Parte 2
Saturno le habló al joven viajero sobre sus deseos de llegar al planeta rojo y formar allí su hogar. Él la escuchaba con atención y también compartía su propio sueño, prometiéndole que la visitaría y le enviaría una postal cuando encontrara el suyo. Se apoyaban mutuamente.
El joven mejoraba cada vez más construyendo puentes, y juntos llegaron a la mitad del camino entre el planeta azul y el rojo. Trabajar en compañía era más ligero. Pero un día él le informó que estaba listo para irse. La despedida fue difícil, aunque ella trató de sonreír:
—Esperaré con muchas ansias tu postal...
Él la miró con infinita tristeza y exclamó:
—Construiré puentes fuertes por si algún día quieres venir a buscarme... Sé cuidadosa cuando construyas, tómate descansos largos, y deseo de verdad que llegues pronto al planeta rojo. Deseo que él conozca lo graciosa que eres, tu fuerte temperamento, que odias los insectos pero no te gusta matarlos porque crees que tienen una familia, tu forma de dormir abrazando objetos, y cómo conviertes todo en una canción. Deseo que él quiera saber de ti con la misma intensidad con la que tú quieres saber de él.
Saturno se quedó en silencio mientras se marchaba, y volvió a sentirse completamente sola. Poco a poco un pensamiento la invadía:
«¿Ese misterioso chico querrá saber de mí tanto como yo deseo saber de él? ¿Por qué no intenta llegar a mí tanto como yo intento llegar a él?»
Subió a su puente —justo a la mitad—, tomó una hoja y comenzó a escribir. La dobló como un avión de papel y la lanzó con todas sus fuerzas hacia el planeta rojo. El chico observó cómo aterrizaba a sus pies, la tomó y la abrió. Saturno permaneció expectante; él solo sonrió y la guardó en su bolsillo.
En la hoja, ella le decía lo mucho que le gustaría conocerlo, le contaba un poco sobre sí misma y esperaba una respuesta. Pero él jamás lanzó una carta de vuelta.
Ver al chico, que iba todos los días, ya no le bastaba. Le escribió muchas veces más, hasta que dejó de hacerlo.
Una noche, mientras llovía y los relámpagos musicalizaban el cielo, el cuerpo de Saturno cedió; enferma y asustada, salió del campamento para pedir ayuda. Mientras se alejaba, giró para ver si él había ido a buscarla, preocupado por la tormenta, pero no estaba ahí.
Permaneció hospitalizada tres días. Compartió sus experiencias con las enfermeras y los pacientes del pequeño hospital, lo que le hizo recordar cuánto le gustaba conocer planetas.
Melancólica, regresó a su campamento, destruido por la lluvia; el puente había sufrido daños estructurales, y eso retrasaría toda la obra. Completamente derrotada, comenzó a llorar.
El chico se acercó de nuevo en su búsqueda; había ido cada día sin encontrarla. Al verla se sintió aliviado, pero al verla llorar también se le humedecieron los ojos. Intentó sonreír para que ella detuviera su llanto, como en otras ocasiones, pero esta vez ella solo caminó hacia su tienda y entró, dejándolo allí.
Esa noche, Saturno volvió a preguntarse por qué él no intentaba acercarse, por qué no hacía nada más que observarla. Entre lágrimas trató de justificarlo diciendo que no sabía construir puentes; sin embargo, algo en su interior le decía que en todo ese tiempo pudo haber aprendido... pero nunca hizo el mínimo esfuerzo.
Al día siguiente él volvió, pero ella no salió a mirarlo. Regresó por la tarde y la vio decaída, comiendo con hastío; intentó llamar su atención, pero ella no pudo levantar la mirada, comiendo como en trance, llorosa. Aun así, él volvió día a día, aunque ella estaba cada vez más decaída.
Una noche, mientras dormía, Saturno tuvo un sueño: se encontraba en un planeta desconocido, y al recorrerlo sintió cómo se llenaba de energía. Se tumbó sobre la hierba y cerró los ojos, siendo interrumpida por una voz.
—Saturno.
Se enderezó de golpe y corrió al encuentro de su viejo amigo, quien la observaba sentado en una banca, bajo un árbol que poco a poco perdía sus hojas.
—¡Qué gusto verte de nuevo! —exclamó ella con una gran sonrisa.
—Vine a despedirme, querida Saturno —dijo él con serenidad—. Mi viaje ha llegado a su final, y no quería irme sin verte una vez más. Supe que no has estado muy bien.
