Capítulo 1
Un mundo atormentado por la existencia de seres sobrenaturales se ve alterado. No todo es bueno, no todo es malo. Siempre puede haber puntos intermedios.
¿La vida?
¿Qué es vivir exactamente?
¿Vale la pena estar vivo?
Todo depende.
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Un monarca estaba encargando a su hijo, mientras este joven estaba arrodillado frente a él.
—Irás a Tenafort, y volverás con pruebas suficientes para conquistarlos —el hombre se levantó de su sitio y se puso de pie frente a su hijo, posando esa mirada esmeralda sobre él, con su cabello castaño bien arreglado —. Los soldados que han logrado volver, informan que sí hay habitantes en su territorio todavía, y que son hombres tan altos como tú, fuertes y aparentemente bien alimentados.
—Claro que sí, padre —el alfa cabello oscuro y de rizos tenía la cabeza abajo, bajo la sombra de su propio semblante que no dejaba apreciar muy bien su mirada —. ¿Cuánto tiempo tengo para esto?
—Tómate el tiempo que necesites, solo no dejes que te descubran, de lo contrario, todo se irá al carajo.
—¿Es peligroso? Oí que hay mucha actividad de entes en el bosque de su zona...
El rey quedó silencioso, y luego tomó aire para volver a hablar.
—No, no hay mucha actividad. Con un cuchillo por si las dudas estás más que listo para ir. No oses en preguntar contra mi palabra —el rey beta lo miró con inquietud, apretando los puños tras su espalda.
Una mujer de pelo rizado oscuro y ojos avellanados estaba frente a ellos, en total silencio. Una joven castaña de ojos verdes, también estaba allí, igual de callada que su madre. La joven beta intentó ir donde su hermano y decirle algo, pero su madre la jaló de la muñeca, apretándola con fuerza.
—Bien. Prometo volver con buenas noticias... —el joven alfa se puso de pie, arreglando su capucha y miró a su madre y hermana, acercándose a ellas para abrazarlas antes de emprender su viaje. El hombre mayor ni siquiera le ofreció una despedida.
Cuando el alfa salió del castillo, los caballeros hicieron reverencias, mientras sudaba frío.
—Allá es muy peligroso... ¿En serio lo envió allá?... —murmuró un guardia a su compañero, sin embargo, el rey estaba justo a unos metros.
El hombre fue citado a una reunión para hablar de un tema importante... Y no volvió a aparecer.
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Un joven, descendiente del primer jefe del clan, se encontraba tomando algo de aire en el porche de su casa, mirando atentamente a su hermana menor jugar con las gallinas de la casa.
—¡Hermano! —la infante le habló a su mayor, mientras intentaba atrapar uno de esos animales.
—Ve ya a tu recado, por favor —en ese momento, Pieck simplemente le lanzó a su hermanita una mirada severa —. Anda, antes de que te lleve yo mismo.
El de ojos celestes observó a su hermana bajar su cabecita con cierto puchero en su rostro, pero trató de ignorarla, poniéndose firme ante ella. La menor se alejó rápidamente de la vivienda, junto a otros niños de su edad que pasaban por ahí.
El joven jefe se puso de pie y se sacudió las telas que lo cubrían, acomodando su moño alto con su adorno de jefe y los mechones que descienden por sus mejillas, para proceder a caminar unas pocas calles por la villa hasta llegar a una casa en particular. Al pararse frente a la puerta de madera, tocó suavemente un par de veces hasta que una mujer de cabellos rubios abrió la puerta.
—¿Vienes a verlo? Mi padre aún no recuerda nada... —contestó antes de dejar al omega explicar su visita, era obvio que no era la primera.
—Quisiera hablar con él otra vez.
El pelinegro entró a la caseta, caminando hasta una habitación específica y se sentó sobre un cojín, frente a un hombre que le doblaba la edad y un poco más.
—¿Aún no puede recordarlo, señor Demetrio? —tras su pregunta, el beta lo miró con desdén mientras tejía lo que parecía ser pequeñas medias para bebé.
En ese momento, la hija del hombre interrumpió.
—Papi, ya llevas mucho tiempo sin recordar, ¿quieres agua o alg—
—¡No! ¡Ya estoy harto! ¡Este maldito mocoso me ha presionado estos años para que le diga lo que pasó con las antiguas jefas del clan! Ellas seguramente están muertas, ¡como los demás que fueron con ellas lejos del pueblo!
Pieck se echó hacia atrás, con los ojos de par en par mientras el mayor seguía gritando.
—¡Me duele la cabeza cada que mencionan eso! ¡¿Tú crees que yo no quisiera saber qué pasó con mi esposo?! ¡Pero no lo sé, porque no puedo recordar! —en ese momento, la voz del mayor se quebró y sus ojos se aguaron—. ¡Lárgate y no vuelvas jamás a mi casa!
El ojiceleste bajó su mirada unos segundos y luego se intentó parar derecho.
—Gracias por su tiempo —fue lo último que dijo antes de retirarse de la casa, con los ojos sin emoción alguna, pero entre esa expresión fría, se deslizaron un par de lágrimas por sus mejillas.
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Justo ese día por la tarde, los soldados que servían al pueblo, llevaron ante Pieck a una mujer golpeada y amarrada, con signos de resistencia por su parte.
—¿Qué pasó? —preguntó el omega de manera fría, mirando de reojo a la mujer.
—Esta señora ha caído en la locura... Y ha asesinado a su bebé de 5 meses con 3 puñaladas. Por suerte llegamos a tiempo, de lo contrario, hubiera apuñalado al muchacho que avistó el incidente —explicó un joven moreno, de unos 20 años, perteneciente a los guerreros de Tenafort.
