De aquí para allá
El garaje de los McCarty olía a una mezcla embriagadora de asfalto caliente y aceite de motor. Era el 9 de junio de 1993, y el calor de Kentucky se filtraba a través de las rendijas de la persiana metálica, convirtiendo el espacio en un horno. Andrew McCarty terminó de puntear el solo de“Come As You Are” y dejó su guitarra sobre un amplificador cubierto de polvo. Mientras observaba cómo las motas de luz bailaban en el aire estancado, se secó el sudor de la frente, dejando marcas húmedas sobre el suelo de cemento.
—Si no conseguimos que ese pedal suene como en el disco de Nirvana, vamos a hacer el ridículo esta noche, o tendremos que tocar otra cosa —dijo Andrew, pateando una lata de refresco vacía que rodó con un eco metálico.
Marcus, en una esquina, intentaba desenredar un cable con los dientes y soltó una carcajada.
—Relájate, McCarty. La gente viene por diversión, y por ver a Allerson haciendo alarde de músculos y estilo. ¿Verdad, Al?
Al Allerson, sentado sobre una pila de cajas de platillos mientras balanceaba sus botas militares, resopló.
—Tengo que conseguir 170 dólares para estos platillos Sabian, así que más vale que ese amigo tuyo pague lo acordado, Andrew. Además, la gente viene por el espectáculo. Si no dejas de obsesionarte con el pedal, voy a empezar a tocar la batería con tu cabeza.
En ese momento, Frederick Anderson entró al garaje desde la puerta lateral, con el rostro inusualmente pálido. Llevaba una radio portátil que emitía estática constante, interrumpida por una voz distorsionada que gritaba sobre “bloqueos en las carreteras de las afueras de Kentucky y Tennessee”.
—Chicos... —interrumpió Anderson. Su tono hizo que el aire en el garaje se volviera pesado—. Creo que la fiesta de hoy debería cancelarse.
Todos miraron a Frederick con extrañeza.
—Necesitamos ese dinero —replicó Andrew—. Es nuestro último show antes de que a Allerson lo recluten los Wildcats.
Se generó una discusión tensa, pero el silencio terminó cuando Andrew volvió a tocar las notas iniciales de Come As You Are. Marcus lo interrumpió, empezando el solo de Smells Like Teen Spirit, y Al lo siguió con los platillos. La música fluyó como
siempre, una tregua natural entre cuatro amigos que se conocían desde hacía más de diez años.
—¿Ves? A esto me refería. Ya tenemos disco, McCarty —dijo Marcus, con una sonrisa radiante.
La magia se rompió cuando la madre de Andrew gritó desde la casa, exigiéndole que fuera a la escuela.
—El niño aún no es libre —bromeó Anderson, provocando las risas de todos.
—¿Tu madre sabe que vamos a tocar esta noche, Andrew? —preguntó Al mientras recogían.
Andrew, con una chispa de inseguridad que trató de ocultar, respondió:
—Preocúpense por conseguir un auto para el equipo; yo tengo todo bajo control.
Andrew abrió la puerta del garaje y salió con Al, montándose en la moto hacia la preparatoria de Knox Central High School.
El rugido de la motocicleta de Allerson rompió la calma de las calles arboladas. Andrew iba sujeto a él y al llegar al estacionamiento de la escuela, el ambiente era el de siempre: estudiantes apoyados contra sus casilleros metálicos, el olor a libros viejos, y la música que salía de algún boombox cercano.
Cerca de la entrada principal, Pierre estaba rodeado por tres chicos del equipo de fútbol, quienes le bloqueaban el paso. Pierre, con su impecable chaqueta de mezclilla, intentaba mantener la calma, pero uno de los chicos le dio un empujón que casi le hace soltar su mochila.
Andrew bajó de la moto, con Al siguiéndolo de cerca.
—¡Hey, suéltenlo! —gritó Andrew, acercándose con paso firme.
Los agresores se giraron, pero al ver a Andrew y al fornido Al Allerson a sus espaldas, la arrogancia se les esfumó.
