Chapter 1 Las Sombras de la Casa Real
El gran tintero de obsidiana sobre el escritorio del Gran Canciller Arthelius no reflejaba la luz de la luna, sino la penumbra de una mentira que estaba a punto de quedar sellada en cera roja.
Al otro lado del gran ventanal de la Torre de la Concordia, los cañones de éter aún resonaban en la distancia como un trueno distante y seco. La ciudad baja de Aethelgard ardía. Una columna de humo denso y azufrado se elevaba hacia el cielo nocturno, tiñendo las nubes de un morado enfermizo. No era el fuego del enemigo; era el fuego del propio imperio.
—Está hecho, Canciller —dijo una voz grave desde el umbral de la cámara.
El capitán Vane, por aquel entonces un joven oficial militar sin la cicatriz que más tarde le surcaría el rostro, dio un paso al frente. Sus hombreras de acero pulido estaban manchadas de hollín y grasa vegetal. Llevaba en sus manos un pliego de pergamino de piel de cordero, aún húmedo de tinta fresca.
Arthelius no se giró inmediatamente. Mantuvo los ojos fijos en la ciudad en llamas. Era un hombre de unos cincuenta años, de pómulos severos y mirada fría, cuya túnica bordada en hilo de plata llevaba las insignias de la Primera Dinastía.
—¿El general Kenneth accedió a firmar? —preguntó Arthelius con una calma inquietante.
—El general Kenneth ha muerto, señor —respondió Vane sin pestañear—. Se negó a acatar la orden de abrir fuego contra las barriadas civiles. Dijo que los cañones de éter no debían usarse contra el pueblo de Aethelgard, ni siquiera para erradicar a los insurgentes del Sol de Hierro.
Un silencio pesado cayó sobre la estancia. Arthelius giró despacio el cuerpo.
—¿Cómo murió?
—Resistencia a la autoridad durante un estado de sitio —declaró Vane con voz monótona, leyendo el reporte mentalmente redactado—. Intentó desactivar la línea principal del conducto de éter para apagar los cañones. Tuvimos que abatirlo en el acto.
Arthelius dejó ir un suspiro pausado, un soplo de aire cargado de una tristeza metódica, casi burocrática. Acercó la mano al pergamino que Vane le extendía.
—Un hombre honorable... pero un político desastroso —murmuró el Canciller mientras tomaba el sello de bronce del Gran Duque—. El pueblo necesita un culpable para esta noche, Vane. Si la gente sabe que el propio Duque ordenó purgar los distritos bajos para aplastar la rebelión, la dinastía no sobrevivirá a la primavera. Pero si el general Kenneth —el héroe de la guerra fronteriza, el nombre más respetado del ejército— es presentado como el traidor que vendió las defensas y activó los cañones por codicia... el pueblo exigirá la cabeza de su estirpe, no la de su soberano.
—Su familia ha sido arrestada en la villa solariega —añadió Vane—. La propiedad ha sido incautada y sus títulos revocados. La Casa Kenneth queda desterrada a la indigencia y al olvido.
El Canciller estampó la cera caliente sobre el pergamino, sellando el destino de una estirpe con un golpe seco.
—Que el historiador del tribunal redacte la versión oficial —ordenó Arthelius, entregándole el documento—. La historia oficial dirá que Kenneth el Traidor abrió las puertas al enemigo. Pero el informe real... el testimonio de las decisiones de esta noche, con los registros de flujo electromagnético de los cañones y la orden firmada por el Duque... debe ser enviado de inmediato al archivo subterráneo de la Nave Hipóstila.
Vane frunció el ceño.
—¿Por qué conservar una prueba que podría destruirnos, Canciller?
Arthelius miró las insignias de oro blanco del escritorio.
—Porque el Gran Duque no confía ni en su propia sombra, Vane. Necesita ese informe como chantaje perpetuo contra los mandos militares que ejecutaron la matanza. Nadie hablará jamás mientras ese documento exista en la Matriz de Origen. Enciérralo en el pilar de cuarzo y programa la secuencia de autodestrucción en caso de extracción no autorizada. Si la verdad llega a salir de esa cúpula, prefiero que toda la nave se hunda en el abismo de la montaña.
A varios kilómetros de allí, en los pasillos húmedos del distrito bajo, el humo abrasaba la garganta de una niña de apenas siete años.
Valeria Kenneth tropezaba entre los escombros de la plaza central, sostenida de la mano por un sirviente anciano que sangraba por la frente. Detrás de ellos, los soldados de la Guardia Real derrumbaban las estatuas de sus antepasados y quemaban los estandartes con el Blasón del Halcón Dorado.
—¡Corre, mi señora! —le suplicaba el anciano, arrastrándola hacia la negrura de los colectores de agua—. ¡No mire atrás!
Pero Valeria miró.
Vio el palacio de su familia devorado por las llamas purpúreas del éter. Vio el rostro de los soldados vitoreando la caída de su casa nobiliaria mientras los heraldos gritaban en los cruces de calles el nombre de su padre acompañado de la palabra traidor.
En su mano infantil, apretada con tanta fuerza que los nudillos le daban punzadas de dolor, la pequeña Valeria guardaba lo único que el sirviente había logrado rescatar de la biblioteca de su padre antes de que ardiera: un trozo de pergamino arrugado con notas marginales esccritas con la letra fina y elegante de su padre, donde se detallaba la existencia de una cámara secreta bajo los cimientos de la ciudad antigua.
Aquella noche, mientras la ciudad de Aethelgard se refundaba sobre una gran mentira, Valeria no lloró. Solo observó cómo la ceniza de su hogar caía sobre sus manos, prometiéndose a sí misma que un día, no importaba cuántos años pasaran ni cuántas montañas tuviera que cavar, obligaría a los reyes a leer la verdad.









