Capítulo 1
Sor Viella había entregado su vida a Dios a los diecinueve años. En el convento de Santa Dalia, el silencio y la devoción eran reglas inquebrantables. Pero nadie sabía de las noches en las que el alma de Viella ardía más que cualquier vela del altar.
No era el demonio quien la tentaba… era algo más profundo, más humano. Era el recuerdo de un cuerpo que jamás había tocado, el anhelo de algo que no podía nombrar sin caer de rodillas. Dormía en su celda con las manos entrelazadas, pero no en oración.
La llegada del Padre Levi , joven, enigmático, con voz grave y ojos como ceniza templada, encendió fuegos en ella que ni las penitencias más crueles lograban apagar. Cada confesión con él era un riesgo. Cada palabra que intercambiaban, una chispa que crecía.
Una noche, incapaz de soportar más, Sor Viella acudió a la capilla. Sola, desnuda bajo el hábito, cayó de rodillas frente al altar. Rezaba, pero no a Dios. Rezaba para no tocarse. Rezaba para no pensar en Levi .
Pero él estaba allí, en la penumbra.
—¿Qué haces aquí, hermana? —preguntó, con esa voz que parecía romper el aire mismo.
Ella no respondió. Solo se volvió hacia él, temblando. Y en ese instante, no hubo religión ni regla que los contuviera.
Lo que siguió fue un sacrilegio… y una liberación.
Levi no se movió al principio. Su silueta permanecía inmóvil entre las sombras de la capilla, como si fuera otro de los santos que la vigilaban desde sus nichos de piedra. Pero Viella sentía sus ojos recorrerla. No su rostro, no sus manos cruzadas… sino aquello que el hábito ocultaba.
El silencio entre ellos no era incómodo. Era expectante. Como el momento antes de una tormenta que lo arrasa todo.
—¿Por qué estás desnuda bajo ese velo? —su voz fue apenas un murmullo, pero cargada con algo que no era compasión ni juicio. Era hambre.
Viella no respondió. Se puso en pie con lentitud, dejando que el hábito rozara apenas el suelo, y comenzó a desatar los lazos internos que lo sostenían. Cada nudo deshecho era una oración profanada. Cada centímetro de tela que caía, una parte de su alma que abandonaba la pureza.
Cuando estuvo completamente expuesta, la luz de las velas la tocó como si fueran lenguas de fuego. La piel de Viella no era la de una santa. Era la de una mujer atrapada, sofocada en la celda de su cuerpo y su fe. Su respiración temblaba. Su entrepierna, húmeda desde hacía horas, palpitaba.
Levi se acercó en silencio. Sus pasos eran lentos, casi ceremoniales. Llevaba aún el alzacuello puesto, una sotana oscura que contrastaba violentamente con el cuerpo pálido y vulnerable de Viella.
Cuando estuvo frente a ella, le alzó el rostro con dos dedos. Sus ojos se encontraron.
—¿Esto es una súplica o una provocación? —preguntó.
—No lo sé —susurró ella—. Pero no puedo más. Haz conmigo lo que tu Dios no se atrevería.
La risa de Levi fue suave, perversa, casi misericordiosa. Le desató el velo con dedos cuidadosos, como si fuera parte de una liturgia profana. Después, sus manos bajaron lentamente por su cuello, sus pechos, sus costillas, hasta llegar entre sus muslos.
Viella se abrió sin resistencia. Era un sacrificio voluntario.
Levi se arrodilló como ante una aparición, pero no era reverencia lo que lo movía, sino una necesidad cruda, innegociable, impía.
Viella se sostuvo del altar, los nudillos blancos sobre la piedra. Las piernas abiertas con una docilidad que nacía no de la sumisión, sino de un deseo que ya no conocía límite. El aire era espeso. Denso. Cada respiración parecía un acto de herejía.
La lengua de Levi rozó primero con suavidad, un trazo apenas perceptible, como si quisiera probar la santidad que ella aún conservaba. Pero pronto la dulzura dio paso al hambre. Abrió con sus dedos su sexo inflamado y se entregó a él como a una comunión perversa.
El primer gemido de Viella fue seco, quebrado. Le salió del pecho como una súplica deformada.
La lengua de Levi se deslizaba entre sus pliegues con precisión cruel. Subía y bajaba con un ritmo firme, lento al principio, saboreándola como si cada parte de ella fuese una respuesta a su propia oración retorcida. Succionó su clítoris con la misma delicadeza con la que se comulga una hostia, solo para después morderlo apenas, haciendo que ella se estremeciera violenta, mojándose aún más.
—Dios... —susurró ella, pero no como rezo. Como exhalación, como condena.
—Aquí no está Dios, Viella —dijo él, alzando la vista, con la boca brillando con su humedad—. Solo yo. Solo tu cuerpo. Solo esto.
Metió dos dedos sin aviso, firmes, precisos, y Viella gritó. No de dolor. De una liberación tan pura que dolía en su médula.
Movía los dedos dentro de ella como si buscara algo. Tal vez su alma. Tal vez su fe. Tal vez quería arrancarle todo y dejarla vacía para volver a llenarla.
