Como El Sol Y La Luna... Así Lo Entendí by giso at Inkitt
Customize readability
Aa

Como el Sol y la Luna... Así lo entendí

All Rights Reserved ©

Summary

Hay personas que creen que los eclipses son solo un fenómeno astronómico. Por otro lado, para Aylin Elara, siempre significaron un refugio. Sin embargo, después de años, mientras intenta encontrar su lugar en un mundo muy distinto al que conoció de niña, la vida, el tiempo y la muerte harán tambalear la única verdad de la que nunca había dudado. Y Elara tendrá que responder a la única pregunta que siempre evitó: ¿Qué ocurre cuando seguir amando exige hacerlo de una forma distinta?

Genre
Young Adult
Author
giso
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo.

El abuelo estaba en el pequeño patio de nuestra casa, hundido en su vieja silla como si hubiera echado raíces allí años atrás. Miraba el cielo con tanta atención como si esperase que la mismísima Mary Poppins bajara de él; siempre hacía lo mismo, sin importarle si el día era opaco o si la noche carecía de estrellas.

Después de verlo casi siempre ahí, yo también empecé a contar las nubes una por una, tumbada en el pasto, aunque nunca lograba terminar. Las muy tramposas competían por ver quién podía hacer más formas. En un momento eran monos, trofeos o piratas y, al siguiente, parecían algodones de azúcar amontonados.

Justo al lado de la anticuada silla había una mesa pequeña, tan bajita como mi hermana y yo. A veces pintábamos allí. Bueno, ella pintaba; yo dejaba los troncos secos como en otoño e iba a buscar caracoles. Cuando volvía, revisaba los dibujos por si alguno se había movido, igual que en los cuentos que papá nos leía antes de dormir. Estaba segurísima de que los dragones bostezaban apenas cerrábamos el libro.

Sobre esta mesa descansaba la cajita de la abuela. Su color cremoso, con una cruz marrón en el centro, siempre me daba la impresión de estar guardando demasiado en un espacio muy pequeño. Mamá me explicó una vez que la abuela dormiría allí desde ahora, pero que no podría despertarla.

¿Habría sido víctima del mismo embrujo que la Bella Durmiente? ¿Saldría si limpiaba la cajita como un genio de la lámpara? ¿Con qué soñaría?

Le pregunté a mamá si la abuela había encontrado algo para encogerse, porque la cajita era tan pequeña que apenas cabría mi colección de canicas en ella. Era imposible que incluso yo cupiera ahí. Mamá soltó una carcajada tan fuerte que casi dejó caer un plato que estaba lavando. Entre risas, me dijo:

—La abuela ya no es exactamente como la recordábamos, Ela. Ahora es… polvo de estrellas.

Abrí mucho los ojos y tapé mi grito con ambas manos. ¿Eso… era posible? ¿Yo también me convertiría en polvo de estrellas cuando creciera? Intenté imaginarlo: ¿brillaría como los adornos pegados en mi techo? ¿Sería suave y esponjoso como un bizcocho? ¿Podría parecerme al de la abuela? Quizá. No sabía cómo era exactamente.

Una tarde, mientras mamá cosía un vestido guinda y el abuelo curiosamente no estaba, acerqué una silla a la mesa de la cajita. Solo quería mirar un poquito. Solo para saber.

Sin embargo, no alcancé siquiera a tocarla antes de que las manos de mamá aparecieran como por arte de magia y me la quitaran con delicadeza. La colocó en una repisa demasiado alta donde no llegaría ni con la silla y terminó arrodillada frente a mí.

—Elara —dijo suavemente—, ¿qué intentabas hacer?

—Quería saber si la abuela brillaba —respondí muy bajito.

El pecho de mamá se infló en un suspiro, pero siguió hablando con calma.

—No sé si ella brilla, Ela. —Tomó mi mano y le dio un apretoncito—. Pero no puedes verla. Si la abres, la abuela se despertará. —Pasó un mechón de cabello detrás de mi oreja—. La abuela descansa tranquila, hija. No quiere que la interrumpan.

Su sonrisa apareció, pero era débil, sus ojos no brillaban.

—Lo siento, Elara. Pero no siempre obtendrás las respuesta que buscas abriendo una caja. Y más adelante… tal vez… comprendas por qué es mejor así. ¿Entiendes?