—Solo estábamos bromeando, McCarty —dijo el líder, retrocediendo.
—Pues busquen otro chiste —respondió Andrew, colocándose al lado de Pierre—. Este es nuestro amigo. Si vuelve a pasar, el que va a terminar en la enfermería son ustedes.
Cuando los chicos se alejaron, Pierre soltó un suspiro de alivio.
—Gracias, Andrew. No sé qué habría hecho si no llegan justo ahora —dijo Pierre, ajustándose los lentes.
—Ni lo pienses, Pierre —respondió Andrew, dándole una palmada en el hombro—. Sabes que siempre te cubrimos.
En ese momento, la multitud se abrió ligeramente. “The Catchys” —los que ya se habían graduado pero aún rondaban la escuela como si fueran los dueños del lugar— atraía todas las miradas. Eran el centro de atención, una mezcla de rebeldía y carisma que los hacía destacar.
De pronto, la vio. Ashley McKenzie cruzaba el pasillo con un montón de libros entre sus brazos. En ese instante, en la mente de Andrew, comenzó a sonar “What Is Love by Haddaway”. Ella tenía un estilo sencillo pero magnético, con una blusa de franela a la cintura que la hacía resaltar entre todas las chicas del pasillo. Cuando ella vio a Andrew, una sonrisa genuina iluminó su rostro, logrando que el líder de la banda olvidara por un segundo dónde estaba.
—¿Estoy soñando? —susurró Andrew.
—Hola, Andrew —dijo ella, deteniéndose frente a él—. ¿Vas a tocar en el show de esta noche? He oído que será el último antes de que recluten a Al.
Andrew sintió ese nudo familiar en el estómago.
—Así es, Ashley. Promete ser... algo especial —respondió él, tratando de sonar seguro—. Deberías ir. Necesitamos gente con buen gusto musical entre el público.
Ella se rió suavemente, un sonido que para Andrew era mejor que cualquier solo de Nirvana.
—Bueno... si no me toca trabajar, supongo que iré, Espero que no desafinen..
Ashley se despidió con un gesto y siguió su camino, dejando a Andrew parado en medio del pasillo, con una sonrisa de idiota que no pudo ocultar.
—Tierra llamando a McCarty —dijo Pierre, dándole un codazo—. Deja de babear, hermano. Tenemos clase de historia y, créeme, el señor Wilson no se va a impresionar con tus sueños románticos.
Andrew volvió a la realidad, riendo mientras entraban al salón. No tenía idea de que, a pocos kilómetros de allí, el mundo que conocían estaba empezando a resquebrajarse para siempre.
El laboratorio, un complejo modular oculto bajo la tapadera de un almacén agrícola, zumbaba con el sonido de los generadores. El aire aquí era frío, filtrado por sistemas de ventilación que intentaban contener el olor a enfermedad que emanaba de la celda central.
Brenner Huntsville, con su bata de laboratorio manchada de sangre seca y un café negro tan amargo como su carácter, observaba a través del cristal reforzado. En la celda, el “Paciente 0” —un hombre que una vez fue humano— se retorcía contra las correas de cuero, sus ojos nublados buscando un pulso que ya no podía sentir.
—Está perdiendo la consistencia neurológica —masculló un joven investigador, acercándose con una carpeta—. Doctor Huntsville, los informes de las carreteras siguen llegando. Los bloqueos se están consolidando. El ejército está sellando todos los accesos hacia Louisville. Quieren contención total.
Huntsville no se dio la vuelta. Su rostro era una máscara de desprecio absoluto.
—¿Contención? —Huntsville soltó una carcajada seca y cruel—. Esos imbéciles en los niveles superiores creen que pueden ponerle un candado a un incendio forestal con una malla de gallinero. Se están preparando para cerrar Louisville porque saben que el virus ya no es solo una “gripe extrema”. Se ha vuelto volátil.
El investigador tragó saliva, visiblemente nervioso.
—Señor, el General McGrew ha solicitado un informe sobre la tasa de mutación...
