The War On Us by Frank at Inkitt
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The War On Us

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Summary

Después de provocar un accidente fatal. Loona llegó a Xiano Prime para ser invisible. Para olvidar quién fue. Para empezar de cero. Bajo una diadema que oculta sus cuernos infernales y una identidad que debe proteger a toda costa, intentará construir una nueva yo, una nueva vida en un planeta que no es el suyo: amigos, un hogar, una razón para quedarse. Pero el pasado no se borra. Las mentiras son finitas y la verdad es inocultable.

Genre
Scifi/Action
Author
Frank
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Bajo el eclipse de Xiano Prime

En un bosque nevado donde la ceguera de la neblina nublaba el paisaje natural y armonioso en otra estación, Loona, cubierta de suciedad, se encontraba escondida dentro de un tronco quemado y enterrado en la espesa nieve, tratando de calentarse y controlar su agitada respiración. Se cubrió la boca con fuerza al escuchar una caminata pesada pero elegante aproximarse a su ubicación.

—No, no, no, fueguita... —dijo aquel extraño ser de voz profunda y con un eco imposible de imitar, resonando entre los árboles—. Esconderte de un depredador no siempre sirve. A veces es mejor pelear hasta morir... porque los depredadores siempre olemos el miedo.

Dijo el siniestro ser con una voz cada vez más inentendible y fantasmal, mientras comenzaba a transformarse. Su pecho y hombros se ensancharon; sus brazos se volvieron alargados, cubiertos de un líquido espeso, brillante y negro que empapaba sus afiladas garras. Su sonrisa, ya de por sí tétrica, se deformó en una bizarra imagen al alargarse, mientras los cuernos de su frente se transformaban en extrañas ramas de hueso negro envueltas en un fuego verdoso, cual tronco en llamas.

Loona aprovechó el monólogo. Salió del escondite partiendo la corteza del tronco e impulsándose en el aire; apuntó su dedo índice a la cabeza de Zalathor. Conteniendo una bocanada de aire, la punta de su dedo comenzó a brillar mientras una especie de agua luminosa emergía de los poros de su piel, condensándose en una pequeña esfera violeta. Al soltar bruscamente el aire guardado, el proyectil salió disparado hacia el wendigo necrótico, desatando una nueva explosión.

Mientras el humo y la ceniza nublaban el resultado de su acto, Loona cayó contra la nieve con la garganta seca, la respiración desbocada y el cuerpo entumecido por un frío insoportable; comenzó a frotar las palmas de sus manos sobre sus brazos, desesperada por entrar en calor.

Su recomposición fue interrumpida por el brazo alargado de Zalathor, el cual la tomó de la cintura y la levantó del suelo; como si de una pequeña pelota se tratase, la lanzó varios metros hacia atrás, rompiendo varios árboles en el trayecto. Al detenerse contra un último tronco, durante pocos segundos, su cuerpo parecía haber estado envuelto en un traje de goma o aire color violeta, brillante y visible. Ese traje alrededor de Loona se reventó cual globo alcanzado por una aguja, destrozando incluso varios árboles cercanos a ella. La había protegido de un impacto letal en cualquier circunstancia, pero nada más, ya que su cuerpo entumecido y de apariencia pálida se resistía a seguir obedeciendo la voluntad de Loona de continuar con el conflicto mientras Zalathor se acercaba rápidamente. Loona, con el último aliento de su reseca voz, gritó:

—¡ESTOY DRENADA Y SE ROMPIÓ MI CAMPO! —gritó mientras se colocaba las manos en la cabeza, cerrando los ojos ante lo que esperaba fuera un final doloroso.

Sin embargo, el golpe no llegó. Zalathor se desvaneció por completo un segundo antes de impactarla, convertido en una silueta de humo negro que pasó alrededor de Loona cual neblina, manifestándose detrás de ella con su forma original: un hombre de apariencia elegante, con una gabardina roja, unos guantes negros y una sonrisa crónica.

