Capitulo 1
AVISO IMPORTANTE
Esta historia contiene temas sensibles que pueden herir susceptibilidades. Vengándome Dulcemente es una novela BL con contenido de: Violencia - Sangre - Venganza - Lenguaje fuerte. Se recomienda discreción al lector. Los personajes, hechos y situaciones son producto de la imaginación de la autora. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Por favor no copies, distribuyas ni subas este material. Gracias por leer y cuidar mi trabajo ❤️
CAPÍTULO 1
NOAH JONES
Recordé a mi hermano recostado en su habitación, el lugar donde se sentía más a gusto. Al entrar, lo primero que notaba era el aroma a incienso floral; lo segundo, un gran ventanal junto a su cama desde donde podía admirar las luces de la ciudad. Lo tercero, al lado de la puerta, era un enorme estante que ocupaba toda la pared, con su mejor colección de libros. En la otra pared colgaba un marco grande con una foto nuestra y, en medio de la habitación, una alfombra Tabriz Royal tejida con lana beige. Allí estaba siempre Noah, con sus ojos color cielo, el cabello despeinado y ese lunar en la mejilla, leyendo sus libros favoritos.
EL DÍA EN QUE MI VIDA CAMBIÓ
Llamé a Noah para ir a verlo; ese día estaba cerca de su departamento. Atendió la llamada y me di cuenta de inmediato de que estaba medio dormido.
—Chose, qué alegría —me dijo—. Me dormí mientras leía un libro; tu llamada me despertó. No puedo creer que seas tú. Hace tanto que no llamas —bostezó. —
—Me encuentro a unas cuadras de tu departamento; iré a verte ahora —le dije, acelerando el paso.
—¡Qué sorpresa! Tengo muchas ganas de verte. ¿De verdad estás por venir? ¿No mientes, Chose? —La emoción en su voz atravesó la línea, haciéndome sonreír.
—No miento; en unos minutos estoy ahí. Le fui detallando las calles por las que cruzaba. Noah me escuchaba atentamente, interrumpiéndome de vez en cuando para decirme lo feliz que estaba.
De pronto, un fuerte golpe seco resonó al otro lado de la línea. El eco de una puerta estrellándose contra la pared me obligó a detener el paso en medio de la acera.
—¿Noah? ¿Qué pasó? ¿Estás bien? —pregunté, frunciendo el ceño.
El silencio que siguió me erizó la piel. Entonces, una voz ajena, extrañamente calmada y distorsionada por la distancia del micrófono, murmuró:
—Lo siento, Noah. Una y otra vez... lo siento.
—¡Mierda, me asusté! —escuché exclamar a mi hermano, con la respiración agitada—. ¿Eras tú? ¿Hace mucho que llegaste? ¿Por qué me pides perdón?
El pánico se me instaló en el pecho. Noah conocía a esa persona, pero algo andaba muy mal.
—¡Noah! —grité con fuerza, pegando el teléfono a mi oreja
—. ¿Con quién estás? ¡Respóndeme! Mi hermano no me escuchaba.
El ruido de un forcejeo, el roce metálico de algo afilado y un jadeo ahogado me congelaron la sangre.
—¡No! ¡No lo hagas! —gritó Noah.
Su voz ya no era la de mi hermano dulce; era el alarido puro de alguien que temía por su vida.
—¡Noah! ¡Noah! —bramé desesperado, pero mi voz se ahogó en el estruendo de un cuerpo cayendo pesadamente contra el suelo. Luego, la llamada se cortó.
El pitido de la línea colgada fue el sonido más terrorífico que había escuchado en mi vida.
DESESPERACION
Dominado por el pánico, comencé a correr ciegamente por las calles mientras marcaba su número una y otra vez, pero el teléfono no daba señal. Irrumpí en el vestíbulo del edificio; la recepción estaba desierta. Siempre estaba Dorian, el recepcionista de turno, pero su ausencia me resultó extraña. No me detuve. Corrí hacia el ascensor, pero el cartel de “Fuera de servicio” me obligó a soltar una maldición.
—¡Carajo!
No dudé. Me arrojé hacia las escaleras de emergencia. Tenía que subir hasta el décimo piso. Los escalones se volvieron interminables, las piernas me ardían y el aire comenzó a faltarme en los pulmones, pero la adrenalina me impulsó a seguir hasta que alcancé el pasillo.
Corría por el pasillo gritando su nombre hasta llegar al departamento 303. La puerta estaba entornada.
—¡Noah! —grité. Nadie respondió.
Entré temblando, arrastrando los pies por el comedor. Mi cuerpo se volvía más pesado a cada paso, perdiendo la capacidad de moverse a medida que me acercaba a su habitación. Al llegar al umbral, el horror me golpeó la cara: el picaporte de la puerta estaba cubierto de una capa fresca y brillante de sangre.
El miedo me vació las fuerzas. Las piernas me fallaron y caí de rodillas al piso, llamando desconsoladamente a mi hermano, esperando un milagro que no llegó. Frente a mí, unas huellas rojas manchaban el suelo. Apoyando las palmas sobre el líquido espeso, comencé a gatear, empujando la puerta por completo.
El dulce aroma a incienso floral que siempre caracterizaba su hogar había desaparecido, asfixiado por un penetrante y metálico olor a hierro. Había sangre por todos lados. Salpicaba las paredes, empañaba el gran ventanal y empapaba de forma irreversible la hermosa alfombra Tabriz Royal beige que él tanto cuidaba.
Un rastro espeso y oscuro guiaba mis ojos directo a la cama. Allí estaba Noah.
—¡Noah, responde! ¡Por favor, mírame! —grité como un loco, abalanzándome hacia él.
Mi hermano no se movía. Tenía una navaja clavada profundamente en el abdomen y múltiples cortes defendiéndose en sus brazos.
Su cabello, siempre desarreglado, ahora estaba pegado a su frente por el sudor y la sangre; sus ojos color cielo fijos en la nada, y aquel lunar en su mejilla ahora manchado por el horror.
Saqué mi teléfono con las manos empapadas de su sangre. Llamé a los servicios de emergencia.
—Necesito una ambulancia rápido... Mi hermano... Alguien lo atacó, no responde —supliqué con la voz rota, apenas audible.
Al colgar, me quedé de pie junto a él, completamente desahuciado. No me atrevía a tocarlo, temiendo romperlo más, temiendo aceptar que ya no estaba.
—Responde, Noah... no me dejes solo —susurré, mientras el silencio de la habitación me confirmaba que mi vida se había destruido para siempre.








