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Hueso Blanco

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Summary

En la Sierra de Céniza ,la regla es simple: si no sirves, mueres. Ahí vive Sílex un marginado al que todos llaman Hueso Blanco. Caza para una tribu que lo odia y sobrevive como puede armado con una maldita lanza de hierro viejo y puro instinto. ​En la opulenta ciudad de Zalema de los Isora la nobleza vive rodeada de lujos, mentiras y juegos de poder. Pero el Rey Alaric llega con una exigencia clara: un torneo sangriento donde los guerreros más letales deben matarse en la arena en su nombre. En Zalema, las cartas del poder las mueve una sola familia: la Casa Isora. ​Al frente está Valerius, un patriarca frío y calculador que haría lo que fuera por mantener su estatus y aplastar a sus rivales. Sus hijos: Aurelius, apodado el Oso Rojo, una mole tan fuerte con el hacha como astuto en las palabras; y Cassian, un noble tan agudo como su arco y enrevesado como sus libros. de nada servirán los apellidos, el oro ni los títulos: en este juego, tanto la sangre noble como la salvaje se van a derramar por igual. Cuando la brutalidad de la montaña se encuentre con las espadas de la ciudad, la sangre va a correr y el tablero se va a romper.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1

El sol se ponía tras los picos de basalto, tiñendo la Sierra de Céniza de un color sangre coagulada. Sentados junto a un fuego pequeño que apenas lograba lamer la humedad de la cueva, dos muchachos compartían un trozo de cuero para masticar. Uno de ellos, apenas un niño que aún no había recibido su nombre de piedra, miraba con ojos muy abiertos al mayor.

-¿Es verdad lo que dicen de él, Pedernal? -susurró el pequeño-. ¿Que mató a Granito por un trozo de tripa?

Pedernal escupió una brizna de tabaco silvestre al fuego. Suspiró, un sonido que salió de sus pulmones como el roce de dos lajas.

-No fue solo por la tripa, guijarro. Fue por el peso de los días. Granito era una montaña de carne y maldad, y Sílex... bueno, Sílex era el hueso que se le quedó atravesado en la garganta. Yo estaba allí. No hubo gritos de guerra. Solo el sonido de una piedra golpeando algo blando, una y otra vez. Cloc. Cloc. Cloc. Como si estuviera machacando grano para las gachas. Cuando terminó, Sílex tenía más sangre en la cara que en las venas. Los ancianos quisieron despeñarlo, pero el Maestro de Armas dijo que un cachorro que muerde así de joven puede ser un perro útil si se le pone la correa adecuada.

-Pero no tiene la Marca -insistió el niño-. Dicen que es un paria.

-Lo es -asintió Pedernal-. Un paria que nos llena la barriga mientras nosotros pulimos lanzas que no han probado la sangre. Mira, ahí viene. Calla la boca si no quieres que te mire con esos ojos de muerto.


Sílex emergió de la bruma del bosque de encinas cargando un ciervo de montaña. Sus costillas marcadas subían y bajaban rítmicamente. Su piel pálida estaba surcada de arañazos de zarzas y costras de barro seco. Al llegar al centro del campamento, dejó caer la pieza con un golpe sordo que levantó polvo gris.

Esquisto se acercó arrastrando los pies, con su lanza de Hierro Negro al hombro, luciendo la elegancia de quien no ha sudado en todo el día.

-Llegas tarde, Hueso Blanco -dijo Esquisto, dándole una patada al costado del ciervo-. Las mujeres ya han apagado los fogones grandes. A este paso, los ancianos cenarán frío por tu culpa.

Sílex se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Sus ojos marrón claro recorrieron a Esquisto de arriba abajo, deteniéndose en su armadura de cuero impecable.

-Si tienes tanta prisa por comer, Esquisto, podrías probar a subir tú a los riscos de la cara norte -dijo Sílex con una calma que irritaba más que un insulto-. Hay un rastro de jabalí cerca del manantial. Pero claro, quizá el barro te estropee ese tinte tan bonito que llevas en las trenzas.

-Ten cuidado con esa lengua -gruñó Esquisto, dando un paso al frente y bajando la punta de su lanza-. Podría cortártela y dársela de comer a los perros. Al menos ellos no se quejan.

-¿Y qué harías después? -preguntó Sílex, sin inmutarse-. ¿Cazarías tú? ¿O esperarías a que Ónice te traiga las sobras? Porque todos sabemos que si no fuera por lo que yo traigo, estarías masticando las suelas de tus botas.

Ónice apareció entonces, saliendo de la cabaña principal. Su sola presencia calmó los ánimos. Miró el ciervo y luego a Sílex.

-Es una buena pieza, Sílex. Gracias -dijo Ónice con voz profunda-. Esquisto, deja de ladrar. La panza llena no se pelea con el cazador.

-Es un paria, Ónice -masculló Esquisto-. Se cree que por traer carne puede hablarnos como a iguales.

-Nos habla como alguien que ha caminado diez leguas mientras tú mirabas el sol -replicó Ónice. Se acercó a Sílex y bajó el tono-. Los ancianos están inquietos, Sílex. Dicen que has estado merodeando cerca de las cuevas prohibidas.

