Capítulo 4: Detrás de la lluvia

Me levanto con esa rabia sorda que no te deja ni tomar café a gusto. Y me dijo que no. Hoy no.
Hoy no sales al patio, hoy no tienes que ir a sacar la basura. Hoy Dominic Linmantour no existe. Me digo a mí misma
Y lo cumplo. Todo el día encerrada, con el ventilador haciendo ruido horrible y el calor metiéndose por todos lados
El patio está muerto, con un sol blanco que deja la tierra toda cuarteada
Me pongo a hacer cosas para no pensar. Lavo la estufa aunque está limpia
Doblo ropa que ya está doblada
Me pongo audífonos a todo volumen, solo para no escuchar si sale la manguera, si se escucha el clic de su encendedor
Por que si lo escucho, sé que él va a ganar. Y no quiero darle ese gusto
No tengo ganas de verlo. Y lo peor es que no tener ganas también cansa
Es como aguantarse las ganas de rascarte, mientras más te aguantas, más te pica
A las 5 me duele la cabeza del encierro. A las 6 ya me estoy inventando pláticas con la mancha de humedad del techo
Hasta que mi mente dice Yara necesitas bañarte, tienes que ir por una toalla que esta en el tendedero a fuerzas
Solo vas, la traes y te metes, solo 1 minuto, ni lo vas a ver
Salgo discretamente , apurada, viendo al piso de tierra. El aire todavía está caliente y huele a polvo mojado de días pasados.
Y ahí está. Como si me hubiera estado esperando todo el día para joderme el plan.
Recargado en la pared del patio, con una playera negra toda pegada a la espalda por el sudor, una caja de herramientas abiertas a sus pies
Está peleando con la bomba de agua que siempre se descompone y que hace un ruido que despierta a todo el edificio
Está en cuclillas, con el ceño fruncido, murmurando algo que no entiendo. Tiene la frente brillante y un mechón caído
No quiero verlo, lo juro, pero ahora no me puedo regresar como una cobarde.
Sí regreso, se va a dar cuenta que trato de evitarlo y aunque si sea verdad, no quiero que se de cuenta, porque eso me hace verme más patética de lo que ya soy
Paso rápido a su lado, sin verlo, y me agacho al tendedero de alambre
—Mira, sí salió la ermitaña —dice sin voltear, con esa voz gravísima que hasta retumba en la tierra seca
—Pensé que hasta te habías mudado otra vez, de tanto que no te asomaste hoy, preciosa. Hasta me preocupé —Lo dice con ese acento burlón que hace que te asfixies por completo.
Siento el calor subiendo desde el cuello hasta las orejas
Siempre preciosa. Siempre con ese tonito estúpido
—No me estoy escondiendo, simplemente no tengo ganas de verte— Le digo con una voz fría y desafiante
Arroja la llave inglesa a un lado y me voltea a ver, me escanea desde los pies descalzas hasta a mi cabello sujetado
—Uy, que miedo, ¿Y eso te funciona? Lo de no tener ganas —me dice y se limpia con el antebrazo el sudor
Tiene una vena marcada en el brazo que no debería mirar, pero por alguna razón eso me ahoga más.
—Sí, le miento, sosteniendo su mirada arrogante como la mías. Dos miradas retándose cara a cara por unos minutos, sin decirnos nada pero a la vez mil cosas
Se acerca más y más, pero no me hago para atrás, ni me quito, ni me muevo, aunque por dentro me queme, no se lo voy a demostrar
Se acerca a mi boca, hasta envenenarme.
—Tranquila, patética, te creo —suelta y se agacha otra vez a la bomba
—Solo que la próxima vez que no tengas ganas de verme, no laves la misma ventana tres veces viéndome de reojo, se nota un chingo—.
ríe, una risa muy leve pero demasiada burlona que me recorre todo el cuerpo como una corriente de electricidad.
Se me cae la cara, me pongo helada a pesar de la calor, ¿Como se atreve a decir eso? ¿Me vio? ¿A qué hora? No me dí cuenta, que pena más grande, juro que no había nadie
—¿Estás alucinando? Yo ni siquiera te estaba viendo. Tengo cosas mucho más importantes que andar vigilando a un tipo amargado como tú—.
Le respondo
—Claro que sí, Yara. Cosas muy importantes como limpiar el mismo vaso por una hora —dice y sonríe de lado, retándome
—Solo avisa para la próxima y me pongo sin playera —continúa—. Para que valga la pena la espiada ¿no?
