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Las armas de la imaginación

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Summary

El País de las Maravillas ha caído víctima de una gran oscuridad que amenaza con destruir la imaginación de este extraordinario país, y su destino se cierne sobre las malévolas manos de la Reina de Corazones, eso si no pierde la cabeza primero.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

I. Muerte en el país de las maravillas

—Los hermanos me abordaron en el salón del trono esta mañana —murmura el monarca de un maravilloso imperio.

—Te contaron otra de sus historias —presupone la reina con tono de voz juguetón.

—No, esta vez me entregaron un mensaje —explica el monarca con palabras que enseriarían a su esposa—. La puerta se abrió y algo atacó a los piratas.

—Esa puerta solo puede abrirse desde nuestro lado y tú eres el único con la llave. ¡Son mentiras! Los piratas harían lo que fuera para evitar cualquier conflicto; no son violentos. Si alguien cruza, caminará sobre la plancha, ¡lo dicta la reina! —grita esta misma, siendo apaciguada por la calmada voz de su rey.

—Eso mismo opino, pero por si acaso: voy a cerrarla... Me tomará dos días de viaje.

—Iré contigo; si vamos en el Jabberwocky, nos tomará solo un día —sugiere la reina en una voz enérgica.

—No es necesario, reina mía. Sabes que las alturas me enervan. Probablemente, sea una broma de esos dos.

—Si lo es, ¡entonces...! —La reina nuevamente tuvo que ser tranquilizada por el beso del rey, que con su tranquila voz narra:

—O puede que sea verdad. Me marcharé por la mañana.

—Voy a extrañarte, amor mío —susurra su majestad antes de recibir un último beso antes de dormir.

—No te permitiré hacerlo, regresaré antes de que cante una jirafa —bromeaba aquel emperador antes de que su amada reina cerrase los ojos.

Pasaron dos días en los que el sol y la luna cruzaron por encima de una montaña que se corona con el reinado que protege los corazones de sus ciudadanos. Una edificación inmensa rodeada de infinitas escaleras de marfil hasta los suelos, donde un jardín laberíntico ciñe largos páramos hasta el resto del país.

En la cúspide de la montaña se cimentó un imperio protegido de impenetrables muros que protegen a los fieles de los reyes de corazones.El País de las Maravillas era un lugar hermoso, uno donde la imaginación y la realidad convergen. Arriba era abajo y los cuerdos eran los únicos locos.Celebraban sus no-cumpleaños en espera del mañana o del ayer.Todos en el reino esperaban la llegada del rey, acompañado de sus escoltas reales, pero no hubo uno ni unos o doses que se presentaran a las puertas del castillo... ni mucho menos su rey. En su lugar, quien atravesó las puertas del castillo fue una pequeña gata ragdoll de pelo blanco y una mancha de oscuridad en su rostro.

Los días se volvieron más cortos y las noches más oscuras. Un reino que antes era motivado por las risas, ahora solo encuentra suspiros errantes que se desvanecen junto al color de tan bello país. Los animales hablan, pero susurran al hacerlo. No tienen un rey que los guíe, no saben a dónde fue y en su lugar quedó una reina despiadada y cruel. Que con el corazón estrujado entre sus espinas camina por el palacio, donde sus tacones advierten su temible presencia a todos los presentes.

La Reina Roja se trataba de una erizo de complexión delgada y rasgos tan afilados como las espinas que cubren su cuerpo desde sus talones hasta su nuca, tan hermosa como letal. Su cólera impone respeto a todo aquel que la mire, le hable o escuche. Siempre posee un puntiagudo delineado negro, así como un maquillaje de tonos opacos; donde resalta es el carmesí de su labial como el de sus ojos. Usaba un vestido de tela negra, blanca y roja que resaltaba su figura aprisionada en el corsé que la asfixia en cada paso que da; su movimiento era lento, pues las zapatillas la torturaban al andar; quizás de ahí venía su mal carácter.

—¡Mi reina! —exclama una suricata que carga una almohada que encima contiene un plato con chocolates, cortando el paso de su majestad. Vistiendo un atuendo de tonos negros y estampados de corazones, además de una boina redonda sobre su cabeza, ha dado servicio a los reyes desde hace más de diez años.

—¿Qué quieres, Sacarías? —su fiel paje, que acompaña y cumple todos los caprichos de sus reyes. Su deber era mantenerlos satisfechos, así como brindarles compañía.

—Roswell, nuestra amada Sota de Corazones. Solicita su presencia en la sala del consejo. Es sobre el paradero de nuestro amado rey —anuncia Sacarías dando una reverencia en la que se retira su gorro.

La reina apresuró su andar entre los extensos pasillos de su castillo, acompañada de la suricata, llegando a un salón con una mesa cuadrada clavada en el techo, misma en la que una cabra negra de ojos amarillos permanece sentada tomando el té. La emperatriz lo observó desde abajo... o desde arriba. La mesa contenía el mapa completo del país de las maravillas en que se plasman los ríos, bosques y reinos rivales... así como una puerta negra al extremo.

—Reina mía. Besaría su mano justa ahora del gozo que me da verla tan radiante como siempre, pero tengo noticias. Los cerdos que enviamos a supervisar la puerta no han regresado. Así que suponemos que la puerta sigue abierta.

—Si huyeron de su misión, entonces perderán la...

—No hay que tomar decisiones apresuradas, su alteza —advierte la cabra, mientras observa al erizo caminar sobre las paredes, mientras Sacarías sostiene su vestido hasta acomodar la silla para que la reina tome asiento entre la mesa cuadrada—. Organizaré una nueva búsqueda.

—Han pasado cuatro días desde que mi esposo desapareció. Y en cada búsqueda que realizan, más desaparecen. ¿Intentan mentirme? ¡¿Creen que pueden engañar a la reina?! —grita la erizo poniéndose de pie al mismo tiempo que su vestido comienza a levitar ante esta nueva perspectiva. Siendo relajada rápidamente por la suricata, que, sentándose sobre el respaldo del asiento de su soberana, comienza a brindarle un masaje para relajarla.

—Jamás me atrevería a hacer algo así. Amo al rey tanto como usted. Solo estoy intentando usar todos los recursos a mi disposición. Otra opción es exigir una audiencia con el reino blanco y preguntarle si...

—Atacaremos su reino antes de someternos a sus leyes —responde la erizo tomando un chocolate de su paje, a lo que la cabra de traje negro mate suspira pensativo—. Si ellos tienen a mi esposo...

—¿Y qué hay de la niña? No ha dicho nada, ¿cierto? —dice la Sota en un intento por distraer a la reina de su discurso bélico.

—Esa cosa no va a hablar. Se niega a revelar sus mentiras. Hoy será ejecutada.

—¿Cree que sea lo correcto? —pregunta la cabra que observa el mapa sin pestañear.

—¿Te atreves a cuestionarme?

—No... su majestad —calla la sometida Sota. Que en una profunda reflexión habla nuevamente.»Mi reina, la puerta abierta sigue siendo un peligro para todo nuestro mundo.

