¡Que tal que no hubieras estado cerca! —hago énfasis en la negativa. Ruedo los ojos y giro el pomo para abrir.

Cuando la puerta está totalmente abierta, y yo estoy viéndome las uñas despintadas como si fueran la octava maravilla del mundo, una tela pesada me vuela a la cara. El golpe es sordo. Retrocedo un paso de la impresión.

—¡Eres una idiota, Alessandra Wilson! —chilla, pasando por mi lado a toda velocidad. Me quito la chaqueta de mezclilla del rostro y me volteo para mirarla, sumamente ofendida.

—¡¿Qué dem…?! —Trato de protestar, pero ella se vuelve para verme y me detiene con la mano en alto.

—No te atrevas —me escupe, y tiene todo el derecho a estar enojada. Es solo por eso que cierro la puerta a mis espaldas sin articular palabra—. ¡¿Cómo te atreves a darme una dirección falsa?! —El tono de su voz se vuelve agudo con cada segundo que pasa y su ira crece.

Oops, creo que sí se dio cuenta.

—Ah, por eso tardaste tanto —me hago la tonta, camino hasta el borde de mi cama para empezar a acomodar las sábanas.

—Oh, no hagas eso —advierte con dureza, y aprieta los brazos sobre el pecho—, solo… —Suspira pesado, sujeta el puente de su nariz como si ya no tuviera ni una pizca de paciencia y camina en círculos por todo el cuarto—. Sabes que puedes contármelo todo, ¿no?

Se acerca a mí, ajustando su agarre en mis hombros para impedir que me mueva.

—Lo que sea, Ales, puedes decirme —su tono se suaviza, y mis ojos se llenan rápidamente de lágrimas a las que no les permito escapar—. Te importa una mierda el desorden, te la pasas durmiendo cada que no estás en clases o que te obligas a salir con los chicos… —Pausa un instante para darme espacio a responder. No lo hago—. Te conozco desde los cuatro —acaricia mi mejilla con ternura; le duele verme así y a mí me hiere mentirle—, necesito saber cómo estás.

No lo soporto más, y con un sollozo resquebrajado me le derrumbo en los brazos. Las piernas me flaquean, incapaces de sostener mi propio peso. Pero mi cuerpo nunca alcanza el suelo; Brook me sostiene.

—La extraño —sollozo, tan bajo que dudo que me haya escuchado—. Joder, me hace mucha falta… N-ne… —hipo, apretando los puños en su ropa con toda la fuerza que poseo—. La necesito —balbuceo, sin aliento, entre lágrimas y sollozos que me roban el aire.

Su mano, cálida, acaricia mi espalda de arriba a abajo. Con esa paciencia que tiene y a veces parece infinita.

Han pasado tres meses. Tres malditos meses. Se supone que conforme pasa el tiempo, el muy cabrón debería llevarse el dolor. ¡Tal cual se lleva aquello que aprecias! Pero no, los días se acumulan, uno tras otro en el calendario y soportar el vacío se vuelve una tarea imposible.

—Quiero irme con ella —suelto entonces, sintiendo cómo ella entera se tensa alrededor de mí en tanto yo percibo el peso de mi propio cuerpo decreciendo—. Intenté ir con ella, aquí no tengo nada…

Me hundo más en su pecho, como si quisiera fundirme con ella. Mi llanto no se detiene, y mis mejillas se empapan cada vez más.

No sé cuánto tiempo pasa ni si me quedo dormida, pero todo está oscuro. A pesar de la penumbra, la calidez del cuerpo junto al mío no se desvanece.

Para cuando me fuerzo a abrir los ojos, la luz naranja del atardecer entra por las ventanas y se filtra entre las cortinas.

Tengo el cuerpo ligero, los ojos me arden y en el pecho, de algún modo, no percibo aquella presión anterior al llanto. Me siento… bien.

—Planeamos un campamento este año —inicia, bajito, su mano sigue acariciando mi cabello, con mi cabeza en su regazo—. El aire fresco te ayudará a pensar con claridad… —añade, no es muy difícil saber a dónde va—. ¿Vendrías con nosotros?

La pregunta flota en el aire. Una parte de mí sabe la razón precisa de esta invitación: es algo de siempre, el pan de todas las vacaciones. La otra, sin embargo, percibe la angustia mal disimulada en su voz. Le preocupa dejarme sola. Y al mismo tiempo teme tratarme como a una adolescente sin conciencia.

Es justo por eso, que ella sabe que la decisión es mía y no hace nada para tomar parte en eso, que asiento con la cabeza levemente.

Por un segundo incluso yo me sorprendo con aquello, después, en vista de que no dirá nada, me obligo a hablar yo.

—Quizá pueda despejarme —admito, incorporándome en la cama—. ¿En dónde…?

—Washington, en la Península Olímpica —ni siquiera me deja terminar la pregunta, adoptando esa actitud entusiasta que se le oía en la voz cuando me llamó en la mañana.

—¿Cuándo? —pregunto, acomodo mi albornoz y le dedico una sonrisa pequeña.

Ver a Brooklyn emocionada por algo es como sentarse junto a alguien que tiene un resfriado: extremadamente contagioso.

Ella dibuja una sonrisa grande en sus labios.

—Pues… —alarga la palabra, acercándose a la pequeña mesa de café para robar unas galletas del frasco.

Puedo presentir que ha hecho algo, no sé si algo que me va a gustar o algo que no, pero definitivamente algo.

Entorno los ojos, poniéndome de pie y la insto a continuar con un gesto de mis manos.

—De hecho, hicimos planes con tu camioneta y la de Sean —admite, su sonrisa se torna inocente mientras le da un gran mordisco a la galleta entre sus manos. Yo la miro fijo, incrédula—. Solo hace falta que empaquemos tus maletas.

Me cruzo de brazos, entre molesta por la impulsividad de todos y divertida por su atrevimiento, que no es cosa nueva.

—¿Y si hubiera dicho que no? —increpo, tratando de parecer enojada.

—Pues me habrías dejado las llaves de tu preciosa Duty y yo te habría dejado las de mi bellísimo Phantom —se encoge de hombros, ya sacando la poca ropa limpia que tengo en el armario.

Niego con la cabeza, aguantando la risa. Diga lo que diga, la muy asquerosa no se iría si yo no fuese con ella.

—Eres insoportable, ¿te lo he dicho? —me acerco de nuevo a la cama y me arrodillo.

—Desde que nos conocemos —concede ella, gustosa de admitirlo.

Estiro la mano bajo la cama y palpo el suelo hasta que mis dedos chocan con el material duro de la maleta.

Busco a tientas las asas, sin dejar de ver a Brook mientras saca una prenda, la analiza y la descarta después de decidir, seguramente, que moriré de frío en medio del bosque si llevo eso.

—¿Acaso no tienes nada decente para el frío? —me recrimina, lanzándome uno de mis muchos vestidos justo en la cara.

—¡Oye! —me quejo, mis dedos por fin alcanzan el asa y tiro de la maleta.

Suspiro.

—Me temo que al final sí que podrás ir de compras —resoplo, dirigiéndome al baño—. Espero que estés contenta.

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