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EL CANTO DE LAS CENIZAS

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Summary

"Toda llama termina convertida en ceniza. Pero algunas cenizas... todavía recuerdan el fuego." Mucho antes de que existieran los reyes, los templos y los imperios, el mundo era sostenido por los Cantos: fragmentos del lenguaje con el que la realidad recordaba quién era. Luego llegó el olvido. Las ciudades desaparecieron. Las bibliotecas fueron selladas. Los nombres de los héroes se convirtieron en polvo. Y los Cantos dejaron de escucharse. Ahora, mientras antiguas puertas vuelven a abrirse y el cielo comienza a comportarse como si recordara un pasado prohibido, un joven copista descubrirá que algunas historias nunca murieron... solo estaban esperando ser recordadas. Porque las leyendas no comienzan cuando nace un héroe. Comienzan cuando el mundo olvida por qué necesitó uno.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

“Antes de los reyes, antes de los templos;

Antes incluso de que los hombres aprendieran a nombrar las estrellas...

el mundo ya estaba cantando.”


Nadie recuerda cuándo nació la primera montaña.

Nadie sabe quién encendió el primer sol.

Los sabios discutieron durante siglos.

Los sacerdotes escribieron miles de pergaminos.

Los reyes enviaron expediciones más allá de los mares conocidos.

Ninguno regresó con respuestas, solo con preguntas.

Porque algunas verdades...

no fueron hechas para ser comprendidas.

Fueron hechas para ser olvidadas.

Y el mundo hizo un trabajo excelente.

Dicen los ancianos que la historia comenzó con los dioses...

se equivocan.

Los dioses llegaron tarde.

Cuando despertaron... las montañas ya eran viejas.

Los océanos ya tenían nombre.

Los bosques ya ocultaban secretos.

Incluso el viento cantaba melodías que ningún dios había compuesto.

Fue entonces cuando ellos escucharon algo...

No provenía del cielo, no provenía de la tierra ni del mar.

Venía...

de entre los silencios.

Había un espacio diminuto entre cada sonido del universo, un lugar donde el tiempo apenas respiraba.

Allí existía una melodía, tan antigua... que incluso las estrellas guardaban silencio para escucharla.

Los dioses la llamaron El Primer Canto.

No era magia, la magia vino después.

No era vida, la vida vino después.

Era... el lenguaje con el que la realidad recordaba quién era.

Los dioses intentaron aprenderlo,

Fracasaron.

Los hombres intentaron copiarlo,

Enloquecieron.

Los sabios intentaron escribirlo.

Solo uno afirmó haberlo conseguido.

A la mañana siguiente, él y su escrito habían desaparecido...

nadie volvió a encontrarlos.

Los escultores intentaron grabarlo en piedra.

Las piedras se partían.

Porque ningún símbolo podía contener un sonido que existía antes de la materia.

Entonces hicieron algo distinto... lo dividieron.

Separaron aquella melodía infinita en pequeños fragmentos, y cada fragmento gobernaba una parte del mundo.

Nadie volvió a conocer el número exacto de aquellos fragmentos.

Con el paso de los siglos, algunos fueron olvidados. Otros... jamás volvieron a ser encontrados.

Así, nacieron los Cantos.

Durante generaciones, las montañas volvieron a responder al viento.

Los mares recordaron sus mareas.

Los árboles florecieron incluso sobre roca desnuda.

Y durante miles de años... el mundo conoció la paz.

Hasta que, un día, alguien hizo una pregunta.

Una pregunta tan sencilla... que nadie comprendió el peligro que escondía.

“Si existen los Cantos...¿De qué fueron separados?”

Los sacerdotes prohibieron aquella frase.

Los reyes quemaron libros.

Los templos cerraron sus puertas.

Los cronistas arrancaron páginas enteras de la historia.

No porque la respuesta fuera malvada.

Sino porque era cierta.

Y algunas verdades...

pesan más que cualquier espada.

Con el paso de los siglos, los hombres olvidaron.

Olvidaron ciudades.

Olvidaron imperios.

Olvidaron héroes.