—Y es por eso que iré a investigar yo misma —exclamaba la monarca colocándose de pie con ayuda de su paje—. Estoy cansada de la incompetencia que han acarreado estos días. Prepara al Jabberwocky me marcharé después de la ejecución de nuestra pequeña intrusa —y levantando un pie sobre la mesa, la soberana tomó impulso para realizar un salto que la aterrizaría delicadamente sobre el suelo de baldosas blanco y negro que decoran los suelos del castillo. Sin darle tiempo a responder nada a la cabra que se sienta sobre el techo.

—Sí... su majestad.

La reina se marchó con dirección a la sala del trono, un gran salón rodeado de pilares blancos de los que crecen enredaderas con rosas rojas y blancas que decoran también las paredes y cristales del lugar. Los tronos estaban colocados encima de unas escaleras que rodean circularmente a ambos monarcas, o eso era antes. A sus espaldas había un enorme balcón, el mismo en el que fue colocado un hermoso jardín solo para aquella mujer. Aquel lugar le permitía relajarse; era el cofre de sus recuerdos, pues aquí vivió las experiencias más hermosas de su vida.

La dama de corazones se sentó en una silla decorada con rosas y dalias que apaciguan el alma de la erizo cubierta de púas, todo mientras Sacarías le da un masaje en sus hombros, liberando toda la tensión de la monarca.

—Mi reina, ha estado más tensa estos últimos días. ¿Es producto del extravío de nuestro rey? —pregunta la suricata colocando aceite para masaje sobre sus manos, cuidando de no manchar las prendas reales.

—No es solo eso. Estas noches sin él las he pasado muy sola. Extraño tener a alguien que me dé calor entre mis sábanas. Despertar rodeada por sus brazos y los besos en mi nuca eran todo lo que necesitaba para alegrar mis días.

—Él siempre sabía qué decir para suavizar los momentos difíciles —murmuraba Sacarías, bajando sus manos un poco para continuar el masaje—. Debe sentirse sola...

—Tan sola... sin él mi vida se ha tornado aburrida y monótona.

—Una pena escuchar eso, mi reina... —añade el paje trabajando con sus manos—. ¿Sabe algo, reina mía? Yo haría lo que fuera para erradicar la soledad que invade su corazón. Cualquier cosa... —en un movimiento veloz, las manos del paje se encontraban por debajo de su vestido, acariciando los pechos de la erizo que lo observa sin decir una sola palabra.

Momentos después, la erizo permaneció sentada desde lo alto de una silla de juez hecha de roca negra, grabada de corazones como el resto de su todo, dentro de un anfiteatro donde miembros de la corte real y ciudadanos se muestran espectadores. Al mismo tiempo que un camaleón le acerca una almohada con un plato con chocolates encima.

—Muchas gracias, Oliver —agradeció la erizo con una sonrisa, tomando unos cuantos dulces, escuchándose los gritos desesperados de una suricata que ruega su perdón en gritos desgarradores mientras un oso verdugo lo ata a la guillotina.

—¡Fue un accidente, su majestad! ¡Le juro que resbalé un momento! ¡No volverá a pasar! ¡Tendré más cuidado la siguiente vez! ¡Siempre lo ha sabido! ¡“Sacarías y sus manos torpes”, ¿no?! ¡Le suplico otra oportunidad, por favor! ¡Llevo años sirviendo a usted y al rey! ¡¿Por qué no esperamos para consultarle a él mi castigo?! —gritó con lágrimas en sus ojos y orina en sus pantalones mientras el verdugo ata la soga de la guillotina que sostiene la cuchilla, tomando su afilada hacha, preparándose para cortarla y hacer descender a la afilada hoja.

—Tú lo dijiste, Sacarías... tantos años... y los tiraste a la basura —suspiró la reina.

—¡Por favor, Reina Elizabeta! ¡Sé que puede ser bondadosa! —gritó implorando a los ojos de la erizo.

—Sé lo que yo soy... ¿Tú lo sabes? —exclamó Elizabeta chupándose el chocolate que queda entre sus afiladas garras de color negro.

El hacha cortó la cuerda y la guillotina hizo su trabajo. Para tiempo después verse cómo el oso mete su mano a la canasta y de esta saca una boina de color rojo y negro que pronto usaría el camaleón a un costado del erizo.

—Úsala con orgullo, querido. Y no me decepciones —dice la reina acariciando las mejillas del camaleón antes de besar la frente de su nuevo paje real. —¡Alimenten al Jabberwocky con su cadáver! Yo iré a saludar a nuestra pequeña visita.

Elizabeta bajó al calabozo, un lugar desolado en el que no había salida alguna. Había charcos de agua, estaba sucio y apestaba a cadáveres que murieron aquí esperando un final. Sin embargo, fuera de lo que esperaría uno, este lugar no había sido utilizado en muchos años... no hasta que una gata se atrevió a pisar el país de las maravillas.

Un fuerte grito se escuchó desde la esquina más desolada del calabozo. Ubicación donde la emperatriz encontró a tres de sus sirvientas corriendo, alejándose de la celda de su pequeña prisionera.

—¿Qué ocurrió? —pregunta Eliza mientras ve cómo la pequeña gata de vestido blanco y azul, ya con manchas de mugre, llora en su confinamiento.

—Solo queríamos darle algo de comer... dijo que tenía hambre y sed, así que... —Una lagartija trata de explicarle sus motivos a la reina con una reverencia hacia ella, pero lo único que recibió fue una bofetada.

—Saben qué les sucede a quienes desobedecen mis órdenes. ¡Lárguense de aquí ahora! —ordena la erizo, quedando sola en ese confinado lugar, donde apenas los rayos del sol se atreven a entrar, aunque sea con bastante temor.

La reina soltó un suspiro cuando notó que no había nadie más ahí abajo y desde su grandeza miró a esa pobre gatita llorar entre sus piernas, oculta en el único rincón donde la luz le obsequia algo de calor.

—Te lo preguntaré... una... vez... más... ¿Dónde está mi esposo? —la voz de la emperatriz de corazones.

—Por favor, ya te he dicho que no lo sé. No lo sé, déjame ir. ¿Por qué tienes que ser tan mala? —berrea la gata, cuyo suave y sedoso pelaje ha sido manchado por la tierra del lugar, apagando su brillo.

—¡Mientes! ¡¿Crees que no sé reconocer una mentira?! ¡¿Te estás burlando de mí?! —grita, con esa voz que estremece a todo aquel que lo escuche, haciendo a la niña llorar aún más.

—¡Por favor, yo solo quiero ir a casa! Déjeme regresar, no volveré a este lugar nunca.

—No hasta que me digas dónde está mi rey... —insiste la reina, mientras su voz se torna más seria y sometida bajo el dolor de su corazón.

—¡No lo sé! —implora la gata—, ya le dije que no conozco a ningún rey de corazones.

—Pues no me sirves para nada entonces... —Elizabeta se dio la vuelta, caminando hacia la salida, mientras la gata golpea los barrotes de su celda con desespero, provocando que la reina limpie las lágrimas que caen de sus ojos sin control.

Les informó a los guardias que preparasen la siguiente ejecución, una a la que asistieron tantos miembros del reino como sitio hubiere en el anfiteatro.Lugar donde la reina se sentó en primera fila desde su balcón de juez, acompañada de Roswell, y una comadreja de blanco pelaje que en uno de sus ojos contaba con una mancha en forma de corazón. Y así empezó la ejecución.

