440Hz

Las galerías de Paruro huelen a caucho quemado, a soldadura fría y a anticuchos de carretilla.
Eran las once de la noche y la galería Jordi seguía abierta.
Siempre seguía abierta. Eso era lo primero que aprendías en el submundo de Paruro: los horarios eran sugerencias para la gente de arriba. Acá abajo, el tiempo lo medía otra cosa. La cantidad de gente. El ruido. Las luces encendidas.
John avanzó por el pasillo central con el maletín de herramientas en la mano derecha y la radio portátil antigua modificada por él mismo colgada del cinturón, apagada. No la necesitaba todavía. Lo que había dentro de la galería Jordi esta noche, según su experiencia, no priorizaba encenderla aún.
Por ahora era un trabajo de rutina.
El local estaba en el tercer nivel, pasando la escalera de fierro que siempre crujía en el mismo peldaño. Se llamaba Tecno Visión y lo administraba un hombre de apellido Ccarita que llevaba veintidós años vendiendo repuestos de computadora en ese mismo metro cuadrado de Lima y que esta semana había llamado a John tres veces porque sus máquinas hacían cosas que las máquinas no deberían hacer.
John tocó el metal del portón con los nudillos.
Nadie abrió.
Empujó. Estaba sin seguro.
Adentro olía a plástico caliente y a algo más, algo que no tenía nombre en ningún catálogo de fallas técnicas pero que John reconocía igual que un médico reconoce el olor de una infección antes de ver la herida. Ese olor agrio y estático, ese olor a frecuencia equivocada, a vibración que inquieta.
Había seis monitores encendidos en fila. Ccarita estaba sentado frente al central, inmóvil, iluminado por la pantalla.
John lo observó desde la puerta.
La postura estaba mal. La cabeza levemente inclinada hacia adelante, los hombros caídos, las manos sobre el teclado pero sin escribir. Como alguien que se quedó dormido pero con los ojos abiertos. Como alguien que estaba siendo vaciado muy despacio y no se había dado cuenta de cuándo empezó.
John conocía esa postura.
La había visto cientos de veces en los últimos años. Cada vez más. Cada vez en gente más joven.
Dejó el maletín en el suelo sin hacer ruido, se puso los guantes dieléctricos y encendió la radio portátil.
El dial giró solo, buscó, se estabilizó.
Every Breath You Take de The Police llenó el local en volumen bajo. Ese arpeggio de guitarra que se repite y se repite sin llegar nunca a ningún lado, hipnótico, sin tensión, sin salida. John lo conocía bien. Conocía lo que significaba cuando el aparato lo sintonizaba.
Bien.
John rodeó lentamente el perímetro del local.
Los vio en las esquinas, donde la luz de los monitores no llegaba. No los describió ni en su cabeza porque las palabras no servían para eso y además distraían. Solo los registró. Cuántos. Dónde. Qué tan adheridos estaban.
Tres. Dos en las esquinas del fondo. Uno pegado directamente a la espalda de Ccarita, con toda su atención concentrada en él como una ventosa sobre vidrio húmedo.
Esas cosas que deambulan en la oscuridad y que solo yo puedo ver.
John abrió el maletín.
Lo que vino después no buscaba ser espectacular. Eso sería lo que la gente entendería si alguna vez lo viera: que el trabajo real nunca era espectacular. Era metódico. Era técnico. Era incómodo y a veces aburrido y siempre, siempre, olía a caucho quemado.
Primero desconectó los monitores de la red. Uno por uno, sin apuro. Cada cable que arrancaba cortaba un conducto. Los monitores se apagaron en secuencia y el local quedó iluminado solo por la linterna de cabeza que John llevaba ajustada sobre la frente.
La cosa en la espalda de Ccarita se movió.
John no la miró directamente. Regla básica: no mirar directamente. La atención era alimento también.
Del maletín sacó el walkman. El chasis de plástico amarillo tenía inscripciones geométricas grabadas con una punta de acero, líneas que seguían la misma lógica que los relieves en los templos de Chavín si los templabas de cierta manera, si los veías con los ojos que corresponden. Los audífonos de esponja naranja tenían quince años de uso y seguían funcionando mejor que cualquier cosa inalámbrica que hubiera salido al mercado en la última década.
