Prólogo - Agua
El agua me golpeó con una violencia tan brutal que me arrancó el aire de los pulmones antes siquiera de que pudiera comprender que había caído. El océano se cerró sobre mi cabeza y el mundo desapareció bajo una extensión oscura, helada e interminable en la que dejaron de existir el cielo, el muelle y las voces que apenas un instante antes me habían rodeado. Mi cuerpo giró entre las corrientes mientras el frío atravesaba la ropa y se hundía bajo mi piel como miles de agujas, paralizando cada músculo antes de que el instinto consiguiera imponerse al desconcierto. Abrí la boca por puro reflejo, buscando una bocanada de aire que nunca llegó, y el agua salada me llenó la garganta, abrasándome el pecho mientras el pánico estallaba dentro de mí con una fuerza más aterradora que la de cualquier enemigo al que hubiera tenido que enfrentarme.
Moví los brazos sin dirección, golpeando únicamente agua mientras intentaba averiguar dónde se encontraba la superficie. Los pantalones empapados se habían adherido a mis piernas y las botas tiraban de mí hacia las profundidades, convirtiendo cada movimiento en una lucha contra un peso que parecía aumentar con cada segundo. Me obligué a no pensar en la oscuridad que se extendía bajo mis pies, en todo aquello que podía ocultarse dentro de ella ni en la posibilidad de continuar descendiendo hasta que la luz desapareciera por completo. Seguí pataleando hasta distinguir sobre mi cabeza un resplandor grisáceo, deformado por la espuma, y me impulsé hacia él con las pocas fuerzas que todavía conservaba. Cuando mi rostro consiguió romper la superficie, aspiré el aire de manera tan desesperada que aquella primera bocanada se transformó inmediatamente en una tos violenta. El pecho me ardía, la garganta parecía haberse llenado de cristales y la lluvia golpeaba mi rostro con tanta intensidad que respirar continuaba resultando casi imposible, pero aquel único instante bastó para recordarme que todavía seguía viva.
No tuve tiempo de orientarme ni de pedir ayuda. Una ola se alzó frente a mí como una pared negra y cayó sobre mi cuerpo antes de que pudiera prepararme para recibirla. El impacto me arrastró de nuevo hacia el fondo, haciéndome girar mientras la ropa tiraba de mis extremidades y el océano intentaba arrancarme cualquier sentido de dirección. Esta vez mantuve la boca cerrada y obligué a mis piernas a moverse, aunque el frío ya empezaba a entumecerlas. Sabía nadar. Había cruzado ríos embravecidos desde que era niña, había entrenado durante años y confiaba más en la resistencia de mi cuerpo que en casi cualquier otra cosa; sin embargo, aquello no era un río con dos orillas visibles ni una corriente que pudiera estudiar y vencer. Era el mar abierto, una extensión inmensa que no ofrecía ningún punto al que aferrarse y que parecía cambiar de dirección con cada movimiento, devorando en segundos todo cuanto conseguía avanzar.
Volví a alcanzar la superficie con una respiración quebrada y sacudí la cabeza para apartar el cabello que se adhería a mi rostro mientras buscaba el puerto entre la cortina de lluvia. Las luces del muelle aparecieron a lo lejos como manchas doradas deformadas por la tormenta y las figuras que corrían sobre la madera se confundían unas con otras, reducidas a sombras que se movían bajo las antorchas. Durante un instante creí que nadie me había visto, que la oscuridad y el oleaje me habían borrado por completo del mundo, hasta que mis ojos encontraron una silueta que habría reconocido aunque toda la costa hubiese permanecido a oscuras.
Dominic se encontraba al final del muelle.
No supe cómo podía distinguirlo desde aquella distancia ni por qué el rugido del océano no conseguía borrar la certeza de que era él. Quizá fuera su altura, la forma inconfundible de sus hombros o aquella energía que el vínculo llevaba tanto tiempo enseñando a mi cuerpo a reconocer antes que mi mente. Permaneció inmóvil durante un segundo, clavado en el lugar mientras me buscaba entre las olas, y cuando su mirada pareció encontrarme a través de la lluvia, toda la calma calculadora que solía envolverlo desapareció de golpe.
