Bajo La Lluvia De La Patagonia by Matias at Inkitt
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Bajo La Lluvia de la Patagonia

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Summary

En la soledad helada de la Patagonia, Sebastián vive sin deberle nada a nadie. Su mundo es simple: trabajo, silencio y control. Hasta que una noche descubre que no está solo. Una joven y una niña se han ocultado en su hogar, huyendo de algo que no se animan a nombrar. No piden ayuda. No confían. Solo intentan sobrevivir. Sebastián tampoco es un salvador. Pero hay cosas que no puede ignorar.

Genre
Drama
Author
Matias
Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

“Un Mecánico”

Otra vez volvía a ocurrir... la pasta dental se volvió a acabar ¿Es que acaso les ponen aire a estas cosas?

Supongo que... eso es poco probable y algo raro esta ocurriendo en mi casa.

De hecho, estoy bastante seguro de que en realidad algo raro esta ocurriendo en mi hogar.

Muchas veces son las que vuelvo del taller y veo agua en la ducha, cuando no la he usado.

También, he visto que mis reservas de comida se están gastando más rápido... como si alguien mas estuviese comiendo de mis cosas.

¿Acaso tengo algún fantasma del más allá viviendo conmigo? No recuerdo haberles pedido que vengan más acá...

En fin, la verdad es que no tengo paciencia para estas cosas, a pesar de tener veinticinco años y una vida bastante solucionada, odio a la gente y dudo demasiado que justo en mi hogar alguien se haya ido a meter... quiero decir, no es que viva precisamente cerca de la civilización.

Y tampoco es precisamente sencillo llegar a mi... vivir en una meseta nevada, rodeada por bosque y con un rio que cruza mis pagos es... probablemente lo más inhóspito que encontré en mi querida Argentina.

¿Qué decir de mí? Soy ese tipo de joven que vivió demasiado y rápido.

Cometí muchos errores, de eso no hay dudas, no escuche a mis mayores, de eso tampoco hay dudas... perdí demasiado, de eso incluso hay menos dudas y tomé decisiones patéticas echando a perder demasiadas cosas muy rápido.

Relaciones, amistades, trabajos... incluso me dieron la baja del ejercito por insubordinación.

Soy probablemente ese tipo de hombre que no se banca la injusticia y levanta la voz al instante... y eso precisamente me ha hecho pagar bastante caro mis acciones.

Sin embargo, si algo puedo destacar, es que no me arrepiento de ningún mal... paso. Al final, no deja de ser “mi mal paso”.

- Cuando vaya al pueblo, tendré que traer el doble – suspiré lavando mi cepillo de dientes.

Al observarlo con detenimiento, noté que ahora se estaba gastando de forma diferente.

- Y comprar un par de estos. – cerré mis ojos y entonces, Rocco, uno de mis perros llegó a mi golpeando mi pierna con su cuerpo. – Buen día – mi casa, es parte de una herencia millonaria que ni sabía que tenía.

Un tío abuelo murió en este lugar, su testamento dejó explícitamente en claro que su fortuna y sus bienes pasaran a mi nombre, no por que me conociera o que me tenga estima... el cabrón odiaba a sus hijos y sus hijos lo odiaban a él.

Por mi parte, no me negué... pague sus deudas con su dinero, pague los impuestos y me dedique a comprar propiedades para poner alquileres bajo inmobiliaria.

El dinero seguía llegando a mí, las inmobiliarias se hacían cargo de los mantenimientos... y yo solo me dedicaba a comprar autos venidos abajo, clásicos o cosas extrañas para ponerlas a punto y volverlas a usar.

Entonces, con tanto campo, lo único que me quedaba era comprar animales para que ocuparan el lote cercado.

Lo bueno de estar aquí, es que hay poca gente, no se suele ver movimiento... mi vecino mas cercano, esta a tres kilómetros, lo cual, es una alegría si se quiere.

Si bien soy una persona solitaria y no reniego de mi situación, es cierto que... hay momentos en los cuales, echó en falta la presencia de alguien conmigo.

Es verdad que los perros, los gatos e incluso, los caballos que he traído son buena compañía para pasar el día, pero la realidad a veces es que, no es suficiente.

