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Summary

Cuando vio el perfil de aquella chica en redes sociales se quedó paralizada. Era de tal belleza que transmitía un poder difícil de explicar, y que resultaba irresistible.

Status
Ongoing
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1
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n/a
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18+

Clara

El despacho estaba en penumbra. Solo la lámpara del escritorio iluminaba el borde de los papeles que aún no había firmado y el brillo frío del portátil. Afuera, la ciudad seguía viva: faros, ventanas encendidas, el reflejo lejano de algún anuncio luminoso que parpadeaba contra el cristal. Aquí dentro, el silencio era casi físico. Se oía apenas el zumbido del aire acondicionado y, de vez en cuando, el crujido lejano de algún ascensor en otro piso.

Me quité los zapatos bajo la mesa y los dejé a un lado. Los pies me pesaban después de tantas horas de reuniones. Giré un poco la silla hacia el ventanal y me apoyé en el respaldo. El cristal me devolvió mi propia imagen: el pelo todavía recogido con el mismo moño de la mañana, la blusa blanca sin una arruga visible, el gesto serio que ya ni siquiera tenía que ensayar. Llevaba años poniéndome esa cara. Funcionaba.

Había terminado la última videollamada hacía casi una hora. El resto del equipo se había desconectado uno tras otro, con las despedidas habituales y las promesas de revisar los números al día siguiente. Yo me había quedado. Como tantas otras noches. Revisando lo mismo que ya conocía de memoria, posponiendo el momento de cerrar el portátil y bajar al aparcamiento vacío.

Me froté los ojos con el dorso de los dedos. El cansancio era familiar. También lo era la sensación de que, a pesar de todo lo que había construido —el cargo, el sueldo, el matrimonio correcto, la vida que cualquiera habría calificado de exitosa—, algo seguía hueco en el centro.

Y de pronto, sin aviso, el recuerdo llegó.

No fue una imagen nítida al principio. Fue un olor: tiza, ambientador barato de radiador, madera vieja y un poco de humedad. Después la sensación de una falda gris contra los muslos, el peso de una mochila en un hombro, el sonido exacto de un estuche cayendo al suelo en medio de un silencio demasiado perfecto.

Tenía dieciocho años.

Cerré los ojos. El presente se diluyó un momento —el ventanal, la lámpara, el zumbido del aire— y el pasado ocupó su lugar con una nitidez que ya no debería tener después de tanto tiempo.

El aula olía a tiza y a ese ambientador barato que ponían en los radiadores cuando empezaba a hacer frío. Yo estaba en la segunda fila, como casi siempre. Abrí el cuaderno, saqué el bolígrafo y esperé.

Clara Vázquez entró exactamente cuando sonó el timbre. Ni un segundo antes ni uno después. Dejó el libro sobre la mesa, se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de la silla con ese gesto preciso que ya conocíamos todos. No necesitaba pedir silencio. El silencio llegaba solo.

Empezó a explicar la Revolución Industrial. La misma lección del año pasado, pero ella la hacía parecer nueva. Hablaba bajo, casi sin levantar la voz, y aun así cada palabra llegaba clara hasta el fondo del aula. Yo tomaba apuntes. No porque me hiciera falta —ya me sabía el tema—, sino porque era lo que se esperaba de mí. Responder cuando preguntaban. Sacar buenas notas. No dar problemas.

En un momento levantó la vista y me señaló con el bolígrafo.

—¿Tú? ¿Qué consecuencias económicas tuvo la mecanización del textil en el norte?

Respondí. Con precisión. Sin adornos. Ella asintió apenas, un movimiento mínimo de la cabeza, y siguió escribiendo en la pizarra. Nada más. Ni una sonrisa, ni un “muy bien”. Solo ese gesto y el chirrido de la tiza.

A mi lado, Laura me pasó un papelito doblado. “¿Sales esta tarde?”. Lo leí sin girar la cabeza y lo guardé en el bolsillo de la falda. Seguí escribiendo.

El resto de la clase transcurrió igual que cualquier otra. El reloj de la pared avanzaba despacio. Alguien carraspeó. Alguien dejó caer un estuche. Clara no se inmutó. Cuando sonó el timbre de salida, cerró el libro con un golpe seco y dijo:

—El trabajo de la próxima semana lo quiero en mi mesa el viernes. Sin excepciones.