¿Que a la abuela no le gustaba que la despertaran?

—Creo que sí —dije tras asentir.

Mamá besó mi frente y después se levantó con mi mano en la suya, nos alejó de ahí.

—Mami. —La llamé al terminar de subir las escaleras.

—Dime. —Se detuvo un rato para mirarme, el viento ondeaba su cabello y su blusa azul. Abracé una de sus piernas y enterré mi cara en ella.

—Prometo que nunca jamás intentaré abrirla.

Mamá rascó mi cabeza y después tomó mis dos manos. Me levantó en brazos y, con una gran sonrisa, nos hizo girar en el aire. Me abrazó muy fuerte entre risas.

—Te amo, cariño. —Le dio un beso a mi mejilla.

—Y yo a ti, mami. —Repetí su gesto.

—Yo te amo mucho más. —Apretó mi nariz con sus dedos y yo hice otro tanto.

Pasamos un buen rato compitiendo por quién amaba más a la otra, hasta que ella entró a la cocina y empezó a preparar el almuerzo.

Me quedé en el balcón dando brinquitos y tarareando una canción hasta que vi que el abuelo había regresado y tenía un libro verde bosque entre las manos. De prisa, me agaché entre las barras y lo escuché. Leía sobre que los rayos del Sol eran voraces. También que la singular luz plateada de la Luna obsequiaba escenarios inolvidables. Oí algo de ondas que bailaban en el cielo y de piedras que caían del espacio. Imaginé que esas piedras eran estrellas corriendo porque se les había hecho tarde.

Las rodillas me dolían ya, pero no quería levantarme. La forma en que el abuelo arrastraba las palabras parecía... un hechizo para que este momento sea eterno. Además, hablaba como si la abuela pudiera responderle en cualquier momento.

Deseé que lo hiciera.

Apenas y sí recordaba su voz.

Me acomodé en el piso sin hacer mucho ruido, pero en eso, una breve brisa trajo consigo un poco de polvo que me picó la nariz y no pude evitar estornudar.

—¡Achís!

Cerré muy fuerte los ojos cuando no escuché al abuelo. Ay, no.

—Te escuché, Júpiter. —Su voz sonó suave.

Júpiter. Solo él me llamaba así. Le gustaba poner motes y tenía uno para cada nieto.

—Ven conmigo, pequeña gigante. —Dejó el libro en la mesa—. Acompaña a este viejo.

Miré un momento de él a la cajita y luego bajé arrastrando los pies. Me detuve a dos pasos de él con las manos cruzadas y pasando el peso de un pie a otro. Me dedicó una sonrisa radiante y luego me levantó para sentarme en su regazo. Arrugué la nariz al oler el cigarro: amargo, pero familiar.

—¿Qué pasa, Júpiter? —Apretó mi hombro.

—Estabas leyendo ese libro otra vez. Me gusta —susurré—. ¿Es tu favorito?

—No. No el mío. —Miró la cajita y su sonrisa se encogió—. Era el poemario preferido de tu abuela.

—¿Y lo lees para ella? —pregunté mientras balanceaba mis piernas.

Asintió con un suspiro y luego se echó hacia atrás en su silla.

—¿Puede escucharte? —Me acerqué un poco más a él.

—Siempre —sonrió y volvió a mirarme—. Aunque no diga nada, se alegra al oírlo.

Cerró los ojos un ratito y me pareció un poco triste. Quizá era culpa de las nubes. Los días grises a menudo desanimaban a la gente.

—¿Te gusta el sol? —pregunté, después de unos minutos viendo cómo la sombra de una nube acariciaba la mitad de su cara.

—Un poco. —Agarró un mechón de mi cabello y lo enroscó en su dedo—. Pero la Luna me gusta más. ¿Y a ti?

—No lo sé. Me gusta lo brillante, pero cuando el calor es mucho mi mamá camina por la casa como un volcán a punto de explotar. —Me relajé y sonreí al sentir el retumbe de su risa—. Y la luna es linda y alumbra la noche, pero no siempre está y a mí… me asusta la oscuridad.

—Entiendo —Siguió jugando con mi cabello.

—No… —Enterré la cara en su pecho— no creo que pueda elegir un favorito.

El abuelo rio otra vez y me pellizco un cachete.