La gente del maravilloso país contemplaba mudos cómo dos osos sometían a una niña con grilletes en sus muñecas y tobillos, escoltándola haciendo uso de un tercer grillete en su cuello, sujetada a una vara de metal negra con la que la dirigen hasta la guillotina. En ningún momento esa pequeña dejó de patalear y gritar por ayuda, haciendo que varios de los presentes abandonaran ese espectáculo cruel.

—Es tu última oportunidad, niña... ¡Te exijo! ¡¿Dime dónde está El Rey de Corazones?! —gritó la reina golpeando el concreto de su balcón, donde la pequeña niña solo podía gritar:

—Yo no sé nada... de verdad no sé nada... —es lo único que repetía esa pobre gata, arrancando toda esperanza del corazón de su majestad, quien se sentó en su rojo pedestal, haciendo un gesto con su mano, indicando que es momento de martirizar a su intruso.

La señal fue vista por uno de los guardias: un Dos, que junto a Unos, Treses y Cuatros rodean el escenario con lanzas y espadas, donde la pequeña gata patalea sin detenerse. Cartas formadas por magia e imaginación protegidas por una densa armadura que conforma su cuerpo, pues en su interior solo habitan los sueños y esperanzas de quienes protegen.

El cruel oso cortó la soga... y la afilada cuchilla bajó, haciendo un corte preciso, golpeando en la madera en un “chom”, que junto a un peso cayendo al interior de la canasta eran los únicos sonidos en el anfiteatro. Pero no había sangre... y cuando el oso metió su mano a la canasta, lo que sacó fue la cabeza de una gata, que del corte de su cuello desprende heno como si de una muñeca de trapo se tratase.

—Quémenla... —ordenó la reina, siendo sorprendida cuando el cuerpo de la gata comenzó a sacudirse sin control, desprendiendo los hilos que mantenían sus extremidades unidas—. ¡Quémenla ahora!

—¡Quemen la estúpida cabeza! —repitió la cabeza en manos del oso, haciendo que este mismo la suelte, que al caer contra la roca del suelo terminó por destrozarse, mirándose como una marioneta de paja, saliéndosele uno de sus ojos, por el que expulsa un líquido viscoso y espeso de color negro y aroma insoportable.

Esa cabeza ahora observa a la reina con una sonrisa macabra.

—Ya entramos...

La voz de esa criatura lastimaba sus oídos, era como el rechinar del acero sobre el cristal, con un matiz grueso que te hace dudar si la voz le pertenece a un hombre o una mujer... o a muchos.

—La puerta fue abierta... él ya está aquí...

—¡¿Quién?! —grita la Erizo mientras uno de los verdugos toma su hacha para darle fin a aquella aparición.

—La oscuridad... —dice esa horripilante voz antes de ser aplastada por el hacha del oso grizzly. Y desde el interior de su cabeza como de su cuerpo nacieron miles de arañas negras que treparon por el arma hasta tocar la carne del verdugo, incrustándose en su piel, devorándolo hasta salir expulsadas de su hocico y ojos. Los animales de las gradas huyen mientras la reina observa cómo sus osos son devorados por las arañas mientras el miasma se expande por el suelo.

—¡¡¡Jabberwocky!!! —Elizabeta alzó el grito al cielo, provocando que el mismo se nublase bajo el chillido de una bestia feroz que cayó sobre las gradas. Un murciélago de inmenso tamaño y pelaje blanco con manchas de corazón escupe llamaradas de fuego sobre las arañas, incinerándolas junto a los cadáveres hasta volver ceniza todo al interior del anfiteatro. Siendo los únicos sobrevivientes aquellos guardias de corazón de metal y naipe.

Aquel murciélago se posó en mitad del anfiteatro, acercando su rostro para que su reina lo acariciara por su buen trabajo.

—¿Qué era eso? —preguntó el camaleón que los acompaña en un desconcierto mutuo.

—No-no-no lo sé... esa cosa no debería estar aquí... no... —tartamudea, la cabra negra, marchándose al poco tiempo al ver cómo de entre el fuego se observa el rostro de la marioneta maldita sonriente.

—Viridiana... —exclama la reina mientras acaricia aquella bestia protectora del alba, llamando la atención de una comadreja a su costado, quien ha permanecido silenciosa todo este tiempo—. Dame tus mejores inventos... voy a cerrar esa maldita puerta yo misma.

“Somos lo que hacemos, y algunos no son nada.” Son palabras que Elizabeta se repite una y otra vez cada que su corazón flaquea. Además de ser una reina, era mujer: preocupada por el rey al que ama, por sus ciudadanos y por su maravilloso país.

Caminando por los pasillos de su palacio hacia la armería, se encontró a las mismas tres sirvientas que había visto en el calabozo, dos de ellas rodeando a una lagartija que sostiene su brazo con dolor. Al ver a la erizo acercarse, la dama ocultó la herida detrás de su espalda, pero la monarca sujetó su muñeca, obligándola a mostrársela. Tenía marcas en su piel, dos orificios ennegrecidos como el veneno de una cobra que pudre el contorno que sus colmillos dejaron.

—No luce muy bien... —dijo antes de pasar su mano detrás de su nuca y de esta extrajo una púa de la cual tuvo que limpiar su sangre antes de encajarla en ambos orificios, llenando de dolor a la lagartija que cae al suelo sobre sus rodillas.

Era presa de la cruel reina que destapona sus heridas extrayendo el veneno de su piel hasta que fuera remplazado con sangre.

—Mucho mejor: Rojo... —dice sonriendo antes de regresarle el brazo a su dueña—. Llévenla con Ciro —el médico del palacio—, y díganle que le dé un poco de té.

La armería, lugar donde las invenciones locas toman forma, hogar de la comadreja de las nieves que se cuelga de cables y artefactos extraños de metal que nadie en el país había visto antes, pues sus mentes estaban demasiado cuerdas para entenderlo.

—¡Reina Elizabeta! —exclama Viridiana, que da un salto desde lo alto de sus aparadores con armas, cuchillos, linternas y contenedores de cristal con líquidos que resplandecen, pues en ellos estaban estrellas y sueños.

Aquella chica se arrodilló frente a la erizo y entre sus manos alzó una pequeña caja de madera que la reina no dudó en abrir, sacando de la misma una pequeña pistola de mecha, destacándose su apariencia plateada que refleja el rostro de quien la porta.

—Le entrego mi más grande invento hasta el momento. Un arma con la capacidad de disparar proyectiles, tan eficaz como un cañón, pero sometida bajo su mano.

—¿Esta baratija? —pregunta la reina apuntando la boca del cañón hacia la frente de la comadreja, misma que solo sonríe al respecto—. ¿Qué tan potente puede ser?

—Tanto como usted lo desee —responde la comadreja.

—¿Qué clase de munición usa?

—La misma que la imaginación y la fe.

—Un arma de doble filo —suspiró la reina.

—Un arma que se usa para destruir y para proteger. Úsela cuando su corazón se vea amenazado, pero le advierto. Si su corazón falla, el arma lo hará también —advierte Viridiana.