-Merodeo donde está la caza, Ónice -respondió Sílex, recogiendo su lanza de hierro común, cuya punta estaba mellada y sucia-. Vuestros "lugares sagrados" están llenos de cabras gordas que nadie se atreve a tocar por miedo a los fantasmas. Yo no temo a los muertos. Los muertos no muerden. Los vivos, en cambio...

-Vete a comer algo -le cortó Ónice, aunque no con dureza-. Mañana hay entrenamiento de formación. El Maestro de Armas quiere verte allí.

-¿Para qué? -Sílex soltó una risa seca-. ¿Para que me use de blanco otra vez? ¿O para que me explique por qué mi hierro se dobla y el vuestro no? Ahorraos el teatro. Mañana estaré en la cumbre. Hay algo ahí arriba que huele a rancio y no es un ciervo.


Sílex se alejó hacia la periferia del campamento, donde los "apestados" y los sin nombre tenían sus fuegos. Se sentó en una piedra plana y empezó a afilar su punta de hierro gris con una piedra de afilar desgastada.

Clac. Clac. Clac.

Arcilla estaba sentado a pocos metros, balanceándose sobre sus talones.

-Hueso Blanco, Hueso Blanco -canturreó el loco, haciendo chocar sus nueces-. El ciervo tenía ojos de cristal, pero el que viene tiene ojos de sal. ¿Has visto las marcas en los árboles, alto? ¿Has visto cómo llora la resina?

-Las he visto, Arcilla -dijo Sílex sin dejar de afilar-. Marcas a dos metros de altura. Colmillos que arrancan la corteza como si fuera papel.

-Ónice tiene oro negro en la mano, pero el corazón es de humano -continuó Arcilla, riendo para sus adentros-. Tú tienes hierro de clavo, pero el alma de esclavo... no, no, de esclavo no... de lobo bravo.

-Cállate un rato, anda -pidió Sílex, aunque sin malicia-. Me vas a desconcentrar y voy a acabar cortándome un dedo.

-Si te cortas el dedo, no habrá miedo -Arcilla se acercó gateando, sus ojos bailando de un lado a otro-. Dime, Hueso Blanco... ¿por qué no corres a Zalema? Allí tienen linos de colores. Allí podrías decir que eres un príncipe de las nubes. Nadie sabría que machacaste la cabeza de Granito.

Sílex se detuvo. Miró su lanza, luego sus manos pálidas.

-Porque en Zalema me pondrían una cadena de oro en el cuello y me llamarían "mascota" -dijo Sílex con amargura-. Aquí me llaman paria, pero al menos el aire es gratis y el suelo es firme. Además... alguien tiene que cuidar de locos como tú cuando algun animal salvaje decida que tiene ganas de carne humana.

Arcilla se quedó callado por un momento, un hecho insólito. Miró hacia la oscuridad del bosque y luego volvió a mirar a Sílex.

-El hierro normal se rompe, Hueso Blanco. Pero el hueso... el hueso aguanta hasta que se vuelve polvo.

Sílex no respondió. Siguió afilando, escuchando el sonido del metal contra la piedra, mientras el olor a bestia se hacía cada vez más presente en el viento nocturno.

______________________________________

El amanecer en Ítaca de Zalema no golpeaba con la crudeza de la montaña; se filtraba de manera perezosa a través de visillos de seda de color azafrán, bañando la estancia de Cassian de Isora con una luz líquida y cálida.

Cassian abrió los ojos y permaneció inmóvil, observando el techo de escayola donde unos artistas del Llano habían pintado una alegoría del río Lento. No tenía prisa. En Zalema, la prisa era una falta de educación, un síntoma de que uno no era dueño de su propio tiempo. Se incorporó despacio, apartando las sábanas de lino que conservaban el aroma a lavanda seca. Su cuerpo, aunque ágil y de movimientos felinos, se sentía pesado por la inercia de una vida donde cada deseo era satisfecho antes incluso de ser pronunciado.

El Desayuno de los Isora

En el patio central, bajo el murmullo de una fuente de mármol que escupía agua fresca, la mesa ya estaba dispuesta. Valerius leía unos informes de aduanas mientras bebía una infusión de hierbas amargas. Aurelius, el Oso Rojo, ya ocupaba la mitad del banco corrido, devorando una pieza de jamón curado con la eficiencia de un depredador. Su hacha de dos manos descansaba apoyado contra la columna, un recordatorio metálico de que la paz de Zalema se pagaba con fuerza.

-Llegas tarde, hermano -dijo Aurelius sin levantar la vista de su plato. Su voz era un trueno contenido, ronca por el desuso matutino-. El sol ya ha reclamado la mitad del patio y tú aún hueles a almohada.

Cassian se sentó frente a él, eligiendo con cuidado una granada madura. Empezó a desgranarla con dedos largos y finos, dejando que las semillas rojas cayeran en un cuenco de plata.

-El tiempo es un concepto relativo, Aurelius -replicó Cassian con una sonrisa lánguida-. Para ti, el día empieza cuando puedes golpear algo. Para mí, empieza cuando la luz es lo suficientemente buena como para no confundir un color con otro. Buenos días, padre.