—Gracias, Gunzo. Pueden retirarse. Necesito hablar con ella, en privado —dijo con calma, devolviendo rápidamente su mirada hacia la mayor.
—Mi hijo... M-mi hijo... Yo... No sé que estaba pensando... De verdad, yo no quería... —la voz rota de la beta pronto fue callada, por una patada que fue directo a su boca.
—¿No sabías qué estabas pensando? Entonces... ¡¿Mataste a tu propio bebé, solo porque estaba llorando mucho?! Hay un testigo... —dijo tratando de contener su propia rabia, mientras su mandíbula se marcaba tras apretarla mucho.
—No fue así... En serio n-no fue... Yo vi... —ella contuvo el aire, con la mirada perdida y una expresión de puro shock.
—Ya sabes lo que te espera. O te exilio de aquí, o te doy latigazos hasta que te mueras —amenazó sin vacilar.
—Exíliame... —pidió ella, mientras mantenía la cabeza abajo.
—Lo haré —respondió, sin un solo toque de empatía —. Hasta entonces, suerte con los monstruos de allá afuera, aunque probablemente tú seas peor que ellos.
Al atardecer, la mujer fue despojada de todas sus prendas, y fue atada para ser llevada por los guerreros fuera del territorio "seguro". La subieron a una carreta y vendaron sus ojos. Los escoltas estuvieron callados todo el camino, hasta finalmente abandonarla entre hectáreas de bosque para volver rápidamente al pueblo en cuestión de horas.
Pieck, por otro lado, simplemente regresó a su hogar, topándose con sus hermanos en el comedor, hablando y balbuceando de cómo había sido su día.
—Si supieras, ¡hoy una omega me estaba coqueteando! —dijo un alfa masculino, con una expresión de orgullo y brazos cruzados. Iván era un imbécil a veces.
—Yo estaba ahí, hermano, no estaba ni cerca de hacerte un cumplido. Te estaba insultando. Deberías dejar de inventar cosas en tu cabeza, con razón tienes 25 años y todavía no te has acostado con ninguna persona. A este paso, incluso Evey crecerá, se casará y tú todavía no tendrás ni un solo hijo —comentó una alfa morena, de cabello rojizo y ojos dorados muy lindos, pero de una estatura extraña, pues apenas y podía estar derecha al sentarse con su familia.
—Agradezcan que Evey no está aquí. Ni quien quiera escuchar las burradas que dice el idiota de Iván. Parece como si pensara con otra cabeza —el alfa de cabello rojizo y lentes miró a otro lado tras decir eso.
—¿Qué más le vamos a hacer, Félix? Sabes que a Iván le encanta molestar cuando la situación menos lo amerita —la morena comenzó a jugar con sus trenzas.
En ese momento, el omega que estaba parado en el umbral de la puerta, no pudo evitar soltar una pequeña risita, tanto que su expresión se había ablandado.
—¡Pieck! Siéntate y come, has estado todo el día ocupado al igual que nosotros, debes estar hambriento —dijo Judith, haciéndole un espacio en los cojines del comedor a su hermano, frente a una mesa de patas cortas.
El omega simplemente tomó asiento al lado de su hermana, quien le comenzó a acariciar el cabello. Él se dejó caer un poco en el brazo de la alfa, con una expresión tranquila.
—¿Cuántos panes te vas a comer? —preguntó el de lentes, raspando de una olla un tipo de estofado para rellenar el alimento.
—Tres —respondió sereno, sin siquiera abrir los ojos.
—¡¿Y los 7 que te comiste aye—
—Hermano, déjalo. Pieck pasó por una situación fuerte hoy, no es momento para molestarlo. Como los mayores, debemos guardar la compostura y comportarnos como corresponde —Judith trató de mantener todo en calma, como siempre.
—Félix, por favor, rellena cinco panes para Pieck, ojalá la comida lo alegre. Como dicen por ahí: barriga llena, corazón feliz —dijo dando suaves palmaditas al hombro de su hermano.
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Al día siguiente, Pieck se dispuso a montar su caballo para dar una vuelta por los pastizales fuera del muro, asegurándose de que el ganado y las personas que trabajaban allí estuvieran a salvo. El ojiceleste siempre llevaba su espada en su espalda, por si tenía que intervenir en algún asunto.
Esta vez vio a algunos granjeros pelearse.
—¡¿Le pusiste algo a los cultivos?! —gritó uno de los granjeros, mientras su compañera se había puesto a la defensiva.
—¡¡Seguro fuiste tú!! ¡Yo no les he puesto nada extraño y mira cómo están!
Pieck, al escuchar eso, bajó de su caballo y se acercó a observar. Algunas plantas recién brotadas estaban marchitas, y en la tierra, marcas negras que su largo iba hasta lo más profundo del bosque.
—Vamos a revisar un poco más dentro de la tierra —el ojiceleste se arrodilló, escarbando con sus manos aquel hallazgo. La coloración negra seguía incluso tras escarbar varios centímetros hacia dentro. Inmediatamente se sacudió las manos, comenzando a respirar un poco agitado y sudando frío.
—Es raro... ¿Qué tal van los cultivos?
—Cuando esta cosa los toca, dejan de crecer —le respondió la granjera, quitándose el sudor de la frente.
—... Mhn. Gracias, ah... Recibirán órdenes luego para una nueva gestión del alimento.
—Bien, pero que conste que nosotros estamos cuidando muy bien de los cultivos... —musitó entre dientes unos de los hombres beta.
Cuando el omega estuvo lo suficientemente lejos con su caballo a pleno sol, soltó un suspiro, frotándose las sienes y por casualidad la cicatriz que tenía en la mejilla izquierda.
—¿Vamos a morir de hambre por culpa de esas cosas también? —murmuró para sí mismo el joven jefe.
Esperó a llegar al pueblo para poder informarle a su hermano mayor.
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