Viella se arqueó. El sudor corría por su espalda. La capucha del hábito le caía a un lado, como si hasta la tela hubiera sido vencida por el deseo. El altar detrás de ella estaba frío y duro, contrastando con el calor punzante entre sus muslos.
Levi intensificó el ritmo. Su lengua volvió a centrarse en el clítoris mientras sus dedos bombeaban más hondo, más rápido, haciendo sonidos obscenos que rebotaban por la capilla como ecos de una misa blasfema.
La tensión en Viella crecía. Era como si su cuerpo estuviera al borde de romperse, como si todo dentro de ella —fe, vergüenza, obediencia— se estuviera desmoronando en una sola sacudida.
—No... no puedo...
—Sí puedes. Grita. Muérete si hace falta —le gruñó entre dientes, sin detenerse—. Pero correte para mí.
Y entonces sucedió.
Su cuerpo se quebró sobre él. Un orgasmo devastador, convulsivo, le hizo perder el control de sus músculos, de su voz, de su mente. Gritó, no un nombre, no una plegaria, sino un sonido primitivo, salvaje, animal. El placer la atravesó como una espada de fuego.
Se derrumbó sobre el altar, jadeando, sudando, los muslos temblando aún mientras Levi la observaba desde abajo, con los dedos brillantes y la mirada oscura, como si acabara de destruir una iglesia con las manos desnudas.
Y en efecto, lo había hecho. Acababa de profanar a una santa.
Y lo peor… lo más dulce y terrible de todo… era que ella quería más.
Viella yacía sobre el altar como una ofrenda deshecha. Su respiración aún era entrecortada, el pecho subía y bajaba como si hubiera corrido por siglos. Levi se incorporó lentamente, pasándose la lengua por los labios como si quisiera atrapar los últimos rastros de su sabor.
—Esto no termina aquí —dijo él, mientras se desabrochaba la sotana, revelando su torso delgado, marcado, con una cruz negra tatuada justo sobre el corazón—. No has confesado todo, hermana.
El ruido de la tela al caer sobre el suelo de piedra fue como un segundo sacrilegio. Levi estaba desnudo ahora, su erección erecta y amenazante, como un arma. Y sus ojos no eran los de un sacerdote, ni siquiera los de un hombre. Eran los de un depredador que había olido sangre en el agua.
Viella lo miró, exhausta pero abierta, vencida. Su carne vibraba. El cuerpo aún le temblaba del orgasmo, pero lo quería dentro, profundo, brutal, como si solo así pudiera sentir que existía.
Él la tomó por la cintura, la giró con fuerza y la inclinó contra el altar, haciéndola apoyar el pecho y las mejillas sobre la fría piedra. Sus caderas quedaron elevadas, ofrecidas. La posición no tenía nada de romántico. Era cruda, sucia, diseñada para destruir lo poco de pureza que aún quedaba en ella.
—Vas a sentir a dios esta noche, Viella —murmuró él contra su oído—. Pero no como te lo enseñaron.
La penetración fue un asalto. Una invasión perfecta. Sin aviso, sin piedad. Viella gritó, pero no de miedo. Era una nota grave, rota, que resonó por los vitrales dormidos como una campana que anunciaba la caída.
Levi empezó a embestirla con un ritmo salvaje. Cada golpe de cadera contra sus nalgas era un latigazo que la obligaba a aferrarse al altar como si fuera su única salvación. Su cuerpo sonaba, jadeaba, se abría con cada nueva embestida como si el placer y el castigo fueran lo mismo.
La cruz sobre el altar quedó marcada con el sudor de su frente. El olor a incienso, sexo y cera derretida llenaba la capilla, convirtiéndola en un templo del deseo impío. La virgen de mármol parecía observarla con una expresión neutra, pero Viella sintió que hasta los santos giraban la mirada.
—Te gusta, ¿verdad? —le susurró él al oído, lamiendo el lóbulo mientras seguía empujando más y más fuerte—. Que te cojan así. Que te rompan. Que te usen.
—Sí... —sollozó ella, con lágrimas de lujuria—. Más. Más...
Levi rió con una oscuridad dulce. La tomó del cabello, tiró de su cabeza hacia atrás, y comenzó a penetrarla aún más profundo, más duro. Las caderas de Viella chocaban contra el altar con un sonido húmedo, repulsivo y adictivo.
Y cuando sintió que venía, cuando su cuerpo entero comenzó a tensarse de nuevo, él la empujó una última vez, quedándose dentro de ella hasta el fondo, tan adentro que dolía... y eyaculó con un gemido bajo, gutural, mientras su semen llenaba su interior como una marca final.
No sacó su sexo al terminar. Se quedó allí, dentro, aferrándola como a un trozo de cielo robado.
—Ahora sí —susurró él, besándole la nuca—. Ahora eres mía. No de dios.
Viella cerró los ojos. No sabía si acababa de perderse o si, por primera vez, había sido encontrada.
Pero en lo más profundo de su alma... algo se quebró. Y ese sonido, silencioso, fue más fuerte que cualquier campanario.