Todos nos levantamos. Yo metí el cuaderno en la mochila, me ajusté la falda y salí al pasillo con las demás. El ruido habitual: casilleros, risas, alguien gritando el nombre de otro desde el otro extremo del corredor. Todo normal. Todo exactamente como debía ser.

La clase seguía su curso normal cuando se me resbaló el estuche.

No fue a propósito. El cremallera estaba un poco abierta y, al sacar el bolígrafo, se me escapó de las manos. Cayó al suelo con un ruido seco, demasiado fuerte para el silencio que Clara imponía sin esfuerzo. Los lápices rodaron un poco. Alguien detrás de mí soltó una risa corta que se apagó enseguida.

Clara dejó de escribir en la pizarra. Se giró despacio. No levantó la voz. Solo me miró.

—Recógelo.

Me agaché, junté los lápices con las mejillas un poco calientes y volví a sentarme. Ella sostuvo la mirada un segundo más y después continuó la explicación como si no hubiera pasado nada. No me regañó delante de los demás. No hizo ningún comentario. Simplemente siguió.

Cuando sonó el timbre, todos se levantaron de golpe. Yo metí el estuche en la mochila con más cuidado del necesario y me dirigí hacia la puerta junto a Laura y Marta.

—Oye.

La voz de Clara me alcanzó justo cuando estaba a punto de cruzar el umbral. No gritó. Ni siquiera parecía molesta. Solo esa palabra, clara, dirigida a mí.

Me detuve. Laura y Marta siguieron dos pasos y se giraron.

Clara estaba junto a su mesa, cerrando el libro con calma.

—Quédate un momento. Por lo del estuche.

Laura me hizo una mueca de “suerte” y las dos desaparecieron pasillo abajo. El resto de la clase se disolvió en el ruido habitual de casilleros y conversaciones.

Me quedé sola en el aula. No había drama. Solo la molestia ligera de quedarme cuando todo el mundo se iba, y la sensación de que había interrumpido algo que no debía interrumpirse.

Clara hizo un gesto hacia la puerta del fondo.

—Ven. Hablamos en el despacho.

El despacho era pequeño y estaba al final del pasillo. Sin ventanas. Solo un fluorescente que zumbaba un poco y una luz fría que no favorecía a nadie. Clara abrió la puerta, me hizo pasar y la cerró detrás de mí. No echó la llave. Todavía no.

Se sentó detrás del escritorio. Yo me quedé de pie, con la mochila colgando de un hombro, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

—Siéntate —dijo.

Obedecí. La silla era dura y un poco baja. Clara abrió una carpeta, miró algo un momento y después levantó la vista hacia mí. No parecía enfadada. Solo seria, como cuando explicaba en clase.

—El estuche —empezó—. No es grave. Lo sé. Pero en mi clase el silencio importa. Cuando algo cae así, se rompe. Y a mí no me gusta que se rompa.

Asentí. No sabía qué contestar.

—No hace falta que te disculpes otra vez —continuó—. Ya lo hiciste con la cara cuando te agachaste. Pero quiero que quede claro: la próxima vez que interrumpas, aunque sea sin querer, te quedarás aquí después de clase. Un rato. Sin público. ¿Entiendes?

—Sí, profesora.

Ella me observó un segundo más. La mirada no era dura. Era evaluadora, como si estuviera midiendo si de verdad lo había entendido o solo estaba diciendo lo que se esperaba de mí.

—Bien —dijo al fin, y cerró la carpeta—. Puedes irte.

Me levanté. Noté que las piernas me pesaban un poco más de lo normal, solo por la rareza de estar allí a solas con ella. Cogí la mochila y me dirigí a la puerta.

Antes de abrirla, Clara añadió, sin levantar la voz:

—Y la próxima vez, ten más cuidado con lo que se te cae.

Salí al pasillo. El ruido de los demás alumnos ya se había diluido. Caminé hacia los casilleros con la sensación de que no había pasado nada importante… y, al mismo tiempo, con la extraña certeza de que algo sí había empezado.

Pasaron tres días.

En la siguiente clase de Historia llegué exactamente a tiempo, me senté en mi sitio y abrí el cuaderno como siempre. Clara entró, dejó el libro sobre la mesa y empezó a explicar sin mirarme de forma especial. Todo volvió a la rutina. El mismo tono bajo, la misma precisión, el mismo silencio que ella sabía imponer sin esfuerzo.

