Capítulo 1: La nueva residencia

El cielo de aquella mañana estaba cubierto por un delicado manto de nubes grises que apenas dejaba pasar la luz del sol. El carruaje avanzaba lentamente por un estrecho camino rodeado de robles centenarios cuyas ramas parecían inclinarse sobre la carretera como si quisieran proteger el lugar que se ocultaba al final del sendero.
Dentro del carruaje, una joven observaba el paisaje con una mezcla de curiosidad y melancolía.
Su nombre era Eleanor Ashford.
A sus diecinueve años, Eleanor poseía una belleza elegante y serena. Su cabello castaño oscuro caía en suaves ondas hasta la mitad de la espalda, cuidadosamente recogido con una cinta color marfil. Sus ojos eran de un azul grisáceo que cambiaba de tonalidad según la luz, y en ellos siempre parecía esconderse una pregunta sin responder. Su piel era clara y delicada, apenas sonrojada por el largo viaje.
Vestía un refinado vestido de viaje de color azul celeste con pequeños bordados plateados en el cuello y los puños. Encima llevaba un abrigo crema y unos discretos guantes blancos que apenas ocultaban sus manos nerviosas.
Eleanor nunca había sido una joven escandalosa. Era amable, curiosa y extraordinariamente empática. Tenía la costumbre de escuchar antes de hablar y de encontrar belleza incluso en los lugares más tristes. Sin embargo, también poseía un defecto: cuando algo despertaba su curiosidad, era incapaz de dejarlo pasar.
Frente a ella viajaba su tía.
Lady Margaret Ashford, hermana menor de su difunto padre, mantenía la espalda recta con la elegancia que solo los años podían perfeccionar.
Margaret rondaba los cincuenta años. Su cabello rubio, ya mezclado con mechones plateados, estaba recogido en un impecable moño adornado con un pequeño broche de perlas. Sus ojos verdes transmitían firmeza, aunque quienes la conocían sabían que detrás de aquella apariencia severa se escondía una mujer profundamente cariñosa.
Vestía un elegante traje color esmeralda acompañado por un sombrero decorado con discretas plumas negras.
Tras varios minutos de silencio, Margaret cerró el libro que sostenía entre las manos.
Lady Margaret:—¿Estás nerviosa?
Eleanor sonrió con suavidad.
Eleanor:—Un poco... Es extraño pensar que ese lugar será nuestro hogar.
Lady Margaret:—Será un nuevo comienzo. Eso es justamente lo que necesitamos.
Eleanor asintió.
Desde la muerte de sus padres dos años atrás, su vida había cambiado por completo. Londres, con sus bailes, jardines y reuniones sociales, había quedado atrás. Ahora solo quedaban ella, su tía... y una enorme mansión heredada por un pariente del que apenas habían oído hablar.
El carruaje tomó la última curva.
Entonces apareció.
La Mansión Blackthorne.
Era inmensa.
Construida con piedra gris y grandes ventanales, parecía surgir de la niebla como un castillo olvidado por el tiempo. Torres cubiertas de hiedra se elevaban hacia el cielo mientras decenas de chimeneas permanecían apagadas.
No era una casa abandonada.
Era una casa silenciosa.
Tan silenciosa que incluso los pájaros evitaban acercarse.
Eleanor sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No era miedo.
Era la extraña sensación de que aquella mansión llevaba mucho tiempo esperándola.
El carruaje se detuvo frente a la enorme escalinata.
Un hombre de avanzada edad abrió la puerta.
Señor Harold Whitmore, el mayordomo de Blackthorne, inclinó respetuosamente la cabeza.
Su cabello completamente blanco contrastaba con el impecable uniforme negro que llevaba puesto. Tenía un rostro delgado y arrugado, pero unos ojos marrones llenos de inteligencia.
Harold era extremadamente educado y disciplinado. Nunca levantaba la voz ni mostraba emociones innecesarias, aunque parecía observarlo absolutamente todo.