Ya ni siquiera hablo de placer carnal, una paja o dos y la calentura muere... pero el frio en el corazón no se va de forma sencilla.

No es que me arrepienta de vivir así, después de todo, fue mi decisión.

Bajé las escaleras de mi hogar, abrí la alacena al llegar a la cocina y abriendo la canilla, busqué el hervidor. - ¿Dónde mierda esta? – me pregunté en voz alta mientras lo buscaba por todas partes. Al final, como no lo encontré, rodé mis ojos con algo de frustración intentando recordar si lo había llevado al campo ayer.

Cuando fui a ver uno de los lotes con el caballo y los perros para ver como estaban las vacas y el toro, me llevé el termo, la yerba y el mate... sin embargo, no puedo hacer memoria si es que conmigo, lleve mas cosas por si se me enfriaba el agua.

- ¿Esas noches locas me están pasando factura? – me murmuré frotándome la sien recordando esa vez que viaje a Japón con un inversionista que me invito a conocer su fábrica.

La cantidad de culos y tetas que toque ese día... - Mi madre se sentiría asqueada de mi – me sonreí divertido pensando en cómo ella al igual que mi hermana aun vivían en el centro de Buenos Aires, que usaban los apartamentos que les regale. – Debería visitarlas pronto.

No soy ningún santo, de hecho, es probable que haya hecho mas cosas malas que buenas en mi vida... y si bien, mi moral me abstiene de cruzar muchísimos limites, es cierto que aun tengo en mi piel esa marca.

Fue un solo balazo... calibre nueve milímetros, entró y se alojó en mi pierna a dos centímetros de mi arteria femoral.

Ni siquiera estábamos en combate cuando eso paso... sin embargo, ante el fuego, respondí como un soldado y eso desató una balacera que duro dos horas completas de reloj.

¿El dolor? Se esfumo luego de los dos primeros minutos... sabía que estaba herido, pero ver morir a un compañero me sacó de quicio.

Tuvieron que borrar grabaciones de cámaras, silenciar testigos... muchos de los narcos que sobrevivieron y se rindieron aparecieron flotando en el rio... no solo por que me vieron actuar, si no que toda la unidad actuó.

Entonces, si bien no soy una mierda, tampoco estoy limpio del todo.

- No hay una mierda en la tele – comenté a uno de los perros que se había acostado a un lado mío en el sillón. – Encima hace un frio de cagarse boludo – el perro me miraba con su lengua afuera y con muchísima atención. - ¿Vos vas a acompañarme Lauchón? – le pregunté al perro que me miraba. Era un mestizo bastante petizo, la verdad es que me daba lo mismo la raza... perro era perro.

Este me ladró en respuesta y entonces, ya mas divertido me levanté con él y mi café en mi mano.

Salir hacia el taller a perder el tiempo era parte de mis mañanas... tenía varios autos a los cuales les había comprado los repuestos, la pintura, y tantas cosas que obvio ya hasta había perdido la conciencia de que las tenía.

Una realidad para mi era que, mis proyectos estaban elegidos de esta manera para que duren bastante... de esa manera, tenía algo para hacer y luego, me podía sentir feliz de haber “restaurado” una maquina con mis propias manos.

El frio me hacia doler mi pierna... y no era para menos, cuando el combate había acabado, recuerdo que el daño por el movimiento se había maximizado... mis fibras musculares se habían “roto”, no recuerdo con certeza el nombre que había utilizado el doctor, pero se que fue un peligro enorme el que corrí al seguir luchando con esa herida.

Los corrales estaban abiertos, los perros pastoreaban los animales y los cuidaban como de costumbre por lo que, no tenía grandes preocupaciones.

Muchas veces, los caballos llegaban a la puerta del taller y se quedaban cerca para poderme ver... después de todo, soy el único que anda por aquí.

Y entre tantos caballos, estaba esa yegua, Rita. Me la regaló un Italiano... hicimos un negocio, invertí mucho dinero en su negocio y su manera de agradecerme fueron muchos pagos gracias a su producto y claro, esa yegua que ahora se ha convertido en mi compañera de cabalgatas.