John lo encendió.
La cinta empezó a correr.
Synthwave mezclado con frecuencias de pututo, la trompeta de caracol ancestral que los Mochica usaban para limpiar espacios antes de que existiera la palabra limpiar en el sentido que John le daba. La mezcla salía por los audífonos en un volumen que solo Ccarita podría escuchar si John se los pusiera, que era exactamente lo que iba a hacer.
Se acercó despacio.
La cosa en la espalda de Ccarita se tensó.
John se detuvo a medio metro, respiró una vez, y con los guantes puestos le colocó los audífonos a Ccarita con la precisión de alguien que ha hecho este movimiento exacto doscientas veces y sabe que el margen de error es cero.
Ccarita parpadeó.
La cosa en su espalda se soltó como electricidad estática que se descarga de golpe. Las dos de las esquinas retrocedieron hacia la pared y desaparecieron en la textura del concreto como agua que se absorbe.
Y entonces la radio portátil se apagó sola.
No se desintonizó. No buscó otra frecuencia. Simplemente dejó de emitir, como un instrumento que ya no tiene nada que medir. El arpeggio de Every Breath You Take se cortó en mitad de un compás y el local quedó en silencio completo salvo por el zumbido del único monitor que seguía encendido.
Ccarita parpadeó de nuevo. Giró la cabeza despacio, con el gesto confundido de alguien que no sabe cuánto tiempo estuvo dormido.
—¿Don John? —dijo. La voz ronca, la boca pastosa.
—Sus máquinas tenían un problema de frecuencia —dijo John—. Ya está.
—¿Cuánto le debo.
—Lo mismo de siempre.
Ccarita asintió sin preguntar más. Llevaba dos años llamando a John para cosas que ningún otro técnico de Paruro podía resolver y hacía dos años que había aprendido que las preguntas que se hacían sobre el trabajo de John no tenían respuestas que valiera la pena escuchar.
John guardó el walkman, recogió el maletín.
Antes de salir, revisó el local una vez más. Las esquinas limpias. El aire distinto, más liviano. El olor agrio casi disuelto.
Casi.
En el monitor central, el que había quedado encendido porque estaba conectado a un circuito separado, la pantalla parpadeó una vez.
John se quedó quieto.
La pantalla mostró estática durante dos segundos. Luego una línea de texto que apareció sola, sin que nadie escribiera nada, en una fuente que no correspondía a ningún programa instalado en esa máquina.
La leyó.
Sacó del bolsillo de la casaca una libreta pequeña de tapa negra, muy usada, y anotó la hora, la fecha, y tres palabras.
Guardó la libreta.
Apagó el monitor con el pulgar enguantado y salió sin mirar atrás.
Las tres palabras eran: Te estoy viendo.
Para John, la avenida Abancay de noche olía a caucho mojado y a anticuchos de carretilla, a emolientes, a pescado frito, a todo lo que un trabajador puede comer después de un día de labor rutinario.
La garúa había empezado hacía un rato. No avisaba. Nunca avisaba. Era el invierno limeño en su versión más honesta: no llovía, infiltraba. No caía sobre ti, aparecía dentro de ti, en los pulmones primero, luego en los huesos, luego en ese lugar debajo del esternón donde la gente guarda las cosas que no dice. La humedad de Lima no venía del cielo. Venía de adentro hacia afuera, como si la ciudad entera sudara algo que no podía nombrar.
John caminó despacio por la vereda.
Las botas pesaban. La casaca de jean estaba tiesa por la humedad acumulada, el forro de cobre cosido adentro frío contra la espalda. El maletín en la mano derecha, el walkman al cuello, la radio portátil, la Inti-Scanner como él le decía, apagada en el cinturón.
Abancay a esta hora era un río de pantallas.
