Prólogo
La mujer daba pasos inseguros, con cuidado de no pisar mal y caerse sobre alguna piedra; en su cabeza un cielo gris y la envolvía una niebla espesa. Cada paso levantaba diminutas nubes de polvo.
A lo lejos, las luces del portal titilaban, apenas visibles entre la negrura infinita.
¿Había venido sola?
No lo recordaba; sin embargo, pensaba que no debía haberlo hecho.
¿Pero dónde estaban sus compañeros?
Tampoco lo recordaba.
En su mente, una sensación persistente de que una palabra que había olvidado estaba en la punta de la lengua.
Se detuvo.
El suelo bajo sus pies había cambiado; ya no era piedra sólida, ahora tenía una textura irregular, blanda, como si hubiera sido moldeado igualando a las olas del mar.
Entonces sintió un pulso.
La mujer contuvo el aliento.
Bajo sus pies la superficie estaba latiendo.
—¿Hola? —dijo, y su voz sonó pequeña, devorada por el vacío.
Durante un instante no ocurrió nada.
Luego la oscuridad cambió. La mujer sintió que algo la observaba desde todas partes al mismo tiempo. El vacío se había vuelto consciente de su presencia.
Quiso retroceder, pero sus piernas no respondieron.
—No temas —dijo la voz.
La mujer sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Quién eres? —susurró.
La oscuridad tardó en responder.
Cuando lo hizo, la voz parecía cansada, como la última palabra de un moribundo; cada palabra parecía costarle un esfuerzo inmenso.
—Algo que se está olvidando.
La mujer cerró los ojos por un instante. Sentía una presión extraña en la cabeza, como si algo invisible estuviera recorriendo sus recuerdos uno por uno.
Su infancia.
Los rostros de personas que había amado.
La primera vez que vio abrirse un portal hacia el vacío.
Las memorias pasaban ante ella como páginas de un libro.
—Necesito recordar —susurró la voz.
La mujer abrió los ojos.
La oscuridad frente a ella parecía moverse lentamente, formando una silueta imposible de definir. No tenía forma clara, pero su poder era inmenso.
—¿Recordar qué? —preguntó ella mientras todo su cuerpo comenzaba a temblar.
El silencio duró mucho tiempo.
—Lo que fui.
—¿Qué quieres de mí?
La presencia se acercó.
—Un futuro.
La mujer sintió un calor extraño extenderse por su cuerpo.
—Alguien deberá continuar —dijo la voz.
Las palabras resonaron dentro de su mente como un eco lejano.
—Pero para que eso ocurra.
La presión en su cabeza aumentó y sus recuerdos comenzaron a desvanecerse. Primero los más lejanos. Luego los más recientes. La mujer llevó una mano a su frente.
—Espera… yo…
Las palabras se deshicieron antes de terminar.
La voz habló una última vez.
—Lo olvidarás.
El latido resonó una vez más.
Fuerte.
Profundo.
Antiguo.
Y entonces la oscuridad volvió a ser solo oscuridad.
Cuando la mujer despertó, estaba sola. El portal brillaba nuevamente en la distancia.
No recordaba por qué había venido al vacío.
No recordaba qué había encontrado allí. Solo tenía una extraña sensación en el pecho.
Y en sus brazos sostenía un bebé, su hijo. Sin embargo, no recordaba haber estado embarazada. Sus ropas estaban raídas, y no recordaba su nombre.



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