—Un error que pagarás con la cabeza —amenaza la monarca levantando el cañón, notando que aquella arma había sido marcada por las iniciales de su creadora: VD.

Y caminando, una estantería tomó una funda de cuero, la misma que colocó entre su brazo izquierdo, observándose practicar el enfundar y desenfundar de la misma.

—¿Y mi ejército?

—A un costado suyo, su majestad —mismo lugar donde se muestra un mazo de cartas de color negro y rojo, protegidas en una caja que pudo añadir a la funda de su arma—. Tenga un maravilloso día, Reina Roja.

—Tú también, Viridiana... —y con aquel gran vestido la reina se despidió de la comadreja, obsequiando uno de sus chocolates como premio a su contribución.

Pero la reina fue detenida por una cabra sumergida en preocupación pura justo en las puertas de su palacio.

—Reina mía, pero si va, ¿quién se hará cargo del reino? No puedo permitirle ir usted sola, déjeme acompañarla —suplica la cabra mientras que la erizo lo hace a un lado.

—Tengo toda la compañía que requiero justo ahora... El Jabberwocky es la fuerza más grande que el reino posee —y con un silbido, el inmenso murciélago cayó desde el cielo a sus pies—. En mi ausencia te quedarás a cargo de todos los mandatos reales. Si tienes dudas al respecto, consulta al consejo real. Los conejos te ayudarán —explica la reina mientras trepa por el pelaje del Jabberwocky, siendo detenida por el tomar de su brazo por parte de la cabra.

—No puedo permitírselo, ya perdimos al rey. No puedo perderla a usted también. Por favor, le ruego desistir —pero esas palabras despertaron la rabia de la erizo, sosteniendo a la cabra por uno de sus cuernos, alzando su cabeza hasta los colmillos de la erizo quien amenazó:

—No hemos perdido a nadie, Roswell. ¡Pero si sigues creyendo eso, serás tú quien pierda la cabeza! —Elizabeta no se contuvo en gritar a los oídos de la cabra antes de arrojarla lejos del colosal murciélago.

Emprendió el vuelo sin decir una palabra más, dejando a su Sota de corazones, desprendiendo la tierra de su ropa, observando cómo la reina se marchaba cruzando los cielos y las nubes en búsqueda de su rey.

—Que tenga un maravilloso día... reina mía —despidió la cabra en una reverencia con el corazón hecho retazos.

—¡Amada mía! —gritó el rey desde la sala del trono, mientras su reina descansa regando sus amadas rosas en el jardín trasero de su balcón—. Te tengo un obsequio —grita el rey que, desde las espaldas de la erizo, la abraza con una mano en su estómago, llenándola de besos por toda su nuca.

—¿Un regalo? Sabes que amo los obsequios. ¿Acaso es... Chocolate? —pregunta la reina intentando darse la vuelta, pero su rey se mantiene a sus espaldas en un fuerte abrazo.

—Es una sorpresa. Extiende tus manos y cierra tus ojos... los abrirás cuando te lo entregue —así obedeció Elizabeta, cerrando sus ojos y deshaciéndose de la regadera para extender sus manos. Pronto un considerable peso se mostró sobre sus palmas, así como el caminar de afiladas garras que avanzan hasta su muñeca.

—Un pequeño monstruo... —afirma la reina con una sonrisa, observando un diminuto murciélago blanco escupir fuego en un estornudo que le daría vuelta, mostrando su panza de color rosado—. Ten pequeño monstruo... —ofrece esta misma, sacando una golosina de su vestido, una cuyas letras de dulce escriben: “Cómeme”.

El viaje por el país fue extenso, así que la erizo cayó dormida sobre el suave pelaje del Jabberwocky, y en su sueño solo podía recordar a su esposo, como una pesadilla cruel, pues al despertar entre las nubes de algodón de azúcar y los cielos rosados se encuentra perdida, mientras el sol le sonríe en una pronta despedida.

—Por favor... dime que está bien —implora la reina hacia el sol, quien solo cierra los ojos antes de irse a dormir. Y en un suspiro acompañado de tristeza, la reina presenció cómo una de las nubes de algodón de azúcar explotó en pedazos, algo... maravilloso. Pero no era algo común—, qué poco común.

Y el chillido del murciélago hizo llamar la atención de la reina, mirando por encima de las nubes, buscando aquello de lo que su bestia se queja.

De repente, una bala de cañón atravesó el sedoso campo de nubes detrás de ellos, obligando a la reina a sostenerse con fuerza de Jabberwocky mientras este esquiva los proyectiles que enemigos desconocidos disparan, obligándolos a adquirir mayor altura. Sin embargo, las balas siguen saliendo de entre el suelo, destacando unas rodeadas de fuego y chispas.

—¡Elévate! ¡Apresúrate! —Ordena la reina sosteniendo el pelaje del murciélago en un ascenso constante, recuperando su corona antes de que esta cayera de su cabeza por la pendiente—. ¡Vamos, sácanos de aquí! —grita la reina, que mira con horror cómo más proyectiles salen de entre las nubes.

Y dando un pequeño vistazo, observó cómo las nubes que cubrían su paso habían sido calcinadas por el fuego de sus proyectiles, encontrando un enorme mar café debajo y una flota marina de barcos inmensos que no detienen su disparar.

—Son piratas... ¿Por qué nos están disparando? ¿Acaso se han vuelto...? —el pensamiento de la reina se detuvo cuando el Jabberwocky gritó de dolor.

Para momentos después ver una bala impactando en el ala del mismo, creando un hoyo entre su piel que rápidamente empezó a cubrir de sangre las nubes.

—No, no, no. Sal de aquí. ¡Ahora! —exige la reina tirando del pelaje del murciélago, siendo aterrada al ver cómo otra bala impacta nuevamente en su ala, pero esta vez partiéndola por la mitad, iniciando la caída de un imperio.

El murciélago recibió otro impacto, uno que sacaría volando a la reina, perdiendo su corona, joyas, aretes, collares... y zapatillas. Fue rescatada en el aire por el murciélago, que, aceptando su destino, cubrió a su amada reina entre sus alas, cayendo precipitadamente hacia los mares, donde las olas cubrieron su rastro de los piratas.

Y en las orillas del mar, la garra de un murciélago moribundo se arrastra fuera del mar de entre las rocas negras que rompen las olas. Cargando a su preciada reina entre su pecho, extiende sus alas para que Eliza se arrastre a la orilla donde pueda tomar aire y recuperar sus fuerzas.

La reina se levantó de entre las rocas, arrastrándose entre ellas mientras cortan su vestido durante el nacimiento de la luna, que observa con lágrimas la desgraciada escena. Elizabeta no podía dejar de toser, resbalando en una roca afilada que cortaría su muslo, pero su grito de dolor le ayudó a liberar el agua de sus pulmones.

Se incorporó entre el rompiente mientras las olas del mar golpean su rostro, obligándola a cortar su pomposo vestido en pedazos si no quería ser arrastrada de regreso al mar, conservando un pedazo de tela para hacer un torniquete en su pierna que, aunque el corte no fuese profundo, era largo.

Y dentro de su desesperación, fue añadida la preocupación de ver al Jabberwocky luchar contra el mar que lo reclama de regreso, corriendo sobre las piedras para sostener su única ala sana.