Valerius bajó los papeles. Sus ojos eran dos pozos de cálculo político, fríos pero no exentos de un afecto distante.

-Buenos días, Cassian. Espero que hoy tu "búsqueda de la luz" incluya revisar las cuentas de la Casa Isora. El Rey pregunta por los tributos de las casas afiliadas. Dicen que hay retrasos en las caravanas de sal.

-Las cuentas son... áridas, padre -Cassian suspiró, llevándose un puñado de semillas a la boca-. Prefiero dejar eso a los contables. Tienen mentes cuadriculadas, ideales para los números. Yo tengo planes para el mercado nocturno; he oído que un mercader de las islas trae pigmentos nuevos. Y quizá pase por el campo de tiro.

Aurelius soltó una carcajada seca, limpiándose la barba rojiza con el dorso de la mano.

-El arco. Ese juguete de madera. Deberías aprender a usar el acero, Cassian. Un día, un Omolita bajará de su risco y no te preguntará de qué color quieres que sea tu tumba antes de ensartarte.

-El acero es para los que no saben mantener las distancias, hermano -respondió Cassian sin inmutarse-. Un arco es geometría, es paciencia. Es decidir el destino de un hombre a cien pasos mientras él todavía cree que tiene oportunidad de insultarme. Hay una belleza en eso que tu hacha jamás entenderá.

-La belleza no detiene una carga de caballería -gruñó Aurelius, poniéndose en pie. Su armadura de acero crujio bajo el porte tan bajo como ancho de hombros-. Padre,yo me ocuparé de las cuentas más tarde, voy a los cuarteles. Hay rumores de que los montañeses están cazando demasiado cerca de las fronteras legales. Si cruzan un solo olivo, les recordaré a quien pertenece la tierra.

Una hora después, Cassian caminaba por las calles de cal blanca de Ítaca, seguido a tres pasos de distancia por Eusebio, su mayordomo. Eusebio era un hombre gris, de espalda encorvada por años de reverencias, que cargaba con una bolsa de seda para las compras de su señor.

El mercado de Zalema era un caos organizado de sedas carmesíes, olor a canela y gritos de mercaderes. Cassian se movía entre la multitud como un pez en el agua,

-Mire ese lino, señorito Cassian -susurró Eusebio, señalando un puesto-. Es del color del azafrán puro. Le sentaría bien para el torneo.

Cassian se detuvo, tocó la tela con la punta de los dedos y arrugó la nariz.

-Es áspero, Eusebio. Mezclado con cáñamo para darle cuerpo, una ordinariez. Quieren engañar al ojo, pero no pueden engañar al tacto. Vestir es mentir, lo sabes bien, pero hay que mentir con calidad. Sigamos.

Se detuvieron ante un puesto de especias. Cassian observó a un grupo de extranjeros, hombres de piel curtida y ropas polvorientas que miraban las fuentes de agua con una mezcla de envidia y desconfianza.

-¿Ves eso, Eusebio? -preguntó Cassian en voz baja-. El hambre en sus ojos. Mi hermano quiere matarlos con martillos, mi padre quiere comprarlos con grano. Yo... yo me pregunto qué historias cuentan por la noche.

-Son bárbaros, señor. No tienen ley ni letras -respondió el mayordomo con desprecio.

-No tienen letras, cierto. Pero tienen una verdad que me resulta... intrigante. Una verdad que no se puede comprar con oro, aunque padre lo intente cada estación.

De regreso al palacio, Cassian se retiró al campo de tiro privado. Era su refugio. Allí, el ruido de la política y las exigencias de su padre se desvanecían. Se despojó de las joyas y los linos exteriores, quedando solo con la túnica interior, más ligera.

Tomó su arco de tejo. No era un arma de guerra, era una extensión de su voluntad. Se colocó en la línea de tiro, con los pies perfectamente alineados sobre las baldosas.

-Observa, Eusebio. Mi hermano cree que el poder está en el impacto. Yo creo que el poder está en el silencio previo al impacto.

Tensó la cuerda. Sus músculos, delgados y definidos como cuerdas de arpa, se tensaron bajo la piel clara. No había vibración. No había duda. Sus ojos verdes se afilaron, perdiendo toda su indolencia habitual. En ese momento, Cassian de Isora no parecía un vago rico; parecía un depredador que había sustituido los colmillos por madera y cuerda.

La cuerda cantó.

La flecha atravesó el aire con un silbido casi imperceptible y se clavó en el centro exacto de la diana, con tal fuerza que la madera vibró durante varios segundos.

-Un tiro perfecto, señorito -elogió el mayordomo.

Cassian bajó el arco y volvió a adoptar su postura lánguida, frotándose la yema del dedo pulgar.

-Un tiro perfecto es aburrido, Eusebio. Es predecible. Lo que busco es un blanco que se mueva, algo que no sepa que el destino lo ha sentenciado. Mañana... mañana quizá pida permiso a padre para acercarme a los límites de la sierra. Quiero ver si el aire de la montaña es tan afilado como dicen los poemas.