Y ahí esta el insulto envuelto en coqueteo, me llama mirona y patética pero le gusta que lo mire. Como si eso le diera poder
—¿Siempre le dices patética a todas las que no te pelan o solo a mí me haces el honor? —le respondo cruzándome de brazos
—Solo a las que dicen que no tienen ganas de verme pero se ponen todas roja cuando me tienen cerca —me dice y me guiña el ojo. Maldito
—Esas son mis favoritas — susurró con una expresión arrogante y a la misma vez traviesa
Me agacho también, quedo a su altura, muy cerca, puedo olerlo. A sudor limpio, a jabón barato y a cigarro apagado
—Pues qué mal gusto tienes Dominic Linmantour —le escupo el nombre completo con coraje.
Él deja de mover la herramienta, se queda quieto. Me mira fijo, serio. Los dos a menos de medio metro y el aire entre nosotros pesa
—Dilo otra vez —me ordena bajito. Ya no se ríe
—¿Que cosa? —me hago la tonta, aunque sé perfectamente qué.
—Mi nombre. Cuando lo dices enojada se te olvida que no tienes ganas de verme, te ves menos patética, casi bonita
Me levanto de golpe, como si me hubiera quemado, el corazón me va a reventar en el pecho
—Vete al carajo —le suelto y tiendo mi toalla aunque ni siquiera la he colgado bien
Escucho que ríe detrás de mí con ganas.
—Esa boquita, Yara. Esa boquita te va a meter en muchos problemas conmigo, preciosa. te lo juro —exclama con firmeza
Me meto al departamento y azoto la puerta. Ahora sí fuertemente, que escuche, que sepa que me enoja, que no me gusta, aunque sí me gusta y eso es lo que más me enoja.
9:31 P.M. Llueve
No está pronosticada, cae de golpe, con todo, como si el cielo estuviera enojado también
Empieza a azotar el patio, las láminas del techo, la tierra seca que en minutos se hace lodo. Se va la luz un segundo y regresa. El aire se pone frío de golpe y huele a mojado, pero bonito, intenso, a tormenta de verdad.
Me levanto a cerrar la ventana de la cocina que hace que adentro se moje
Y lo veo.
Del otro lado del patio, en su ventana, la luz amarilla de su cuarto prendida. Él esta sentado en el suelo, recargado en la pared de su cuarto, con las rodillas contra el pecho, sin playera.
Mojado, como si hubiera salido a la lluvia y se hubiera metido así, con la cabeza entre las manos y está llorando
No es un llanto de película. pero es feo, callado, de hombros que tiemblan, de manos que se pasan por la cara una y otra vez como si quisiera borrarse algo
Tiene el teléfono tirado a un lado, boca abajo, la pantalla estrellada, pareciera que acaba de pelearse con alguien o le hubieran dicho algo que lo rompe
Me quedo congelada con la mano en la cortina, con el agua escurriéndome por los pies, no debería estar viendo esto.
Esto es lo que esconde detrás de esa mirada escalofriante y de esa sonrisa retante
Pero no sé por qué razón me duele verlo así, me duele como si ya hubiera visto esa escena antes, con otra lluvia igual, con ese mismo temblor.
Por un segundo me dan ganas de tocarle el vidrio
De salir descalza al lodo y decirle algo. No, no somos nada
Pero no puedo dejar de mirarlo
Él levanta la cabeza de golpe, como si sintiera mi mirada, como si supiera que lo estoy viendo
Nuestras miradas se cruzan a través de la lluvia que cae entre las dos ventanas y del vapor de su cuarto.
No se esconde, ni se limpia, no se hace el fuerte, me sostiene la mirada con los ojos rojos, brillosos, destrozados
Llenos de agua. No se si es lluvia o lágrimas. No aparta la vista, pero esta vez no es un reto
No sé que hacer, el corazón me martilla, le hago un gesto chiquito con la mano, imperceptible, de ¿estás bien?
Él me mira un segundo más, aprieta la mandíbula y niega con la cabeza una vez, lento
Como diciendo no me veas. Por favor no me veas así.
Y yo por primera vez que lo conozco, le obedezco. Cierro la cortina despacio, con cuidado
Como si al cerrarla fuerte lo fuera a romper más. Pero me quedo recargada en la pared de mi cocina, escuchando la lluvia pegar y su silencio del otro lado.
Me quedo hasta que mis pies se entumen de frío. Hasta que el hueco deja de doler tanto.