—Adelante, tesoro, lucha. Ya casi.

Pero el grito del murciélago aturdió sus oídos, permitiéndole ver el estómago de la criatura abierto por una gran herida, con varios de sus intestinos rebosando sangre sobre el mar. Que junto a su ala partida a la mitad le destrozaba el alma a la reina, que con lágrimas en los ojos jala de la bestia, siendo golpeada por las olas, impactando su espalda contra las rocas, destrozando parte de las púas alojadas en su espalda.

Aquel intenso dolor la cegó por un momento, que al recuperar la vista solo miraba a un murciélago enorme llorando lágrimas de precioso rojo, acabando por destrozar el alma de la reina, que sin fuerza alguna levanta su mano derecha, pasa a buscar el arma que le fue entregada por la comadreja.

Apuntando frente al murciélago que chilla y suplica a su reina, siendo esto lo que la hace bajar el arma y ser golpeada por otra ola que le arrebata el aliento, abriendo sus ojos una nueva vez para ver a su amado Jabberwocky de cerca, cerrando los ojos en lo que pareciera una reverencia final.

—Cálmate, pequeño monstruo... estaré bien... solo tienes que descansar un momento.

La reina levantó su pistola en una nueva ocasión, pero fue el murciélago quien acercó su cabeza.

—Ten... un maravilloso descanso —exclama la reina tirando del disparador, accionando el combustible del arma que en un estruendo hizo volar la mitad de la cabeza del murciélago, volviendo a esta escena una cubierta de sangre y vísceras.

El Jabberwocky ya no sufría, pero la reina, al ver su despreciable acto, vomitó, vomitó y siguió vomitando mientras observa cómo su cuerpo es manchado por la sangre de su homicidio.

Golpeada nuevamente por las olas, mira cómo ellas reclaman el cadáver del murciélago, devorándolo entre la oscuridad de los océanos. Dejando a la reina completamente sola mientras avanza sobre las rocas hasta la orilla de la isla, descansando en la tierra que llena de barro su pelaje y vestido, incapaz de respirar producto del corsé que se arranca con las últimas fuerzas que le quedan.

Recostada sobre la tierra, admiraba la inmensidad de la luna que le implora levantarse, pero Eliza estaba destrozada; había perdido tanto en tan poco tiempo que la apertura de la puerta era su menor preocupación... pero también su mayor responsabilidad.

Así que con el corazón marchito y con el maquillaje arruinado, la Reina de Corazones se mostró de pie frente al mar y con una de sus púas y el propio hilo de la tela pudo comenzar a coser los retazos de su vestido en nuevas prendas.

Conservó sus mallones de color beige para cubrir sus piernas y cintura, usando la parte superior de su vestido para crear una camisa de color negro y rojo que protegiera tanto su torso como sus brazos, acabando con su aspecto real, pareciendo más una pordiosera en su opinión, pero ni siquiera ellos caminan con su ropa interior expuesta.

—No debiste darle de comer ese bombón hace años. Mira lo grande que ha crecido ahora —exclama el rey desde su balcón, presenciando cómo un murciélago adulto se presenta delante del mismo en una reverencia que le permite ser acariciado.

—Su apariencia hará estremecer a nuestros enemigos. El Jabberwocky infunde el temor y respeto que protegen nuestro reinado. No hay arma más grande, ni tan feroz como él —exclama la reina a un costado del rey, obsequiándole al murciélago un chocolate.

—No es un arma... es un ser vivo. Te lo regalé para que aprendieras a apreciar la vida en cada una de sus formas, no para que las usaras para infundir temor —regaña el rey, acercando su frente a la del murciélago, sin parar de acariciar su rostro—. Ícaro va a protegerte cuando yo no pueda.

—No puedo creer que te refieras a él por un nombre tan tonto. Si el reino se entera de que te responde a ese nombre, perderá todo el respeto que representa —brama la reina sentada en su jardín.

—Yo creo que es un nombre perfecto para un héroe. Es el de un guardián de las nubes —afirma el rey mientras acaricia el tierno rostro de la bestia, regalándole a su reina una sonrisa que la condena a ceder una también hacia su rey.

Elizabeta se encontraba de pie frente al mar, sintiendo cómo las olas negras acarician sus pies, seduciéndola a entrar. Pero también le tenían un regalo, entregándole una pequeña corona dorada que no dudó en tomar y colocar sobre su cabeza. No sabía qué hacer en este momento, su cabeza estaba pensando muchas cosas a la vez y ninguna de ellas le proporcionaba tranquilidad o chocolate.

—Es increíble cómo conseguiste hacerte de un vestuario hecho de otro vestuario —se escucha la voz de un hombre a sus espaldas, oculta dentro del bosque—, pero el acabar con el sufrimiento de esa criatura fue muy noble de tu parte, no podías hacerlo menos... ¿Sádico? —ella no sabía que sería tan arrasador. Pero es demasiado tarde para pensar en eso.

La voz la guio hasta el interior del bosque, lugar donde las luciérnagas en forma de bombillos vuelan iluminando el sendero de la reina.

—No me extraña que un país como este sea sometido bajo una monarquía; eso explica la barbarie y crueldad que mis ojos perciben cada que la observo, Reina de Corazones.—murmura aquella voz a oídos de la erizo, quien desenfunda su pistola y mira a todos lados en búsqueda de su acosador, descuidando su andar, pues pronto cayó al suelo mirando la armadura de una carta sin vida bajo sus piernas.

El cadáver de una de sus soldados estaba siendo tragado por la tierra, poniéndose de pie para ver con ayuda de las bombillas luciérnaga el cúmulo de cadáveres reales que avanzan y otros huyen desde las profundidades del bosque.

—Guerras, cabezas cortadas... es todo lo que animales primitivos tienen para dar. Rechazados de la inteligencia y la cordura... pero ya no más —parla aquella voz que orienta a la reina a seguir a lo más profundo.

Llegando a los cimientos de una enorme puerta negra que nadie sabe quién creó o con qué propósito, tan alta como las puertas de su palacio y tan rígida como una montaña.

Los reyes habían olvidado el temer a lo que hay del otro lado; solo sabían que debía permanecer cerrada y ahora el canto de la muerte se mece desde su interior. Desde su corazón vomita aquel miasma que controlaba a la malévola niña, acompañado de murmullos que suplican.

—Alice, regrésanosla —se escuchó, junto a un aroma a descomposición horripilante que casi hace vomitar a la erizo, de no ser porque ya no hay nada en su estómago.

—¿Qué es Alice? ¡¿Qué es lo que quieren?! ¡¿Qué le hicieron a mi rey?! —pregunta la reina cuando el caer de un rayo deslumbró sus ojos, llamando la atención una pequeña daga de oro que es casi tragada por la tierra, de la que únicamente puede verse el mango de tela roja y una inscripción con forma de corona.

La reina se tiró de rodillas sobre la tierra, extrayendo aquella pequeña daga del suelo, reconociéndola como el arma de su esposo. Temiendo lo peor al verla olvidada, debe extrañar a su portador tanto como ella.