—Entonces no elijas. —Rascó mi cabeza con su otro mano—. La Luna y el Sol sobrevivirán sin saber cuál es el ganador.

Nos reímos unos segundos y terminamos mirando el cielo en un breve silencio.

—Dime, Júpiter. —Giré para ver una sonrisa—. ¿Conoces su historia?

—¿De qué?

—Del Sol y la Luna.

—No sabía que tenían una —mencioné mientras jugaba con mis dedos en la silla.

—Qué sorpresa —comentó con ironía—. Tú que conoces casi todos los cuentos.

Resoplé fuerte para fingir que me había molestado, pero fracasé y terminé riendo.

—¿Quieres que te la cuente? —Me dio unas palmaditas en la espalda.

—Sí. Por favor —le pedí, casi gritando.

Me acomodó sobre una pierna después de reírse y se aclaró la voz antes de empezar.

«La primera vez que el Sol y la Luna se encontraron, se suponía que estaban guardando los arcoíris, aunque ninguno era muy bueno enrollándolos y se rieron al ver cómo habían quedado todos torcidos. Como todavía no terminaba de amanecer y no tenían que despedirse, el Sol dibujó figuritas con las nubes para pasar el rato con su nueva amiga. Y cuando ella fue a descansar, escondió rayos entre las montañas para que los encontrara al anochecer.

Desde ese día, la Luna le robaba un poquito de luz al Sol para molestarlo, pero siempre terminaban riéndose de ello recostados en las nebulosas, apostando por quién encontraría primero una estrella fugaz. A veces limpiaban juntos el cielo y, al terminar, la Luna nunca dejaba que el Sol se marchara sin darle un beso en la frente, diciendo que así brillaría más. Pasaron tanto tiempo juntos que el Sol ya reconocía las sonrisas de ella incluso cuando solo veía un rayito plateado en las noches.

Desde un agujero negro, el universo contemplaba cómo crecía esa amistad para convertirse en el romance más resplandeciente de la historia. Observó cómo, cuando no quería despedirse, el Sol retrasaba el atardecer con la excusa de coleccionar sus colores más bonitos para pintar con la Luna al día siguiente; vio que ella hacía helados con los trocitos de arcoíris cuando él tenía un día lluvioso y se rio al ver cómo guardaban pequeñas sorpresas entre las estrellas para el otro.

Vio que habían aprendido a hablar sin palabras, cómo se sentían solo con pesar en el otro y cuándo decidieron dar el siguiente paso.

Fue un anochecer. El Sol, con el pecho rebosante de fervor, le pidió a ella que se quedara con él por siempre y para siempre. Y aunque fue la propuesta más preciosa nunca antes vista, el universo entero tembló de pánico.

Los encuentros de ambos ya habían causado demasiado daño a los mundos: las olas sumergían las tierras en lo más profundo, los volcanes surgían de las aguas para estallar sin descanso y los asteroides chocaban sin parar contra los planetas.

El universo charló con la Luna antes de esa propuesta; así que ella ya sabía que cualquier respuesta terminaría rompiendo el mundo. Si aceptaba, el Sol ardería de tanta alegría que se consumiría entero, dejando a los planetas congelados. Pero ¿y si lo rechazaba? Él se apagaría desolado, condenando al universo a una profunda oscuridad.

Así que, reprimiendo sus lágrimas y con la voz temblorosa, le respondió: «No lo sé».

Y desde entonces Saturno guarda los anillos, Neptuno los diamantes y Venus sale como el lucero del alba. Los tres esperando pacientemente que alguien, algún día, se atreva a decir que «» sin temor a destrozarlo todo. Sin miedo a amar.

Y se dice que, en cada eclipse, el Sol le pregunta a su amada: «¿Sigues dudando?».

El abuelo había cerrado los ojos durante todo el relato, pero ahora los abrió y los fijó en mí. Mantuvo su sonrisa mientras dibujaba círculos en mi brazo.

—Es un hermoso cuento, abuelo —murmuré mordiéndome un dedo.

—¿Pero...? —Insistió con una breve risa al notar mi silencio.

—Pero... ¿no están… tristes? —Asintió varias veces—. ¿Cómo es que brillan tanto entonces? ¿No deberían, no sé, apagarse? O… ¿Querer quemar todo?