Echó a correr hacia el extremo del muelle sin mirar a nadie. No había estrategia en sus movimientos, ni rastro de aquella frialdad que le permitía anticiparse a todos y dominar cualquier situación; solo existía una urgencia salvaje, desnuda y violenta que lo empujaba hacia mí. Llegó al borde de la madera dispuesto a lanzarse al agua, pero varios de sus hombres reaccionaron antes de que pudiera hacerlo. Uno consiguió agarrarlo por el brazo y Dominic se liberó con un empujón tan brutal que el hombre estuvo a punto de caer. Otro trató de sujetarlo por la cintura, pero también terminó apartado. Dominic volvió a avanzar hacia el extremo del muelle y, durante un instante, estuve convencida de que saltaría a pesar de la distancia, de la corriente y de la certeza de que el mar podría tragárselo antes de que alcanzara siquiera la mitad del camino.
Tres hombres se abalanzaron sobre él al mismo tiempo, aferrándolo por los hombros y el torso mientras Dominic forcejeaba contra ellos con una violencia que jamás le había visto dirigir hacia los suyos. Los empujaba, trataba de arrancarse sus manos de encima y seguía avanzando centímetro a centímetro hacia el borde, como si la voluntad pudiera vencer la fuerza combinada de todos los que intentaban detenerlo. El viento destruía sus gritos antes de que pudieran llegar hasta mí, pero vi mi nombre formarse en sus labios y sentí que algo se desgarraba dentro de mi pecho al comprender que habría permitido que el océano se lo tragara con tal de intentar alcanzarme.
Quise responderle. Quise decirle que no saltara, que la distancia era demasiado grande, que los hombres que lo retenían estaban intentando salvarlo de una muerte inútil. Abrí la boca, pero el agua salada volvió a llenarme la garganta y el único sonido que conseguí producir fue una tos ahogada que nadie habría podido escuchar. Otra ola me golpeó de costado y me arrastró bajo la superficie, alejándome varios metros del puerto antes de que pudiera recuperar el control. La corriente se cerró alrededor de mi cuerpo y tiró de mí hacia abajo con una fuerza constante, obligándome a consumir cada vez más energía solo para mantenerme cerca de la luz. Mis brazos empezaban a perder sensibilidad y las piernas respondían con una lentitud aterradora, pero seguí moviéndome porque el miedo todavía era más fuerte que el cansancio y porque la imagen de Dominic luchando contra sus propios hombres permanecía clavada en mi cabeza como una promesa que me negaba a abandonar.
Cuando conseguí emerger de nuevo, el muelle parecía encontrarse mucho más lejos y las luces apenas lograban atravesar la tormenta. Busqué a Dominic de inmediato y lo encontré todavía rodeado por sus hombres, aunque ya no forcejeaba con ellos. Durante un instante pensé que se había rendido, que finalmente había comprendido que lanzarse al agua solo conseguiría condenarlo junto a mí, pero entonces se giró bruscamente hacia el puerto y comenzó a gritar órdenes mientras señalaba el lugar donde las olas me arrastraban.
Los hombres reaccionaron de inmediato, aunque no corrieron hacia ninguna de las embarcaciones atracadas junto a él. Algunos avanzaron hasta el extremo del muelle y otros comenzaron a señalar hacia el otro lado de la bahía. Seguí la dirección de sus miradas y una sombra enorme apareció entre la lluvia, avanzando desde las aguas abiertas.
Un barco venía hacia mí.
No era una de las embarcaciones de Dominic. El casco era más estrecho y oscuro que el de las naves de Blood Moon, y las velas no mostraban el emblema de los Eisenhardt ni ninguno de los colores que había aprendido a asociar con sus hombres. La embarcación había sobrepasado ya la entrada del puerto, pero comenzó a retroceder en mitad de la tormenta mientras los marineros corrían por la cubierta. Las velas cambiaron de posición, las cuerdas se tensaron y la proa giró poco a poco hasta orientarse hacia mí, avanzando contra la corriente con una determinación que contrastaba con la lentitud insoportable con la que yo veía reducirse la distancia.
Intenté nadar en su dirección, pero mis brazos apenas consiguieron apartar el agua. Los músculos se habían endurecido por el frío y cada respiración era más débil que la anterior, como si mis pulmones hubieran olvidado cómo llenarse por completo. Pataleé intentando avanzar, aunque la corriente me empujó hacia atrás y deshizo en segundos el escaso terreno que había conseguido ganar. El barco seguía acercándose, cada vez más grande y más nítido entre la lluvia, pero la distancia que aún nos separaba parecía imposible para un cuerpo que empezaba a abandonarme.