Yo tomaba apuntes. Respondí cuando me preguntó. Nada fuera de lo normal.

Hasta que, hacia la mitad de la hora, se me volvió a resbalar el estuche.

Esta vez no fue del todo un accidente. Lo empujé un poco con el codo mientras fingía buscar un bolígrafo. Cayó al suelo con el mismo ruido seco de la vez anterior. Los lápices rodaron. Alguien sofocó una risa.

Clara dejó de hablar. Se giró. Me miró.

No dijo nada delante de los demás. Solo sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario y después señaló el suelo con la barbilla.

—Recógelo.

Me agaché. Junté los lápices. Volví a sentarme. Ella continuó la explicación exactamente donde la había dejado, como si la interrupción no hubiera existido.

El resto de la clase transcurrió en silencio. Cuando sonó el timbre, todo el mundo se levantó de golpe. Yo metí el estuche en la mochila con cuidado y me dirigí hacia la puerta junto a las demás.

—Quédate.

La voz de Clara me alcanzó cuando ya tenía una mano en el marco. No gritó. No parecía enfadada. Solo esa palabra, clara, dirigida a mí.

Laura me lanzó una mirada rápida. Marta ya estaba en el pasillo. Yo me detuve y me aparté para que salieran los últimos alumnos.

Cuando la puerta se cerró y el aula quedó en silencio, Clara recogió sus cosas con calma, se puso la chaqueta y me hizo un gesto hacia el fondo.

—Despacho. Ahora.

El despacho olía igual que la vez anterior: a papel, a tiza y a ese ambientador flojo que nunca terminaba de disimular el olor a cerrado. Clara cerró la puerta detrás de mí. Esta vez sí echó la llave. El clic sonó demasiado nítido en el silencio.

Se sentó detrás del escritorio. Yo me quedé de pie, con la mochila todavía colgando de un hombro.

—Siéntate —dijo.

Obedecí. La misma silla dura. Clara abrió una carpeta, miró algo un momento y después cerró el documento con un gesto preciso.

—Segunda vez —empezó—. El mismo estuche. El mismo ruido. Ya no puedo creerme que sea casualidad.

No levantó la voz. Hablaba exactamente igual que en clase: bajo, claro, sin prisa.

—Te dije que la próxima interrupción tendría consecuencias. Aquí. A solas. Sin público.

Asentí. Noté que las manos me sudaban un poco contra la tela de la falda.

Clara se levantó. Rodeó el escritorio con paso lento y se detuvo a un metro de mí.

—Levántate.

Me puse en pie. La mochila resbaló al suelo. No me agaché a recogerla.

—Date la vuelta. Mira hacia la pared.

Obedecí. El silencio se alargó. Solo se oía el zumbido del fluorescente y, muy lejos, el ruido de los alumnos que todavía deambulaban por los pasillos.

Clara se acercó por detrás. No me tocó. Solo habló, cerca de mi nuca.

—La disciplina funciona mejor cuando se siente. No cuando se explica.

Pausa.

—Levanta la falda.

La orden llegó sin preparativos. Seca. Como si fuera lo más lógico del mundo.

Dudé dos segundos. Después mis manos subieron la falda hasta la cintura. El aire frío del despacho me rozó los muslos. Llevaba las bragas blancas de siempre.

Hubo otro silencio. Más largo.

Entonces sentí el primer azote.

La mano abierta, seca, sobre la tela. El sonido llenó la habitación. No fue muy fuerte, pero me sobresalté igual. Las piernas me temblaron un instante.

El segundo llegó un poco más arriba. El tercero, más firme.

En el cuarto algo cambió. Un calor inesperado me subió desde entre las piernas hasta el estómago. Intenté contenerme, pero un jadeo corto se me escapó igual. Las rodillas me flaquearon.

Clara se detuvo.

No dijo nada durante unos segundos. Solo respiraba detrás de mí, calmada.

Después habló, muy bajo:

—Ya veo.

Me bajó la falda con cuidado, casi con delicadeza. Me tocó el hombro para que me girara.

—Siéntate.

Obedecí. Ella volvió detrás del escritorio, abrió de nuevo la carpeta y empezó a hablar del trabajo de la próxima semana como si nada hubiera ocurrido. Cinco minutos de instrucciones normales, de plazos, de bibliografía.

Cuando terminó, me miró por encima de las gafas.

—Puedes irte.

No dijo nada de volver al día siguiente. No fijó ninguna hora. Simplemente me despachó.