Se puso la túnica de seda, ocultando de nuevo al arquero tras la máscara del heredero refinado. El sol empezaba a bajar, y las sombras de las montañas de basalto comenzaban a alargarse sobre las tierras bajas de Zalema como dedos de carbón.

______________________________________

La luz del atardecer se filtraba entre los riscos, proyectando sombras alargadas que parecían lanzas clavadas en el suelo de basalto. En el centro del área de entrenamiento, un espacio circular de piedra pulida por siglos de pies descalzos, los niños de la tribu Omolita se movían en un silencio sepulcral. No había gritos de aliento ni órdenes a viva voz; solo el jadeo rítmico y el choque seco de la madera contra el cuero.

De entre las sombras de las cuevas superiores emergió una figura que hizo que incluso Esquisto cerrara la boca a mitad de una jactancia.

Penitencia caminaba apoyado en una vara de encina negra que no era una lanza, sino un bastón de mando. Era un hombre que parecía tallado en la misma montaña: su piel era una red de cicatrices blancas sobre un fondo de obsidiana, y le faltaba el brazo izquierdo desde el hombro, un "regalo" de un encuentro con un oso de las cavernas hace tres décadas. Su solo nombre recordaba a los jóvenes que la supervivencia en la Sierra de Céniza no era un derecho, sino un castigo que se superaba cada día.

El anciano se detuvo al borde del círculo. Sus ojos, nublados por las cataratas pero agudos como puntas de flecha, recorrieron la formación.

-La roca no se queja cuando el mazo la golpea -dijo Penitencia, su voz era un raspadito de grava-. Se endurece. O se rompe.

Se acercó a Ónice, que ejecutaba una serie de estocadas con la precisión de un reloj de sol. El anciano golpeó el suelo con su bastón.

-Forma perfecta, Ónice. Pero la perfección es predecible. Si sabes dónde va a estar el sol a mediodía, sabes dónde buscar la sombra. Un enemigo que no siga las reglas te cortará el cuello mientras admiras tu propia técnica.

Luego, sus ojos se desviaron hacia la periferia, donde Sílex terminaba de recoger su equipo de caza. El contraste era doloroso: el chico rubio y pálido, cubierto de sangre de ciervo seca, sostenía su lanza de hierro común, cuya punta mostraba los estragos del uso real, no del entrenamiento.

-Hueso Blanco -llamó el anciano.

Sílex se tensó, pero mantuvo la mirada. No bajó la cabeza como hacían los demás ante los ancianos.

-Maestro Penitencia.

-He oído que has vuelto a traer carne de los Riscos del Norte -dijo el anciano, acercándose a él. Los demás niños, incluidos Pedernal y el silencioso Pórfido, se detuvieron para observar-. Lugares donde el espíritu de la montaña reclama tributo. ¿Por qué vas allí? ¿Es valentía o es que tu sangre clara no siente el miedo como la nuestra?

-El miedo no llena el estómago, Maestro -respondió Sílex con su habitual tono seco-. Y los espíritus no tienen carne. Los ciervos de allí arriba sí.

Un murmullo recorrió a los jóvenes. Esquisto soltó una risita burlona desde el fondo:

-Lo que tiene es hambre de gloria, Maestro. Quiere compensar con carne lo que le falta en el hierro negro.

Penitencia no miró a Esquisto, pero su bastón voló con una velocidad sobrenatural, golpeando la espinilla del fanfarrón. Esquisto ahogó un grito de dolor.

-El silencio es la primera lección de un guerrero, Esquisto. El que habla demasiado gasta el aire que necesitará para no morir -sentenció Penitencia. Volvió a mirar a Sílex y señaló la lanza de hierro común-. Esa punta está mellada. Se oxidará con la primera lluvia de primavera. Es un arma de paria para un chico que se niega a encajar.

-Es el hierro que me dieron -dijo Sílex, apretando el astil-. Y ha matado más que cualquier Hierro Negro en este círculo hoy.

Penitencia esbozó una mueca que podría ser una sonrisa o un gesto de dolor.

-El hierro común perdona menos que el negro, Sílex. Si fallas el ángulo, se dobla. Si golpeas piedra, se rompe. Te obliga a ser mejor de lo que el metal te permite. Eso... -miró a los demás niños- es algo que vuestras lanzas perfectas nunca os enseñarán.

El anciano se giró hacia el centro del círculo, alzando su voz para que todos escucharan.

-La Ascensión de la Cumbre Muda se acerca. Para algunos de vosotros, será el día en que vuestro nombre de piedra se convierta en nombre de hombre. Para otros, será el día en que la montaña reclame sus minerales. Arcilla, deja de jugar con esas nueces.

El niño loco, que estaba haciendo un ritmo complejo en una esquina, se detuvo en seco y le dedicó una reverencia exagerada a Penitencia.

-El viejo árbol ve la raíz, pero no ve que la tormenta viene de la nariz... del gigante, ¡claro! -rio Arcilla, señalando hacia el sur,

Penitencia miró hacia donde señalaba el niño. El aire traía un aroma dulce, un olor a flores y especias que no pertenecía a la sierra. Era el olor de Zalema, de los Isora, de la civilización que intentaba comprar sus almas con sal y lino.