Mis brazos continuaron moviéndose por pura memoria. Ya no obedecían a mi voluntad, sino a ese último instinto irracional que se negaba a aceptar la muerte incluso cuando el resto de mi cuerpo había dejado de creer en la salvación. Traté de aspirar aire, pero mis pulmones apenas respondieron y una presión dolorosa comenzó a extenderse por el pecho.
Entonces comprendí que el frío había dejado de doler.
Aquella certeza despertó un miedo diferente, mucho más profundo que el pánico que me había acompañado desde la caída, porque sabía lo que significaba. Ya no sentía los dedos ni las piernas y la ropa había dejado de pesar, no porque el océano hubiese perdido fuerza, sino porque mi cuerpo estaba dejando de registrar el esfuerzo. La tormenta seguía rugiendo a mi alrededor, aunque su sonido comenzó a volverse distante y apagado, como si alguien estuviera cerrando lentamente una puerta entre el mundo y yo.
No quería morir.
El pensamiento apareció con una claridad devastadora en medio de la confusión. No quería desaparecer en aquella oscuridad sin haber descubierto si mi padre continuaba con vida, sin haber encontrado Skeldrath, sin haber comprendido qué significaba realmente la sangre que corría por mis venas. No quería que mi última imagen de Dominic fuera la de un hombre retenido al final de un muelle, dispuesto a morir por alcanzarme después de haberme convencido de que debía odiarlo.
Quise seguir luchando, obligarme a levantar los brazos una vez más, pero el pensamiento no consiguió convertirse en movimiento.
Cuando el océano me permitió respirar de nuevo, comprendí que sería la última vez.
El barco ocupaba ya gran parte de mi campo de visión y avanzaba contra las olas mientras varios hombres se inclinaban sobre la borda señalando mi posición. Distinguí el resplandor de las lámparas balanceándose sobre la cubierta, las cuerdas preparadas entre las manos de los marineros y una figura situada más atrás, inmóvil en medio de todo aquel caos. Aquel hombre no corría ni gritaba órdenes; permanecía observándome con una concentración inquietante, como si no necesitara buscarme entre las olas porque supiera exactamente dónde me encontraba.
La lluvia y el agotamiento me impedían distinguir su rostro, pero algo familiar en aquella silueta intentó abrirse paso entre la niebla de mi mente. Una forma de mantenerse inmóvil. La inclinación de la cabeza. La certeza absurda de que ya había sentido aquella mirada sobre mí muchas veces.
Alcé un brazo hacia el barco, aunque no supe si llegó a salir realmente del agua. La siguiente ola pasó sobre mi cabeza sin la violencia de las anteriores, casi con suavidad, y esta vez no tuve fuerzas para luchar contra ella. Mi cuerpo comenzó a hundirse mientras la superficie se alejaba, convertida en un techo gris atravesado por la sombra creciente de la embarcación. El miedo desapareció junto con el sonido de la tormenta y solo quedó un cansancio inmenso que se extendió por cada rincón de mí, invitándome a cerrar los ojos y a permitir que el silencio sustituyera por fin al dolor.
La sombra del casco oscureció la poca luz que todavía descendía desde la superficie. Vi cuerdas caer al agua y formas negras moverse sobre mi cabeza mientras varias voces parecían llamarme desde un lugar demasiado lejano. Quise responder, pero el océano había llenado todos los espacios dentro de mí y ya no quedaba fuerza suficiente ni siquiera para pronunciar un nombre.
Una figura atravesó la superficie entre una explosión de espuma y burbujas.
No descendió buscando a ciegas. Se dirigió directamente hacia mí, como si hubiese seguido mi presencia bajo el agua en lugar de localizarme con los ojos. Nadó con rapidez mientras la sombra del barco se extendía sobre nosotros y alargó un brazo en mi dirección. Intenté alcanzarlo, aunque mis dedos permanecieron inmóviles a los lados de mi cuerpo.
La figura se acercó lo suficiente para que una mano se cerrara alrededor de mi muñeca.
Reconocí aquella forma de sujetarme antes de conseguir distinguir el rostro oculto entre las burbujas. Reconocí la firmeza de sus dedos, el calor imposible del contacto bajo el agua y algo más profundo que no conseguí nombrar mientras la consciencia se deshacía dentro de mí.
Después no hubo océano, ni tormenta ni frío.
Solo oscuridad.








