Chapter 1 El Ojo de Minerva
El ojo de Minerva
El mármol estaba frío bajo mis dedos.
Siempre lo estaba.
El templo de Minerva se alzaba sobre la ciudad como una certeza inamovible: columnas corintias blancas, lisas, perfectas, elevándose hacia un techo abierto por donde entraba una luz limpia, casi quirúrgica. Allí, el aire no temblaba. No había ruido. No había duda.
Me arrodillé frente a la estatua de la diosa, con el casco apoyado a mi lado y la espada cruzada sobre las rodillas. Minerva no me miraba: observaba por encima de mí, como si la ciudad entera fuera su campo de batalla.
—Concédeme claridad —murmuré—. No victoria. Claridad.
No terminé la plegaria.
La alarma cortó el silencio como una herida abierta.
Un pulso grave recorrió el templo, vibrando en el mármol, en las columnas, en mi pecho. Las luces perimetrales cambiaron de blanco a ámbar. Luego a rojo.
Amenaza activa.
Me puse en pie de un salto. El casco encajó con un gesto aprendido desde niña. La armadura selló mi cuerpo en fragmentos precisos: hombros, pecho, espalda. Cuando salí del templo, ya no era una mujer arrodillada. Era Máxima de Bellona, Praetor Astra.
El símbolo.
Los drones zumbaban en el cielo incluso antes de que alcanzáramos las murallas.
Pequeños, negros, con el emblema de Nova Consabura proyectado en azul sobre sus costados. Se movían en formaciones limpias, calculadas, siempre un poco más arriba de donde ocurría la verdad. Sus cámaras giraban, buscaban, encuadraban.
La batalla ya estaba siendo contada.
—Contacto visual —anunció Titus a mi izquierda.
Aelia ajustó el campo de energía de su escudo, los dientes apretados. No dijo nada. Nunca lo hacía antes del combate.
El Monstruo de Sombra emergió desde la grieta exterior de la muralla oeste, como si la piedra misma lo hubiera parido.
Era enorme. Demasiado.
Su cuerpo parecía una amalgama imposible: la estructura de un león, las extremidades alargadas como las de un insecto, la cabeza coronada por cuernos retorcidos que recordaban a las bestias de los antiguos mitos griegos. No tenía piel, sino una sustancia oscura, fluctuante, como humo comprimido. Donde debería haber ojos, ardían dos focos opacos, sin pupila.
El aire se volvió denso. Cada paso suyo hacía vibrar el suelo.
Y no estaba solo.
Más sombras se deslizaron tras él, criaturas menores pero rápidas, deformadas, con garras que arañaban el mármol como si fuera arcilla blanda.
—Formación Astra —ordené.
Los legionarios se desplegaron con precisión automática. Escudos al frente. Lanzas cargadas. Las pantallas de la ciudad debían estar mostrando ese momento exacto: el orden enfrentándose al caos.
El primer impacto fue brutal.
El Monstruo rugió, un sonido bajo, profundo, que no parecía venir de su garganta sino del suelo mismo. Aelia sostuvo la embestida inicial, su escudo vibrando con una luz blanca cegadora. Titus y yo atacamos los flancos, mientras los legionarios contenían a las criaturas menores.
El caos se multiplicó.
Gritos. Órdenes superpuestas. El silbido de las armas cortando el aire. Uno de los drones descendió demasiado y fue destruido de un zarpazo; otro ocupó su lugar de inmediato, reajustando el ángulo.
La imagen no podía fallar.
Vi a Marcus caer.
No fue un golpe espectacular. No hubo rugido ni cámara lenta.
Una garra atravesó la formación y lo alcanzó en el costado. Marcus dio un paso atrás, como si intentara corregir una línea mal trazada. Luego otro. Su escudo cayó primero. Él después.
—¡Marcus! —grité.
No me oyó.
O quizás sí, pero ya no podía responder.
El Monstruo avanzó un metro más.
Sentí algo romperse dentro de mí, pero el mundo no se detuvo. Nunca lo hacía.
Ataqué con todo. La espada encontró resistencia, materia, algo sólido bajo la sombra. Aelia gritó mi nombre. Titus cubrió mi espalda. Los legionarios empujaron, cerraron filas, volvieron a ser una muralla viva.
Finalmente, el Monstruo cayó.
No con un estruendo, sino con una disolución lenta, como si la sombra recordara de pronto que no debía existir. Las criaturas menores se desvanecieron con él, dejando tras de sí marcas negras en el mármol blanco.
El silencio llegó antes que el dolor.
Las sirenas cesaron. Las luces volvieron a su tono habitual. Los drones se elevaron, capturando el plano final: la muralla intacta, los Praetores aún en pie, yo en el centro del encuadre.
Nova Consabura respiró aliviada.
Marcus no fue un héroe allí.
Fue una línea.
Una ausencia ordenada.
Mientras las pantallas mostraban mi figura recortada contra el amanecer, yo miraba el cuerpo de un hombre al que no volvería a oír reír en el entrenamiento.
Y por primera vez, sentí que algo, en esa imagen perfecta, estaba profundamente roto.


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