Sin embargo, sacando todas esas historias de mi cabeza, aun tengo una duda. - ¿Tendré que llamar a un cura pronto? – uno de los carritos de herramientas estaba completamente desplazado de su punto de origen. Suelo ponerlos a todos contra la pared por costumbre, sin embargo, ese estaba en el medio del taller.

Agarré aquel carrito y lo empujé contra la pared con algo de duda.

- En fin... - con papel y lápiz que levanté de mi escritorio comencé a hacer el inventario que precisaba para ir a comprar los repuestos de aquel Ferrari Testarossa que había comprado hace ya, dos años y que apenas estaba terminando.

Sumado a los repuestos, también iba a comprar mercadería y claro, municiones porque, como cualquiera que disparó alguna vez, la necesidad de volver a hacerlo cada tanto, está presente.

Bostecé de forma cansada, sin embargo, sabiendo que el tiempo me corría, me encaminé hacia mi camioneta.

No soy precisamente el mecánico que añora lo antiguo... estoy en el medio, entre la inyección y la carburación. Y si soy sincero, a veces prefiero mil veces más la inyección antes que la carburación.

No me faltan herramientas, después de todo, el dinero no es impedimento.

Encendí mi Toyota Hilux, su motor ni siquiera era original, después de todo, la compré luego de un “Bielazo” así que esta tenía un motor de Camry V6.

No era precisamente lo mejor para el campo, pero teniendo presente que yo no soy agrónomo, me da lo mismo.

Nunca descarte esa idea... después de todo, de ponerme a sembrar, podría generar mas dinero, pero eso implicaría contratar personal... y claro, tener contacto con otras personas.

- ¡Rocco! – llame a mi perro mas allegado. Un Labrador blanco, bastante corpulento y con un genio de mierda. Este llegó rapidamente a mi y con mi puerta abierta, él se subió a la camioneta de forma relajada. Detrás de él, llegó una Pitbull que siempre andaba dando vueltas, también se subió y claro, que me va a interesar... - Ta bien – suspiré viendo a Lisa sentarse a un lado de Rocco en la parte de delante de la camioneta.

Al emprender mi marcha, noté como la lluvia se avecinaba por lo que, era casi seguro que el retorno sería bajo la misma.

Encendí la radio sintiendo relajación mientras subía a la ruta para ir hacia aquella ciudad. Tenía aproximadamente dos horas en el momento que subo a la ruta hasta Rio Gallegos, uno de los puntos mas importantes donde solían llegar los pedidos que hago por internet.

El camino era tranquilo, no habían muchos vehículos, por lo general en la ruta 40 era donde mas trafico podía llegar a encontrar.

Muchos eran viajeros que querían conocer esta parte del país y muchos otros iban hasta Tierra del Fuego.

De una manera u otra, siempre era un relajo salir a manejar, incluso en esta época del año donde el frio te llega hasta los huesos.

El paisaje no cambiaba demasiado, era desierto, asfaltó, nieve a los lados y claro, vehículos que iban y venían con el cielo nublado en este momento.

Era una suerte que pasara el camión salero cada tanto, de lo contrario, solo sería nieve lo que aquí habría.

Al llegar a la ciudad, como de costumbre, me detuve en el supermercado dejando a mis perros dentro de la camioneta. Ellos ya sabían como funcionaba esto, llegábamos, ellos se quedaban dentro con la ventanilla algo baja, esperaban por mí y luego seguíamos viaje.

Los barcos que habían llegado al puerto se acomodaban de amontones, recientemente con la apertura de la economía, las cosas estaban más movidas que antes y se notaba en la forma en la que se expandía la ciudad.

Sinceramente, no me va ni me viene el asunto... pero lo que si me hace ruido son esa cantidad de conteiner que bajan vacíos de los barcos asiáticos.

¿Qué cargan aquí?

Se que, con la minería, los recursos ahora están comenzando a venderse, pero me llama la atención aquello.

Quizás no tengo a muchos conocidos, pero inevitablemente he hecho algún que otro “amigo” entre muchas comillas.

- Martín – le sonreí a mi cajero habitual. - ¿Qué tal va?

