Prólogo
Desconozco cuántos amaneceres había visto. Los conté al principio, cuando la luz aún cumplía una función. Cuando podía retenerla sin que se deshiciera entre los dedos.Pero aquella mañana —si es que aún podía llamarse así— era distinta.
Creí ver el cielo teñido de violeta, ese tono que antecedía al falso sol. Y bajo el, la silueta de uno de los jóvenes de los Palacios Blancos. De aquellos que desaparecieron primero. No volví a verlos jamás, aunque el cuerpo detenido frente a mí insistiera en recordarlos.
Seguí avanzando. No por decisión, sino porque detenerse exigía una claridad que ya no poseía. A cada paso regresaban fragmentos: sensaciones sueltas, incompletas, como la fría superficie de la piedra apoyándose en mi hombro. Aquello me devolvía un latido que no era mío.
Di un paso más y el suelo cedió lo justo para recordarme su presencia, perdiendo mi apoyo en el proceso. Me sostuve como pude. Unas escaleras se extendían en la cercanía, familiares. Cerré mis ojos, ignorando todo lo demás, ya no había nada que valiese la pena ver.
Caminé a tientas. Por un instante quise imitarlo a él. A ese hombre —si es que esa palabra aún le pertenecía— que había alcanzado algo que otros solo pudimos soñar.
Pero yo no era él. La luz no me envolvía y la Gracia no había pronunciado mi nombre. Quizá Madre me había negado por no haberla sabido conocer. O quizá nunca hubo elección.
La piedra bajo mis pies se volvía irregular, blanda en ciertos puntos, como si respirara. Algunas protuberancias cedían al pisarlas y exhalaban un suspiro que me negué a escuchar.
Aun con los ojos cerrados, alcé la mano y rocé el pilar de arranque. Estaba coronado por una figura animal que no supe reconocer al tacto. Sin embargo, mis dedos supieron dónde posarse. De alguna forma, mi cuerpo aún recordaba. Y temía por aquello que aguardaba más allá.
Subí el primer escalón.El mármol respondió.
Mi espalda se encorvó sin que yo se lo pidiera, obligándome a no mirar atrás. Busqué el balaustre, pero el barandal parecía haberse retirado un palmo más lejos, como si ya no me perteneciera. Subí otro escalón. Los pulsos en su interior se hicieron claros. No hablaban con palabras: exigían. Corrían bajo la superficie. Me pedían huir.
No había lugar al que huir.Ni piernas dispuestas a obedecer.
En el tercer escalón lo comprendí. Las lágrimas acudieron solas. No eran como las que recordaba. No nacían del dolor, sino de una calma inesperada. Quizá Madre nunca me había soltado. Quizá solo esperaba a que dejara de resistirme.
Mi pierna derecha ya no me pertenecía.La escalera la había reclamado.
Sonreí.
Solté el agarre y dejé que mis manos descendieran, apoyándose en los peldaños inferiores. La presión aumentó, pero no dolía. Sentí sus latidos mezclarse con los míos: muchos, desordenados, antiguos, marcando compases distintos que por fin encontraban un ritmo común.
Elevé la pierna izquierda. El mármol la recibió con paciencia. El frío que alguna vez temí comenzó a retirarse, como una marea obediente.
Entonces llegó la calidez.
No abrí los ojos. Ya no hacía falta.Oh, Gran Madre —pensé, o quizá fui pensado—.Gracias.








