Customize readability
Aa

DONDE EL TIEMPO AÚN ME RECUERDA

All Rights Reserved ©

Summary

**¿Qué harías si despertaras a los trece años con todos los recuerdos de tu vida adulta?** Después de renunciar a un empleo que nunca logró darle la estabilidad que buscaba, Sebastián, un hombre de 48 años, cree haber llegado al final de un camino lleno de sueños abandonados, pérdidas y arrepentimientos. Pero un extraño fenómeno cambia su destino: despierta en 1991, en el cuerpo de su yo adolescente, sentado nuevamente a la mesa junto a sus padres, muchos años después de haberlos perdido. Ahora tiene una segunda oportunidad para revivir su juventud, reencontrarse con los amigos que el tiempo le arrebató, reparar heridas familiares, enfrentar sus antiguos miedos y descubrir que los errores más difíciles de corregir no son los del pasado, sino los que aún carga en su corazón. Mientras intenta entender por qué volvió en el tiempo, Sebastián descubrirá que cada decisión que cambia altera lentamente sus propios recuerdos, como si su vida anterior comenzara a desaparecer. Entre la nostalgia de los años noventa, el rock, la amistad, el primer amor, el humor cotidiano y el dolor de las despedidas, esta es una historia sobre la familia, las segundas oportunidades y el valor de vivir el presente antes de que se convierta en un recuerdo. **Porque, a veces, el mayor viaje no es regresar al pasado... sino aprender a vivirlo de una manera diferente.**

Status
Complete
Chapters
16
Rating
n/a
Age Rating
16+

EL DIA QUE TODO TERMINO

La renuncia

La puerta de cristal del edificio se cerró lentamente detrás de él con un suspiro neumático. Sebastián se ajustó la correa de la mochila al hombro. Dentro solo llevaba los restos de su vida profesional: un cuaderno de tapas gastadas lleno de apuntes sobre administración de servidores Linux, un teclado mecánico, una taza de cerámica con el logotipo borroso de la empresa y una pequeña fotografía familiar enmarcándola en plástico barato.

No lo habían despedido. Había renunciado.

Había comprendido, tras meses de estancamiento, que seguir ahí no cambiaría absolutamente nada.

Guardó las manos heladas en los bolsillos del abrigo y comenzó a caminar. No tenía automóvil. La situación económica del país había convertido la compra de un vehículo en un lujo inalcanzable para cualquiera que dependiera de un sueldo fijo. Con los años, la caminata de cuatro kilómetros hacia su casa se había transformado en un ritual forzado, en el único espacio donde su mente no pertenecía a nadie más.

Mientras avanzaba sobre el concreto desgastado de la avenida, los faros de los autos proyectaban sombras largas a su paso. Su mente, por inercia, comenzó a repasar la lista de empleos que había perdido en los últimos veinte años. Nunca había sido por falta de capacidad; dominaba la infraestructura de sistemas mejor que nadie en su área.

Siempre era la misma historia: recortes presupuestarios impuestos desde alguna oficina remota, decretos gubernamentales que devaluaban los salarios de la noche a la mañana, contratos cancelados sin previo aviso, empresas que cerraban de un día para otro. Decisiones ajenas que nada tenían que ver con su desempeño ni con las horas extra acumuladas frente a un monitor.

Siempre empezando desde cero. Siempre luchando contra la marea. Nunca logrando una verdadera estabilidad.

Al llegar a su casa, metió la llave en la cerradura gastada. Al abrir la puerta, el peso del día pareció aligerarse por un instante. Sofía, de dieciocho años, salió desde la sala con una sonrisa cálida que de inmediato reflejó el alivio de verlo llegar, mientras que la pequeña Lucía, de solo ocho años, corrió eufórica por el pasillo con los brazos abiertos.

—¡Papá, llegaste! —exclamó Lucía, lanzándose a sus brazos.

Sebastián se agachó para recibir el abrazo de la pequeña mientras Sofía se acercaba para darle un beso en la mejilla y ayudarlo a quitarse la mochila. La presencia y la calidez de Sofía y Lucía le devolvieron el ánimo por unos segundos. Ambas eran el centro de su universo, su razón de ser y el motor exacto por el que se negaba a rendirse sin importar cuán dura fuera la vida.