—En sus peores días, tal vez piensen en hacer eso —respondió tras reírse y besó mi frente—. Pero ellos están seguros de su amor y alumbran los días y las noches para no preocupar al otro.

Asentí y empecé a dibujar círculos sobre mis piernas, pero el abuelo me llamó con unos toquecitos en la espalda antes que “diera un paseo por mi cabeza” como decía papá.

—No te veo muy convencida —su voz sonaba alegre.

—Mmm… —Miré todo el patio, la mesa y la cajita antes de preguntarle lo que quería saber—: ¿Alguna vez podrán estar juntos?

Me dedicó una leve sonrisa y miró hacia la nube que ensombrecía el patio antes de preguntar otra cosa sin responder a mi pregunta.

—¿Sabes por qué el Sol sale tan temprano, Júpiter?

Negué con la cabeza y miré a dicho Sol. Me ardieron los ojos.

—¿Por qué?

—Porque quiere dejarle el cielo ordenado a la Luna antes de que despierte —sonrió.

Me pareció tierno que cuidara así de ella, pero…

—¿Y la Luna?

—Ella recoge todas las estrellas antes de irse a dormir para que el Sol no las pise cuando salga. —Pasó una mano por mi cabello—. Puede que no puedan estar juntos siempre, pero él se enamora de ella cada anochecer. Y la Luna, cada amanecer. —Su pulgar acarició mi mejilla mientras seguía hablando—. Ambos están seguros de su amor, Júpiter. Y necesitan la felicidad del otro más allá que cualquier otra cosa. —Respiró muy profundo—. No importa si no están juntos.

Miró la cajita en silencio después de eso. Nos quedamos así un momento y llegué a contar once nubes antes de que se me ocurriera algo.

—Tal vez… —Por alguna razón la voz se me escapó cuando el abuelo me miró, pero tosí fuerte y volví a hablar—. Abuelo, creo que, cuando la Luna se va, llora por no poder decir que sí. Y el Sol brilla mucho entonces para que ella sepa que lo entiende.

—¿Sabes? —dijo tras una risita—. Creo que tu abuela estaría de acuerdo contigo.

Sonreí y miré la cajita ¿Me habría oído? El abuelo me abrazó un rato. Luego se levantó y me bajé de sus piernas para sentarme en el suelo.

Me quedé sola, molestando a las hormigas, hasta que volvió con una baraja de cartas. Lo había visto con estas otras veces; era gracioso, aunque un poco confuso, ver cómo perdía y se enfurecía jugando solo. Agitó la baraja en su mano.

—¿Quieres jugar?

—No sé cómo —dije con un puchero—. Nunca he jugado con cartas.

—No te preocupes, Júpiter —volvió a sentarse y lo seguí—. Yo puedo enseñarte.

Me senté en el brazo de la silla y lo vi alinear las cartas mientras me explicaba las reglas. No entendí bien cómo se jugaba, pero no pregunté. El juego se llamaba «Solitario», no me sonaba a algo que quisieras compartir. Me quedé con él hasta que cayó la noche y mi mamá me encontró para llevarme a dormir.

El abuelo y yo mantuvimos nuestra rutina los siguientes días: Él conversaba con la cajita y yo me escondía para escucharlo. Pero, a cada tarde que pasaba, me preguntaba si las palabras también podían agotarse y por eso ya no hablaba tanto. A veces, incluso, solo miraba la madera crema, suspiraba y se quedaba en silencio. Todo fue así hasta que un día vi la silla vacía.

La cajita sobre la mesa, sin compañía.

Pensé que quizá el abuelo había ido a buscar otra caja de cigarros, así que me entretuve armando un puzle. Pero él no llegó. Ni antes del almuerzo ni después del postre. Lo busqué de arriba abajo por cada habitación. Revisé incluso el ático y las cajas viejas, aunque el abuelo siempre decía que allí solo vivían arañas y musarañas.

Le pregunté dónde estaba el abuelo a mamá jalándole la túnica, pero ella simplemente apartó mi mano y se fue sin mirarme, tenía los ojos rojos. Quise preguntarle a papá, pero él caminaba de un lado a otro susurrando por el teléfono e ignoraba mis preguntas. Me gasté la voz preguntando por el abuelo hasta que terminé llorando en una esquina, hecha una bolita y sin noticias de él. Perdí la cuenta de los días que no lo había visto, hasta que un jueves hubo una reunión en el patio.