Salí al pasillo con las mejillas encendidas y una humedad extraña entre las piernas que preferí no nombrar todavía. En el baño me miré al espejo y no reconocí del todo la expresión de mi cara.

Mientras caminaba hacia los casilleros, ya estaba pensando en qué podía hacer en la próxima clase para que volviera a llamarme.

Pasaron cuatro días antes de que volviera a ocurrir.

En la siguiente clase de Historia llegué puntualmente, me senté y abrí el cuaderno como siempre. Clara entró, dejó el libro sobre la mesa y empezó a explicar. Todo parecía normal. El mismo tono bajo, la misma precisión.

Yo, sin embargo, ya no estaba del todo normal.

A mitad de la explicación dejé caer el bolígrafo. No el estuche entero esta vez: solo el bolígrafo. Cayó al suelo con un ruido seco y rodó hasta la pata de la mesa de delante. Me agaché a recogerlo con deliberada lentitud. Clara interrumpió la frase, me miró y esperó a que volviera a sentarme. No dijo nada. Solo anotó algo en su cuaderno y continuó.

Diez minutos después levanté la mano y hice una pregunta que no venía a cuento. Algo que ya había explicado la semana anterior. Clara me respondió con paciencia, pero la mirada que me dedicó después fue distinta. Más larga. Como si estuviera confirmando una sospecha.

Al final de la clase, cuando sonó el timbre y todo el mundo se levantó, yo ya sabía lo que venía.

—Quédate.

La palabra llegó exactamente igual que las veces anteriores. Clara no alzó la voz. No necesitaba hacerlo.

Laura me lanzó una mirada rápida, entre curiosa y divertida. Marta ya estaba en el pasillo. Yo me aparté para dejar salir a los últimos alumnos y esperé junto a la puerta del aula mientras Clara recogía sus cosas con calma.

Cuando el corredor se quedó casi vacío, ella se dirigió hacia el despacho sin mirarme. Yo la seguí. El clic de la llave al cerrar la puerta sonó, una vez más, demasiado nítido.

Clara cerró la puerta y echó la llave sin decir una palabra. El clic resonó en el despacho pequeño como siempre. Esta vez no me ofreció la silla. Ni siquiera se sentó ella.

Se quedó de pie junto al escritorio, mirándome.

—Hoy no hay conversación previa —dijo al fin, con esa misma voz baja y clara—. Ya sabes por qué estás aquí.

Asentí. Las manos me sudaban otra vez.

—Levántate. Date la vuelta. Mira a la pared.

Obedecí. El fluorescente zumbaba encima de nosotros. Afuera, muy lejos, todavía se oían voces de alumnos que se iban.

Clara se acercó por detrás. Esta vez no habló cerca de mi nuca. Fue directa.

—Falda arriba. Bragas abajo. Hasta los tobillos.

Mis dedos temblaron un segundo mientras obedecía. La falda subió. Después enganché los dedos en la goma de las bragas y las bajé despacio, sintiendo cómo el aire frío me rozaba la piel desnuda. Las dejé caer hasta los tobillos. El tejido me rozaba los zapatos.

Hubo un silencio largo.

El primer azote cayó directo sobre la carne. Más fuerte que la vez anterior. El sonido fue seco, casi metálico. Me mordí el labio para no hacer ruido.

El segundo llegó un poco más abajo. El tercero, más centrado. Cada golpe dejaba un ardor que se extendía en oleadas. Clara no se apresuraba. Contaba el ritmo con la respiración, como si estuviera midiendo exactamente la fuerza.

Al sexto o séptimo azote algo se rompió dentro de mí. Un gemido corto se me escapó antes de que pudiera contenerlo. Las caderas se me movieron solas, buscando… no sabía exactamente qué. Sentí el calor subir otra vez, más intenso, y la humedad que ya no podía disimular.

Clara se detuvo.

No dijo nada durante unos segundos. Solo me observaba desde atrás. Imaginaba su mirada recorriendo la piel enrojecida, la forma en que mis muslos se habían abierto un poco sin que yo lo decidiera.

—Otra vez —dijo al fin. No era una pregunta.

Tres azotes más. Más fuertes. El último me hizo arquear la espalda. El orgasmo me atravesó de pie, violento y vergonzoso, mientras me apoyaba en el borde del escritorio para no caerme. Las piernas me temblaban. Un hilo de fluidos me bajó por el interior del muslo.