- Igual de cagado que siempre – este estrecho mi mano. - ¿El campo qué onda?

- Igual de cagado que siempre – le respondí divertido a él que negó mirando hacia el interior del supermercado. – hay bastante movimiento hoy.

- Hace mas de un mes se ha puesto así – Martín me observó. – Han llegado una cantidad de chinos o coreanos o lo que mierda sean... no les entiendo nada. Me hablan con el traductor y encima se enojan cuando está mal traducido.

- ¿No habías dicho que querías conocer a alguna china? Aprovecha la movida, levántate alguna – divertido bromeé y el rodó sus ojos.

- Dije Japonesa, no China.

- Están cortadas con la misma tijera, no reniegues.

- Anda a cagar – este me mandó a tomar aire de forma divertida y luego, noté que se puso un poco serio.

- ¿Qué pasó?

- Tengo la sensación de que no todos son pacíficos – me comentó de forma bajita. – hay varios que parecen haber salido de alguna mafia o cosas así.

- Nada que no conozcamos – comenté de forma relajada. – Gobernaron 32 años los mismos...

- ¿Y qué querés? Si acá las votaciones las arreglaban estos soretes. Hasta que no pusieron la boleta unica, estos forros robaban como locos.

- Y sí – Sebastián asintió. – Pero bueno, ya sabes como es Santa Cruz... lavado de guita, choreo de tierras y extorción.

- Y trata de blancas – comentó por lo bajó Martín logrando que lo miré. – Esta gente no deja de llegar... y han desaparecido muchas personas. Mujeres y niños...

- ¿Extranjeros?

- En su mayoría – Martín me miró a los ojos. – Lo que te voy a decir lo toqué mucho de oreja... pero escuché a la pasada que de varios pueblos perdidos en el desierto patagónico han desaparecido muchas chicas... algunos niños... no me extrañaría que estos ojos rasgados tengan algo que ver.

- Hasta que no haya nada real, no te dejes llevar – Le recomendé de forma relajada. – en fin... mi provista – le entregué mi lista a él que asintiendo la agarró. – ¿A fin de mes te pasó a buscar?

- ¿Te vas a partir el asado? – divertido me preguntó y yo le sonreí asintiendo. - ¡Vamos todavía!

Al salir de aquel supermercado, lo hice con mis tres carritos siendo acompañado de Martín que me ayudo a cargar la mercadería en la camioneta.

Jugó un poco con los perros que ya lo conocían y estaban feliz de verlo. La realidad es que me caía bien a pesar de ser un poco terco en varias cosas... como por ejemplo con las mujeres.

Idealizaba demasiado a la mujer, prácticamente quería una que haya estado encerrada en un convento y si bien, no era un mal tipo, la realidad es que para buscar lo que quería para su “vida” debería... no sé, volver a nacer o ir a un convento y convencer a una monja de pecar.

De una manera u otra, tuve que seguir con mi viaje. Una de mis paradas obligadas eran en aquella casa de repuestos que siempre recibían todos los pedidos que yo precisaba.

Encargar piezas por lo general llevaba meses hasta que llegaban a ellos, sin embargo, cuando llegaban, llegaban con todo junto.

No perdí mucho el tiempo ahí dentro. Me preguntaron por la Testarossa, al final y al cabo, era uno de mis autos mas “icónicos” y si bien, tenía una 458 Spider que compre chocada y que, ciertamente amo mucho por que no deja de ser una de mis más valiosas “naves”.

Por último, en mi visita a la ciudad pasé por el lugar donde suelo perder bastante tiempo.

La armería de Amanda. – Ya era hora – divertida ella me saludó desde el otro lado del mostrador. La conocí cuando me mudé, ella es la hija del dueño, al igual que yo hizo el servicio militar, disfrutó de estar en la armada y si bien nunca entró en combate, es una apasionada por los temas. - ¿Te patinaste todas las municiones?

- ¿Para que te voy a mentir? – le respondí entrando con los perros. Obvio, ellos fueron a saludar a Amanda, después de todo, ella también era conocida para ellos dos. - ¡Hola! ¡Hola! ¡Que gordita estas, mami! – ella saludó a Lisa que le lamio la cara.