Esta no era como ninguna otra a la que hubiera ido: La sala era un mar de ropa oscura y las risas brillaban por su ausencia. Se escuchaban más las cucharitas revolviendo el azúcar que a la gente hablar y vi a todos los niños jugando a ser estatuas.

Mis tías y mi madre servían café a los invitados del patio. En vez del «Gracias» o el «Está delicioso», escuché cómo les decían: «Lo lamento» y «No tuvo que pasar tan pronto». Las palabras eran un eco interminable en el lugar, igual que los pañuelos y las lágrimas. Sentía que me había perdido una página importante de la historia.

Un rato después de comer, empecé a caminar entre los presentes. Me fijé que casi nadie tocaba las galletas así que metí cuatro en el bolsillo y miré a los invitados. Pensé que tal vez alguno podría decirme dónde estaba mi abuelo, a la mayoría los había visto con él al menos una vez. Intenté acércame a uno de ellos, pero me detuve al ver que estaba llorando. Sin saber si podía mirarlo o no, alcé la cabeza al cielo. Se veía un poco oscuro a pesar de ser de día y una brisa escalofriante me rodeó de pronto. Fui a buscar a mi papá por un abrigo, pero, en el camino, me topé con un rostro familiar.

Mi abuelo.

Estaba dormido en una cama rara de madera muy alumbrada, colocada justo en el centro del patio. No lo había notado antes, pero ahora corrí hacia él con una sonrisa enorme porque al fin terminaron estas escondidas.

Me trepé en un banco que había ahí al costado y vi la cajita de la abuela colocada al lado derecho de la cabeza del abuelo. Sonreí más al verlos juntos. Le di un par de palmaditas en la mejilla para despertarlo, tenía que contestar una lista de preguntas sobre su desaparición. Pero su piel estaba fría. Muy, muy fría.

—¡Emma! —exclamó alguien—. ¡Emma, tu hija!

—¿Qué pas…? —el grito de mi mamá cortó el aire—. ¡No!

Oía unos pasos acelerados y de repente una mano me bajó de la silla con un jalón de brazo. Al alzar la cabeza, mamá tenía cara de haber visto un fantasma de verdad.

—¡¿Por qué has hecho eso?! —exigió saber.

Todos se callaron y clavaron sus ojos en nosotras. ¿Por qué mamá me había gritado? ¿Hice algo malo? De pronto estalló un coro de murmullos y mamá apretó su agarre para arrastrarme con ella. Los susurros se intensificaron hasta que oí un: «Pobre niña».

Me solté de un tirón de mi madre, ignorando el rasguño que dejaron sus uñas. Corrí a esconderme en el refugio más cercano que encontrara. Llegué a la cocina. Me encerré en un armario y le puse seguro. Dos segundos después, la madera empezó a sonar.

—Elara —una de mis tías me llamó —. Elara, sal de ahí.

No respondí, tampoco obedecí. Lloré en silencio deseando que mamá no me escuchara ni me viera así, pero sus pisadas firmes retumbaron al entrar a la cocina.

—¿Dónde está Aylin? —preguntó a gritos.

—Ahí adentro.

—¡Aylin, sal de ahí! —llamó bruscamente la puerta del armario—. ¡Sal ahora mismo!

—¡No! —grité, abrazando mis piernas y enterrando la cara en las piernas. Cuando mamá me llamaba Aylin, nada bueno pasaba.

—¡Aylin!

Hubo un último golpe muy violento contra el armario, antes de empezar a escuchar el murmullo de mi tía Sera.

—Ay, Emma. Te dije que deberías ponerle un alto a esa niña. Mira, se comporta tan malcriada, tan difícil…

—No, Sera. Es una niña, no entiende —decía mi tía Cris—. Pero igual, debería respetar un poquito más a sus mayores. Emma, lo siento hermana, pero no puedes dejar que tu hija haga esto otra vez. Es vergonzoso.

—Ay, Emma —suspiró mi tía Chela—. ¿Qué les decimos ahora a los invitados?

No pude escuchar el resto porque mi respiración era muy sonora y las lágrimas hacían arder mis oídos. Al final me dormí en la oscuridad, abrazándome con mucha fuerza.