Clara esperó a que terminara. No me tocó. No me consoló. Solo esperó, respirando con calma detrás de mí.

Cuando el temblor cesó, habló con la misma voz con la que explicaba la Revolución Industrial:

—Vístete.

Me agaché, subí las bragas con manos torpes y bajé la falda. El tejido me rozó la piel todavía ardiente. Me giré. Clara ya estaba detrás del escritorio, abriendo una carpeta como si acabara de terminar una reunión rutinaria.

—Puedes irte.

No mencionó ninguna próxima hora. No hizo falta.

Salí al pasillo con las mejillas ardiendo y el eco de los azotes todavía latente en la carne. Mientras caminaba hacia los casilleros, ya estaba pensando en la siguiente clase. En qué podía hacer para que volviera a llamarme.

No esperé muchos días.

En la siguiente clase de Historia llegué a tiempo, me senté y abrí el cuaderno. Durante los primeros veinte minutos me comporté con normalidad. Respondí cuando me preguntó. Tomé apuntes. Después, hacia la mitad de la hora, dejé caer el estuche otra vez. Esta vez con más fuerza. El ruido fue claro, deliberado. Los lápices rodaron hasta casi los pies de Clara.

Ella interrumpió la frase, me miró y señaló el suelo con la barbilla. Me agaché a recogerlo sin decir nada. Cuando volví a sentarme, anotó algo en su cuaderno y continuó como si no hubiera pasado nada.

Al final de la clase, la palabra llegó exactamente igual:

—Quédate.

El pasillo se vació. La seguí hasta el despacho. Esta vez el clic de la llave me produjo un escalofrío distinto. Ya no era solo nervios. Era anticipación.

Clara no perdió tiempo.

—Ya sabes qué hacer.

Me puse de pie, me giré hacia la pared y levanté la falda. Después bajé las bragas hasta los tobillos. El aire frío me rozó la piel todavía sensible de la vez anterior.

El primer azote cayó sin aviso. Fuerte. Seco. El segundo, el tercero… el ritmo era el mismo de siempre: deliberado, medido, sin prisa. Cada golpe me hacía apretar los dientes para no gemir demasiado alto.

En el quinto o sexto sentí su otra mano.

Dos dedos. Gruesos. Secos al principio. Me los metió de un solo empujón mientras la otra mano seguía azotándome. El contraste me arrancó un jadeo que no pude contener. Azote. Empujón. Azote. Empujón. El ritmo se volvió constante, casi mecánico. Los dedos se movían dentro de mí con precisión, buscando exactamente el punto que me hacía temblar las piernas.

Me corrí con ellos todavía dentro. Las contracciones me apretaron alrededor de sus nudillos mientras el ardor de los azotes se mezclaba con el placer hasta volverse indistinguible. Me apoyé en el escritorio para no caerme. Un gemido largo se me escapó contra el dorso de la mano.

Clara no retiró los dedos de inmediato. Esperó a que las contracciones cesaran. Después los sacó con calma, se limpió con un pañuelo que sacó del cajón y habló con la misma voz de siempre:

—Vístete.

Me vestí en silencio. Las bragas estaban empapadas. La falda me rozó la piel marcada. Cuando me giré, Clara ya estaba sentada detrás del escritorio, revisando unos papeles como si acabara de terminar una tutoría cualquiera.

—Puedes irte.

Salí al pasillo con las piernas todavía inestables. Mientras caminaba hacia los casilleros, el eco de sus dedos seguía dentro de mí. Y ya estaba pensando en la próxima clase. En qué nueva interrupción podría inventar para volver a esa habitación.

La siguiente vez no esperé ni una semana.

En clase dejé caer el estuche otra vez, pero esta vez añadí una pregunta absurda a mitad de la explicación, lo bastante fuera de lugar como para que varios compañeros giraran la cabeza. Clara me miró por encima de las gafas, anotó algo y continuó. Al sonar el timbre, la palabra llegó igual de calmada:

—Quédate.

El despacho. La llave. El clic.

Esta vez, en cuanto cerró la puerta, se dirigió al armario del fondo. Sacó dos correas negras, anchas, con hebillas metálicas. Las dejó sobre el escritorio sin dar explicaciones.

—Ya sabes qué hacer. Pero hoy vas a estar más quieta.