Harold:—Bienvenidas a Blackthorne Manor.
Lady Margaret:—Gracias por recibirnos.
Harold tomó parte del equipaje mientras guiaba a las dos mujeres al interior.
En cuanto Eleanor cruzó la puerta principal, sintió un ligero cambio en el aire.
La temperatura descendió.
Un inmenso vestíbulo se abría ante ella.
Una escalera doble ascendía hacia el segundo piso.
Retratos de antiguos nobles cubrían las paredes.
Un gigantesco reloj marcaba las cuatro de la tarde.
Todo parecía perfectamente conservado...
Pero demasiado inmóvil.
Como si el tiempo hubiese decidido detenerse allí.
Eleanor:—Es preciosa...
Harold sonrió apenas unos segundos.
Harold:—La mansión guarda muchos recuerdos.
Antes de que Eleanor pudiera responder, creyó escuchar unos pasos en el piso superior.
Levantó la vista.
Había alguien.

Un joven permanecía inmóvil junto a la barandilla.
Vestía un impecable traje negro de corte antiguo con chaleco color vino y una camisa blanca perfectamente abotonada. Su cabello negro caía ligeramente sobre su frente y sus ojos grises parecían observar el mundo con una mezcla de tristeza y ternura.
Era extraordinariamente apuesto.
No de una forma llamativa.
Sino elegante.
Como si perteneciera a otra época.
Cuando sus miradas se encontraron, Eleanor sintió que el tiempo desaparecía durante un instante.
El joven sonrió con una calidez inesperada.
Después descendió lentamente por la escalera.
Cada uno de sus movimientos desprendía serenidad.
Al llegar al último escalón realizó una pequeña reverencia.
Joven:—Bienvenida a Blackthorne Manor.
Su voz era tranquila y profunda.
Eleanor respondió casi sin pensar.
Eleanor:—Gracias...
Harold observó la escena en completo silencio.
Margaret, en cambio, parecía distraída contemplando unos documentos sobre una mesa cercana.
El joven dio un paso más.
Joven:—Mi nombre es Adrián.
Eleanor:—Soy Eleanor Ashford.
Él sonrió.
Una sonrisa sincera.
No arrogante.
No seductora.
Simplemente amable.
Adrián:—Lo sé.
Eleanor arqueó una ceja.
Eleanor:—¿Ya habían hablado de nosotros?
Adrián permaneció unos segundos en silencio.
Adrián:—Digamos... que esta casa siempre sabe quién está a punto de llegar.
Aquella respuesta era extraña.
Muy extraña.
Pero pronunciada con tanta naturalidad que Eleanor terminó sonriendo.
Eleanor:—Supongo que tendré que acostumbrarme a los misterios de esta mansión.
Adrián soltó una leve risa.
Era una risa tranquila.
Casi olvidada.
Como si llevase muchísimo tiempo sin tener motivos para reír.
En ese instante, Harold carraspeó discretamente.
Harold:—La señorita seguramente deseará descansar después del viaje.
Adrián inclinó ligeramente la cabeza.
Adrián:—Por supuesto.
Fue entonces cuando Eleanor notó un detalle.
Durante toda la conversación...
Adrián no había dado un solo paso hacia la puerta principal.
Siempre permanecía varios metros alejado de ella.
No parecía casualidad.
Pero antes de que pudiera preguntarle el motivo, él volvió a sonreír.
Adrián:—Espero que esta casa llegue a hacerla sentir como en su hogar.
Eleanor sostuvo su mirada unos segundos.
Sin saber por qué...
Sintió que acababa de conocer a alguien que llevaba mucho tiempo esperando encontrar.
Y, en algún rincón silencioso de la mansión, un viejo reloj comenzó a sonar.
Una campanada.
Dos.
Tres.
Hasta doce.
Aunque aún eran apenas las cuatro de la tarde.