- Desde que le sacaron el tumor, ha engordado rapidísimo – le sonreí mientras comenzaba a mirar las cajas de municiones del 7.62 para mi Fal. – por cierto, la modificación para que disparé en fuego sostenido que le hiciste ha estado muy bien.

- Te dije que lo podía hacer. Me cansé de desarmar esas armas – divertida me respondió mientras jugaba con los perros. - ¿Vas a comprar más balas nada más?

- No – negué al instante. – vengo a comprarme un tanque. Viste, con esta inseguridad – ella me miró a los ojos y yo le sonreí divertido sin poder aguantarme más la risa.

- Sos un pelotudo – me carcajeé con ella y al final, como Dios manda, repuse bastante de las municiones que me había gastado.

Al final de cuentas, suelo comprarme cosas que usó en mi campo para perder tiempo o exterminar alguna que otra plaga... al final del día, estoy solo y bastante aburrido.

El regresar fue probablemente lo mas relajado del momento, no tenía mucho apuro de volver a casa y el clima me ayudaba a ir lento... si hiciese calor, probablemente debería apresurarme para que los kilos de carne y el helado no se echen a perder.

No voy a mentir, me compró muchos snacks... suelo comer bastante comida chatarra cuando siento ansiedad o me quedó hasta tarde perdiendo el tiempo con la computadora.

Al final, soy un friki que tuvo la suerte de tener mucho dinero y no tener que trabajar.

Al llegar a mi granja, me bajé de la camioneta abriendo la tranquera de entrada. Como siempre, mis perros se bajaron y corrieron hacia el interior de la chacra para encontrarse con sus hermanos de 4 patas y jugar con ellos por volver.

Por lo general, todos estos perros se criaron juntos o de pequeños fueron llegando y si bien, había una jerarquía donde Rocco que era el mas grande en edad era el “alfa”, todos ellos respondían a mi voz respetándome a raja tabla.

Una vez entre mi camioneta y bajé lo que debía bajar, me fui a hacer ejercicio como lo hago casi siempre, después de todo, necesito quemar mucha energía... digo, tengo veinticinco, no cuarenta.

Con toda esta jodita, la noche cayó bastante rápido, siendo ya casi las ocho o nueve de la noche.

Prendí el calefón eléctrico para poder darme una buena ducha... siendo sensato, la energía aquí no era problema. Usaba varios métodos de conservación, el que mejor funcionaba era el molino hidráulico que tenía en el rio. Sin embargo, tampoco soy un codito y pagó la electricidad como cualquiera que esta conectado a la red eléctrica... aunque en mi caso, seguramente me salió un poco mas caro que me conecten al 220... por lo alejado que estaba de la sociedad.

De una manera u otra, esta es mi vida, me gusta como esta y ciertamente me deja tranquilo vivir de esta manera.

Es bueno estar tan alejado, es bueno que la gente casi no transite esta parte del país y también, es bueno no depender de nada ni nadie.

Incluso luego de bañarme, cocinar y comer, sentarme a mirar películas fue algo que me pareció idóneo para transitar lo que me quedaba de este día tan hippie en el que no hice absolutamente nada productivo.

Entonces, con el sonido de la lluvia, aquella manta que me tapaba y los perros que dormían en sus cuchas... sinceramente ni me di cuenta en el momento que cerré mis ojos.

Abrí mis ojos rodeado de oscuridad, la televisión se había apagado sola por no utilizarla, el sonido del respirador de la pecera era lo único presente en el ambiente... sin embargo, había algo distinto.

Era un olor... bastante conocido para mí.

Ese... olor a aceite de bebes o... perfume de bebes, no se describirlo.

Mis sobrinos emanaban ese olor cuando eran pequeños y recuerdo muy bien ese aroma.

Giré mi rostro hacia abajo algo confuso y entonces, la vi... ahí, sentada a un lado de mi pierna, jugando con los cordones de mi zapato.

Me quedé un momento pasmado, los perros parecen haberse movido por que ninguno estaba a mi alrededor... ellos estaban con la niña y eso... ¿Cómo llegó una niña aquí?

Quizás por somnoliento me costó... bastante procesar lo que mis ojos veían.

