Capítulo I
Año del Señor de 1626.
España se hallaba bajo el reinado de Felipe IV, monarca joven que había heredado la Corona apenas cumplidos los dieciséis años. Sin embargo, muchos decían que quien verdaderamente gobernaba los destinos del reino era su valido, don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conocido por todos como el Conde-Duque de Olivares. Hombre ambicioso y poderoso, dirigía los asuntos de la Monarquía mientras los ejércitos españoles combatían en numerosos frentes de Europa.
Por aquellos años, el reino se encontraba inmerso en la gran contienda que más tarde sería conocida como la Guerra de los Treinta Años.
La Corona necesitaba hombres para sostener sus ejércitos y cada vez eran más los jóvenes llamados a servir bajo sus banderas.
Miguel Guzmán y Pimentel estaba próximo a cumplir veinte y un años. A pesar de compartir apellidos con el poderoso valido del rey, no existía entre ellos parentesco alguno.
Su familia era humilde, dedicada al cultivo de la vid en las tierras cercanas a Aranjuez, no lejos de Madrid. Desde niño había acompañado a su padre en los viajes a la villa y a la Corte para vender vino y aguardiente en mercados y ferias.
Miguel conocía el trabajo duro de los campos, labrar la tierra, el peso de las estaciones y el valor de una cosecha.
Lo que no conocía era el deseo de empuñar una espada. La idea de convertirse en soldado y marchar a una guerra lejana para matar a hombres que jamás había visto le producía más temor que orgullo.
Cada vez que viajaba a Madrid escuchaba historias traídas del otro lado del mundo por marineros, comerciantes y aventureros.
Hablaban de las Indias con el entusiasmo de quien describe un mundo encantado. Contaban que al otro lado del océano existían ciudades donde la plata era tan abundante que parecía brotar de las montañas. Entre todas aquellas historias, ninguna despertaba tanto la imaginación como la de Potosí.
Decían que aquella ciudad, levantada a los pies de una montaña repleta de vetas de plata, reunía más riqueza que muchas capitales de Europa.
Hombres pobres habían cruzado el océano y regresado convertidos en señores. Otros jamás volvieron, pero sus nombres quedaron envueltos en leyendas.
Para Miguel, cansado de escuchar los pregones de reclutamiento y las noticias de guerras interminables, aquellas historias representaban algo más que riqueza. Representaban libertad. La posibilidad de escapar de un destino impuesto y construir una vida propia en el Nuevo Mundo.
Sin saberlo, aquel sueño habría de conducirle a una aventura mucho más peligrosa de lo que jamás hubiera imaginado.
Con el beneplácito de su familia y la bendición de sus padres, Miguel tomó una decisión que llevaba meses madurando. No deseaba vestir el uniforme de los tercios ni derramar sangre en nombre de reyes y válidos.
Si el destino le obligaba a abandonar su hogar, prefería hacerlo por voluntad propia y no por orden de la Corona.
Vendieron un par de barricas de vino para ayudarle con los primeros gastos del viaje. El resto tendría que conseguirlo por sí mismo.
A lomos de un caballo recorrió el camino hasta Cádiz. El viaje duró varios días por los polvorientos caminos de Castilla y Andalucía. Cuando finalmente contempló el océano por primera vez, comprendió la inmensidad de la empresa que estaba a punto de emprender.
En el puerto encontró pasaje en una nave mercante con destino a Tierra Firme. No disponía de dinero suficiente para pagar la travesía, por lo que llegó a un acuerdo con el capitán. Durante el viaje trabajaría en las cocinas, limpiaría cubiertas y ayudaría en cualquier tarea que fuera necesaria.
La travesía del Atlántico fue larga y penosa. Durante casi ocho semanas soportó tormentas, calor sofocante, agua escasa y enfermedades. Sin embargo, cada amanecer sobre el océano le recordaba que se alejaba de una vida que nunca había deseado.
Finalmente, la nave arribó a Portobelo, en la costa caribeña de Tierra Firme. Miguel quedó maravillado por aquel puerto rebosante de actividad. Comerciantes españoles, criollos, negros, mestizos e indígenas se mezclaban en sus calles. Por sus almacenes circulaban mercancías llegadas de Europa que eran intercambiadas por la plata procedente de los reinos del Perú.
Permaneció allí casi dos meses. Trabajó descargando mercancías, ayudando a comerciantes y realizando toda clase de oficios ocasionales mientras reunía dinero para continuar el viaje.
Desde Portobelo emprendió la travesía del istmo. Todavía faltaban siglos para que existiera un canal que uniera ambos océanos. Navegó en canoas por el río Chagres junto a mercaderes, aventureros y arrieros.
Después continuó por senderos empedrados a lomos de mulas, atravesando selvas tan espesas que apenas permitían el paso de la luz.
Miguel poseía una cualidad que valía tanto como el oro en aquellas tierras: sabía adaptarse. Era joven, fuerte y tenía facilidad para ganarse la simpatía de la gente.
Dormía donde le sorprendía la noche, comía gracias a los trabajos que encontraba y nunca le faltaba conversación para hacer nuevos amigos.
Con el tiempo comenzó a ser conocido entre comerciantes y viajeros como “el Chulo Miguel”.
El apodo provocaba sonrisas entre quienes lo escuchaban por primera vez. Algunos creían que se debía a su confianza o a su facilidad para hablar con mujeres y mercaderes. Pero la explicación era mucho más sencilla.
—¿Y por qué os llaman chulo? —le preguntaban.
—Porque soy de Madrid —respondía él con una sonrisa.
Y aquella respuesta bastaba para arrancar las carcajadas de cuantos le rodeaban.
Sin saberlo, cada legua que avanzaba por aquellas tierras lo acercaba más a la ciudad que había alimentado sus sueños desde Castilla: la legendaria Potosí, la montaña de plata que había enriquecido imperios enteros y también había arruinado a miles de hombres.
Cuando Miguel llegó a la ciudad de Panamá comprendió que se encontraba en una de las puertas del Nuevo Mundo.
Por sus calles transitaban comerciantes, funcionarios, soldados, religiosos y aventureros procedentes de todos los rincones del imperio español. Desde allí partían las rutas que conectaban el Atlántico con el Pacífico y, más allá, con los ricos territorios del Virreinato del Perú.
Su siguiente destino era el puerto del Callao, la gran entrada marítima de Lima. La forma más rápida de llegar consistía en embarcarse en uno de los galeones que recorrían la costa del Pacífico.
Si los vientos eran favorables y el mar mostraba clemencia, el viaje podía durar cerca de cuatro semanas.
Tras varios días buscando una oportunidad, consiguió embarcarse como ayudante en un galeón mercante. Como ya había hecho durante la travesía atlántica, pagaría parte de su pasaje con trabajo.
La nave transportaba mercancías de enorme valor. En sus bodegas viajaban vinos de España, libros impresos en Sevilla y Madrid, tejidos europeos, especias asiáticas llegadas desde Manila y diversos productos procedentes de África.
En los camarotes viajaban personajes de mayor categoría: funcionarios de la Corona, religiosos de distintas órdenes y ricos comerciantes.