Para cuando abrí los ojos y salí de la cocina, el patio ya estaba despejado. Solo andaban por ahí mi tía y mis primas. Apoyaban a mi madre y a mi hermana con la limpieza. La rara cama ahora parecía más un cajón gigante donde ya no veía al abuelo.

Sabía que todavía faltaba para la noche porque el cielo seguía celeste, pero algo parecía pintarlo pacientemente con tinta oscura.

—Un eclipse —escuché exclamar a mi tía Sera.

Alcé la vista. Yo no sabía cómo era un eclipse, pero el abuelo me había prometido aquel día mientras jugaba con las cartas, que algún día veríamos uno juntos.

Sin ningún ruido en el patio, observé como la Luna, tímidamente, comenzaba a cubrir al Sol. Era como un pastel de helado derritiéndose por una vela de cumpleaños.

Cuando la luz empezó a desvanecerse más, lloré otra vez, pero me limpié las lágrimas con fuerza pensando en el abrazo del abuelo y en no ensuciar su camisa. Cuando la oscuridad cubrió el patio y se hizo un silencio absoluto, no lo vi acercarse, no lo oí llamarme, no sentí sus brazos envolverme. ¿Por qué no venía a por mí? Él estaba ahí... ¿cierto? Agarré mis codos con fuerza, temblando en el silencio cuando una espantosa idea retumbo en mi cabeza y oídos. ¿Lo habrían encerrado en esa caja?

¿Ahora… sería como la abuela? ¿Él también… desaparecería para siempre?

Mis mejillas terminaron empapadas mientras me preguntaba todo eso.

El abuelo... ¿ya no podría cumplir la promesa que me hizo?

Papá decía que las promesas eran como los tatuajes. Una vez hechas, se quedan grabadas para siempre.

Me sequé el llanto con la manga justo en el instante en que el patio volvía a aclararse. Allá arriba, el Sol y la Luna parecían una sola llama que prendía fuego al cielo, sin embargo, había llegado la hora de decir adiós.

Era algo muy cruel de ver. ¿Qué derecho tenía el universo para separarlos? Si yo fuera cualquiera de ellos, preferiría destrozar todo antes de pasar una eternidad extrañando a quienes amo. Jamás dejaría que me alejasen de mi fami…

«Ambos están seguros de su amor... no importa si no están juntos todo el tiempo».

Solté una exclamación callada y giré rápido la cabeza. ¿Qué había sido eso? Juraría que acababa de escuchar a mi abuelo, pero... al mismo tiempo, no.

«Ambos están seguros de su amor...», repetí en un susurro mirando el cielo. Esas habían sido las palabras de mi abuelo. Y… tenía razón, ¿no?

Tal vez querer a alguien era como el Sol y la Luna en su cuento, donde dejaban rayos de luz para el otro porque no podían estar juntos.

A los cinco años, así lo entendí.

A los diecisiete… ya no estaba tan segura de que unos cuantos rayos escondidos alcanzaran para soportar la ausencia de un abrazo.

No cuando ya no podía encontrarlos.

Let giso know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Merry Christmas - Adventskalender 2025

Aelyn Raven: Wieder eine tolle Geschichte. Leider bin ich erst jetzt dazu gekommen sie zu lesen, aber das tut der Geschichte keinen Abbruch *g* ich freue mich schon auf den nächsten Adventskalender

Read Now
Charly's Weihnachten

T.M: Ich kann es gar nicht anders sagen also ich liebe diese Geschichte einfach. Sie hat für mich einfach alles was es braucht. Sie hat mich einfach mitgenommen auf eine echt schöne Reise. Danke❤️

Read Now
Bloodlines

Diana: Would recomend a good read, I like it's not to long

Read Now
Earning His Love

luvagdromance: Really different story thoroughly enjoyed .

Read Now
Off limits to fate, My Alpha, my sin

Miriam0011: Hey! I just wanted to appreciate your work your story was beautifully written and very engaging. You have a great way of connecting with readers. What motivates you to keep writing?

Read Now
Ruthless Lord

Rebeca: Excelente novela

Read Now
Ein Kuss für den CEO

Linda: Ein sehr einfühlsamen Buch, mit einer Spur drama. Zwischendurch musste ich schmunzeln.

Read Now
THE WOMAN HE BOUGHT

Carolyne Walker: Very enjoyable read

Read Now