—¡Dile a McGrew que se vaya al infierno! —rugió Brenner, golpeando el cristal—. ¡El Paciente 0 no es un sujeto de estudio, es el presagio de lo que viene! Han cometido un error de cálculo al intentar jugar a ser dioses con un patógeno que ni siquiera comprenden. ¿Quieren bloqueos? Que cierren el país entero. No servirá de nada.
Huntsville accionó una palanca, administrando una descarga eléctrica de control al sujeto en la celda. El Paciente 0 convulsionó, emitiendo un sonido que ya no era humano, sino un siseo gutural.
—9 de junio —susurró Brenner para sí mismo, mirando su reloj—. Qué irónico que el país no pueda ver su independencia. Vamos a observar cómo se apagan las luces, doctor. Y usted, asegúrese de que el reporte esté listo antes de que los militares decidan que nosotros somos el siguiente “problema” a enterrar.
Eran las 6:00 p.m. El sol comenzaba a teñirse de un naranja enfermizo sobre el horizonte de Kentucky. La Ford Econoline, una furgoneta vieja que olía a incienso y cuero viejo del padre de Frederick Anderson, estaba estacionada frente a su casa. Marcus cargaba el último amplificador mientras Andrew y Pierre terminaban de acomodar la batería de Al.
—¿Seguro que esta chatarra aguantará el viaje? —preguntó Pierre, golpeando el lateral del vehículo—. Tiene más años que nosotros, Anderson.
—Es una Ford, P. Está diseñada para sobrevivir a un apocalipsis, o al menos a un viaje de tres horas a Knoxville —respondió Frederick Anderson, revisando el aceite con una linterna—. Suban todos, tenemos que estar en el local antes de las nueve.
El grupo se acomodó. El ambiente era de euforia juvenil; en ese momento empezó a sonar “Are You Gonna Go My Way by Lenny Kravitz” a todo volumen en el radio, mientras Marcus la iba replicando en la guitarra de repuesto y Allerson le daba a los plásticos de la van, nadie prestaba atención a la extraña cantidad de vehículos militares que circulaban en dirección contraria, hacia el norte.
Sin embargo, el optimismo se evaporó al llegar a la frontera con Tennessee. Una hilera de camiones de carga bloqueaba la carretera principal. Luces de bengala rojas iluminaban el puesto de control donde soldados con uniformes inmaculados, pero rostros tensos, revisaban vehículo por vehículo.
—¿Qué demonios es esto? —murmuró Andrew, bajando la velocidad.
Un soldado con casco y un rifle M16 cruzado sobre el pecho se acercó a la ventanilla del conductor. Sus ojos estaban inyectados en sangre por el cansancio.
—Identificación y propósito del viaje —ordenó el soldado, sin rastro de amabilidad.
—Somos una banda, señor. Vamos a tocar en un bar de Knoxville —dijo Anderson, entregándole las licencias—. ¿Hay algún problema?
El soldado revisó los documentos y luego dirigió su mirada hacia los asientos traseros, donde Al Allerson intentaba ocultar una hielera.
—¿Qué llevan ahí? —preguntó el soldado, señalando la hielera con la linterna.
—Es... refresco para el camino —mintió Al.
El soldado abrió la hielera, revelando varias latas de cerveza. Su mirada volvió a la de Anderson, mucho más fría que antes.
—Están transportando alcohol con 2 menores a bordo —dijo el soldado, sacando una libreta—. Son 50 dólares de multa. Y no me importa si son los Rolling Stones, están retrasando un control sanitario de máxima prioridad.
—¿Un control sanitario? —preguntó Anderson, manteniendo la calma—. ¿Se refiere a la enfermedad que dicen que hay en el condado? ¿Qué tipo de enfermedad es?
El soldado soltó una carcajada seca, desprovista de humor.
—Es solo una pequeña gripe, hijo. Una variante estacional que las autoridades de Tennessee quieren mantener bajo llave para que no se convierta en un problema regional. Nada de qué preocuparse mientras no se bajen del vehículo y no hablen
con nadie que parezca estar enfermo. Ahora, paguen la multa y sigan su camino. Esto no es un picnic.