Sin embargo, al levantar la mirada sobre las niñas, se encontró con los ojos de su esposa. Ella estaba de pie junto al marco de la cocina, sujetando un trapo secador entre las manos. No hizo preguntas sobre la mochila ni sobre su regreso a esa hora. No hizo falta. En su mirada no había enojo, y eso era lo que más le dolió a Sebastián: había una indiferencia resignada, ese tono gris que se instala en un hogar cuando la esperanza se agota. Ella le ofreció una sonrisa tibia, casi por cortesía, antes de darse la vuelta para terminar de fregar un plato que ya estaba limpio. Entre ellos hacía tiempo que la rutina había reemplazado las conversaciones, el humor y la complicidad. Ya ni siquiera discutían. Solo habitaban el mismo espacio bajo el peso de un silencio cada vez más denso.

Esa noche, después de asegurarse de que Lucía estuviera profundamente dormida tras haberle leído un cuento, Sebastián pasó un momento por la habitación de Sofía. La vio concentrada frente a la pantalla de su computadora, iluminada por el brillo azulado mientras estudiaba. Le acarició suavemente el cabello, le deseó buenas noches y esperó a que cerrara la laptop antes de dirigirse a la cocina. Se sentó a la mesa. Encendió su teléfono y miró la pantalla de su banca en línea. El saldo restante era una cifra ridícula que apenas cubriría la comida de dos semanas. Levantó la vista y observó el entorno: la cocina pequeña, los muebles desgastados por los años, el refrigerador que emitía un zumbido irregular pidiendo un cambio urgente y las paredes que necesitaban, desde hacía tiempo, una mano de pintura.

Recordó entonces su adolescencia en los años noventa. Su difunto padre, un capitán de marina mercante jubilado, había sostenido a toda la familia con un solo salario. Nunca fueron ricos, pero jamás faltó comida en la mesa, ropa para ir al colegio y un hogar donde sentirse protegidos. Él, en cambio, dedicando las mismas horas de esfuerzo y con años de experiencia práctica en un área especializada, no lograba siquiera acercarse a la estabilidad que su padre construyó. Sebastián solo quería ofrecerle a sus hijas la misma seguridad que él tuvo de niño

¿En qué momento la vida se volvió tan difícil?, se preguntó, frotándose el rostro con amargura.

Buscando distraerse de la espiral de pensamientos, se levantó y comenzó a ordenar el estante del pasillo. Entre cajas de cartón deformadas y carpetas viejas, encontró un contenedor de plástico cubierto de polvo. Al retirar la tapa, el olor a papel viejo y humedad llenó el ambiente.

Al abrirla, sintió que el tiempo se detenía.

Dentro había fotografías a color con los bordes gastados, boletos de conciertos en papeles térmicos casi borrados, una púa de guitarra con el logotipo desgastado, un gafete de backstage y un CD encerrado en una caja de acrílico agrietada. En la portada, escrita a mano con plumón negro, se leía una etiqueta que no había visto en décadas: Eclipse 7.

A los veinte años, no eran solo aficionados. Eran considerados una de las promesas más sólidas del rock nacional. Recordó el sonido del amplificador al calentar, la vibración del bajo en el estómago y la adrenalina del escenario. La gira estaba confirmada y las negociaciones con una disquera importante avanzaban a paso firme. El éxito no era un sueño lejano; estaba ahí, al alcance de la mano.

Pero una cadena de crisis económicas, la quiebra de la promotora y problemas internos de producción terminaron por demoler el proyecto antes de despegar. Los conciertos se cancelaron uno a uno. El contrato jamás se firmó. Con el tiempo, la urgencia de la realidad aplastó el entusiasmo y cada integrante tomó un camino distinto. Él eligió la opción que parecía más sensata: un empleo estable, luego otro, y otro más. Poco a poco vendió sus equipos, dejó de tocar la guitarra, dejó de componer y sin darse cuenta, dejó de creer en su propia capacidad de crear algo propio.

Sostuvo el viejo CD entre las manos. Sintió un frío punzante en el pecho. Por primera vez comprendió que no solo estaba exhausto por las injusticias del entorno; estaba profundamente decepcionado de sí mismo. Había permitido que el miedo y la comodidad disfrazada de prudencia decidieran cada paso de su vida.

Salió de la casa en silencio, cuidando de no hacer ruido con la puerta. Necesitaba aire. Necesitaba que el frío de la noche le despejara la mente.