- Ana... - Una mujer se inclinó sobre la niña. – Vamos... rápido – murmuró levantando a la pequeña que se carcajeó divertida. Ambas se acercaron a la puerta y entonces, noté como la mujer llevaba una bolsa en sus manos.

Al mirar con atención aquello, noté la mercadería que esta llevaba ¿me estaban... robando?

Los perros las acompañaron y entonces, con algo de confusión, me quedé quieto con los ojos entrecerrados sin dejar de mirar como los animales parecían estar decididos a acompañar a esa mujer y a la pequeña llamada Ana.

La puerta fue cerrada con suavidad luego de que Rocco salga de la casa y entonces, yo que suelo ser de sueño bastante pesado, ahora me quede ahí... en la oscuridad de mi sala, meditando lo que mis ojos acaban de ver.

- Tiene que ser una joda – me murmuré sonriéndome ligeramente para luego, cerrar mis ojos en la misma posición. – Mañana estará todo normal.

Me mantuve ahí... creyendo que quizás, solo era una mala pasada... sin embargo, se me hizo imposible quedarme así.

Volví a abrir mis ojos, miré mi sala, me mantuve ahí un momento y entonces, entendí... esto no era un sueño.

Metí la mano en el sillón sacando aquella Bersa nueve milímetros que siempre tuve a mano, caminé hacia la entrada y observé como una luz tenue venía desde el altillo que estaba en el taller. Probablemente la mujer estaba oculta en aquel lugar que no suelo usar casi nunca dado que, fue parte del principio de mi taller antes de que haga levantar el resto.

Me acerqué a la entrada que estaba arrimada del mismo y sin importar mojarme, pude ver a la mujer sentarse en el suelo con la niña, le dio de comer aquella crema de maní que compró para mi... la vi comer a ella y entonces, mirando con atención, noté como ella se veía bastante mas desnutrida.

Su cabello parecía sucio, su piel estaba pálida, sobre ella había puesta una campera que yo había dejado en el taller... y podía notar como el mameluco que uso para trabajar también lo traía puesto dado que, sus piernas estaban cubiertas por el mismo.

Tragué con algo de pesadez... ¿Sera una sintecho? ¿estarán escapando de algo? ¿Por qué aquí?

Eran algunas de las preguntas que me hice con algo de duda... después de todo, no soy precisamente fácil de encontrar o no es fácil de llegar aquí.

Lo que restó de esa noche, me la pase pensando en la cantidad de cosas que podrían derivar para que ella y la niña estén aquí... también, pensé en que podría hacer... quiero decir, en algún momento debó... encontrarlas, creo.

No sé que mosca me picó... sin embargo, ver a esa niña desabrigada en este frio... ver a esa mujer tan... tan desnutrida me provoco un poco de enfado.

Fue entonces, que con los primeros rayos de luz y sin dormir, me encaminé hacia allá.

Llegué al taller, abrí las puertas del mismo de par en par y al entrar, encendí las luces.

Probablemente no fui muy amigable al hacerlo... quiero decir, no soy precisamente ese tipo de persona “sutil”.

- ¿Estas despierta? – pregunté apoyándome en la pared del taller mirando hacia el fondo del mismo.

Mis ojos estaban puestos en el altillo. Nadie me respondió, sin embargo, yo no dejé de mirar al mismo.

- Hace frio y este lugar es una heladera incluso con el aislante... así que, antes de que te enfermes o que uno de mis perros se enferme por estar ahí, sera mejor que salgas de donde sea que estes.

Nuevamente el silencio fue la respuesta. Sin embargo, en aquella oscuridad noté el movimiento.

- Rocco – llamé al “alfa” entre los perros, este rapidamente emergio de la oscuridad del altillo y bajando esas escaleras, vino hacia mi. – No me hagas subir... este perro nunca sube ahí arriba – nuevamente comenté recibiendo silencio. – Y ciertamente, ahora le encuentro sentido a que varias veces en este mes y el que pasó él aparezca por la tarde en casa...

Sentí movimiento y entonces, la vi pararse... ella tenía a esa niña de dos años en sus brazos.