Andrew observó a los demás soldados a lo lejos; estaban usando guantes de látex y moviendo a personas de otros vehículos a una zona de cuarentena improvisada. El miedo comenzó a erizarle la piel.
—Algo no encaja, Andrew —susurró Pierre, mirando por la ventana trasera—.
¿Vieron a esa familia? Los están haciendo limpiar la ropa con desinfectante. Eso no es una “pequeña gripe”.
Andrew guardó silencio y mientras pagaban la multa y el soldado les devolvía los documentos, Andrew lo miró a los ojos.
—¿Van a cerrar la frontera por completo, verdad? —preguntó Andrew.
El soldado se alejó sin responder, golpeando el capó de la Ford para indicarles que se marcharan. Andrew arrancó, dejando atrás el control militar. El aire dentro de la furgoneta, antes lleno de risas, ahora se sentía como si hubiera sido succionado por un vacío.
En el bar “The Rusty Hook” en Knoxville era un hervidero de humo y sudor, el epicentro de la noche. La furgoneta se detuvo con un chirrido en el callejón trasero, el lugar designado para la carga de equipos. Apenas bajaron los amplificadores, un empleado del local, un tipo con el cabello largo y ojos cansados, se les acercó con un portapapeles.
—Son la banda número cuatro —dijo el hombre, señalando la puerta trasera—. Tienen veinte minutos para montar. Despacio, que el grupo anterior todavía está terminando.
Andrew y Marcus, movidos por la curiosidad, se acercaron a la puerta trasera que daba al escenario y se asomaron por una rendija. Dentro, la banda anterior tocaba “Eyes Without a Face by Billy Idol”. El ambiente era lento, melancólico, casi hipnótico. La gente en la pista apenas se movía, algunos incluso cerraban los ojos, dejándose llevar por la balada.
Marcus soltó una carcajada irónica, dándole un codazo a Andrew.
—Esos tipos se están quedando dormidos, McCarty. Vamos a despertarlos, ¿no?
Andrew sonrió, sintiendo que la adrenalina del viaje se transformaba en pura energía escénica. Cuando la banda terminó su última nota y abandonó el escenario entre aplausos moderados, fue el turno de “The Catchys”.
Al subir, el recibimiento fue inmediato. La audiencia de Knoxville estaba sedienta de ruido. Andrew se ajustó la correa de su Fender, intercambió una mirada cómplice
con Al y, sin decir una sola palabra, lanzó los primeros acordes brutales y distorsionados de “Smells Like Teen Spirit”.
La explosión sonora fue instantánea. El bar rugió. La gente en la pista se sacudió la modorra de un golpe, saltando y gritando. En una mesa cercana, Ashley McKenzie se puso de pie de un salto, junto a sus amigos, levantando las manos y contagiándose de esa furia adolescente que solo el grunge podía provocar. El bar entero era una sola masa de energía.
Mientras la música alcanzaba su punto álgido, en el frío callejón trasero, sumido en la oscuridad.
Allí, en las sombras, algo se movía.
Un grupo de cinco figuras avanzaba erráticamente. Sus ropas estaban desgarradas y sus movimientos eran una coreografía rota, sin sentido. No caminaban con propósito, hasta que el sonido de la batería, potente y rítmico, golpeó el aire nocturno.
Uno de ellos se detuvo en seco. Sus hombros se tensaron. Lentamente, con un chasquido de cuello que sonó a hueso seco, levantó la cabeza. Sus ojos vacíos se clavaron en la puerta trasera del bar. Escucharon la música. El ritmo era un imán.
El grupo empezó a moverse, primero torpemente, luego con una velocidad antinatural, directo hacia la luz de neón de la entrada. La música seguía sonando, triunfal y ruidosa, mientras las siluetas se perdían en la oscuridad de la calle, acercándose cada vez más a la puerta principal de “The Rusty Hook”.