—No le he hecho nada... Se mostró bastante dócil al ver mi presencia en este mundo —vuelve a hablar la voz masculina, esta vez presente al interior de la puerta de negra roca—. Solo le di un poco de cordura para que vea el mundo a mi manera.

—¡¿Estás loco?! ¡Dime a dónde lo llevaste! —exclama la reina poniéndose de pie, levantando la poco intimidante daga hacia el portón que solo puede conducir al infierno.

—No hasta que recupere a Alice. Por favor, coopera al proporcionarme lo que busco y con gusto le te entregaré a tu preciado rey. O me ocupare de buscar en cada página de este cuento de locos —dijo aquella voz que esta vez fue acompañada del sonar de unos zapatos, saliendo del interior de la puerta una criatura humanoide de cuerpo tejido en lino, cuya boca ha sido recortada para permitirle hablar.

Esa cosa vestía de zapatos negros junto a un traje de tela poco refinada que intenta imitar formalidad, pero le es imposible lucir elegante, pues la paja de su interior cubre su atuendo al hablar, junto a arañas y demás insectos. Siendo su rostro lo peor, al tener sus ojos pintados con tinta negra, así como el resto de sus facciones en características completamente ajenas a cualquier animal jamás visto en este país.

—¡¿Quién mierda eres?! —reclama la erizo mientras sus púas se erizan ante el terror con forma de espantapájaros que, frente a ella, hace aparecer un sombrero canotier completamente negro del que limpia la paja de encima.

—¿Yo? —pregunta en una macabra sonrisa que rompe las coseduras de su rostro—. Llámame, Presidente.

Y de aquella sonrisa comenzó a ser expulsado miasma corrosivo que cubre el suelo donde reposan los cadáveres de sus cartas, sumergiéndose en la malignidad, para pronto ver cómo una mano de lino surge desde la oscuridad.

Elizabeta observó horrorizada cómo sus bellas cartas eran transformadas en espantapájaros disfrazados de uniformes militares, devorando aquellas armaduras resplandecientes, masticándolas hasta que de su metal crearon armas largas que escupen fuego y metal como un dragón.

—Y este es mi país ahora —reclama aquel espantapájaros que se eleva por los aires, al mismo tiempo que los soldados apuntan sus mosquetes hacia la reina—. Fuego.

Aquellos soldados dispararon contra su majestad y, en un parpadear de ojos, una carta de armadura roja salió disparada desde el interior del mazo de la reina. Que en su pecho porta la marca del as de corazones, recibiendo todas las balas de esos soldados sin imaginación.

La monarca presionó un botón dorado de la pequeña daga en sus manos, accionando el mecanismo que la hace crecer hasta convertirse en un sable imponente, mientras que desde su mazo se manifiestan otras cuatro cartas más listas para enfrentarse a los soldados de la desilusión. Y con un grito en el cielo, la reina hizo al mundo estremecer.

—¡QUE LE CORTEN LA CABEZA!

Las cartas obedecieron, cargando sus lanzas y escudos contra los soldados de paja, destrozándolos al mismo tiempo que el presidente vuela por los cielos, desapareciendo entre las nubes de algodón, no sin ser bendecido por el disparo de la pistola de la reina, viendo a aquella creatura volar en pedazos.

Sus cartas, As, Uno, Dos, Tres, Cuatro y Cinco de corazones, le entregaron las cabezas de sus rivales como tributos, pero aquello no podía tranquilizar su espíritu vengativo. Y parada frente a aquella puerta de roca, les ordenó al resto de cartas en su mazo cerrarla con todas sus fuerzas, uniéndose en un castillo de naipes, que aun con la fuerza de 52 guerreros no podía ser cerrada.

—No tengo la llave... ¡Busquen la llave! Muevan cada planta y roca de este lugar, encuéntrenla, así como toda pista del paradero de mi rey —ordena la reina hasta que su atención fue reclamada por la penumbra al interior de la puerta con dirección a ninguna parte. Donde susurros viajan hasta sus oídos repitiendo.

—Alice, Alice, regrésamela. La quiero de regreso. La vi cruzar. Hace tiempo. Pero nunca volvió. Jamás regresó. Tiene que hacerlo. Alice. Alice —palabras que se clavaban en la mente de la reina como un epitafio que corrompe su mundo de nunca jamás.

—Reina mía —dice una carta sosteniendo el hombro de Elizabeta, rescatándola del trance al que esas malignas voces la sometieron—. Llevamos demasiado tiempo buscando, pero no encontramos nada. Mucho menos un rastro de nuestro rey —eso es bueno... pero también malo. Porque la puerta sigue abierta y no hay fuerza que la logre cerrar.

Siendo escuchado el retumbar de los cañones, pues los piratas habían encontrado a la reina, siendo observable su asta bandera. Anunciándose con el retumbar de un tambor que produce escalofríos al alma de la reina, así como al suelo bajo sus pies.

Mirando cómo el resplandecer de la luna fue cubierto por la figura de un espantapájaros idéntico al que juró haber destruido minutos atrás, ese que se posa sobre el asta pirata dándole una reverencia a la propia Elizabeta, limpiando su sombrero de paja antes de colocárselo. Para después escuchar el retumbar de los tambores, alejarse junto a las banderas que se escabullen al horizonte.

—Mi rey es el único con la llave al País de las Maravillas... y sé que está en ese barco —señala la reina rodeada de sus naipes, blandiendo su espada hasta que retomara su forma de daga.

Había perdido su vestido, sus joyas, al amor de su vida, su castillo, su pequeño monstruo y ahora amenazan con arrebatarle su país.

Las cartas escoltaron a la reina hasta la orilla del mar, donde las violentas olas mojan su rostro mientras los barcos se marchan, sin embargo, pudo denotar algo distinto, algo que tontamente ignoró.

Pues no contaba con velas tan grandes como los barcos piratas, era impulsado por calderas y un artefacto de hélices que lo impulsa hacia delante. Su estructura no era de madera, sino de metal, sin los vibrantes colores que alegran su mundo. Era un buque de guerra grisáceo, pues la única arma para enfrentarte a la fantasía y la demencia estaba en la realidad. Pero también es esta realidad la que se asesina con imaginación y sueños.

—Persigan ese barco —ordena la reina poniendo en alza su pistola en contra del navío.

—¿Cómo vamos a perseguirlos? No tenemos un barco —dice un Dos, animando el pensamiento ilógico de la reina, que, enfundando su arma, comenzó a gritar desesparada:

—¡Mi oro! ¡Santo cielo, mi oro! ¡Tanto oro que me ha sido robado! —grita la reina, que con la mirada ordenó al resto de cartas comenzar a gritar y correr en pánico pidiendo por el oro de la reina.

—El oro de la reina. ¡Alguien ha robado el oro de la Reina de Corazones! —gritan al unísono los naipes que chocan y tropiezan unos con otros. Hasta que del cielo, la estrella más brillante se desprendió del firmamento del cielo. Que al caer sobre los mares casi empapan a la reina de no ser por las cartas que la protegen en una cúpula de metal y corazones.

—¡¿Alguien dijo oro?! —exclama un lince que se muestra como el capitán de aquella embarcación, vistiendo una gabardina de azul del mar tan destellante como el oro que les adorna.