Caminó sin rumbo fijo por la acera desierta. Cada paso traía una pregunta punzante: ¿Qué pasó con mis proyectos?¿En qué momento cambié la convicción por la pura supervivencia?

Aceptaba que la economía era difícil y que muchas circunstancias escapaban de su control. Pero al mirar atrás, reconoció la falla en su propia ecuación: le había faltado persistencia. La determinación de resistir cuando la primera puerta se cerró.

Se detuvo bajo la luz amarilla de una farola y miró hacia el cielo nocturno. Con un nudo en la garganta, articuló en voz baja:

—Si hubiera seguido... si tan solo hubiera resistido un poco más... sé que lo habría logrado.

Las luces de los edificios comerciales al fondo parecían responderle con indiferencia.

De pronto, el ambiente cambió.

La oscuridad habitual de la noche comenzó a perder densidad. El cielo nocturno cambió de tono, tornando el negro en un rojo carmesí intenso que parecía brotar desde el propio horizonte.

Sebastián frunció el ceño. No era la contaminación lumínica ni el reflejo de un incendio. Era una alteración absoluta del firmamento.

Miró a su alrededor. El viento cesó de golpe. El murmullo lejano del tráfico desapareció. Las hojas de los árboles quedaron inmóviles. Todo quedó sumido en un silencio denso y artificial.

Un relámpago rasgó la penumbra. Cayó a varios kilómetros, pero no emitió trueno alguno. Un segundo después, otro rayo trazó una diagonal perfecta, seguido por una docena más.

No descendían de nubes tormentosas; emergían del propio aire, entrelazándose como una red eléctrica que cubría la atmósfera. Las farolas de la calle comenzaron a parpadear violentamente hasta reventar. Los semáforos se apagaron. En los vehículos estacionados, las pantallas de los tableros se llenaron de estática. Un zumbido de baja frecuencia comenzó a vibrar directamente en el hueso del pecho de Sebastián.

A lo lejos, la gente comenzó a salir a los balcones y a las calles. Se escuchaban gritos aislados, alarmas desorientadas y el desconcierto general.

Sebastián permaneció inmóvil en medio de la acera. La sobrecarga electromagnética hacía que los vellos de sus brazos se erizaran.

Entonces, la red de energía en el cielo se detuvo. Los relámpagos colapsaron en un solo punto sobre la ciudad.

El silencio volvió durante la fracción de un segundo.

De entre la masa de luz carmesí, una sola descarga vertical, gruesa como el tronco de un árbol, descendió en línea recta hacia donde él se encontraba.

No hubo tiempo de dar un paso atrás.

La descarga impactó directamente sobre su cuerpo. Un destello blanco absoluto anuló la calle, los edificios y la noche entera. No sintió dolor ni quemadura; solo la pérdida instantánea de peso, como si la gravedad hubiera dejado de operar.

Y en un parpadeo...

El mundo desapareció.


Let Coddy Legend know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Merry Christmas - Adventskalender 2025

Aelyn Raven: Wieder eine tolle Geschichte. Leider bin ich erst jetzt dazu gekommen sie zu lesen, aber das tut der Geschichte keinen Abbruch *g* ich freue mich schon auf den nächsten Adventskalender

Read Now
Bloodlines

Diana: Would recomend a good read, I like it's not to long

Read Now
A Blessing in Disguise

Miriam0011: Hi there! I really enjoyed reading your story, it was both interesting and well written. Your style feels very natural and easy to connect with. Do you usually write in this genre, or do you explore others as well?

Read Now
Ruthless Lord

Rebeca: Excelente novela

Read Now
THE WOMAN HE BOUGHT

Carolyne Walker: Very enjoyable read

Read Now
Mystic Wolf

TopazHorizon: I enjoyed this book so much even though the Alpha is really a huge jerk. He didn't really redeem himself (so good thing he's amazing in bed haha), so I still feel she shouldn't have taken him back easily. That said, very entertaining and I love how the friendships are shown here. Very real. I'm tire...

Read Now
Stadt der Alphas

Nicky: Super spannend.. Bin echt gespannt wie es weiter geht.. Wann ihr bester Freund es erfährt etc

Read Now
The Mate he couldn't have

natstarr: A great read from start to finish! I thoroughly enjoyed the banter between the characters,it was witty, engaging, and added so much personality to the story. An enjoyable book that I’d happily recommend.

Read Now