Capítulo 1 - La peor fiesta de cumpleaños de California
Capítulo 1
La peor fiesta de cumpleaños de California
¿Sabéis cuál es el problema de cumplir dieciocho años rodeada de personas que supuestamente te quieren?
Que confías en ellas.
Yo confiaba en mis amigas cuando aseguraron que aquella fiesta sería inolvidable. En eso, al menos, no mintieron.
Habían elegido una playa apartada de California, una de esas que parecen diseñadas para aparecer en anuncios de perfumes caros. El sol acababa de esconderse, el cielo conservaba una franja naranja sobre el océano y varias hogueras iluminaban la arena. Había música, bebidas escondidas dentro de neveras portátiles y suficientes adolescentes bailando como para provocar una denuncia por contaminación acústica.
Todo parecía perfecto.
Incluido Alex.
Sobre todo Alex.
Llevaba meses enamorada de él con esa discreción inexistente que una cree dominar hasta que descubre que medio instituto está enterado. Alex estudiaba en una universidad privada cerca de Los Ángeles y solo aparecía en nuestras fiestas cuando regresaba a visitar a su familia.
Era alto, rubio, deportista y sonreía como si el universo hubiese invertido demasiado presupuesto en una sola persona.
También era amable.
O yo pensaba que lo era.
—Deja de mirarlo —me dijo Sophie, dándome un codazo—. Va a darse cuenta.
—No lo estoy mirando.
—Amber, llevas cinco minutos observando cómo bebe de un vaso.
Me obligué a apartar la vista.
—Estoy comprobando si se atraganta.
Sophie se rio y me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Esa noche me habían convencido para dejarlo suelto. Mi pelo castaño dorado llegaba casi hasta la cintura y, con la humedad de la playa, había adquirido más volumen del que cualquier ser humano necesitaba.
—Estás preciosa —dijo—. Confía en nosotras.
Aquella frase debería haberme alertado.
Mi madre nunca había soportado a Sophie ni a las otras chicas del grupo. Cada vez que venían a casa, las observaba con la misma expresión que utilizaba para revisar la fecha de caducidad de un yogur sospechoso.
—No me gusta cómo te miran —me había advertido más de una vez.
Yo lo atribuía a su instinto de profesora.
Mi madre desconfiaba profesionalmente de los adolescentes.
Lo que no sabía era que también tenía otros instintos.
Mucho mejores que los míos.
—Ven —ordenó Sophie, tirando de mi mano—. Tenemos una sorpresa.
—Ya estoy en una fiesta sorpresa.
—Esta es otra.
Me condujo entre las hogueras hasta una zona más tranquila, junto a unas rocas oscuras que protegían parte de la playa del viento. Alex esperaba allí con dos vasos y una manta extendida sobre la arena.
El corazón me dio un salto tan ridículo que agradecí que nadie pudiera escucharlo.
Sophie me guiñó un ojo.
—Os dejamos solos.
—¿Os?
Al mirar atrás, descubrí que las demás también se alejaban entre risas contenidas.
No le di importancia.
Quería creer que estaban emocionadas por mí.
Alex me ofreció uno de los vasos.
—Feliz cumpleaños.
—Gracias.
—Dieciocho, ¿eh?
—Eso pone en mi documento de identidad.
Él sonrió.
—Sigues siendo igual de graciosa.
Me senté sobre la manta intentando que mis rodillas no revelaran lo nerviosa que estaba. Alex ocupó el espacio a mi lado, tan cerca que su hombro rozó el mío.
El océano sonaba detrás.
La música llegaba amortiguada desde las hogueras.
Durante unos minutos hablamos de tonterías. De su universidad, de mis planes para el año siguiente y del calor absurdo que había hecho aquella semana.
Todo normal.
Demasiado normal.
Entonces escuché una risa detrás de las rocas.
Fue breve.
Ahogada enseguida.
Me giré, pero Alex me sujetó el mentón con dos dedos.
—¿No prefieres prestarme atención?
Mi cara debió de alcanzar la temperatura del sol.
—Depende. ¿Vas a decir algo interesante?
—Podría.
Se inclinó.
Su boca tocó la mía.