La sonrisa de ella se desvaneció.
—¿Qué? No puedes irte aún... Estoy tan cansada de construir. La comida no tiene sabor, los días son aburridos, solo quiero dormir...
El hombre la observó romper en llanto y clavó la mirada en el horizonte:
—Te dije que no te quedaras aquí mucho tiempo. Te ha afectado construir bajo presión, como si de una esclava se tratara. Es momento de decidir: emprender tu camino, o dejar que tu vida siga igual mucho, mucho tiempo.
—Amo al chico del otro lado —continuó ella, entre lágrimas—. Quiero llegar a él y poder descansar...
—¿Y él te ama a ti? —preguntó el hombre, mientras un escalofrío recorría el cuerpo de la joven.
—No lo sé —respondió, deteniendo su llanto de golpe—. Viene todos los días, es amable, siempre me sonríe, se veía preocupado cuando no me vio por algunos días... pero no sé si me ama.
—Tampoco yo lo sé —dijo él—. Escucha a tu interior y toma la decisión que te haga sonreír de nuevo. Podrías volver a encontrarte con él más adelante, o no verlo nunca más. Deja que la vida te sorprenda con un hogar.
Ella trató de limpiarse las lágrimas, pero estas brotaban sin detenerse, mientras el cuerpo de su amigo comenzaba a volverse translúcido.
—¡No te vayas! ¡Espera! ¡Por favor!
—Nos veremos dentro de mucho, mucho tiempo, recorriendo nuevos caminos, en nuevas vidas... Sé feliz, lo mereces.
El hombre desapareció, dejándole un vacío irreparable en el corazón. Al despertar, la joven lloró hasta el amanecer. Con sus pocas fuerzas, tomó una hoja y escribió todo su sentir: sus miedos, sus sentimientos más profundos. Caminó hasta la orilla de su puente inconcluso y, al ver que él se acercaba, la lanzó.
El chico la tomó y permaneció absorto en ella por algunos minutos; después la guardó en el bolsillo de su pantalón, la miró con profundo pesar, y se sentó en su lugar de siempre, solo a observarla.
El pecho de Saturno experimentó uno de los dolores más fuertes que había sentido. Lloró de nuevo toda la noche, pensando en la partida de su amigo y en todas las veces que pudo haberse topado con él y no lo hizo, por quedarse allí. Esa noche empacó todas sus cosas y esperó el amanecer.
Como cada día, el chico volvió. Observó, con un nudo en la garganta, que ella había recogido todo, y clavó su mirada en ella, suplicante, incrédulo. Se miraron, y volvió a sentirse aquella magia que hacía que el espacio pareciera no existir entre ellos.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas que resbalaron como cascadas por sus mejillas; levantó la mano y comenzó a decir adiós. Le dolía el pecho y le costaba respirar. Un par de lágrimas resbalaron también por los ojos de él, y le dijo adiós.
Saturno se dio la vuelta y comenzó a caminar lejos de aquel lugar. A cada paso podía sentir su mirada clavada en la espalda, suplicante; pero esta vez no se detuvo. Siguió caminando hasta dejar de sentirla.
Allí se desmoronó y lloró de nuevo; necesitaba salir de allí, aunque le doliera irse. Agotada, vio un planeta cercano, un hermoso planeta amarillo, y sus ojos mostraron sorpresa: un puente ya estaba construido. Ya no era necesario esforzarse.
Antes de dar un paso, un cartero se acercó apresurado, con un sobre en la mano.
—La he estado buscando; me dijeron que la vieron venir por este rumbo. Esto es para usted.
Sorprendida, tomó la carta y, al abrirla, no pudo evitar sonreír; era una postal del joven viajero:
«Estoy en el planeta violeta, es un lugar hermoso, estoy seguro de que te encantaría. Haré mi hogar aquí. Puedes venir a visitarme cuando estés lista; dejé puentes para ti. Puedes tardar todo lo que quieras, esperaré.»
Las lágrimas de Saturno brotaron de nuevo, pero esta vez se sentía feliz; sentía que un peso gigantesco había dejado su cuerpo. Guardó la postal en su bolsillo y cruzó el puente sin mirar atrás. Tampoco tenía un rumbo fijo: conocería el planeta amarillo, y después solo el tiempo lo diría.
Quizá, como le había dicho el viejo viajero, la vida podría sorprenderla con aquel chico en mejores condiciones, o no volver a verlo nunca más. Lo único que sabía ahora es que seguiría aprendiendo hasta que su viaje terminara.








