Capítulo 1
Hay una forma de vivir que se parece mucho a estar archivado. Yo la practiqué durante veinte años sin darme cuenta de que tenía nombre.
Trabajo en el subsuelo de una oficina municipal, entre estanterías de metal que llegan hasta un techo que nadie limpia. No hay ventanas. Hay tubos fluorescentes que zumban a una frecuencia que dejé de escuchar hace mucho, y carpetas verdes, miles, con expedientes que nadie va a volver a abrir. Ordeno papeles que documentan trámites que ya no le importan a nadie vivo. Es, en algún sentido que no me gusta pensar demasiado, el trabajo perfecto para un hombre que decidió, sin decidirlo del todo, que lo mejor que podía hacer con su vida era no dejar rastro.
Esa mañana —hablo de la mañana en que todo esto empezó, aunque en su momento no tuve forma de saberlo —Casella, el de mesa de entrada, se acercó con un café que no le pedí y me dijo, como quien comenta el tiempo:
-¿Sabías que van a tirar abajo el museo viejo de la Ciudad Vieja? El de los Fundadores. Dicen que se está por caer solo.
No me acuerdo qué le contesté. Sé que se me cayó una carpeta de las manos, y que el nombre del museo tardó un segundo de más en llegarme, como si tuviera que abrirse paso por algún corredor interno que yo mismo había clausurado hacía veinte años. Casella ni se dio cuenta de que algo se había roto adentro mío. Veinte años de práctica: uno aprende a romperse por dentro sin ensuciar el piso.
Esa noche, en casa, hice lo que hago siempre. Revisé el cerrojo dos veces, aunque ya sabía que estaba puesto la primera vez. Me serví un whisky que no iba a terminar —nunca los termino, los sirvo para tener algo que no tomar, es un hábito que ni yo entiendo. Mi departamento tiene pocas cosas. Un sillón, una mesa, una biblioteca a medio llenar, como si en algún momento hubiera decidido que acumular objetos era una forma de dejar pruebas, y yo no quería dejar pruebas de nada.
En la pared de la cocina tengo un calendario que no uso para anotar turnos ni cumpleaños. Tiene una sola fecha marcada, todos los años, con una cruz que dibujo con lapicera negra el uno de enero y no vuelvo a tocar: el catorce de agosto. Si alguien me preguntara qué es, no sabría qué contestar que no fuera mentira. Nadie me pregunta. Vivo solo hace mucho.
Hay un cajón, en la cómoda del living, que no abro. No le tengo llave puesta ni nada dramático —simplemente no lo abro, de la misma manera que uno no mete la mano en agua que sabe que está hirviendo. Sé lo que hay adentro. No hace falta abrirlo para saberlo.
Al otro día volví al subsuelo. La rutina de siempre: café que no pedí, carpetas verdes, tubos fluorescentes. A media mañana llegó un sobre de la Intendencia, de esos que pasan por diez escritorios antes de llegar al mío, con el legajo completo de la demolición del Museo de los Fundadores. Informe de la constructora, dictamen estructural, cronograma de obra. Mi tarea, en teoría, era archivarlo sin abrirlo, porque no me correspondía a mí decidir nada sobre ese expediente. Lo abrí igual.
Y cuando mi jefe pasó por al lado y vio que lo tenía sobre el escritorio, le dije —y no sé bien de dónde saqué la voz para decirlo —que me lo dejara a mí, que yo lo revisaba antes de mandarlo al archivo definitivo. Que conocía el edificio. Que podía ser útil.
No le mentí, exactamente. Pero tampoco le dije la verdad completa, que sigue siendo, hoy, la misma verdad que llevo veinte años sin decir entera a nadie: que yo trabajé de guía en ese museo cuando tenía veintisiete años, y que hay un ala de ese edificio que conozco mejor de lo que cualquier plano municipal podría demostrar.
Mi jefe se encogió de hombros y me dejó el legajo. Fue así de simple. Así de poco heroico. Un hombre de cuarenta y siete años, en un subsuelo sin ventanas, levantando la mano para quedarse con un trámite que cualquier persona con algo de sentido común habría evitado.
Esa noche no dormí. Me quedé sentado en el sillón, con el legajo cerrado sobre la mesa, sin abrirlo, mirándolo de la misma manera que miro el cajón que no abro. Lo que quiero que quede claro, antes de seguir, es esto: no fue el edificio el que me llamó primero. Fui yo el que estiró la mano.