Me giré hacia la pared, levanté la falda y bajé las bragas hasta los tobillos. Escuché cómo se acercaba. Me tomó las muñecas, una después de otra, y las ató a los laterales del escritorio. Las correas apretaban lo justo. Después me separó los tobillos y los sujetó también, de forma que quedé abierta, inclinada hacia adelante, incapaz de cerrar las piernas.

—No te muevas —dijo.

El primer azote me arrancó un gemido que resonó en la habitación pequeña. El segundo, el tercero… el ritmo era más lento que otras veces. Cada golpe dejaba un ardor que se acumulaba. En el quinto sentí sus dedos otra vez: dos, después tres, empujando con precisión mientras la otra mano seguía cayendo sobre mi piel.

—No te corras —ordenó, sin dejar de mover los dedos—. Hasta que yo lo diga.

Apreté los dientes. El placer subía en oleadas cada vez más difíciles de contener. Los azotes y los empujones se mezclaban hasta volverse una sola sensación. Cuando creí que no podría aguantar más, ella se detuvo por completo. Retiró la mano. Me dejó temblando, abierta, respirando agitada contra la madera del escritorio.

Escuché el ruido de una silla. El pasar de páginas. Clara se había sentado y estaba corrigiendo exámenes. Como si yo no estuviera allí.

Pasaron minutos. No sé cuántos. De vez en cuando se levantaba, me daba dos o tres azotes secos y volvía a sentarse. Yo permanecía atada, goteando sobre el suelo, conteniendo el orgasmo a duras penas.

Cuando por fin se acercó de nuevo, me quitó las bragas de los tobillos, las enrolló y me las metió en la boca como mordaza. El sabor a mí misma me llenó la lengua.

—Ahora sí —dijo.

Reanudó los azotes y los dedos al mismo tiempo. Más fuerte. Más profundo. Cuando por fin habló, la voz era la misma de siempre:

—Córrete.

Me vine abajo de inmediato. Una vez. Después otra, sin que retirara los dedos. Y una tercera, cuando ya casi no podía sostenerme ni con las correas. Las contracciones me sacudían el cuerpo entero mientras gemía contra la tela empapada en mi boca.

Clara esperó a que el temblor cesara. Después me quitó la mordaza, desató las correas una por una y me dejó incorporarme. Me temblaban las piernas. La piel del culo ardía. Entre los muslos sentía el frescor de lo que había corrido.

—Vístete.

Obedecí en silencio. Cuando terminé, ella ya estaba otra vez detrás del escritorio, ordenando los exámenes corregidos.

—Puedes irte.

Salí al pasillo con las muñecas todavía marcadas por las correas y el sabor de mis propias bragas en la boca. Mientras caminaba hacia los casilleros, supe que volvería a provocarlo. Cuantas veces hiciera falta.

Era el último día de curso.

En clase no provocué nada. No hizo falta. Cuando sonó el timbre final y todos empezaron a recoger a toda prisa, hablando de vacaciones y de no verse hasta septiembre, Clara me miró por encima de las gafas y dijo, con la misma calma de siempre:

—Quédate un momento.

El pasillo se llenó enseguida del ruido habitual de final de curso. Yo esperé a que saliera el último alumno y la seguí hasta el despacho. El clic de la llave sonó igual que todas las veces anteriores.

No hubo preámbulos.

—Ya sabes qué hacer.

Me giré, levanté la falda, bajé las bragas. Ella sacó las correas del armario y me ató las muñecas al escritorio, después los tobillos, dejándome abierta e inclinada. Después abrió el primer cajón del escritorio y sacó dos pinzas negras de metal, pequeñas, con tornillo de ajuste. Las dejó junto a mi cara para que las viera.

—Hoy vamos a terminar de otra manera.

Me levantó la blusa y me bajó el sujetador sin desabrocharlo del todo. El aire frío me endureció los pezones de inmediato. Clara me sujetó uno entre los dedos, lo pellizcó hasta hacerlo sobresalir del todo y colocó la primera pinza. El dolor fue seco, preciso, como un mordisco constante. La segunda llegó igual. El ardor se irradió directo hasta el coño.

Después abrió otro cajón y sacó un cepillo de madera, de esos de cerdas duras que usaba para limpiar la tiza de la pizarra. El mango era grueso, barnizado, ligeramente curvado.

—Relájate —ordenó.