Frente al mar estaba un barco construido con polvo de estrellas y sueños, con cristales de la materia de la fantasía colocados en todo su casco, con los que desgarra y hunde a todo aquel que se le enfrente. Y desde sus costados, aves de todos los colores y tamaños se mostraron atentos a esa dorada palabra.

—¿Oro? —pregunta un dodo de plumaje azul que viste un traje y una corbata de moño.

—¿Oro? —replica un flamenco de pantalones bombachos que disfruta de la pipa en su pico.

—¿Oro? —interroga un colibrí de plumaje vibrante que no para de dar vueltas sobre el resto.

—¿Oro? —vacila un pájaro carpintero con un martillo en su pico y traje café.

—¡¿Qué estuviste haciendo todos estos días Amadeo?! —grita la enfurecida reina mientras los piratas bajan las tablas para que esta pueda subir.

—Estuvimos celebrando mi no cumpleaños —explica el lince ayudando a su majestad a hacerse sobre las pulcras maderas de su barco.

—Y el mío.

—Y el mío.

—Y el mío.

—Y el mío también —repiten las aves que observan cómo los naipes se doblan y guardan entre saltos hasta caer en el estuche de cartas que carga Elizabeta.

—Hace días que no celebro mi no cumpleaños... —afirma la reina llena de duelo y preocupación, sin perder de vista al barco que se aleja más y más—. Por ellos.

—¿Qué le hicieron, su majestad? ¿Acaso se robaron su sonrisa? ¿Su alegría? ¿Su empatía? ¿O su oro...? —pregunta el capitán, que reverencia a la erizo quitándose el sombrero.

—Un poco de todo —afirma la reina.

—De todo un poco, entonces... —recalca el lince vestido de esperanzas que la mira sorprendido.

—Si tan solo... unos amables muchachos pudieran recuperar mis anhelos y riquezas... serían demasiadas para mis dos manos. Creo que tendría que deshacerme de mis riquezas, pues son tantas y muy ricas.

Era inteligente, y tan loca como los piratas que la rodean. Y mientras más hablaba de su oro, los piratas se arrastraban a besar sus manos y pies; uno incluso obsequiándole un par de pantalones negros para regresarle un poco de pulcritud a su majestad.

—A sus puestos, izen velas, limpien el piso, despierten a los cañones, corten el césped del jardín y partan el pastel para celebrar el no-cumpleaños de la reina —exclama el capitán mientras a un dodo le entrega un plato de pastel, pero al no tener más brazos decide pararse sobre el timón y conducir con los pies.

El espantapájaros contempló cómo una estrella bajó del cielo para perseguirlos. Manifestando su voz dentro de la mente del capitán de paja que dirige la embarcación.

—Los locos encontraron la manera de seguirnos. Sueñan creyendo que pueden enfrentarnos... viven presos de su mente. La fantasía se ha apoderado de su realidad a tal punto que desempeñan su vida en la ilógica e incertidumbre. Muéstrales quién es un verdadero capitán. Enséñeles cómo la realidad doblega a la imaginación —ordena el espantapájaros del saco negro.

—Sí, señor Presidente —acepta el capitán del navío.

Amadeo observó cómo los cañones del buque se giran en su dirección, esto a través de un catalejo que sostiene el dodo para que el capitán pueda comer con las manos y conducir con los pies.

—¡Nos están saludando! ¡Saluden de regreso, muchachos! Llamen su atención —y las tontas aves se colocaron en proa saludando y agitando pañuelos que idiotamente eran de color blanco, uno incluso les ofrecía un pedazo de pastel, todo mientras la reina permanece sentada a espaldas del capitán disfrutando de su no-cumpleaños.

Ese barco estaba lleno de tontos. Mientras que el buque estaba plagado de entes entrenados para matar, quienes no dudaron en disparar en contra de la reina y el capitán. El disparo de un cañón perforó el casco protegido de sueños, generando un orificio de proa a popa.

El Presidente observó desde las alturas cómo ese torpe barco de juguete se hundía junto a las aves, tan estúpidas como para salvar su vida alzando el vuelo.

—Persigue tus sueños tanto como quieras; al final siempre llega el momento de despertar —afirma la oscura marioneta dándole la espalda al entierro náutico, observando al horizonte con su sombrero en alto... hasta que escuchó cómo el buque volvía a disparar... una y otra... y otra vez—. ¿Qué está ocurriendo? —reclama aquel esperpento a oídos de su capitán.

—Nos están siguiendo. Los radares los muestran detrás de nosotros —respondió el maligno.

Regresando la vista a los mares a sus espaldas, presenció el sufrimiento del asta del barco pirata, viendo en la copa del mismo a un lince que bebe té mientras cuatro aves tontas clavan tabla tras tabla mientras desechan el agua del mar desde su interior, cubriendo el casco con pegamento y brillantina, recolocando los cristales una vez más en su posición.

Una imagen extraordinaria que haría volar el sombrero del Presidente, el mismo que un cuervo que salió expulsado de su mano recuperó para su cabeza, posándose sobre su hombro antes de romper por su cuello, ingresando por sus tejidos hasta su interior.

—Que... maravilloso —suspira la entidad de pesadillas, liberando una macabra risa que invade los oídos de todos, excepto de quienes cantan sin parar:

—Feliz, feliz, no cumpleaños.

¿A mí?

¿A tú?

¡A yo!

Feliz, Feliz no cumpleaños.

¿A mua?

¡A tua!

Acercándose hasta lo suficiente para que la reina alce su pistola en contra del espantapájaros sobre las antenas del navío sin vida, dándole un último sorbo a su té antes de tirarlo por la borda, endulzando aún más a este sabroso mar.

—La imaginación es la única arma en la guerra contra la realidad —recitó la reina, bajando la punta de su arma hasta las hélices que propulsan el buque, que con un disparo volaron en pedazos, provocando una brecha en el casco por la que comienza a entrar agua mientras la embarcación pierde velocidad.

—Hicieron un barco de metal... ¡Pero si el metal no flota! ¡Estos tipos deben estar locos! —exclama Amadeo mientras el dodo desciende al lince de regreso a su timón.

—No permitas que se escapen... ¿Dónde están los arpones para el abordaje? —pregunta la reina, observando cómo las aves siguen sacando el agua de la embarcación con cubetas al mismo tiempo que otra le ingresa agua para que el barco no muera de sed.

—Se tomaron sus vacaciones. Era demasiada carga para ellos. Ahora están disfrutando de un tiempo sin ataduras —explica el capitán acelerando en soplidos contra las velas—, pero no se preocupe, reina mía. No hay nada que yo no pueda hacer... excepto resolver expresiones aritméticas —y con la fuerza de un galeón, aquel barco se estrelló con el buque de metal, encajando los cristales de las estrellas en este, evitando su escape.

Las aves actuaron prontamente, arrojando sogas que ellas mismas recibían del otro lado, atando ambos navíos para garantizar su enfrentamiento. Empezando un brutal abordaje, entrando dirigidos por la reina que, por medio de una escalera de color, camina hasta el suelo de metal de aquella embarcación hostil.