-Entrenad -ordenó Penitencia-. Mañana, Sílex y Ónice se enfrentarán en el círculo. Sin Hierro Negro. Sin ventajas. Quiero ver si el Hueso Blanco puede sostenerse cuando el ideal de la tribu intenta aplastarlo.

Ónice asintió con respeto, mirando a Sílex con una mezcla de lástima y curiosidad. Sílex, por su parte, clavó su lanza en la tierra, sus ojos marrones fijos en el "hijo de la sierra". Sabía que mañana no sería un simple entrenamiento; sería un recordatorio de por qué odiaba tanto el suelo que pisaba como el cielo que lo miraba.

El sol se hundió definitivamente tras los picos, dejando la Sierra de Céniza sumida en una penumbra azulada y fría. Sílex se alejó del bullicio del campamento, de las rimas de Arcilla y de la mirada de piedra de Penitencia. Necesitaba el sonido del agua.

Llegó a un pequeño riachuelo que nacía de una grieta en el basalto. El agua corría negra y gélida. Sílex se acuclilló, hundió las manos y se salpicó la cara. Al ver su reflejo pálido y distorsionado en la corriente, una sonrisa ladeada y feroz asomó a sus labios.

-Mañana -susurró para sí mismo, apretando los puños-. Mañana verán cómo el "hierro común" les atraviesa el orgullo.

Se regocijó en el pensamiento. Imagino la cara de Esquisto cuando Ónice muerda el polvo, la sorpresa en los ojos nublados de Penitencia. no soy un paria por debilidad, sino por diseño. He sobrevivido a Granito, he sobrevivido al hambre y a los riscos del norte. Mañana, frente a toda la tribu, les cerrare la boca con la misma eficacia con la que aplastaba el cráneo de ese puto gordo seboso.

-Pareces un loco hablando solo, Hueso Blanco.

Sílex se giró con un movimiento felino, la mano buscando instintivamente el astil de su lanza. Era Pedernal, que caminaba hacia él con las manos en alto, en señal de paz.

-Solo pensaba en voz alta -gruñó Sílex, relajando los hombros-. ¿Vienes a darme más consejos de técnica?

Pedernal se sentó en una roca cercana, mirando el agua.

-Vengo a decirte la verdad. Mañana... mañana Ónice no te va a odiar. Ese es tu problema. Si no le golpeas con la fuerza de un alud desde el primer segundo, él se contendrá. No te pegará fuerte porque te tiene lástima, Sílex. Te ve como a un hermano menor que nació con el color equivocado.

Sílex sintió que la sangre se le subía a la cara. La compasión le dolía más que cualquier golpe de lanza.

-¡Que se guarde su lástima para los muertos! -estalló, señalando a Pedernal con un dedo acusador-. ¿Crees que necesito que me "deje" ganar? ¡Crees que soy tan frágil como mi hierro!

Pedernal retrocedió un paso, sorprendido por la violencia en la voz de su compañero. Sílex respiró hondo, cerró los ojos y dejó que el aire frío le bajara las pulsaciones.

-Perdona -dijo Sílex en un susurro, suavizando el tono-. Es normal que pienses eso. Todos lo pensáis. Habéis crecido viendo la marca en vuestro brazo y el brillo en vuestro metal. Pero mañana... mañana se verá. No habrá lástima que lo salve cuando le parta el cuello.

De repente, el aire cambió.

El murmullo del riachuelo pareció apagarse y un olor pesado, a almizcle, carne podrida y piel mojada, inundó el lugar. Un crujido de ramas rotas resonó justo detrás de ellos.

Sílex se quedó petrificado. Sus pupilas se dilataron. Ladeó la cabeza milimétricamente y, por el rabillo del ojo, vio una mole de pelo oscuro y garras como garfios de hierro. Un Oso de las Cavernas, un monstruo de trescientos kilos, se alzaba a menos de dos metros de sus espaldas.

El rugido del animal no fue un sonido, fue una vibración que les sacudió los pulmones. El suelo pareció temblar.

-No muevas... ni un músculo -susurró Sílex, tan bajo que apenas fue un aliento-. Si parpadeas, nos devora.

Pedernal estaba blanco como la cal. Sus rodillas temblaban de forma visible. El oso se acercó, soltando bufidos calientes que les golpeaban la nuca. La bestia empezó a olfatearlos, pasando su enorme hocico húmedo por el cuello de Pedernal y luego por el pelo rubio de Sílex. Era el juicio de la montaña. El depredador decidía si valía la pena el esfuerzo o si eran solo piedras en el camino.

Fueron los segundos más largos de sus vidas. El oso soltó un último gruñido de desprecio, se dio la vuelta y se internó en la espesura con la pesadez de una roca rodando ladera abajo.

Sílex soltó el aire que tenía atrapado. Sus manos aún temblaban ligeramente, pero su rostro recuperó la hosquedad habitual. Miró a su lado.

-Se ha ido -dijo Sílex.