El chico en la esquina de Andahuaylazo esperando el micro con los auriculares puestos y los ojos fijos en la pantalla, la mandíbula floja, el cuerpo presente y la cabeza en otro lado. La señora con la bolsa del mercado que scrolleaba con el pulgar en automático, sin ver lo que veía, el gesto tan repetido que ya no era un gesto sino un tic, un reflejo, algo que el cuerpo hacía solo mientras la persona estaba en otra parte. El grupo de tres universitarios afuera del chifa cerrado, cada uno con su teléfono, juntos y completamente separados, tres señales en la misma frecuencia equivocada.
John los miró de reojo.
Y vio lo otro.
No lo describió. Hacía años que había dejado de intentarlo. Las palabras que existían para esas cosas eran todas equivocadas o insuficientes o de otro idioma que tampoco alcanzaba. Solo los registró con la misma economía con que leía un voltímetro: están, cuántos, dónde, qué tan adheridos.
Esas cosas que deambulan en la oscuridad y que solo yo puedo ver.
Pegadas a las espaldas de la gente como la garúa. Sin urgencia. Sin hambre visible porque esa clase de hambre no se parecía al hambre que él conocía. Era más paciente. Más fría. El tipo de hambre que puede esperar porque sabe con certeza matemática que lo que espera no va a ir a ningún lado, que alguien lo colocó donde está con algún propósito que aún no llegaba a comprender.
Y la gente caminaba.
Y la gente scrolleaba.
Y la gente entregaba, sin saberlo, en cuotas pequeñas e invisibles, todo lo que esas cosas venían a buscar.
John siguió caminando.
La garúa le dejó una película fría en la frente. Se la limpió con el dorso de la mano enguantada sin detenerse. En algún lugar de Cusco, su hijo tenía doce años y probablemente a esta hora también estaba mirando una pantalla. Eso era lo que hacían los chicos de doce años en este ciclo de la historia. Eso era lo que hacían todos.
Dobló por Nicolás de Piérola hacia el oeste.
Menos gente. La garúa más densa. Los postes de luz con ese halo amarillo enfermo que el invierno limeño le ponía a todo, esa manera que tenía Lima de hacer que hasta la luz pareciera cansada.
¿Cuándo va a terminar esto?
No se lo preguntó al universo. No era ese tipo de hombre. Se lo preguntó a nadie, que era lo mismo que decir que se lo preguntó a su hijo, que era lo mismo que decir que no esperaba respuesta.
Metió la mano en el bolsillo de la casaca y tocó la libreta.
Te estoy viendo.
En algún lugar de esa galería, en ese monitor que no debería haber tenido esa fuente ni ese mensaje, algo le había escrito eso. Y John no sabía todavía si era la primera vez que lo hacía o solo la primera vez que él lo encontraba.
Se detuvo en una carretilla de trasnoche. Una señora con un brasero pequeño vendía café y emoliente para los que todavía andaban por la calle a esa hora. John pidió un café. Lo recibió en vaso de tecnopor, caliente, amargo, sin azúcar porque así lo pedía siempre.
Lo sostuvo con las dos manos y miró el vapor subir y disolverse en la garúa.
Encendió la Inti-Scanner. Se había vuelto una costumbre, casi un tic, escanear presencias cercanas mientras caminaba.
El dial giró.
Buscó.
Se detuvo un segundo en una frecuencia que no era Take On Me ni ningún grunge de los noventa ni Thriller de Michael Jackson. Cuatro notas que John reconoció antes de que su cabeza pudiera procesarlas. El inicio de algo que todavía no tenía nombre completo en su sistema, algo que la Inti-Scanner había sintonizado antes, siempre brevemente, siempre sin quedarse.
Duró menos de un segundo.
Luego silencio.
La radio se apagó sola.
John miró el aparato un momento. No sabía exactamente qué esperar de esa señal. Solo que cada vez que aparecía, algo había cambiado en el aire alrededor, como si el invierno bajara un grado más sin que nadie lo midiera.
Terminó el café. Aplastó el vaso en la mano y lo metió en el tacho de la esquina.
Siguió caminando.
La garúa seguía suspendida en el aire como Lima cuando decide recordarte que el invierno todavía no termina y que algunas cosas, las que realmente importan, llevan mucho más tiempo esperando de lo que cualquiera estaría dispuesto a creer.
Fin del Capítulo 1