—Se los advertí en mil ocasiones, todo aquel que me haga enojar perderá la cabeza —reclama la reina roja mientras naipes y piratas inician el saqueo. El ejército de la conciencia combate implacable contra los piratas que ríen y cantan mientras se escabullen entre sus tropas, robando las balas doradas, llenando sus bolsillos de cada uno de los menesteres de su ambición.

—No entiendo gran parte de lo que anuncias, señor Presidente. ¡Pero este es mi país! Crecí y viví bajo sus cielos de dulce y sus mares de té. Mi discurso es tu regalo, pues cuando tu cabeza ruede por el suelo es todo lo que tendrás —amenaza la reina mientras el espantapájaros baja del cielo, sentándose sobre un cañón naval con la gracia de un caballero.

—Qué elocuente. Pero tus palabras y acertijos carecen de sentido lógico. La lingüística de tu diálogo carece de toda hermenéutica, que podría brindarle algún significado o valor a lo que dices. Por consiguiente, tu voz no tiene valor, tus palabras solo son gritos y tú no eres más que una loca histérica —gruñó el caballero, raspando su garganta en furia.

Aquel hombre de traje fue acribillado con un disparo, uno que no consiguió impactar, pues antes de que la bala explosiva tocase su cuerpo, este se desintegró en una parvada de cuervos que pronto se colocaron sobre el mar. Deleitándose con la explosión que el proyectil de la reina produjo sobre la embarcación.

—Dime dónde está mi rey y ¡entrégame la llave! —exige la reina mientras muñecos de heno explotan a su alrededor en el combate que ejecutan los tripulantes de ambos navios.

—¿Oh, te refieres a esta llave? —presume el Presidente sin rostro, sacando una llave dorada de su saco negro, con incrustaciones de rubí por todo su ojo, mismo por el que el espantapájaros la gira entre su dedo mientras esboza una macabra sonrisa que deja ver los ojos de los cuervos en su interior—. No puedo entregártela, me pertenece a mí ahora.

—¡Le pertenece a mi Rey! —gritó la reina dando un nuevo disparo, el mismo que es esquivado otra vez.

—Tu rey no puede hacerse cargo de ella en estos momentos... debe encontrarse primero si quiere reclamarla de regreso —manifiesta el monstruo apareciendo a tan solo centímetros del rostro de la erizo, que con una sonrisa macabra dice—. Buu.

Escupió una parvada de cuervos que atacaron el rostro de la reina, teniendo que cubrirse con sus manos mientras desenvaina su espada, proporcionando golpes hasta que los aleteos y picotazos de las aves cesaron.

—Hay mayores cosas de las que preocuparse justo ahora —dice el títere de paja antes de elevarse sobre los mares—. Pero te concederé una pista para encontrar a tu rey. Solo porque tu ingenuidad me parece temeraria. Escucha bien:

Sin voz, sin tacto, soy una maravilla.

Muestro lo que soy, sin ser lo que ves.Soy una ventana con un paisaje que muchas veces brilla,

Un vigilante observador, aun cuando no estés.

Silencioso guardián de la verdad,

Nunca miento, aunque cambie la realidad.

¿Quién soy yo?

Murmuraron las voces de la bestia al interior de la cabeza de la reina de corazones antes de sumergirse en las profundidades del mar, desapareciendo entre las agitadas aguas. Elizabeta pensó en disparar en contra del mar, pero recordó que eso podría amargar el sabor del té. Repentinamente, el buque tembló producto de una explosión ocurrida en los interiores del casco.

—Este es el saqueo más eficiente que hemos hecho en años, muchachos, ¡de regreso al barco! —ordena el cobarde capitán mientras arrastra sacos repletos de balas de los marines que combaten las cartas.

Siendo seguido por las aves de regreso al barco, con un espléndido dodo de plumaje azul que resbala y tiene que volver a juntar sus riquezas, siendo la presa perfecta para un soldado que arroja una fruta extraña, una con forma verde, una a la que le llaman:

—¡Granada! —la fruta cayó a ojos del dodo y este la miró con asombro.

Al sentirse premiado con su cosecha, la sujetó para pronto ser reclamado por un flamenco que envidia a su colega.

—Dámela, yo la llevaré por ti —afirma el ave rosada que sujeta la rugosa fruta, la misma que era reclamada por el dodo avaro.

—Estás loco, yo la encontré primero. Búscate la tuya —exclama la azulada ave tirando de las alas de su compañero.

—¿Por qué buscarme otra si puedo conservar esta? Solo mírate, no puedes cargar más —pelea el flamenco colocando su pie contra la cabeza del dodo, luchando por aquel tesoro.

—Mis bolsillos están bien, los tuyos son los que parecen a punto de —y sin entender por qué... una nube de plumas rosas y azules explotó sobre la embarcación, al mismo tiempo que el último soldado moría a manos de los naipes.

Amadeo se adentró en la nube de plumas, observando que, mientras más ingresa, esta comienza a adquirir un tono nuevo, más carmín.

Llegando a pisar un precioso líquido carmesí que terminaba de empapar las plumas, mostrando los restos de dos aves cuya piel fue cortada por fragmentos de metal y metralla que se alojó al interior de sus órganos, las manos de ambos habían desaparecido, dejando sus huesos expuestos y liberando sangre. Sus picos fueron destrozados por la fuerza de la explosión, desfigurando sus rostros hasta dejarlos en un estado irreconocible para su capitán y amigo.

El rostro del lince perdió su color y poco a poco lo hicieron sus prendas... perdiéndose entre la amargura de la realidad que atormenta su vista y la de sus compañeros. Ya no estaban riendo, ya no estaban cantando. Eran víctimas de nuevas emociones que marchitan su corazón, haciendo caer al capitán sobre la sangre de sus tripulantes, mientras líquido traslúcido cae desde sus pupilas y pasa por sus mejillas.

—¿Acaso tengo una fuga? —pregunta el capitán limpiando sus lágrimas con las mismas manos que ha manchado con la sangre de sus compañeros—. Algo se ha estropeado en mi interior... me estoy hundiendo —afirma el capitán, que hipnotizado observa la sangre brotar de los rostros del dodo y el flamenco hasta que la mano de la reina roja tocó su hombro, despertando de aquella pesadilla.

Y levantando el rostro, el lince alza la voz hacia la erizo.

—¡¿Qué ha ocurrido?! ¡¿Cuál es el fin de este acto atroz?! —exige una respuesta, pero la reina tan solo puede darle un abrazo, apartando su vista de la muerte en la crueldad que llegó a contaminar su reino como a un veneno.

—Si el rey de corazones ya no está, ¿quién va a protegernos? —pregunta el lince sosteniendo las manos de su majestad, apenado, pues las manchaba de rojo y lágrimas—. Por favor, mi reina... dígame que estoy soñando. Despiérteme de esta pesadilla y regrese las maravillas a mi mundo.

Implora el capitán, antes de perder la última chispa de color, volviéndose pálido, como una nube de depresión que llora sin detenerse, ahogado en los mares de sus lágrimas.

Gracias por leer :0. Continuaré subiendo más partes del librito.Ya está terminado, solo trato de darle una nueva pasada a cada capítulo para pulirlo un poco más.Agradezco todo comentario o preguntas :DPueden decirme cuál fue su parte favorita o si notan alguna falta de ortografía muy grave, u3u.

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