—Tsss... ¿Quince minutos? ¿Quince minutos te parecen aceptables, umm?... No hay mucho que trabajar contigo con ese nivel —comentó Zalathor, esperando una justificación que no llegó—. ¿Qué? ¿No vas a justificar tu mediocridad?

—Mi garganta... Me siento seca —contestó Loona, hincada sobre el suelo.

—Agh... Te falta ámbar crita de papi.

Dijo Zalathor, dibujando un círculo en el aire que se trazó frente a Loona y comenzó a brillar con ese resplandor verdoso y podrido. De aquel portal extrajo un frasco de madera con un líquido meloso, brillante y fosforescente de color amarillo, como si el sol se hubiera vuelto líquido. Loona lo tomó de inmediato, bebiendo de aquel frasco como si su vida dependiera de ello; porque, de hecho, era exactamente así.

Al terminar el contenido, la mejoría fue instantánea: se levantó como si nunca la hubieran golpeado durante horas, aquel "traje" protector se inflaba a su alrededor desapareciendo segundos después y el frío quedó en el olvido, aunque el dolor físico seguía ahí. Zalathor volvió a abrir el portal y caminó en línea recta de regreso a su hogar, por lo cual Loona, aunque adolorida de la pierna, apresuró el paso para seguir la constante caminata de su cuidador.

—O-oye... Papá... ¿Qué más nos queda por hacer? ¡La selección primordial es en pocas semanas! —gritó Loona, alcanzándolo mientras él se detenía a mirarla por encima del hombro.

—Con una condición cardámbrica tan deplorable, no recomiendo endurecerte más. Tu retención es penosa, tu estado físico es más o menos, tu resistencia está muy bien pero ahí no entra el que más patadas aguante y tu estrategia es digna de un cachorro sin piernas, asustado y con alguna disfunción detrás... Y a pesar de saber eso, tu estúpido padre me dejó el trabajo a pocas semanas de la selección... Te recomiendo que repases teoría, porque en la práctica no te veo ninguna posibilidad —finalizó Zalathor, dándole la espalda para continuar su trayecto, pero Loona lo detuvo sujetando el extremo de su gabardina.

—¡Por favor, tío Zall! ¡Ya repasé la teoría como desquiciada! Necesito pasar la prueba de valía para asegurar un lugar... ¡Por favor! —suplicó, jalando constantemente la gabardina de manera desesperada.

Zalathor jaló con fuerza su gabardina arrebatándola de las manos de Loona, lanzándole una mirada de enojo y completa negación. Sin embargo, Loona la ignoró por completo, haciendo sus ojos más grandes y poniendo las manos juntas debajo de su mentón, decidida a persuadirlo.

—Mmm... Tienes ámbar amarillo, rojo y blanco. ¿Qué significan?

—El amarillo es natural en Xiano Prime, el blanco es natural en Celesty y el rojo es natural en nosotros.

—¿El de nosotros? No sabía que éramos únicos en el cosmos —dijo Zalathor.

—En los tharanianos... —contestó Loona en voz baja.

—Ajá... ¿Y cómo logra un— —volvió a preguntar Zalathor, siendo interrumpido por Loona.

—Tío Zall, puedes preguntarme lo que quieras durante el tiempo que quieras, pero si no paso la prueba física de la selección, estoy condenada a regresar —argumentó Loona, enterneciendo su rostro y volviendo a jalar su gabardina de manera repetitiva.

—Mmm... No vas a ganar con habilidad... Pero podríamos intentar otra cosa y ¡suelta mi abrigo! —mencionó Zalathor, jalando su gabardina haciendo que Loona la soltara nuevamente y retomando su caminata con Loona detrás.

Caminaban entre la maleza, dejando sus pisadas sobre la nieve. Loona seguía a Zalathor a la par que observaba el cielo nocturno con belleza y asombro, marcado por un eclipse cotidiano formando una nebulosa teñida de azul.