Olvidaron incluso sus propias lenguas.

Las montañas crecieron.

Los bosques reclamaron los caminos.

Los castillos se convirtieron en nidos de cuervos.

Los nombres se transformaron en polvo.

Mucho antes de que los primeros reyes levantaran sus castillos, ya existían ciudades abandonadas. Nadie recordaba quién las construyó.

Los árboles habían atravesado sus murallas.

Las raíces abrazaban columnas de mármol.

Las estatuas miraban al horizonte con los rostros consumidos por el viento.

Y cuando la niebla descendía sobre aquellos lugares...

incluso los lobos preferían rodearlos.

Solo quedó una frase transmitida en voz baja.

De abuelo a nieto.

De madre a hija.

De monje a aprendiz.

Una frase tan antigua... que nadie recordaba su significado.

“No escuches el silencio cuando el mundo deje de cantar.”

Nadie le prestó atención.

Hasta la noche...

en que las estrellas desaparecieron.

No porque las nubes las cubrieran.

No porque llegara una tormenta.

Simplemente... dejaron de existir.

Una por una.

Como si alguien estuviera apagando el cielo.

Aquella oscuridad solo duró un minuto.

Sesenta latidos.

Sesenta respiraciones.

Sesenta segundos.

Y cuando las estrellas regresaron...

el mundo ya había cambiado.

Aquella misma noche, en todos los rincones del continente, ocurrió un hecho del que nadie volvió a hablar.

Las estatuas más antiguas del mundo...

lloraron.

No lágrimas.

Cenizas.

Ningún hombre las vio hacerlo.

A la mañana siguiente, el viento ya había borrado toda evidencia.

Solo quedaron sus manos extendidas hacia un cielo que parecía incapaz de responder.

Los animales dejaron de acercarse a lugares donde el viento había dejado de cantar.

Los ríos comenzaron a fluir hacia arriba durante unos instantes cada amanecer.

Las campanas de templos abandonados sonaban sin que nadie las tocara.

Los niños empezaron a soñar con una ciudad que no aparecía en ningún mapa.

Y en el extremo más olvidado del continente... donde las montañas se inclinaban sobre un lago tan inmóvil que parecía un espejo de obsidiana...

una puerta de piedra...

cerrada desde antes del nacimiento de los primeros reyes... se abrió.

No hizo ruido.

No tembló la tierra.

No cayó un rayo.

Solo se abrió.

Como si hubiera estado esperando exactamente ese momento durante miles de años.

Detrás... no había montañas de oro.

No había armas bendecidas.

No había coronas olvidadas por los reyes.

Solo libros.

Miles, tal vez millones, más de los que cualquier hombre habría podido leer en cien vidas.

El polvo cubría sus lomos como la nieve cubre las montañas más antiguas.

Sin embargo, ninguno parecía haber envejecido.

Solo un espacio permanecía vacío...

como si el tiempo hubiera decidido no pasar por ese lugar.

No tenía polvo.

Como si ningún libro hubiera descansado allí...

o como si alguien lo hubiera retirado hacía apenas un instante.

Y sobre un pedestal de mármol blanco...

descansaba un único libro.

No tenía título.

No tenía autor.

No tenía adornos.

Solo una frase escrita con una tinta que parecía hecha de luz.

“Si puedes leer estas palabras... significa que el mundo ha olvidado su verdadero nombre.”

En una región muy lejos de aquella biblioteca, en un pequeño monasterio perdido entre montañas, un joven de diecinueve años terminaba de copiar un manuscrito.

No era un guerrero.

Nunca había sostenido una espada.

No era un príncipe.

No era un elegido.

Ni siquiera sabía encender una fogata sin ayuda.

Su trabajo consistía en copiar libros.

Palabra por palabra.

Día tras día.

Desde que tenía memoria.

Todavía no lo sabía...

pero el destino del continente entero...

acababa de escribir su nombre en una página que llevaba tres mil años en blanco.

Y en el mismo instante, alguien escribió el suyo en la última página del mismo libro.

Muy lejos de allí... alguien sonrió por primera vez en mil años.

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