Sentí el extremo frío del mango rozarme el culo. No usó lubricante. Solo la humedad que ya me corría por los muslos. Empujó despacio al principio, girando un poco para abrirme. El esfínter resistió. Ella insistió con presión constante hasta que el mango cedió y entró de un solo empujón profundo. El ardor me arrancó un gemido ahogado. Me llenó por completo.

Clara empezó a moverlo con ritmo lento y deliberado mientras la otra mano me azotaba la carne ya marcada. Cada embestida del mango me empujaba hacia adelante, contra las correas. Las pinzas tiraban de los pezones con cada movimiento. El dolor y el placer se mezclaron hasta volverse indistinguibles.

—No te corras todavía —dijo.

Aguanté todo lo que pude. Las piernas me temblaban. El escritorio estaba empapado debajo de mí. Cuando por fin habló otra vez, la voz era la misma de siempre:

—Ahora.

El orgasmo me atravesó con una violencia que no había sentido nunca. No fue solo una corrida: fue un squirt fuerte, incontrolable, que salió a chorros mientras el mango seguía moviéndose dentro de mi culo y las pinzas tiraban de mis pezones. Gemí contra la madera del escritorio, el cuerpo entero sacudiéndose, incapaz de parar. El líquido me bajó por los muslos, gotearon al suelo, manchó el borde del escritorio.

Clara no se detuvo de inmediato. Siguió empujando el mango un poco más, hasta que las contracciones empezaron a calmarse. Después lo sacó con lentitud, me quitó las pinzas (el dolor al soltarlas fue casi tan intenso como al ponerlas) y desató las correas una por una.

Me ayudó a incorporarme. Me temblaba todo el cuerpo. Entre las piernas sentía el frescor del squirt y el ardor del mango todavía presente. Los pezones latían, hinchados y rojos.

Me vestí en silencio, con las manos torpes. Cuando terminé, Clara guardó el cepillo y las pinzas en el cajón con el mismo gesto preciso de siempre.

Se quedó mirándome un segundo más de lo habitual.

—Esto se queda aquí —dijo al fin, con voz baja—. No saldrá de esta habitación. Tú tampoco lo sacarás.

Asentí. No dije nada.

Abrió la puerta. El ruido del pasillo entró de golpe: voces, risas, final de curso. Vida normal.

Salí. Me mezclé con los demás como si acabara de tener una tutoría cualquiera. Nadie me miró dos veces. Nadie notó que bajo la falda todavía me corría el rastro caliente del squirt por los muslos, ni que los pezones me ardían con cada paso, ni que el eco del mango seguía dentro de mí.

Mientras caminaba hacia la salida del instituto, supe que, aunque ella lo hubiera ordenado, yo no iba a olvidarlo nunca.

El móvil vibró sobre la mesa de cristal.

Abrí los ojos. La pantalla se iluminó con una notificación de una red social que apenas usaba. Desbloqueé el teléfono casi por inercia y el perfil apareció llenando la pantalla.

No era una fotografía. Era una ilustración en blanco y negro, de un realismo tan preciso que dolía mirarla.

La mujer ocupaba casi todo el encuadre. El pelo oscuro le caía en ondas sueltas hacia un lado, como si un viento invisible lo hubiera desplazado. Los ojos cerrados, los labios entreabiertos, la expresión a medio camino entre el éxtasis y el dominio absoluto. El cuello largo y fuerte se prolongaba en unos hombros anchos, poderosos, que sostenían una chaqueta de cuero negra abierta del todo. Debajo, el torso desnudo: pechos pesados y firmes, pezones oscuros y erectos, el abdomen marcado con una definición casi brutal, cada músculo dibujado por la luz y la sombra. La cintura estrecha se perdía hacia abajo en la sugerencia de unas caderas fuertes y un muslo entreabierto. Todo en ella transmitía una belleza indescriptible y al mismo tiempo una fuerza contenida, peligrosa, como si pudiera romper algo solo con tensar un músculo.

En la parte inferior, en una tipografía elegante y curva, una sola palabra:

Powerful.

Me quedé mirándola más tiempo del que debería. El cursor parpadeaba en la casilla de mensaje.

Escribí una sola palabra.

Hola.

Y envié.

El mensaje se marcó como entregado. Me quedé con la pantalla iluminando mi cara en la penumbra del despacho, con el eco lejano de unos azotes que todavía me ardían en la memoria y la imagen de aquella mujer poderosa grabada detrás de los párpados.

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