—Tu diadema, ya vamos a entrar al reino —ordenó Zalathor, cambiando sus cuernos y ojos negros por unas orejas de zorro color negras y una esclerótica blanca, mientras Loona se colocó una diadema negra con dos pequeños frascos en cada extremo llenos de aquel líquido meloso y un poco de la sangre de Loona, cambiando sus cuernos violetas por unas orejas de lobo gris, una esclerótica blanca y una cola peluda reemplazando su punzante y delgada cola tharaniana.

Al entrar al reino, los anixianos alrededor llegaban al júbilo de sus madrigas, de distintas razas, de distintas culturas, todos reuniéndose para la universal tradición del descanso, mientras Loona los observaba con una pizca de envidia disfrazada de una mirada de dulzura y tranquilidad.

Siguieron caminando hasta llegar a una pequeña cabaña que parecía estar hundida en el suelo, rodeada por raíces y nieve, llamadas madrigas en este lugar. Al entrar, el lugar se sentía tétrico e igual de frío que el exterior, pero cálido y acogedor a la vez. En la pequeña sala de estar, Loona se sentó en un pequeño sillón color morado, mientras Zalathor buscaba algo en una repisa cercana.

—Sinceramente, no creo que logres ganar algún combate directo —comentó él, entregándole una pequeña caja rectangular de madera—. Eres débil y ya te sabes todo lo demás, ¡pero!... sabes cómo aguantar un buen manotazo, así que usaremos eso a nuestro favor, aunque no funcione mucho.

Al abrir la caja, Loona encontró una pequeña esfera de madera blanca, finamente tallada y suave al tacto. La sostuvo entre sus manos sin entender la utilidad del objeto.

—Antes de llegar aquí, siempre decías que estaba muy avanzada en la magia... —confesó desilusionada.

—Para los estándares de Thartarus claro que lo estabas, pero este planeta es mucho más sofisticado. Los niños aquí aprenden a usar magia antes de caminar, y a ti no es como que te haya gustado mucho aprender algo.

—Es que es difícil... Y tus dotes de docente no ayudan demasiado. Me servirían más algunos consejos —argumentó Loona, escondiendo su cuerpo hecho una bola detrás de su gran cola y desviando la mirada con las orejas arqueadas.

—¡Imaginación y práctica! Nada más que eso —explicó Zalathor, tocando la pequeña esfera con el filo de su dedo índice, haciéndola temblar y cambiar gradualmente a una masa metálica y pesada—. No puedes ir por este pozo de rabia esperando las mismas comodidades que allá. Aquí son igual de salvajes, pero salvajes con clase. Lo que importa es la estrategia: por encima de la magia o de la fuerza, la mente siempre superará a todo lo demás —dijo Zalathor, volviendo a transformar aquella esfera metálica en una de madera color negra.

—¿Para qué quiero aprender a hacer esto? ¿Voy a transformar a alguien en chocolate o en piedra? —preguntó.

—Lamentablemente aún no se descubre cómo petrificar seres vivos con el tacto... pero para la prueba de Felaris será perfecto —confesó Zalathor.

—¿La prueba física? ¿Sabes cuál será? ¡Dímela! —pidió Loona, alzando la mirada y moviendo la cola.

—¿Quieres creerte el cuento de que naciste aquí? —dijo Zalathor, arqueando una ceja.

—¿Sí? —dijo Loona.

—Entonces no la sabrás. Solo tendrás que creer que esto te servirá —sentenció él, recostándose en el sillón.

—¡¿Por qué no?! ¡Es mi única oportunidad! —argumentó Loona, poniéndose en pie.

—¡Siéntate y no me levantes la voz! Si quieres estar en este planeta te tengo que recordar un pequeñito, diminuto detallito de nada... ¡Estamos aquí por tus berrinches y tus acciones! ¿Le pediste a tu padre un nuevo aire y te lo dio? ¡Excelente! ¿Me pidió que te acompañara aquí todo el tiempo que sea necesario? ¡Está bien! Lo cumpliré aunque no quiera... Pero no tendrás ninguna otra comodidad más. ¡Yo dicto las reglas aquí y ahora mismo dicto y demando que te vas a ganar algo con esfuerzo por primera vez en tus malditos 25 años! ¿Queda claro? —finalizó Zalathor.