Durante los primeros segundos fue exactamente como lo había imaginado. Sus labios eran cálidos, olía a colonia cítrica y una parte de mí celebró que tantas semanas de fantasías no hubieran sido una completa pérdida de tiempo.
Después su mano bajó por mi espalda.
La otra se cerró sobre mi muslo.
Con demasiada fuerza.
Me aparté unos centímetros.
—Espera.
Alex volvió a besarme como si no me hubiese oído. Su cuerpo me empujó hacia atrás y sus dedos subieron por debajo del borde de mi vestido.
La emoción desapareció.
—Alex, he dicho que esperes.
Esta vez intenté apartarlo con ambas manos.
Él era más fuerte de lo que parecía.
Me empujó sobre la arena y quedó encima de mí, sujetándome una muñeca.
Las risas regresaron.
Ya no intentaban ocultarlas.
—¿Qué haces? —pregunté.
Alex sonrió.
No era la sonrisa que me había enamorado.
Era cruel.
Vacía.
—Vamos, Amber. No te pongas dramática.
Detrás de las rocas aparecieron Sophie, Madison y las demás.
Todas llevaban el móvil en alto.
Grabando.
El estómago se me contrajo.
—¿Qué narices…?
Sophie se acercó sin dejar de enfocar.
—¿De verdad pensabas que Alex estaba interesado en ti?
Las carcajadas se mezclaron con el ruido de las olas.
Durante un instante no pude moverme.
No por Alex.
Por ellas.
Llevaban meses sentándose conmigo, entrando en mi casa y fingiendo que les importaba. Habían escuchado cada vez que hablaba de él. Me habían ayudado a elegir el vestido.
Todo había sido una preparación.
—Esto no tiene gracia —dije.
Madison amplió la imagen con los dedos.
—La tendrá cuando tu madre vea el vídeo.
Eso me hizo reaccionar.
—¿Mi madre?
—La señora Scott está empeñada en suspendernos —respondió Sophie—. A lo mejor cambia de opinión cuando sepa que podemos enseñar a todo el instituto cómo termina la fiesta de su hija perfecta.
Alex seguía encima de mí.
Seguía sujetándome.
Las chicas se reían.
Y algo empezó a cambiar dentro de mi pecho.
No era solo rabia.
La conocía. Había sentido ira antes. Cuando suspendí el examen de conducir porque el examinador decidió tocarme el volante sin avisar. Cuando un chico del equipo de fútbol comentó que mis curvas eran “demasiado” para una menor.
Esto era diferente.
Más profundo.
Como si hubiese una criatura agazapada bajo mis costillas y todas aquellas risas la hubieran despertado.
—Quítate de encima —dije.
Alex apretó mi muñeca.
—Relájate.
Un sonido escapó de mi garganta.
Grave.
No parecía humano.
Las risas cesaron.
Alex frunció el ceño.
—¿Qué ha sido eso?
Yo tampoco lo sabía.
Sentía la piel demasiado pequeña. El aire me quemaba al entrar y cada olor de la playa se volvió insoportablemente nítido: humo, sal, alcohol, sudor, miedo.
El miedo de ellos.
Podía olerlo.
Sophie bajó un poco el teléfono.
—Amber, tampoco es para tanto.
Giré la cabeza hacia ella.
El mundo había adquirido bordes más definidos. Vi la arena pegada a sus sandalias, la pulsación en su garganta y el leve temblor de sus dedos.
—¿Que no es para tanto?
Mi voz arrastraba un gruñido.
Alex retrocedió por fin.
Demasiado tarde.
El primer crujido surgió de mi espalda.
El dolor me atravesó con tal violencia que grité. Mis huesos se desplazaron bajo la piel. Los dedos se contrajeron y las uñas arañaron la arena mientras se transformaban en algo oscuro y curvado.
Alguien soltó el móvil.
—¿Qué demonios eres?
Buena pregunta.
Ojalá hubiese conocido la respuesta.
Los dientes me perforaron las encías al crecer. La ropa empezó a rasgarse. Mi visión descendió y el olor del miedo se volvió tan intenso que borró cualquier pensamiento racional.
Alex trató de correr.
La criatura dentro de mí lo vio.
Y por primera vez en mi vida, otra voz ocupó mi cabeza.
Femenina.
Salvaje.
Furiosa.
Ahora me toca a mí.