Pedernal no respondió. Estaba mirando al suelo, con la vista perdida. Un rastro de humedad bajaba por su pierna, empapando el cuero de su faldón y creando un charco pequeño sobre el basalto. El guerrero, el que siempre tenía un consejo pragmático, se había quebrado bajo la presión de la muerte auténtica. Se había meado encima.

Sílex lo miró durante un largo segundo. No se rió. No hubo burla. Simplemente le puso una mano en el hombro, apretando con firmeza.

-Vuelve al campamento, Pedernal. Lávate en el otro recodo del río. Yo no diré nada.

Pedernal asintió torpemente y se alejó sin mirar atrás, caminando como un espectro. Sílex se quedó solo de nuevo, mirando su lanza de hierro común.

-El miedo -murmuró Sílex para sí mismo- es lo único que nos hace iguales.

Sílex regresó a su rincón en la periferia del campamento. No buscó el calor de la hoguera comunal; el olor a orina de Pedernal y el rastro del oso todavía le impregnaban el paladar y la nariz, recordándole que la montaña no negociaba con nadie. Se envolvió en su capa de piel de cabra, una prenda rígida y tosca que olía a sebo rancio, y apoyó la cabeza sobre una piedra plana.

El sueño no fue un descanso, sino una vigilia entrecortada. Escuchaba el crujido del basalto enfriándose y el ulular de un búho que, en su mente febril, sonaba como las risas del niño que machacó en su infancia.

El alba en la Sierra de Céniza no era rosada; era gris plomo. El frío se colaba por las costillas de Sílex como cuchillos de hielo cuando Penitencia golpeó el suelo con su bastón de encina.

-Al círculo -ordenó el anciano.

El área de entrenamiento estaba rodeada. Los jóvenes Omolitas formaban un anillo de piel morena y ojos negros. Ónice ya estaba allí, despojado de su túnica, mostrando un torso fibroso y perfecto, marcado por la cicatriz del rayo en el hombro. Sílex entró al círculo con su piel de tiza erizada por el frío. Se quitó la parte superior de su vestimenta de cuero, dejando ver un cuerpo delgado, donde cada músculo parecía un cable de acero a punto de romperse.

Penitencia miró a ambos. No había lanzas. Solo dos hombres y el suelo de piedra.

-Sin armas. Sin rango. Solo la voluntad -dijo el anciano-. Empezad.

Ónice no se movió de inmediato. Adoptó una postura de guardia baja, equilibrado, con las palmas abiertas. Sus ojos negros no mostraban odio, sino esa paciencia infinita que Sílex tanto despreciaba.

-No tienes por qué hacer esto, Sílex -dijo Ónice en voz baja, apenas un murmullo para que solo él lo oyera-. No tienes nada que demostrarle a Esquisto ni a los demás.

-Cierra la boca y pelea -escupió Sílex.

Sílex se lanzó primero. No fue un movimiento elegante; fue una embestida baja, buscando las rodillas de Ónice. Pero Ónice era como el agua fluyendo entre las rocas; pivotó sobre un talón y dejó que la inercia de Sílex lo pasara de largo, propinándole un golpe seco con la palma en la nuca que mandó al rubio de bruces contra el basalto.

Sílex rodó, escupiendo polvo. Se levantó rápido, pero Ónice ya estaba encima. El "hijo de la sierra" lanzó una combinación de golpes cortos al plexo solar. Sílex bloqueó dos, pero el tercero le vació los pulmones. El dolor fue sordo, pesado.

-Estás tenso -observó Ónice, retrocediendo un paso para darle espacio-. Si no respiras, te quebrarás.

Sílex no respondió. Se agachó, fingiendo un dolor mayor al que sentía, y mientras Ónice daba un paso cauteloso hacia adelante, Sílex lanzó una mano al suelo. Sus dedos se cerraron sobre un puñado de ceniza y gravilla fina que se acumulaba en las grietas de la piedra.

En un movimiento fulminante, Sílex se incorporó y arrojó el polvo directamente a los ojos de Ónice.

Un grito de indignación surgió de los espectadores. Esquisto bramó desde la orilla:

-¡Sucio paria! ¡Eso es de cobardes!

Ónice retrocedió instintivamente, parpadeando con fuerza, con los ojos inyectados en sangre y lágrimas por el esmeril de la ceniza. Sílex no perdió un segundo. Se lanzó contra él, golpeando con el codo la mandíbula de Ónice y luego clavando sus dedos en las costillas del moreno. Logró derribarlo, montándose sobre él y lanzando puñetazos frenéticos.

Ónice recibió dos golpes en el pómulo que le abrieron la piel, pero su disciplina era superior. A pesar de la ceguera temporal, sus manos buscaron los antebrazos de Sílex. Con una fuerza mecánica, Ónice bloqueó las muñecas de Sílex, encogió las piernas y, usando el peso del propio Sílex, lo lanzó por encima de su cabeza.

Sílex impactó contra el suelo con un golpe que le hizo ver chispas. Intentó levantarse, pero Ónice, todavía frotándose un ojo, se le echó encima. No hubo golpes esta vez. Ónice pasó un brazo por debajo de la axila de Sílex y el otro por detrás de su cuello: una víbora envolviendo a su presa en el suelo.