—Sí... —susurró Loona, volviendo a sentarse con la cabeza y las orejas bajas.

—Bien. Voy a ir a la tarrería, necesito recuperar la paciencia que me hiciste perder. Mientras tanto, analiza esa esfera. Siéntela, apriétala aunque te duela, lánzala, compara su peso. Guarda cada sensación en tu mente. Es la última ayuda que te daré —dijo Zalathor tomando de un perchero junto a la entrada su gabardina, un báculo metálico con un frasco verdoso decorado como pomo y un saco de cuero con huesos tallados dentro.

—Para alguien como tú... es sencillo decir que es fácil —susurró Loona, haciendo que Zalathor se detuviera en el umbral.

—El poder no se gana con talento, cría... Se gana con claridad. Mi mente está en orden, por eso solo lo pienso y se hace. ¿La tuya lo está? —Loona desvió la mirada—. Un paso a la vez. Si aclaras tu mente, controlas tu cuerpo; y si controlas tu cuerpo, controlas tu poder.

Cuando Zalathor se marchó, la madriga se sintió pesada y vacía una vez más. La madera crujía y el viento chocaba contra las ventanas, sumiendo a Loona en una mezcla de tranquilidad y un silencio sepulcral.

—Qué estupidez —dijo, jugando con la esfera de madera.

Pasaron las horas mientras el aire silbaba en el exterior y la nieve golpeaba la madriga. Abrumada por el silencio, sostenía la bola de madera en una mano y una metálica que Zalathor tenía por ahí en la otra, intentando descifrar la utilidad de esta práctica mientras abría y cerraba los libros con frustración. Finalmente, apaciguada por el silencio, lanzó un suspiro alargado e intentó concentrarse en las palabras de su maestro.

—Imaginación... Mmm...

Cerró los ojos, usando la incomodidad de la soledad como combustible. Creyendo que la esfera de madera pesaba más, esta comenzó a ceder; creyendo que se sentía fría, se volvió más lisa y fresca. Rayó la superficie metálica con las uñas, imaginando el mismo sonido en la otra. En medio de la frustración por el fracaso y la ola de incertidumbre, sus manos comenzaron a brillar de un intenso violeta. La bola de madera comenzó a brillar también mientras la de metal vibraba y, de pronto, su mente no estaba en las esferas: estaba enfocada en recordar.

La mano que sostenía la esfera metálica comenzaba a dolerle con una sensación punzante mientras la otra parecía volverse húmeda pero calurosa a la vez. El estómago le comenzaba a doler mientras hematomas y una fractura en varias costillas comenzaban a sentirse casi reales. La cabaña y el clima helado desaparecieron, reemplazados por un ambiente pesado, un planeta caluroso, sucio y dolorosamente familiar. Veía una institución polvorienta, descuidada y llena de tharanianos mirando a un lugar en especial. Reunidos como una jauría de monos, el patio central de ese lugar antes ruidoso era ahora un altar de escombros bajo un cielo que no conocía el azul, sino el rugido constante de una ceniza maldita y rojiza. La estructura se alzaba como un esqueleto de metal oxidado marcado por garras. El aire, denso y caliente, se arrastraba entre los pasillos cargado con el olor frío de un final inevitable.

En el epicentro del desastre, una presencia antes imponente yacía vencida, estampada a la fuerza contra un pilar hecho pedazos. Era una joven de complexión robusta cuyas extremidades ahora descansaban inertes sobre el concreto roto. Sus cuernos, de un rojo intenso, y sus ojos perdían el color con el pasar de los segundos. De la herida en su pecho emanaba un fluido meloso y rojo como el vacío del espacio, acompañado de un brillo fosforescente negro que palpitaba como una estrella que se apaga.