La pequeña tenía un chupete en su boca. – N...no... n.. l... lo... lo siento – tartamudeo de forma bajita y apenas audible para mí.

- Dale, vení – le ordené de forma algo escueta. Ella bajó las escaleras sin mirarme a los ojos y entonces, a medida que se acercaba a mí, pude notar como lo poco que en la madrugada vi, no le hacia justicia a como realmente estaba.

Cuando se paró delante de mí, la observé de arriba abajo, ella no me miró a los ojos en ningún momento y entonces, suspirando negué.

- ¿Cuánto llevas escondida ahí? – no me respondió. – Estas apestando... necesitas darte un baño – noté que sus ojos estaban inundándose en lágrimas. – No llores – le ordene de forma algo escueta. Ella pasó su mano por su rostro. – No vas a solucionar nada haciendo eso.

- P...p...per... - tartamudeo nuevamente intentando responderme.

- Nada – la detuve de forma seria. – acompáñame... creo que tengo ropa que te puede quedar – le comenté mientras comenzaba a caminar.

Ella me observó un momento mas y entonces, suspirando clavé mi mirada en ella.

- ¿Te vas a querer bañar o estas cómoda así? – tragó con pesadez y entonces, dio un paso adelante hacia mí.

Caminamos algo rápido bajo la lluvia, entramos a mi casa y entonces, ella recostó a la niña en el sillón donde yo solía pasar la noche mirando películas. – Y...yo... n...no quise...

- Ahórrame eso – le comenté mientras abría el ropero que tengo debajo de la escalera. – No vas a poder pagarme nada de lo que usaste – bajó su mirada. – y tampoco te lo voy a cobrar, así que ni te molestes.

- Pero... - ella me observó. – Y...yo... puedo trabajar – murmuró.

Yo saqué un suéter, una remera y un pantalón de buzo. - ¿Con esos brazos y esas manos? – le sonreí de forma irónica. Ella bajó su mirada un momento y entonces, suspirando negué. – Escucha... ahora preocúpate por recuperar fuerzas... debes engordar, cuidar de tu hija y... - Ella me detuvo.

- No... no es mi hija – curvé mi rostro ligeramente. – ella es mi hermana – mantuve mi mirada puesta en ella que, no me miraba.

- ¿Cuántos años tenés? ¿Dónde está tu mamá?

- Muerta – murmuró respondiéndome a lo último. Luego de un silencio algo extenso, ella me observó. – Tengo... dieciocho... - cerré mis ojos al escucharla y entonces, negué apretando mi mandíbula.

- ¿Tu padre? ¿algún familiar?

- No... no tenemos a nadie – ella afirmo. – solo... solo somos nosotras dos.

La observé mirar al suelo por un momento y entonces, acercándome hacia ella, extendí la ropa hacia sus manos.

- Entiendo... - murmuré. - ¿Te tuviste que ir de tu casa por no poder pagar? ¿te fuiste con tu hermana para que no las separaran? – ella tragó y entonces, sabiendo que estaba empujando demasiado, suspiré. – Ven, te voy a explicar como usar la ducha. El calefón ya está encendido.

Bajar las escaleras luego de ver cómo era prácticamente piel y huesos me dejó saber que, probablemente estaba a la deriva desde hace tiempo ya.

Miré a la niña dormir apaciblemente, Ana probablemente es... bueno, no es consiente de nada y eso está bien... después de todo, a tan corta edad, experimentar lo que su hermana experimenta, debe ser una patada directo a los bajos.

Abrí mi heladera con algo de desgano, quizás por no haber dormido o quizás, por estar pensando... o quizás por enfado ¿y con que me había enfadado? ¿con mi forma de ser? ¿con ella que se oculto en vez de venir a pedir ayuda? ¿el estado? No sé... no... no encuentro la respuesta.

Suspiré mirando las verduras sobre la tabla y entonces, sentí como algo jaló ligeramente mi pantalón. Aquella niña que hasta hace un rato dormía, ahora se había sentado en mis pies agarrándose de mi pantalón. Se llevó su chupete a la boca y me sonrió divertida. – Esta mierda va a ser muy difícil – me murmuré intentando reprimir mi sonrisa.

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