-Ríndete -dijo Ónice, su voz agitada por primera vez-. Se acabó.

Sílex sintió que el mundo se estrechaba. El brazo de Ónice era una viga de hierro negro apretando su tráquea. Pero Sílex tenía un truco más. Llevó su mano libre a la oreja de Ónice, hundió los dedos y tiró hacia atrás con la intención de desgarrar el cartílago, al tiempo que buscaba con sus dientes el hombro de su oponente.

Mordió con la desesperación de un animal atrapado. Ónice soltó un gruñido de dolor puro cuando los dientes de Sílex perforaron la carne de su hombro, pero en lugar de soltarlo por el pánico, la ira finalmente asomó en el guerrero perfecto.

Ónice apretó la presa con una fuerza brutal. El cuello de Sílex crujió. El oxígeno dejó de llegar al cerebro. Las extremidades se le empezaron a agitarse débilmente, como las de un insecto agonizante. Sus ojos marrones, fijos en el cielo gris, empezaron a ponerse en blanco.

Penitencia bajó su bastón.

-Basta.

Ónice soltó la presa de inmediato. Se apartó jadeando, con la sangre corriendo por su hombro donde los dientes de Sílex habían dejado una marca profunda y violácea. Se limpió la ceniza de los ojos, mirando a Sílex con una mezcla de horror y decepción

Sílex se quedó un momento de rodillas, con la frente apoyada en el basalto frío. El sabor de la sangre en su boca era metálico y amargo, mezclado con el polvillo de la ceniza que Ónice le había hecho tragar al estamparlo contra el suelo. No hubo miradas de fuego. Sus ojos simplemente lagrimeaban por la suciedad y el esfuerzo.

Ónice se apartó en silencio. Se limpiaba la herida del hombro con la mano, mirando la marca de los dientes de Sílex con una expresión de cansancio, como quien mira una mancha en la ropa que no sabe cómo quitar.

-Te has pasado, Sílex -dijo Ónice. Su voz no era de reproche heroico, sino de fastidio-. No era necesario morder. Es solo un entrenamiento.

Sílex no contestó porque le dolía demasiado la tráquea para articular palabra. Se levantó despacio, con un temblor en las piernas que no podía ocultar. No hubo una retirada digna; simplemente caminó cojeando hacia el borde del círculo, buscando su lanza de hierro barato.

Esquisto, que estaba sentado en una piedra cercana afilando un trozo de cuero con un cuchillo, ni siquiera se levantó.

-Mañana te dolerá hasta el aire, Hueso Blanco -dijo Esquisto sin mirarlo, con ese tono de superioridad casual de quien sabe que tiene el respaldo de la mayoría-. Deja de intentar pelear . No conseguiras nada.

Sílex llegó hasta donde estaba su lanza. El astil de madera de encina estaba rayado y la punta de hierro gris tenía una mancha de óxido que no había tenido tiempo de quitar. La agarró con los dedos entumecidos. No miró a Esquisto con odio mortal, simplemente lo ignoró porque no tenía energía para más.

Penitencia, el anciano, ya se había dado la vuelta y caminaba hacia su cueva apoyado en su bastón, dando por terminada la sesión sin más ceremonia. Para él, Sílex era un resultado previsible: una herramienta defectuosa que seguía sin enderezarse.

Sílex se alejó del grupo. El campamento se llenó del ruido cotidiano de los demás niños yendo a por agua o preparando el fuego. Él se dirigió hacia la linde del bosque, donde el suelo dejaba de ser piedra limpia y empezaba a ser barro y raíces muertas.

Se sentó a la sombra de una encina retorcida. Le dolía el costado al respirar y el cuello se le estaba empezando a poner morado. Sacó un trozo de carne seca de su bolsa de cuero y empezó a masticarla, aunque le costaba tragar.


Se tocó el pelo, rubio y grasiento, sucio de la ceniza que le habían hecho tragar. Era una anomalía. Un error de la montaña. Un paria que traía la carne para que los "verdaderos guerreros" tuvieran fuerza para humillarlo al día siguiente en el entrenamiento.

-Engañar a la carne -repitió, recordando vagamente algo que alguien le había dicho, o quizá era solo un pensamiento propio que se abría paso entre el dolor.

Se quedó allí, inmóvil, mientras las sombras de los picos se alargaban sobre sus pies. No tenía hambre, a pesar de que no había comido desde el alba. Solo sentía una pesadez fría en el pecho. Sabía que mañana tendría que levantarse, volver a afilar ese hierro barato y volver a agachar la cabeza cuando los ancianos pasaran. O quizá no.

Miró hacia abajo, hacia donde la Sierra moría y empezaban los valles de Zalema. Allí abajo el agua era lenta y la gente vestía colores que él ni siquiera sabía nombrar. solo era un chico con el cuello morado y las costillas rotas, esperando a que la noche se lo tragara todo.

_____________________________________

Cuando El alba apenas teñía de violeta los picos de la Sierra cuando Cassian intentó deslizarse hacia las cuadras. Pero antes de alcanzar el primer caballo, una sombra colosal bloqueó la salida. No era la quietud de su padre, era la tensión vibrante de Aurelius.