A pocos pasos, Loona permanecía hincada con las piernas hundidas en el fluido brillante. Su sangre y la del cuerpo inerte se mezclaban sobre ella como un arte abstracto. Tenía un brazo completamente destrozado y el puño humeante, tembloroso y lleno de sangre. Sus dedos se enterraban con fuerza en sus propias costillas, sujetando el dolor que amenazaba con partirla a cada bocanada de aire, mientras sus ojos vacilaban por el horror de lo que acababa de hacer.

El trance se rompió abruptamente con una explosión violenta en su mano derecha, la que sostenía la esfera de madera. Soltó una queja de dolor, ignorando al principio el nuevo peso añadido a su mano izquierda.

—¡Ah! La connia madre de Satán... Soy una ido... Agh... Lo... ¡Oh!... ¡Lo logré! ¡Lo logré! ¡Lo logré, tío Zall... digo, papá, lo logré! —gritó mientras sacudía la mano derecha por la quemadura y levantaba con la otra aquella masa, antes esfera, ahora amorfa, pero metálica.

Entusiasmada y moviendo la cola incontrolablemente, tomó la masa de metal, su abrigo de piel y unos guantes de algodón, y salió corriendo hacia la tarrería, dejando la puerta abierta por la impaciencia.

Los copos caían como una suave neblina blanca. Loona corrió ignorando el frío que para un tharaniano debería ser insoportable, cruzando la pequeña vecindad que apenas conocía. Corrió casi nueve minutos seguidos, deteniéndose a pocos pasos de una madriga hecha de roca y madera sostenida por varios pilares de metal y con un letrero colgante en la entrada, el cual decía Panseta de Miel. Loona, recuperando el aliento, estaba a punto de abrir las puertas de vaivén cuando se detuvo en seco. En el interior se escuchaban voces, gritos, risas y una extraña sensación de convivencia que, lejos de resultarle ordinaria, le pareció aterradora. El lugar, con colores cálidos y un ambiente pacífico, se transformaba de manera intermitente a sus ojos en una taberna llena de sangre, un cuerpo en el suelo y risas mal formadas a gritos de miedo o dolor. El lugar parecía volverse un espiral de almas en pena, condenadas a un sufrimiento indescriptible. Con el corazón acelerado y el frío del entorno sintiéndolo de golpe, su emoción se evaporó, transformándose en ansiedad y haciéndola correr desesperadamente de regreso a casa. El camino era una larga bajada llena de ramas y rocas que, si bien ignoró antes, ahora parecían obstáculos desgastantes de evadir. Bajó con rapidez y desesperanza, como si una bestia estuviera persiguiéndola de cerca y a punto de devorarla; debido a la acumulación de nieve, no vio una irregularidad en el suelo, lo que la hizo tropezar y rodar cuesta abajo hasta caer sobre una rama y un montículo de estas, lastimándose una pierna.

Al levantarse, comenzó a frotarla mientras el sonido del viento se hacía notar y el dolor se volvía más agudo. Loona comenzó a sollozar de impotencia, no por el golpe físico, sino por la criatura sumisa y asustada que consideraba ser. Se hizo bola de nuevo, ocultándose detrás de su cola y su abrigo, a punto de enterrarse sobre la nieve mientras veía con frustración aquella "esfera" metálica frente a ella.

Para su sorpresa, unos minutos después, una mano afilada y familiar apareció en su campo de visión, sosteniendo la masa metálica amorfa que había creado minutos atrás.

—Mira nada más... —comentó Zalathor, observando el metal con una mezcla de desdén y curiosidad—. Tal vez... y solo tal vez, no te vaya tan mal —mencionó Zalathor, levantando a Loona del suelo haciéndola flotar y, sin decir más, la tomó de la cola para dirigirla y avanzó con ella de vuelta hacia la madriga.

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