El Oso Rojo no llevaba su hacha, pero no lo necesitaba. Vestía un jubón de cuero endurecido que apenas contenía la anchura de sus hombros, y sus ojos, de un verde más oscuro que los de su hermano, centelleaban con una lucidez peligrosa.

-¿A dónde crees que vas, pequeño lince? -la voz de Aurelius no era un grito, era un rugido bajo que hacía vibrar el aire.

-Los hitos del norte, Aurelius. Hay rastros de ceniza que no...

-Los rastros que importan hoy son los que dejan las botas de los Escamas Doradas en nuestro camino -Aurelius dio un paso al frente, y Cassian sintió que el espacio se agotaba-. Padre me ha dado el mando de la recepción. Y si crees que voy a dejar que te pierdas en los riscos mientras el Rey Alaric escudriña mis filas buscando una debilidad, es que no me conoces nada, hermano.

-Tú tienes a tus hombres, Aurelius. Yo solo...

-Tú tienes la vista que a mis exploradores les falta -le cortó Aurelius con una rapidez mental que dejó a Cassian mudo-. No eres un tonto con arco, Cassian, y yo no soy un tonto con armadura. Sé que buscas algo allá arriba, pero hoy tu "geometría" la quiero en la arena. Si el palco real tiene un solo ángulo muerto donde un asesino pueda esconderse, o si el suministro de forraje para los sementales de la capital falla, Alaric pensará que somos tan descuidados con nuestras murallas como con nuestros invitados. Muévete. Ahora.


En la arena, Aurelius era una fuerza de la naturaleza con un intelecto afilado. No se limitaba a dar órdenes; corregía la posición de las empalizadas basándose en las corrientes de viento y el ángulo del sol.

-¡Ese foso es demasiado estrecho! -gritó Aurelius a los ingenieros-. Los caballos de Bastión de Juramento son más pesados que los nuestros. Si uno tropieza ahí, el Rey verá una carnicería antes de que empiece el torneo. ¡Ensanchadlo dos palmos!

Se giró hacia Cassian, que revisaba los mapas de los palcos.

-¿Y bien? ¿Has terminado de calcular los puntos de fuga o sigues soñando con el basalto? Necesito que verifiques la acústica de la tribuna. Alaric es un hombre que escucha los susurros tanto como los gritos. Quiero que cuando hable con nuestro padre, sienta que nadie más que él tiene el oído del mundo.

-Eres más meticuloso de lo que aparentas, hermano -comentó Cassian, sorprendido por la viperina observación de Aurelius sobre la política del sonido.

-Para golpear fuerte hay que saber dónde está el hueso, Cassian. Eso es anatomía, y la política no es diferente.


______________________________________

Cuando la vanguardia de Bastión de Juramento apareció, Ítaca se sumió en un silencio de acero. El Rey Alaric desmontó, y fue Aurelius quien dio el paso al frente, con una presencia que rivalizaba con la de cualquier guardia real.

Alaric miró al Oso Rojo, midiendo la potencia de su brazo y la chispa de inteligencia en su mirada.

-Aurelius Isora. Dicen que tu hacha ha aplastado más cráneos que piedras hay en el camino.

-Solo los que intentaron manchar vuestra frontera, Majestad -respondió Aurelius, con una reverencia que tenía la elegancia de un depredador en reposo-. Pero hoy, mi arma solo descansará para que podáis disfrutar de la hospitalidad del sur. Aunque, si lo deseáis, mañana en la arena puedo mostraros que el acero de Zalema no ha perdido su temple por estar lejos de la capital.

El Rey Alaric sostuvo la mirada de Aurelius durante un tiempo que a los nobles de la corte les pareció eterno. El viento de la tarde agitó los estandartes del León de Hierro, pero el Oso Rojo no parpadeó. Sabía que Alaric no buscaba cortesía, buscaba competencia.

-El acero de Zalema siempre ha tenido un brillo distinto -dijo Alaric, rompiendo finalmente el silencio-. Pero dicen en la capital que vuestro acero se está volviendo escaso. Que los yacimientos de la Sierra son cada vez más difíciles de defender.

Aurelius soltó una risa corta, una vibración seca que no alteró su postura de mando.

-El acero no es escaso, Majestad. Lo que es escaso es la gente con la fuerza suficiente para arrancarlo de la piedra. Mis patrullas han tenido que "educar" a varios grupos de montañeses en las últimas lunas. Son rápidos y no dejan rastro, pero su carne se corta igual que la de cualquier otro hombre cuando se les alcanza.

Alaric asintió, golpeando el pomo de su espada con un dedo enguantado.

-Los Omolitas. He oído que son gigante con piel de ceniza

-Gigantes que sangran, Majestad -sentenció Aurelius con una frialdad técnica-. Son peligrosos porque no tienen nada que perder y conocen cada grieta del basalto. La mayoría de los hombres huyen antes de verles la cara; mis hombres, en cambio, tienen órdenes de no desperdiciar aliento en gritos. Si un Omolita pisa un olivo de Zalema, muere. Así de simple es mi "geometría", aunque a mi hermano le parezca poco refinada.

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